Testigos del Señor

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora         La Iglesia es difícilmente evaluable… en qué país, en qué diócesis, en qué parroquia, en qué personaje… Con qué facilidad hablamos y habla la gente de la Iglesia enjuiciando y casi siempre con hostilidad. Goza y sufre de la mayor credibilidad y del más grande desprestigio simultáneamente y esta paradoja puede ser más evidente comparando indiscriminadamente el ayer con el hoy, el pasado muy pasado con el presente local y concreto, minúsculo.

Los que queremos ser testigos del amor de Dios para la Humanidad del tiempo presente y nos sabemos miembros de la Iglesia, podemos seguir afirmando lo que decía san Agustín hace 1600 años: «La Iglesia es santa y necesitada de purificación a la vez», pues, efectivamente ahí están los Santos, presididos por nuestra Señora, la Virgen María, desde los comienzos de la Iglesia hasta la más conocida por nosotros y su próxima canonización: la Beata Teresa de Calcuta y los pecados de los miembros de la Iglesia más o menos significativos.

Sin embargo, lo que nos lleva a entregar nuestra vida sabiéndonos eso: «miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia» no es un interés corporativo más o menos fanático o pasional sin más, sino la experiencia de que Dios Padre, en su hijo Jesucristo nos ha amado, nos ha tenido en cuenta y, porque nos hemos sentido valorados sin merecerlo, hemos entregado nuestra vida y nuestros quehaceres a Dios y la gente. Ah, y esto sucede lo mismo si somos papas, obispos, sacerdotes, consagrados o seglares, ya que sea cual sea la posición, rango o participación en la vida de la comunidad eclesial, todos los miembros del Pueblo de Dios tenemos la misma dignidad y la misma oportunidad de desarrollarla en una santidad de vida como corresponde a los hijos de Dios.

Comparada, la Iglesia, con otras instituciones presentes en el concierto social, puede salir mejorada o denigrada en su imagen según se mire… ya sabéis: misioneros sí, curas no; personaje religioso mediático sí jerarquía no. Llegado este punto puede ser oportuna la pregunta: ¿toda la crítica que se nos hace a los católicos hasta negarnos, en ocasiones, hasta los derechos humanos más elementales, nos desanima en nuestra entrega a Dios y a los demás? La respuesta puede ser muy variada: unos católicos sí se desaniman y callan, otros, por el contrario, no pierden ocasión de manifestar su fe pero la energía que nos llega a mover, aun corriendo el riesgo de que nos llamen marionetas despersonalizadas, esclavos de supuestas creencias, nosotros sabemos que nos viene de Jesucristo resucitado, presente en su Iglesia para los hombres y mujeres de nuestro tiempo: «No he venido a juzgar y condenar al mundo, sino a dar mi vida en rescate por muchos».

De ahí la imposibilidad de callar, en el Año de la Misericordia, nuestro testimonio de amor a Dios y la gente desde su Iglesia. En la primera lectura de hoy los Apóstoles lo dicen con toda claridad: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». No quiere decir alienación de nuestra propia voluntad, sino posición de quien ha descubierto la verdad que merece la pena vivir.

Los pecados e imperfecciones y debilidades de los hermanos en nuestras comunidades no nos desaniman pues cada uno se sabe pecador-perdonado y, por la misericordia de nuestro Padre Dios, testigo de su amor llamado a dar mi vida en rescate por muchos pues somos parte del testigo fiel, el Señor de la Historia Jesucristo, el Señor en cuanto miembros, repito, de su Cuerpo. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.