Llamados a la existencia, a la vida

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez                   Vocación significa llamada. ¿A qué está llamado el ser humano? ¿Cuál es su vocación? Esta es la gran pregunta fundamental sobre la existencia. ¿De dónde venimos, para qué vivimos? De la respuesta que demos va a depender la actitud moral ante la vida.

Creemos que nos ha creado Dios a su imagen y semejanza. Es una vocación vivir la existencia humana y la vida de Dios juntas. En este hecho radica y se fundamenta la moral. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). En esta verdad se sustenta la dignidad de la persona humana. Siempre hay que recurrir a este lugar bíblico para defender el respeto que merece todo ser humano. La imagen de Dios está presente en todo hombre.

Así pues, la primera de todas las llamadas es a la existencia, a la vida. El respeto a toda vida, la defensa de la misma en todas las circunstancias, desde la concepción hasta su final natural, es una característica que identifica a los creyentes. La motivación es el mismo Dios. Él es el defensor y el protector de la vida.

La narración de la creación, tiene dos relatos, en el libro del Génesis. El primero es la creación por Dios. En el segundo relato hay una descripción que presenta a Dios como el gran alfarero que con delicadeza y arte modela al hombre del polvo de la tierra (barro) y le sopla un aliento de vida (Cfr. Gn 2,7). Barro y aliento de vida se unen y resulta una criatura única, dotada de un alma “espiritual e inmortal” (GS 14). El hombre tiene unas potencias espirituales para entender las cosas, razonar, discernir haciendo juicios de valor y decidir. Esta capacidad le impulsa a “hacer el bien y evitar el mal” (GS 16). Esta regla está escrita en lo más profundo de todos los seres humanos. Es una voz universal que resuena y nunca calla. El por qué de esta moral es por la dignidad de la vida humana.

Entonces, ¿cómo es que existe el mal que daña la llamada a una vida en armonía con Dios, con la creación, con los demás, consigo mismo? Porque el hombre es libre y desde los orígenes sucumbió a la tentación y cometió el mal. Desde entonces se encuentra dividido entre la defensa del bien que es la vida y del mal que es la muerte del alma. Dice bien San Pablo “No hago el bien que quiero sino el mal que aborrezco” (Rm 7, 19).

La vida es un esfuerzo, una ascesis, para mantener intacta la plena dignidad humana. En este trabajo Cristo nos liberó del demonio y del pecado con su pasión, muerte y resurrección. Su gracia restaura lo que daña el pecado. Gracias a Él somos capaces de llevar una vida moral recta practicando el bien. Por la gracia de la redención la imagen de Dios recobra en el hombre una dignidad más plena que el estado original en el paraíso antes del pecado. Por eso aclamamos en el Pregón Pascual: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”

El Papa San Juan Pablo II en su mensaje vocacional (26-11-2000) dice que la llamada a vivir es la razón más profunda de la dignidad humana. El ser humano está invitado a responder a un diálogo de amor que Dios ha iniciado al crearlo por amor. La vida será plena, si con libertad se acoge el don de la vida. Rechazar esta llamada lleva a una “concepción de la existencia pasiva, aburrida y banal”. Podemos afirmar con San Agustín: “Todo hombre es Adán, todo hombre es Cristo” (In Ps, 70, ser.II I (CCL 39, 960). Quiere decir: Todo hombre es creatura pecadora como Adán y todo hombre es también hijo de Dios salvado por Cristo y por lo tanto llamado a la vida divina.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).