Semana Santa, hogar y escuela de la Misericordia

mons_bernardo_alvarezMons. Bernardo Álvarez          Queridos diocesanos:

La Semana Santa es la época del año en que la Iglesia celebra los «misterios de la salvación» realizados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su «entrada triunfal» en Jerusalén el Domingo de Ramos y terminando por su resurrección el Domingo de Pascua, después de haber pasado por la pasión, la muerte y la sepultura, que ocupan los días del Jueves, Viernes y Sábado Santo.

El Papa Francisco ha convocado a toda la Iglesia a celebrar el “Año Santo de la Misericordia”. La Semana Santa de este año, por tanto, es una oportunidad inmejorable para tener una vivencia personal de la Misericordia de Dios, participando con fe y devoción sincera en las celebraciones litúrgicas, las procesiones, Vía-crucis y otras formas de piedad.

Particularmente, es fundamental que nos acojamos al perdón de Dios, reconociendo y confesando nuestros pecados ante un sacerdote, en el Sacramento de la Reconciliación. «Vuelve al Señor, abandona el pecado, suplica en su presencia y disminuye tus faltas… ¡Qué grande es la misericordia del Señor y su perdón para los que vuelven a Él!» (Eclesiástico 17, 21.28).

El Papa no se cansa de repetirnos que Jesucristo es “el rostro de la misericordia de Dios Padre”. Es decir, que Jesucristo con sus palabras y acciones, con toda su vida, realiza plenamente la misericordia de Dios para con nosotros y con todos los hombres. Como manifiesta San Pablo en la Carta a los Efesios, “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo –¡ustedes han sido salvados gratuitamente!– y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar para siempre la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús” (Ef. 2, 4-7).

“El amor de Dios se ha hecho visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión” (Papa Francisco).

Existe, por así decirlo, una misericordia del corazón y una misericordia de las manos. En la vida de Jesús resplandecen las dos formas. Él refleja la misericordia de Dios hacia los pecadores, a los que siempre ofrece el perdón e invita a un cambio de vida, pero se conmueve también de todos los sufrimientos y necesidades humanas, interviene para dar de comer a la multitud, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los oprimidos. De Él el evangelista dice: «Tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17).

Pero, sin duda, donde más resplandece la misericordia es en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Por eso, la celebración de la Semana Santa es el mejor hogar y la mejor escuela de la misericordia. Ahí contemplamos la misericordia ejercida a costa del sacrificio de la propia vida, “con sangre, sudor y lágrimas”, por nosotros y por nuestra salvación. Sí, por nosotros, por ti y por mí, por todos. Como san Pablo podemos decir en primera persona, “me amó y se entregó por mí” y, también como San Pedro, “sus heridas nos han curado”. Al contemplar a Cristo no sólo aprendemos lo que es la auténtica misericordia, sino que comprobamos que la ejerce con nosotros y, también, que estamos llamados a ejercerla con los demás, pues, como dice San Pedro “Cristo padeció por nosotros y nos dejó un ejemplo a fin de que sigan sus huellas” (1Pe. 2,21). El mismo Jesús nos pide: “sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc. 6,36).

En el relato de la Pasión de Jesucristo que leemos el Viernes Santo, San Juan nos muestra la escena del costado de Cristo traspasado por una lanza del que al punto brotó sangre y agua. Es como una síntesis del sentido de toda la pasión del Señor. La lanza representa la maldad humana, el testimonio de que somos pecadores. Ante esto, del mismo costado herido por la lanza brota “sangre y agua”, es decir, nuestra salvación. La propia mirada puesta sobre el costado traspasado de Jesús, «volverán los ojos hacia Aquel al que traspasaron», me revela que soy pecador al tiempo que me abren al perdón, la misericordia, la reconciliación, la regeneración y la posibilidad de una vida nueva.

La Iglesia siempre ha visto en esta escena el origen de los sacramentos, particularmente el bautismo (el agua) y la eucaristía (la sangre). En efecto, Cristo muere víctima del pecado y la maldad de los hombres, pero Él, de su muerte, hace brotar el perdón y la salvación para todos. Por Cristo, “por su Sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Ef. 1,7). Esta es la esencia de la misericordia. Ante el rechazo y la agresión, Dios no responde con la venganza y la destrucción de los pecadores, sino ofreciéndoles remedio para curar la maldad de sus corazones. “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -dice del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez. 18,22). Jesús mismo lo repitió de diversas formas: “no he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores”, “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos”. Y san Pablo nos dice con toda claridad: “En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Ron. 5,6-8).

Esta es la clave para comprender el sentido de la Semana Santa y celebrarla con provecho espiritual. Les invito a situarnos en la verdad de lo que somos: “pecadores necesitados de la misericordia de Dios”. Quizás nos falte sentido del pecado y nos creemos buenos y, en consecuencia, no necesitados de la misericordia de Dios. Pero estamos en un error. San Juan en su primera carta nos previene: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso, y su palabra no está en nosotros» (1Jn. 1,8-10).

Si no reconocemos nuestros pecados, corremos el riesgo de no entender la locura que hay en el amor de Dios que se ha hecho hombre, hasta el punto de morir en la cruz como consecuencia de la maldad humana. Con esa misma muerte nos ofrece el remedio: “sus heridas nos han curado”. Acoger la misericordia supone que se tenga conciencia de la propia miseria y confiadamente ponerse en manos de Dios. Él, siempre “compasivo y misericordioso”, acoge dicha miseria, la asume, la transfigura y nos la devuelve transformada en perdón y vida nueva. La misericordia tiene sentido si somos conscientes de que la necesitamos.

Si nos detenemos con atención a contemplar cualquiera de las escenas de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, nos damos cuenta que en todas se repite esta dinámica, ante las agresiones, desprecios, abandonos, etc., Jesús siempre responde con el perdón, la compasión, el consuelo. Como proclamamos en la liturgia de la misa, Cristo, “compadecido del extravío de los hombres, sufriendo la cruz, nos libró de eterna muerte y, resucitando, nos dio vida eterna”.

Sí. La Semana Santa es hogar y escuela de la misericordia. Entremos con fe al calor de este hogar donde Dios, como el Padre de la parábola del Hijo Pródigo, nos espera con los brazos abiertos, para abrazarnos con su misericordia y su perdón, para darnos nueva vida en Cristo.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

Mons. Bernardo Álvarez
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Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense. ESTUDIOS REALIZADOS: Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967. Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969. Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos. Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática. RESPONSABILIDADES: Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987). - Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980 - Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982 - Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986. - Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987. - Arcipreste de Ofra: 1986-1987. Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992. Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989. Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999. Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992. Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis. Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004. Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999. Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999. MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.