El recuerdo de los difuntos

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez          Pensar de vez en cuando en la muerte es muy conveniente y recordar a los difuntos entra en el campo necesario de la gratitud y la justicia. Esto lo cumplimos en la fiesta de Todos los Santos y en la Conmemoración de los Fieles Difuntos. El recuerdo de los que nos han precedido lo tenemos los cristianos metido en lo más íntimo de nosotros mismos. Son nuestras raíces y nuestra profecía. El motivo es porque creemos en la comunión de los santos.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica cómo la comunidad cristiana despide a sus difuntos con un adiós (“a Dios”). Es una recomendación del alma, un saludo final que “canta por su partida de esta vida y por su separación, pero también porque existe una comunión y una reunión… No estamos en absoluto separados unos de otros, pues todos recorreremos el mismo camino y nos volveremos a encontrar en un mismo lugar… Estaremos todos juntos en Cristo” (CEC 1690).

Los Cementerios son lugares sagrados donde se hace más vivo el recuerdo de los difuntos. Allí descansan los restos mortales de nuestros seres queridos. Allí hay una placa, una inscripción con su nombre y muchas veces unas palabras que muestran su identidad o una oración de recuerdo. El lugar, el ambiente y los signos, nos ayudan a entrar en comunión con ellos, a sentirlos más en nuestra memoria. Los podemos recordar siempre y en todo lugar, pero los seres humanos necesitamos signos. Además sabemos que Cementerio significa literalmente “dormitorio” de espera. Dios transformará un día todo con su poder infinito. “Este cuerpo corruptible se tiene que revestir de incorrupción y esto mortal se tiene que revestir de inmortalidad” (1Cor 15,53). Además de recordar a los difuntos, los cementerios o campos santos nos reclaman a honrarlos y venerarlos con gratitud porque lo que somos y tenemos se lo debemos a ellos y porque fueron, como bautizados, templos vivos del Espíritu Santo. Por eso el respeto, el silencio, y el clima de oración, también en los cementerios, es muy conveniente. Desde allí se espera a la resurrección final. Resucitaremos con los mismos cuerpos pero gloriosos.

Actualmente, por el cambio de las condiciones de la vida y por las necesidades, se realizan incineraciones. La Iglesia trata las cenizas de los difuntos con la misma veneración que al cuerpo. Después de afirmar este principio tenemos un trabajo evangelizador para catequizar a los fieles sobre la incineración. No es conveniente ni justo arrojar las cenizas por las montañas o al mar, ni conservarlas en casa, sino darles sepultura de la mejor forma. Por eso se ofrecen columbarios donde conservarlas de manera digna. Son lugares en los que se conservan en pequeños nichos las ánforas con las cenizas del difunto y allí queda escrito su nombre. Esos signos nos hacen memoria del difunto y podemos ir a orar por ellos y con ellos. Sin este signo desaparecería la memoria del ser querido en el olvido total.

Al lado de los nombres leemos epitafios llenos de fe y amor que nos hacen bendecir a los titulares: “Para nosotros no te has ido, estás en nuestros corazones”. “Su amor fue la familia, su pasión el trabajo, su divisa el deber, su lema la verdad y la honradez, su luz la fe”. “Has cerrado los ojos, pero Dios abrió las puertas de su gloria para ti”. “Para mí vivir es Cristo y el morir una ganancia” (Fil 1,21). “Señor, mi Dios, a ti levanto mi alma”.

Es muy emotivo y ejemplar recordar cómo San Agustín enterró a su madre Santa Mónica, la que tanto lloró por él, en el puerto de Roma (Ostia) a punto de llevarla a África, para que muriese feliz en su querida patria. La madre le dijo: “Enterrad este cuerpo en cualquier parte; sólo os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor”. Nos dice él mismo hablando de su muerte: “Que mi nombre sea pronunciado como siempre… no lloréis si me amabais…volveréis a verme, pero transfigurado”. Y en otro lugar afirma: “Los difuntos no están ausentes, sino invisibles y tienen sus ojos llenos de gloria puestos en los nuestros que están llenos de lágrimas”. Desde la fe en la Resurrección de Cristo se entiende la muerte y desde la esperanza sabemos que Cristo vendrá una segunda vez y será el momento que habrá cielos nuevos y tierra nueva y resucitaremos con los cuerpos gloriosamente.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).