El Arzobispo Castrense participó en la Asamblea Nacional del Movimiento de Cursillo de Cristiandad

Castrense Kerigma y Movimiento

En los Ángeles de San Rafael (Segovia), tenía lugar estos del 10 al 12 de junio una reunión anual de miembros de las delegaciones de Cursillos de Cristiandad de las diócesis española. Este año ha sido Monseñor Juan Del Río quien abrió dicho encuentro, con Kerigma y Misericordia, “La identidad de Dios”.

Comenzó su intervención dando su experiencia y conocimiento de dicho Movimiento. Inmediatamente dio paso a una introducción donde explicó la etimología de las dos palabras claves de la conferencia, la cual la dividió en cinco grandes apartados:

I. La recepción del Espíritu en los Apóstoles hace posible:

El anuncio de la Buena Noticia del Amor de Dios a los hombres”. (Hechos 2,14ss).

Únicamente el Espíritu Santo nos hace confesar el Kerigma en el Señor, muerto y resucitado, y reconocimiento como único Kyrios de la historia. Este pronunciamiento implica a toda la persona y revela el “carnet” de Dios: “tanto ha amado Dios al mundo que nos ha entregado a su Hijo Jesucristo”. Luego el Kerigma en sus diversos extractos y explicitaciones (catequesis, predicación…) tiene un contenido esencial: “Que Dios es amor, predica amor y envía amor”. Es decir: nuestro Dios tiene entrañas de misericordia, porque nos ama con la fuerza de un Padre y la ternura de una Madre,: “Nadie nos puede separa del Amor de Dios mostrado en Cristo Jesus”.

II. ¿Por qué un  Jubileo extraordinario de la Misericordia?

El papa Francisco nos dice en la Bula de convocatoria Misericordiae Vultus que:

“Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón (la misericordia) es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar con esperanza…..¡Cuántas páginas del Sagrada Escritura  pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre!” (MV, 10, 17 ).

El icono de Jonás (1,10), representa a ese hombre contemporáneo que se resiste y huye de Dios y que lo podemos comprobar en muchos de los fenómenos que están acaeciendo: la apostasía silenciosa, la ausencia de preguntas sobre su existencia o no, el materialismo que atrapa el corazón y embrutece la mente, la globalización de la cultura del descarte que oculta el rostro divino en el hermano. La mundanización de la vida cristiana. El espiritualismo desencarnado que crea ideas falsas del “Dios humanado”.

En este apartado reflejó el Arzobispo el rechazo por parte de la cultura contemporánea de todo lo que signifique: perdón, misericordia, y otros ideas madres del cristianismo.

III. Dios, nos ama por encima de los que somos y hacemos. “El siempre permanece fiel”

         La cualidad central del Dios de la Biblia es la misericordia. “es el carnet de identidad de nuestro Dios”. Siempre me ha impresionado leer la historia de Israel como una niña que no se le cortó el cordón umbilical, sino que fue dejada en medio de la sangre, abandonada. Dios la vio debatirse en la sangre, la limpio, la untó, la vistió y, cuando creció, la adorno con seda y joyas (cf Ez 16)[1].

Creer en un Dios que es: compasivo, lento a la cólera, y rico en piedad, que es misericordioso con todos, es algo que rompe los esquemas mentales humanos. Porque el hombre del siglo XXI sigue preguntándose: ¿Dónde está esa ternura divina cuando unos padres pierden a un hijo en plena juventud? ¿Dónde estaba ese Dios en Auschwitz, en los Gulags, en los crímenes tribales, o en los múltiples desplazados por las interminables guerras fratricidas? ¿Por qué ese Dios no escucha, en tantas ocasiones, el grito de los pobres y enfermos? Las respuestas a estos interrogantes no son nada fáciles desde el punto de vista de la pura razón. Únicamente nos aproximamos a una contestación satisfactoria cuando sabemos sumergirnos  “en el misterio del propio hombre que sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado” (GS 22).

IV. Dios no es un juez que se busque a sí mismo.

         ¿Cómo cambia el corazón de Dios? ¿En qué circunstancias de la vida humana se experimenta más la misericordia de Dios? ¿Y cuáles son las condiciones para reconocer esa delicadeza divina hacia nosotros?  El rostro de lo misericordioso de Dios se refleja en la vida humana, en su cotidianidad: en sus alegrías y en sus conflictos. Pero sobre todo, en la perseverante oración, tomada como existencia dialogada con “Aquel que sabe de amor” (santa Teresa de Jesús).

