El cristiano ante la muerte

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez        No es siniestro, ni cruel, ni inhumano pensar en la muerte y hablar de ella. Como el nacer, también el morir es la realidad más ordinaria, permanente y universal del ser humano. Para vivir sabiamente es conveniente traerla a la conciencia para que nos de la medida que relativiza nuestras decisiones y da sentido a nuestras acciones. Sin embargo asusta a muchos, creyentes y no creyentes, que quieren mirar para otro lado haciendo como si no existiera. Pero está siempre presente de forma implacable. Siempre y para todos, supone un trauma, una ruptura, una lucha con la vida que quiere perpetuarse.

Cuando la afrontan las personas de fe tienen una ventaja para recibirla con paz y serenidad porque la fe les dice que ese deseo de seguir viviendo se cumple en la otra vida siempre y cuando se ha sabido corresponder a la llamada de Dios cumpliendo los mandamientos. Dice el prefacio de difuntos: “Para los que creemos en ti, Señor, la vida no termina, se transforma”. Sin embargo, para los que no creen, la muerte es un escándalo, “toda imaginación fracasa ante el enigma de la muerte” (GS 18). ¡Qué decepción, qué fracaso, incluso qué injusticia sería si toda la vida no ha servido para nada y no hay esperanza! ¿Qué sentido tendría entonces el amor, la amistad, la bondad, la alegría, los trabajos, sufrimientos, sacrificios…?

La fe cristiana nos anuncia la victoria definitiva sobre la muerte. Casi son un desafío, un desprecio y una afirmación sin respeto a la muerte las palabras de San Pablo. “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?… Dios nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 15.55). La muerte ha sido vencida por la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Así se convierte en “pascua” (=paso) hacia el Padre que juzgará si hemos sido fieles a su Amor o hemos vivido a espaldas de él. Será el momento de aprobarnos o suspendernos. Su misericordia va precedida de la Justicia, de la Verdad y del Amor. Pensemos en el Juicio final (Mt 25, 31-46) o en el rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31) o en la parábola de la cizaña y el trigo (Mt 13, 24-30). Dios nunca condena, somos nosotros los responsables para bien o para mal, como nos muestra él mismo en el Juicio final.

Basta contemplar cómo se han enfrentado los santos, los modelos de fe, a la muerte. Santa Teresa de Jesús lo dice en un precioso poema: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero… ¡Qué larga es esta vida, qué duros estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida! Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero, que muero porque no muero”. Estas palabras no son ni de desesperación, ni desconsuelo, ni de queja, sino de amor, deseo y esperanza de estar donde Aquel a quien más quiere que es Jesús.

¿Qué es la muerte para el cristiano?, lo dicen bien claro los epitafios que aparecen en los enterramientos de las catacumbas de los mártires de Roma: “Ésta es nuestra vida”, “Durmió en el Señor”, “Vive en el Señor”, “Nacido de nuevo”. Son los que morían amando y perdonando y decían al verdugo: “Acelera mi encuentro con Cristo”. Celebramos la fiesta de los santos no en el día que nacieron para esta vida, sino en el día en que murieron y nacieron para la Vida Eterna. Por eso las exequias cristianas son celebraciones con un carácter festivo y pascual. No se celebra la muerte sino la vida nueva.

La sociedad moderna oculta la gravedad de la enfermedad y la muerte. Es un error doctrinal, pastoral y pedagógico la llamada “conspiración del silencio”. El enfermo se suele dar cuenta del engaño y es él mismo el que rompe esas falsas precauciones diciendo la verdad y pide hacer un testamento vital. La Conferencia Episcopal Española ofrece un modelo, que es fruto de la actitud de fe del cristiano ante la muerte. Va dirigido “a mi familia, a mi médico, a mi sacerdote, a mi notario… Sé que la muerte es inevitable y pone fin a mi existencia terrena, pero desde la fe creo que me abre el camino a la vida que no se acaba, junto a Dios… Deseo poder prepararme para este acontecimiento final de mi existencia, en paz, con la compañía de mis seres queridos y el consuelo de mi fe cristiana”. En estas palabras hay confianza, serenidad, paz, esperanza, que ayudan al enfermo y a los familiares. Es la mejor preparación para morir en el Señor (Cf. Ap 14,13). n

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
Acerca de Mons. Francisco Pérez 348 Articles
Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).