Santa María, ruega por el fruto del Sínodo Diocesano

Mons. Cerro ChavesMons. Fracisco Cerro        Todos nuestros pueblos, y tantos corazones de hombres y mujeres, están repletos de un profundo y verdadero amor a la Madre de Dios y Madre nuestra.

La verdadera devoción a la Virgen siempre da en el corazón tres frutos que toda la Iglesia ha vivido a lo largo de los siglos; los santos y los pecadores, los hombres y las mujeres, los intelectuales y los rudos, los sencillos y los complicados, los cercanos y los alejados, y que me atrevería a comunicaros sencillamente.

1. Centrar la mirada en Jesús. La Virgen siempre está con Jesús o le porta como un niño en sus brazos o junto a la cruz permanece alentando nuestra esperanza. La Virgen siempre nos lleva a Jesús. Ella, como buena Madre, desaparece para dar paso a que contemplemos al Redentor del mundo. No se puede ser cristiano si no somos marianos, pues en Ella el Verbo se hizo carne y Jesús en una expresión feliz de los santos Padres, que es solamente del Padre y solamente de María.

2. Nos ayuda a vivir en la Iglesia, que en nuestra diócesis celebramos el Sínodo. Ella es la Madre de la Iglesia, la mujer más santa, la mujer que nunca falsificó el Amor, la que no se cansa nunca de esperar. La Virgen nos ayuda a descubrir nuestras raíces de comunidad cristiana, nos ayuda a vivir la parroquia, las alegrías y esperanzas de la diócesis. Donde está la Madre hay hogar, se comparte y se vive por crear un mundo de hijos y de hermanos.

3. Nos invita a vivir el “Sí” de la corresponsabilidad. Es curioso que un paso decisivo en la vida de madurez cristiana es cuando nos sale espontáneamente que yo soy Iglesia y que tengo que amarla y cuidarla. Cuando nos pasamos la vida echando balones fuera y pensando que toda la culpa es del párroco, de los catequistas, de los otros… estamos retratando nuestra inmadurez. ¡Alguna responsabilidad tendremos nosotros! ¿Solamente se equivocan los otros?

La Virgen nos ayude a vivir la corresponsabilidad.

+ Francisco Cerro Chaves

Obispo de Coria-Cáceres

Mons. Francisco Cerro Chaves
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Nació el 18 de octubre de 1957 en Malpartida de Cáceres (Cáceres). Cursó los estudios de bachillerato y de filosofía en el Seminario de Cáceres, completándolos en el Seminario de Toledo. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1981 en Toledo, desempeñó diversos ministerios: Vicario Parroquial de "San Nicolás", Consiliario de Pastoral Juvenil, Colaborador de la Parroquia de "Santa Teresa" y Director de la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales. En la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma se licenció y doctoró en Teología Espiritual (1997), con la tesis: "La experiencia de Dios en el Beato Fray María Rafael Arnáiz Barón (1911-1938). Estudio teológico espiritual de su vida y escritos". Es doctorado en Teología de la Vida Consagrada en la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de más de ochenta publicaciones, escritas con simplicidad y dirigidas, sobre todo, a la formación espiritual de los jóvenes. Miembro fundador de la "Fraternidad Sacerdotal del Corazón de Cristo". Desde 1989 trabajó pastoralmente en Valladolid. Allí fue capellán del Santuario Nacional de la Gran Promesa y Director del Centro de Formación y Espiritualidad del "Sagrado Corazón de Jesús", Director diocesano del "Apostolado de la Oración", miembro del Consejo Presbiteral Diocesano; delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y Profesor de Teología Espiritual del Estudio Teológico Agustiniano. El 2 de septiembre de 2007 fue ordenado Obispo de Coria-Cáceres en la ciudad de Coria. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, departamento de Pastoral de Juventud, y de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.