Situémonos ahora en la parábola del “juez y la viuda” (Lc 18, 1-8)[2]. Lo primero que observamos es el desnivel de los personajes: se trata de un juez injusto del poder civil, que carece de un corazón compasivo porque no cree en Dios, ni le importa nada los demás, solo se mira a sí mismo. Por otro lado, tenemos a una pobre viuda que lo único que posee es su insistencia en reclamar justicia en la misma cara del juez, una y otra vez. Lo que hace cambiar de actitud al juez no es la simple compasión humana, sino la perseverancia del grito de una pobre. Sucede siempre en la historia humana: al final el triunfo son de los humildes, porque Dios “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,51-52). La identidad de Dios se revela a los sencillos, a los que con constancia acuden a Él como a un Padre para obtener su amor misericordioso “de generación a generación” (Lc 1,50).

IV. La justicia misericordiosa de Dios

Hay una pregunta clave: ¿Quién es justo ante Dios y cómo somos justificados? Para responder a ello echemos mano de otra parábola muy conocida como es la del fariseo y el publicano en el templo (Lc 18,9-14)[3]. La escena se desarrolla en un lugar sagrado por excelencia. En el auditorio se encontraban “algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás”. Para dirigirse a ellos, Jesús elige dos prototipos: un fariseo y un publicano. La intención no es condenar a un grupo y premiar a otro, sino que la parábola tiene un mayor alcance: no son nuestros orígenes los que nos hacen justos o pecadores, sino el modo que tengamos de relacionarnos con Dios.

Los dos personajes se dirigen al mismo Dios, pero tienen ideas y actitudes opuestas. El fariseo ora erguido, mientras que el publicano no tiene valor de levantar los ojos al cielo y se golpea el pecho confesando su ser pecador. También se diferencia en la manera de orar: el primero utiliza veintinueve palabras, mientras que el segundo utiliza seis. El fariseo se enaltece ante Dios porque no es igual que los otros hombres, ya que él se tiene por justo porque cumple lo mandado por la ley y además ayuna y paga el diezmo de sus ganancias. Dios no tiene nada que hacer con este hombre, porque ya él cumple todo, no está necesitado de salvación. Además, está tan ciego de lo bueno que se siente, que no ve su doble pecado: se ha puesto en el lugar de Dios y condena al hermano.

El recaudador se sitúa al final del templo y se limita a repetir:

“Oh Dios, ¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!” (v.13)

En esta oración está el reconocimiento esencial de nuestra justificación: la misericordia de Dios y por otro lado nuestra condición de pobres y menesterosos. El publicano se presenta ante Dios con un corazón desnudo, no busca ninguna justificación humana o ambiental que aminorase su culpa. Reconoce que Dios lo sondea todo, conoce nuestras buenas y malas inclinaciones. Sobran las palabras frente a la misericordia de Dios. Él nos ama hasta llegar a la miseria más íntima que pueda haber en el corazón humano. Por eso, Dios es justo y misericordioso cuando justifica al pecador, porque como dice san Pablo: “Dios ha reconciliado al mundo consigo no tomando en cuenta las trasgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación” (2Cor 5,19). Si el fariseo no vuelve a su casa justificado es orgullo espiritual que mueve sus obras buenas y que le lleva a enjuiciar a los demás que no sean con él. En cambio, es justificado el publicano, porque ha evitado condenar a nadie, porque vive, actúa y ora en humildad, en él se cumple la bienaventuranza: “felices los sencillos de corazón, porque ellos verán a Dios”.

En conclusión solo desde la humildad de nuestra condición de pobres pecadores nos abrimos al misterio insondable y transformador que es vivir la existencia cristiana desde la clave de sentirse siempre amados por Dios. El que cree en ese Dios misericordioso ¡nunca está solo!

Terminada la exposición se abrió un largo turno de preguntas que ayudaron a profundizar diversos aspectos de la conferencia impartida, cuyo resumen se ha ofrecido  mostrado.

(Juan Carlos Pinto, Capellan Castrense)


[1] Francisco, El nombre de Dios es misericordia, (Barcelona, 2016) 29.

[2] Cf. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Misericordiosos como el Padre. Subsidios para el Jubileo de la Misericordia 2015-2016. (Madrid, 2015) 120-127.

[3] Ibid., 128-134.

(Arzobispado Castrense)

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