Tres mil voluntarios católicos realizan programas humanizadores en las cárceles españolas

INDIANA-EXECUTION
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El mundo de las prisiones constituye un ámbito poco conocido de una de las múltiples y más significativas presencias de la Iglesia Católica en los márgenes de la sociedad. En efecto, desde sus mismos orígenes, directamente vinculados al encarcelamiento y al martirio, siempre se ha mante- nido fielmente a los pies de todas las cruces y, en particular, al servicio de las personas privadas de libertad.

El Concilio Vaticano II afirmó que “La Iglesia reconoce en los pobres y en todos los que sufren la imagen de su Fun- dador… y abrazando a todos los afligidos se esfuerza en aliviar sus necesidades y servir en ellos a Cristo”. Las más de nueve millones de personas presas en el mundo entero (una por cada 665 en libertad) constituyen la parcela a la que al servicio del Reino de Dios y su justicia sirve desde siempre la Pastoral Penitenciaria. Sin embargo, el efecto preventivo de la ignorancia se produce tanto con respecto a nuestras prisiones, cada vez más invisibilizadas y alejadas de los núcleos urbanos, como de la propia acción de la Iglesia, desconocida las más de las veces al interior de la propia comunidad cristiana.

Buena parte de la población ignora que en los 77 centros penitenciarios, distribuidos por toda la geografía nacional, están internadas cerca de 67.000 personas, y que aproximadamente 150 capellanes de prisiones y unos 3.000 voluntarios se afanan en dignificar la vida de quienes padecen la privación de libertad y sus consiguientes penalidades.

Aún menos conocida es la circunstancia de que la Iglesia Católica, a través de la Pastoral Penitenciaria en las Diócesis, coordinada con otras instancias eclesiales, mantiene más de 160 centros de acogida y desarrolla más de 700 programas de toda índole en un intento de humanizar el sistema penal y penitenciario.

Los voluntarios de la pastoral penitenciaria son conscientes de que visitar y liberar a los presos es expresión del amor de Dios y que el ser humano es el camino de la Iglesia, por ello mismo, su rostro sufriente evoca el rostro mismo de Cristo. De ahí que no puedan olvidar que una de las preguntas que en el juicio final cerrarán el ciclo de la historia –formulada a creyentes y a no creyentes–, es “¿me visitaste cuando estuve pre- so?” (cf. Mt. 24,45).

(Diócesis de Plasencia)

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