Divina Misericordia y Anunciación del Señor

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora          En este año tan especial del Jubileo de la Misericordia, el Señor nos regala celebrar, en esta semana segunda de Pascua, el Domingo de la Divina Misericordia con la solemnidad de la Anunciación, de la Encarnación de Jesucristo en el seno virginal de Santa María. En la humanidad de Jesucristo, presente ya en la historia humana, se muestra plenamente la misericordia de Dios, que, decretada en el seno de la Santísima Trinidad, viene a muestro limitado tiempo y muestra el rostro misericordioso de Dios.

Son palabras tan acertadas las del papa Francisco que haremos bien en repasarlas de nuevo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, “rico en misericordia” (Ef 2, 4), después de haber revelado su nombre a Moisés como “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34, 6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la “plenitud del tiempo” (Gal 4, 4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr. Jn 14, 9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 1).

La confluencia en esta semana de la Divina Misericordia y la Encarnación ha de marcar nuestra espiritualidad de bautizados. Es Dios el que pone su amor–corazón en nuestras miserias y lo hace con el fin de que crezcamos como humanos a la medida de Cristo, Jesús. Ecce Homo —Aquí tenéis al Hombre— dijo el Viernes Santo Pilato, después de haber destrozado y humillado al Hijo de Dios hecho hombre, sin saber que precisamente por su entrega —verdaderamente hombre— ha vencido el pecado, el mal consecuente y hasta la misma muerte. ¡En Él hemos sido salvados!

Esta es la Buena Nueva: que los fieles que hemos sido transformados por pura gracia en hijos de Dios, estamos en condiciones de comunicar y lo hemos de hacer para ofrecer a todos ese mismo poder de transformación en Cristo. Es, en definitiva, el poder recibido del mismo Dios para ser realizado en nuestro momento histórico: «Misericordiosos como el Padre es misericordioso». A propósito de todo esto, deberemos recordar la reflexión que nos hace el papa Francisco recogiendo la expresión definitiva de san Juan Pablo II en la carta en la que nos habló del Nuevo Milenio que viene. Es una frase densa y contundente: «Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación».

Se nos advierte que, en «la lógica de la Encarnación», está la clave de la vida de la Iglesia, de todos nosotros, pues, desde el amor misericordioso de Dios, sabemos a dónde debe elevarse la dignidad de la persona y el bien común en una sociedad justa. Y, desde el «Hombre», —el ser humano— «por Cristo, con Él y en Él», se adelanta el Reino de Dios al tiempo presente. Metidos hoy en el corazón de Jesucristo, seremos —según quiere el Papa— «evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón».

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.