Jornada del Seminario

Ricardo Blazquez Arzobispo ValladolidMons. Ricardo Blázquez        Reconozco que el Seminario es la comunidad de la Diócesis en que se concentran particularmente mis cuidados pastorales, mi dedicación más atenta, mi esperanza más gozosa y mi gratitud más cordial. Doy ante todo gracias a Dios porque en nuestro Seminario no cesa de correr una corriente vocacional; este año varios seminaristas recibirán la ordenación de presbítero y varios jóvenes comienzan la formación para el sacerdocio, conscientes de que el Señor unas veces les llama con claridad y otras viene susurrando su nombre. La vitalidad cristiana y apostólica de una Diócesis está íntimamente relacionada con el Seminario. La palabra Seminario tiene que ver con semilla, y consiguientemente con plantas en crecimiento, en maduración y con la esperanza de la fructificación.

Con ocasión de la Jornada del Seminario quiero agradecer a tantas personas que rezan, trabajan, acompañan, colaboran y tienen puesta su confianza en él. Como es conocido, este año se ha renovado el equipo de formadores: De los cuatro, dos son nuevos. Agradezco al equipo anterior su dedicación y desvelos; al nuevo manifiesto mi proximidad y confianza. Hay muchas personas que ayudan al Seminario: Sacerdotes que llevan impresa en su acción pastoral la causa de las vocaciones y prestan colaboración en sus parroquias para acoger a seminaristas en el tiempo de su formación pastoral; agradezco particularmente a las familias, que están abiertas a que alguno de sus hijos o hermanos, sean llamados, y apoyarles en este precioso camino. Hay muchos seglares y consagrados que están cerca del Seminario, participando en la oración común, en el afecto, en la esperanza de la maduración vocacional y de la ordenación como culminación de un largo camino, con las dificultades y trabajos que la formación para el sacerdocio comporta. El Seminario necesita experimentar el apoyo y el calor de la Diócesis, presbíteros, diáconos, religiosos, consagrados, familias, educadores cristianos, catequistas, grupos apostólicos de niños, jóvenes y adultos, y por supuesto del obispo.

En la fiesta de San José celebramos tradicionalmente la Jornada dedicada al Seminario; es punto culminante adonde conducen muchos esfuerzos y es arranque para otras muchas actividades. De esta manera la fiesta de San José es aldabonazo para una tarea primordial en la Iglesia. La razón de que la fiesta de San José sea el Día del Seminario reside en una comparación: Así como Jesús creció, fue educado y formado en el hogar de Nazaret (cf. Lc. 2, 51-52) hasta comenzar el cumplimiento de la misión que el Padre le había confiada, de manera semejante el Seminario es el ámbito eclesial en que los llamados van creciendo hasta ser candidatos aptos para recibir la ordenación sacerdotal.

La vida en el hogar de Nazaret discurrió bajo la custodia de San José, que ahora prolonga su protección en la vida del Seminario. Nos acogemos a la fiel custodia de San José para que acompañe y cuide las diversas etapas del itinerario de preparación humana, espiritual, teológica y pastoral de los seminaristas. Como la misión es muy importante y delicada, requiere una esmerada preparación.

El Seminario gira en torno a la vocación de los seminaristas. Pero ¿qué es la vocación? En el Antiguo y Nuevo Testamento hay preciosas escenas de vocación, que son también referentes de nuestra llamada y respuesta. La vocación de Abrahán (cf. Gén. 12, 1 ss), Moisés (cf. Ex. 3, 1ss.), Isaías (Is.6, 9) Jeremías (Jer.1, 7) Ezequiel (Ez.3, 1ss) son actuales. Dios dirige su llamada a la persona que ha escogido gratuitamente para confiarle una misión. La llamada es personal, como se manifiesta a veces con el cambio de nombre. Dios que llama y la persona vocacionada entran en una relación singular de amistad, de empeño en el cumplimiento de la tarea. La obediencia es la respuesta adecuada de quien ha sido llamado por Dios.

Jesús también fue llamado por el Padre (cf. Heb. 5, 1ss.; 8, 6ss.). Nuestro Señor, a su vez, multiplicó los llamamientos para seguirlo (cf. Mt. 4, 18-22; Mc. 3, 13; Lc. 10, 1 ss.). Jesús llamó a los que quiso o también a los que llevaba en el corazón; llamó libremente y llamó por amor. A los elegidos los hace amigos mostrándoles una confianza particular (cf. Jn. 15, 14-16). Seguir la vocación significa caminar detrás de Jesús, gozando con su compañía y cargando con la cruz de las pruebas y de la fidelidad. El seguimiento de la llamada que Jesús nos dirige comporta alegría y honda satisfacción; en cambio, el que se niega a seguir la llamada y da la espalda a Jesús se aleja triste (cf. Mc. 10, 17-22).

No sólo algunos fueron llamados; la misma condición cristiana fue considerada como vocación por la Iglesia desde el principio (cf. Rom. 1, 1.7; 1 Cor. 1, 1s. 26; 7, 24). Más aún, la misma Iglesia es la comunidad de los llamados, la Ecclesía, la “llamada”, la “elegida” (cf. 1 Ped. 2, 9-10; 2 Jn. 1). En la Iglesia todos hemos recibido la vocación cristiana y dentro de ella hay diversidad de vocaciones (cf. 1 Cor. 12, 4-13; 1 Ped. 4, 10-11).

En cada uno de nosotros convergen y se concentran varias llamadas del Señor: A la fe cristiana y a la Iglesia; y dentro de ella al matrimonio cristiano o al sacerdocio ministerial o la vida consagrada o a otras formas de vivir en la Iglesia; como cada persona es irrepetible por ello ha sido llamada también con una vocación singular, significada con el nombre nuevo grabado en una piedrecita blanca (cf. Ap 2, 17). Incluso la misma existencia es concebida en la Sagrada Escritura como llamada de Dios. En el paso de la nada a la existencia está la vocación de Dios creador (cf. Gén. 1, 1ss.). En el libro de Baruc leemos cómo la luz acude temblorosa cuando el Señor la llama; y cómo a la misma llamada responden los astros diciendo con su mismo existir “presentes” (cf. 3, 33-35).

Nuestra identidad más honda consiste en haber sido llamados por Dios que nos ama y cuenta con nosotros; ante Él discurre nuestra vida. ¡Qué María nos enseñe a decir sí y a responder a Dios “heme aquí”! (cf. Lc. 1, 38). ¡Qué San José nos enseñe a obedecer en silencio con la vida misma! (cf. Mt. 1, 24; 2, 13-15.21). Pidamos por nuestro Seminario y por las vocaciones al sacerdocio.

+ Ricardo Blázquez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

 

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)