Cantos de vida: Del luto a la fiesta (Sal 29)

agusti_cortesMons.  Agustí Cortés          Cantábamos con el Salmo 125 que nuestra vida se desenvuelve entre los trabajos de la siembra y la alegría de la cosecha. Lo hacíamos el 5º Domingo de Cuaresma y decíamos que este Salmo 125, evocando el florecimiento ocasional del desierto bajo el efecto de una cierta humedad, nos remitía a la Bienaventuranzas: ellas anuncian un futuro de consuelo para los que sufren cualquier clase de desierto, como el llanto, la persecución, los trabajos por la paz, la búsqueda de la justicia, etc.

El Salmo 29 es semejante. Como el Salmo 125 transmite esperanza basándose en que Dios ha actuado, ha intervenido salvando al pueblo. Concretamente, Dios ha librado al orante de una enfermedad mortal, como en el Salmo 125 Dios había librado del destierro al pueblo. Pero nuestra oración hoy tiene un cariz distinto: cantamos este Salmo 29 en pleno tiempo de Pascua.

Cantar hoy este salmo significa algo muy importante para nosotros.

En primer lugar, tenemos ante nosotros un enfermo grave. No solo un individuo enfermo, sino también todos los enfermos del mundo. Y no solo todos los enfermos, sino toda la humanidad, todos nosotros, que estamos realmente enfermos. Enfermos de muerte. Una enfermedad que provoca la burla en los enemigos de la humanidad, es decir, en los que ironizan y desprecian a quienes piensan que la vida humana tiene sentido… Contemplábamos el Viernes Santo que Jesús murió por y con nuestras enfermedades.

Pero además con este salmo cantamos de verdad, con alegría sincera y clarividente. Por dos razones. La primera, porque la mirada esperanzada no se dirige a un futuro más o menos lejano, sino a un hecho cierto, ya acontecido, con el que se inaugura en el mundo la salud plena. La segunda, porque los hechos salvadores de Dios, que fundan la esperanza, no son acciones esporádicas, que no aseguran que volvamos a estar enfermos o sufrir a causa de cualquier contradicción, sino un hecho definitivo. La humanidad tiene cura, ha comenzado a curarse, tenemos el remedio infalible, la herida ha comenzado a producir tejidos sanos a partir de “una célula sana”, absolutamente inmune” a la enfermedad, de manera que el proceso de sanación es ya imparable.

Ignoro el detalle del proceso como a partir de un tejido sano, por ejemplo en la técnica de los trasplantes, el resto de los tejidos dañados llegan a regenerarse, cómo unas células sanas tienen más fuerza que las células muertas y llegan a sustituirlas. Es una de tantas maravillas de la naturaleza, que “quiere vivir” a toda costa. En todo caso, sabemos que siempre es un proceso lento.

¿No es así como Jesucristo cura la humanidad? Uno de los nombres que aplicamos a su Espíritu es el de “médico de las almas”, “medicina de nuestros males”. La alegría que empapa este cántico es semejante a la del enfermo cuando sale del hospital recuperado. Si supiera que, aunque volviera a caer enfermo, ya sabría cuál es el remedio infalible y que, pase lo que pase, lo tendría a su alcance y podría aplicarlo, recordando a Dios, Señor de la historia, cantaría:

“Convertiste mi llanto en danza,

me despojaste de luto,

me vestiste de fiesta,

para que te cante sin callar nunca;

Señor, Dios mío, te alabaré siempre”

Entonces el canto no podrá cesar nunca, aunque sobrevenga  cualquier crisis o cualquier dolor. Nada ni nadie nos podrá arrebatar la alegría. Eso es la Pascua.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.