¡Levántate!

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares        El domingo pasado nos encontramos con una de las páginas más emotivas y bellas del Evangelio: en esa lectura, Lucas, el evangelista de la misericordia, nos narra el acontecimiento de la resurrección del joven de Naín. Sirve de preludio a esta lectura, el milagro del profeta Elías en Sarepta que habíamos escuchado en la primera lectura. El Salmo responsorial, por su parte, canta la gratitud del que sabe y siente que también a él Dios le ha librado de la fosa.

¡Qué bello, qué consolador y qué esperanzador lo que hemos escuchado hoy!, que sigue cumpliéndose y doy fe de ello por lo acaecido en mi historia y a mi alrededor: Jesús sintió lástima, se conmovió de corazón, entrañablemente. Jesús es el rostro de Dios: Dios se conmueve, Dios tiene compasión, a Dios le importa la desgracia humana; Dios se apiada de aquella madre viuda, llorosa, que sólo tenía a su hijo, y se apiada de aquel joven que llevaban a enterrar. Así es Dios: rico en misericordia. Misericordia es amor abierto hacia el que sufre. En el encuentro con el supremo dolor de aquella madre sumida en el dolor, el evangelista nos invita a contemplar el corazón de Cristo. El día de su fiesta, contemplamos ese Corazón Sacratísimo de Jesús: expresión de ternura de un amor infinito, humano y divino. En Naín, aldea como saben los que han estado allí, muy cerca de Nazaret, a los pies y enfrente del Tabor, Jesús, también hijo único, debió presentir en aquel momento el dolor de su madre María, también viuda, cuando dentro de poco le acompañaría también al sepulcro.

Jesús se acerca, no pasa de largo, no es un mero espectador que casualmente pasaba por allí, un transeúnte que se detiene con respeto ante una comitiva funeraria; al contrario, se acerca, toca el féretro, toca la muerte y el dolor, y, Señor de la vida, manda con su palabra: “¡Muchacho, a ti te lo digo, ¡levántate!”. Nos recuerdan aquellas palabras imperativas de Jesús llorando ante la tumba de su amigo: “Lázaro, ¡sal fuera!”, o aquellas otras de Pedro al paralítico, al caído, incapaz de andar, como muerto en parte: “No tengo oro ni plata, en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda!”. Así es Dios: el gesto de Jesús es su rostro y su fuerza, la fuerza de su amor y su ternura, la fuerza de su compasión sin límites que devuelve a la vida y hace nacer de nuevo la esperanza de la vida, que pone en pie y conduce a caminar de nuevo. Y así es también la Iglesia, que actúa en nombre de Jesús, que invoca su Nombre, que se adhiere y sufre por el sufrimiento de los hombres, que está con los hombres y comparte sus gozos y esperanzas, sus sufrimientos, sobre todo cuando provienen de la injusticia y del odio.

Los milagros de Jesús son siempre, a partir de la realidad, signos de salvación. El Hijo de Dios, venido en carne, humillándose y rebajándose hasta la muerte y una muerte ignominiosa de cruz, no vino para suprimir de este mundo las enfermedades ni para regalar a algunos recién muertos unos años más de existencia corporal. La resurrección del joven de Naín, la de Lázaro o la de la hija de Jairo, son en el Evangelio imagen sorprendente, signo, palabra y profecía en acto de la Resurrección, de la vida divina: la que Jesús nos comunica cuando nos incorpora a su propia Resurrección y anticipa en el Bautismo. El imperativo de Jesús a aquel cadáver se repite hoy al corazón de muchos: “¡Joven levántate!”. ¡Levántate!, ponte en camino, sígueme, que yo soy Camino, Verdad y Vida.

Por último, cuando un aliento de resurrección hace reflorecer hoy, en amplios espacios de la Iglesia, el espíritu de la verdadera juventud, auténtica primavera, es gozoso deber, muy gozoso, para los testigos proclamar que “Dios visita a su pueblo”, que está en medio de su pueblo y no lo deja, que el Señor está grande con nosotros, a pesar de los poderes de muerte de este mundo, y estamos alegres; y damos gracias a Dios, le alabamos y le bendecimos porque ha mirado nuestra humillación y se apiada de nosotros, no pasa de largo y dice su palabra, siempre eficaz, de compasión, de vida y esperanza. Esto es la Eucaristía, que siempre es vida y paz para todos cuantos de ella participan.

Rezad por mí, gracias por vuestra oración y cercanía, signos de la cercanía de un Dios que no olvida a los sufridos de corazón.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
Acerca de Card. Antonio Canizares 172 Articles
Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014