Cantos de vida: La Iglesia exultante (Sal 117)

agusti_cortesMons. Agustí Cortés         Seguimos envueltos en la atmósfera de alegría y alabanza propia de este extraordinario Salmo 117.

En efecto, todo el salmo responde a una dramatización, que bien podría constituir las diferentes partes de una escena de película: un rey vuelve victorioso del combate, la multitud del pueblo se reúne en torno suyo, aclamando a Dios y formando una procesión hacia el Templo, mientras los sacerdotes abren la puerta y bendicen al rey. Desde el inicio de la procesión (primera parte, vv. 1-18), la llegada a las puertas del Templo (segunda parte, vv. 19-21) hasta el canto en el mismo Templo (tercera parte, vv. 22-29), el pueblo, el rey y los sacerdotes dialogan entre sí, al tiempo que entonan este bello himno que acompaña la marcha hasta el mismo altar donde se ha de ofrecer el sacrificio de comunión y de acción de gracias.

Nos fijamos sobre todo en esta última parte del salmo (vv. 22-29). Se ha de orar sintiendo el entusiasmo compartido, las voces de los hermanos, que, al unísono, cantan, gritan la alabanza al Señor y caminan. Es una sensación inefable, cuando a la alegría personal, se añade un fuerte sentimiento de pertenencia a una comunión fraterna y peregrina. Ya los primeros versículos que abren el himno son una llamada a toda la familia, la casa, el pueblo y a todos los fieles. Es decir, la Iglesia, el Pueblo de Dios peregrino.

¿Qué es lo que hace que una multitud cante entusiasmada a una sola voz? En principio el canto entusiasta nace de un mismo sentimiento compartido, sobre todo si ese sentimiento nace de una reivindicación y una voluntad de reafirmar la unidad en torno a un ideal. Porque el mismo canto sirve a la causa y contribuye a acrecentar esa voluntad. Los regímenes políticos totalitarios han sabido aprovechar bien este recurso para inculcar una idea, un sentimiento, o fomentar la adhesión a un líder.

La alegría y el canto en el Pueblo de Dios participan de esta experiencia humana. Pero su motivo, su forma y su fin son bien distintos, aunque parezca lo contrario.

El canto que entonaba el pueblo en la entrada de Jesús a Jerusalén incluía una cita de este Salmo: “Hosana, bendito el que viene en nombre del Señor” (v. 26: Jn 12,13), pero la forma como entró Jesús era la propia de un rey sencillo y pobre… Por otra parte, Jesús se aplicó a sí mismo el versículo 22: “La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular, es el Señor quien lo ha hecho” (Mc 14,26). Y este mismo versículo es citado por San Pedro en su discurso ante los dirigentes y notables del pueblo (Hch 4,11) con un significado semejante: Jesús es aclamado, pero su gloria y su poder, ni son de dominio político, ni se quedan solo en él mismo, sino en su Padre, el Señor que está siempre junto al desvalido y el pobre.

Pero también es citado este versículo en la 1ª Carta de Pedro, para hablar de esas otras piedras que somos nosotros… “Vosotros, como piedras vivas sois edificados formando la casa espiritual y sacerdocio santo…” (1Pe 2,4-5) ¿También rechazadas por los arquitectos y colocadas por el Señor sobre la piedra fundamental que es Cristo? El caso es que hoy son estas piedras las que han de cantar este salmo. Ellas, mirando a la base del edificio ven a Cristo, puesto ahí por el poder de Dios Padre; mirando a los lados ven y sienten a los hermanos, trabados y ensamblados por la misma fe y el mismo amor, que unen sus voces con entusiasmo

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.