¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

jimenezzamoravicenteMons. Vicente Jiménez          Queridos diocesanos: ¡Feliz Pascua de Resurrección en este año 2016!

Resucitó el Señor del sepulcro, que por nosotros colgó del madero. Aleluya. Al alba del tercer día, la cruz reventó en vida y en resurrección. El amor no podía quedar estéril. El amor nunca es infecundo. El amor siempre es vida. La cruz es luz. Y la cruz floreció hasta la eternidad.

El misterio pascual es el corazón de nuestra fe

La Resurrección es el misterio que lo resume todo. “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados […] Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1 Cor 15,17-20). Nada podrá ya con nosotros. Nada podrá ya apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús: ni la espada, ni el hambre, ni la sed, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la enfermedad, ni la muerte (cfr. Rom 8, 37-39). En todo vencemos por Aquel que nos ha amado hasta hacerse cruz redentora, cruz florecida, cruz transfigurada, pascua sin ocaso, humanidad nueva y definitiva, aurora de eternidad. El Calvario no es sólo el monte santo de la cruz, sino también el jardín de la resurrección, la montaña sagrada de la luz y de la vida.

La cruz, signo de amor, acaba siempre en resurrección. Lo que el invierno es para la primavera, es la cruz para la resurrección. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3, 14).

La alegría de la Pascua

Debemos ser cristianos que vivamos la alegría de la Pascua. Este es el mensaje que el mundo espera de nosotros. Una de las causas de la escasez de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada es seguramente consecuencia de la poca hondura de nuestra fe y de la falta de testimonio alegre de nuestra vida. Cuando no se vive la experiencia de Dios y del encuentro vivo con el Señor, el Evangelio deja de ser entusiasmante y seductor, y en lugar de ser un tesoro que nos llena de vida, se convierte en una carga pesada, que no alegra el corazón. La causa de la nueva evangelización requiere nuevos evangelizadores. Nadie puede evangelizar sin una fuerte experiencia del encuentro personal con Cristo. El buen evangelizador transparenta en su mirada el fuego del amor de Cristo.

La Pascua es el tiempo de la alegría, porque Cristo “es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra vida y resucitando restauró la vida” (Prefacio Pascual I). Finalmente triunfó la vida. Ahora la última palabra la tiene no la muerte, sino la vida, por eso podemos saltar de júbilo y cantar, porque Dios ha hecho maravillas: “Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Ps 117).

El signo de una existencia cristiana es la verdadera alegría. Se trata de vencer a la tristeza y al miedo. Hay que formar comunidades pascuales, que vivan e irradien la alegría, aun en medio de las dificultades y pruebas. El mejor testimonio de la comunidad cristiana primitiva “unida en la Palabra, la Eucaristía y el servicio” era “la alegría y sencillez de corazón” (Hc 2, 47).

La Resurrección de Jesús es la causa de nuestra alegría, que vence la tristeza y supera el miedo. Es el acontecimiento que nos ofrece razones para sufrir y para gozar; para morir y para vivir. Es la alegría del Evangelio que “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vació interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Papa Francisco,Evangelii Gaudium, 1).

No somos fúnebres seguidores de un cadáver, que se entierra el Viernes Santo. Somos testigos alegres y valientes de Cristo que resucita en la mañana de Pascua y vive para siempre. Que nuestro corazón se inunde de alegría en este tiempo de Pascua y que la comunique a los demás.

En el tiempo de Pascua, volvemos la mirada y el corazón a la Virgen María, “causa de nuestra alegría”, y cantamos la antífona Regina coeli laetare. Aleluya. Reina del cielo, alégrate. Aleluya.

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

Mons. Vicente Jiménez Zamora
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Mons. D. Vicente Jiménez Zamora nace en Ágreda (Soria) el 28 de enero de 1944. Fue ordenado sacerdote diocesano de Osma-Soria el 29 de junio de 1968. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y en Filosofía por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal y episcopal está unido a su diócesis natal, en la que durante años impartió clases de Religión en Institutos Públicos y en la Escuela Universitaria de Enfermería, además fue profesor de Filosofía y de Teología en el Seminario Diocesano. También desempeñó los cargos de delegado diocesano del Clero (1982-1995); Vicario Episcopal de Pastoral (1988-1993); Vicario Episcopal para la aplicación del Sínodo (1998-2004) y Vicario General (2001-2004). Fue, desde 1990 hasta su nombramiento episcopal,abad-presidente del Cabildo de la Concatedral de Soria. El 12 de diciembre de 2003 fue elegido por el colegio de consultores administrador diocesano de Osma-Soria, sede de la que fue nombrado obispo el 21 de mayo de 2004. Ese mismo año, el 17 de julio, recibió la ordenación episcopal. El 27 de julio de 2007 fue nombrado Obispo de Santander y tomó posesión el 9 de septiembre de 2007. Desde el 21 de diciembre de 2014 es Arzobispo de Zaragoza, tras hacerse público el nombramiento el día 12 del mismo mes. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro del Comité Ejecutivo desde el 14 de marzo de 2017. Además, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe (2007-2008) y Pastoral Social (2008-2011). Desde 2011 era presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tras ser reelegido para el cargo el 13 de marzo de 2014. El sábado 29 de marzo de 2014 la Santa Sede hizo público su nombramiento como miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.