«El que esté sin pecado…»

Cesar_Franco_SegoviaMons. César Franco          En varias ocasiones los escribas y fariseos pretendieron tender una trampa a Jesús para acusarle ante el Sanedrín o ante el procurador romano. Una de ellas es la de la mujer adúltera, conducida ante Jesús para preguntarle si, como decía la ley de Moisés, debía ser lapidada. Era una pregunta con trampa. Si decía que no, sería acusado de contradecir a Moisés. Si decía que sí, podían llevarle ante el procurador de Roma por atribuirse una decisión que sólo correspondía al tribunal romano, la condena a muerte. El evangelio afirma que Jesús, ante la pregunta, se inclinó y escribía en la arena. Nadie sabe lo que escribió. Dice Papini que posiblemente «para que el viento se llevase las palabras que los hombres tal vez no hubieran podido leer sin miedo».

Como los acusadores insistían ante el silencio de Jesús, éste, erguido, pronunció una sentencia que se ha convertido en patrimonio de la moral universal: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».  Como una pedrada heriría esta sentencia el corazón de los hipócritas acusadores. Y, empezando por los viejos, se fueron escabullendo hasta dejar a Jesús y a la mujer solos. El seguía escribiendo en el suelo, mientras ella esperaba alguna palabra. Y esa palabra llegó en forma de pregunta, absolución y mandato. «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más».

Las palabras de Jesús actuaron en el corazón de los que pedían la muerte como una espada aguda que llega a los entresijos del alma y discierne las intenciones. Al escucharlas, los jueces de la mujer se convirtieron en reos de la justicia de Cristo, y se escabulleron, considerando sin duda sus propios crímenes, sus posibles adulterios, sus juicios inmisericordes, su falsa justicia, como aquellos viejos que quisieron abusar de la casta Susana, y cuyos pecados inconfesables fueron puestos al descubierto por el profeta Daniel.

Una vez solos, Jesús, erguido de nuevo pues seguía escribiendo en la arena, le manifiesta su perdón, la absuelve de su pecado, con la advertencia de que no peque más. La misericordia de Cristo no disimula el pecado ni le resta importancia. Cristo es al mismo tiempo misericordia y verdad. Y ambas caminan juntas. Jesús, que ha venido a dar plenitud a la ley, no escamotea la gravedad del pecado, aunque esté siempre dispuesto a perdonar. Y la defensa que hace de la mujer frente a quienes deseaban lapidarla muestra que nadie puede condenar a otro, y que sólo Dios tiene la última palabra en el juicio de cada hombre, porque sólo él es el Santo y Justo.

Con sus palabras, Jesús desbarató la trampa que querían tenderle. Ni contradijo a Moisés, ni usurpó los derechos del procurador. Sencillamente, como en otras ocasiones, puso el dedo en la llaga de quienes se consideran justos y condenan a los demás. Vino a decir lo que san Juan afirma con toda claridad: «Si alguien dice que no tiene pecado, miente y la verdad no está en él». Todo hombre es pecador y, por tanto, necesita misericordia. El juicio y la condena no pertenecen a los hombres, muy dados a tirar la primera piedra a quien es sorprendido en pecado. ¡Cuántas veces se hace leña del árbol caído! Y en cuántas ocasiones lanzamos piedras a quienes cometen nuestros mismos pecados, que, si salieron a la luz, mostrarían la hipocresía de nuestros comportamientos y la falsedad de nuestra justicia cuando nos escandalizamos de los pecados ajenos. Deberíamos invertir los roles y decir con un gran predicador: «Dame, oh Dios, espíritu de hijo para contigo, espíritu de madre para con los demás, y espíritu de juez para conmigo». Entonces la piedra amenazadora se nos caería de las manos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Mons. César Franco Martínez
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Mons. D. César Augusto Franco nació el 16 de diciembre de 1948 en Piñuecar (Madrid). Fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1973. Es licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1978. Diplomado en Ciencias Bíblicas por la Escuela Bíblica y Arqueología de Jerusalén en 1980. Es también Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1983. CARGOS PASTORALES Fue Vicario Parroquial de las parroquias San Casimiro (1973), Santa Rosalía (1973-1975) y Ntra. Sra. de los Dolores(1975-1978/1981-1986). Capellán de las Hijas de la Caridad en el Colegio San Fernando (1980-1981); Secretario del Consejo Presbiteral de Madrid (1986 y 1994) y Consiliario diocesano de Acción Católica General y Capellán de la Escuela de Caminos y de la Facultad de Derecho (1986-1995). Fue Rector del Oratorio Santo niño del Remedio (1993 -1995) y Vicario Episcopal de la Vicarçia VII (antigua VIII) de Madrid (1995-1996). El 14 de mayo de 1996 fue nombrado Obispo Auxiliar de Madrid y Titular de Ursona, recibiendo la ordenación episcopal el 29 de junio del mismo año. Desde 1997 a 2011 fue Consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas y ha sido el Coordinador general de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid 2011. Desde noviembre de 2012 hasta su nombramiento como Obispo de Segovia fue Deán de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid. En su actividad docente, ha impartido cursos sobre Biblia en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Eclesiástica “San Dámaso”. El 12 de noviembre de 2014 se hizo público su nombramiento como obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 20 de diciembre del mismo año. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis desde 2014, tras ser de nuevo elegido para este cargo el 14 de marzo de 2017. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Liturgia (1996-1999), de Enseñanza y Catequesis (1996-2008), de Apostolado Seglar (1999-2002) y de Relaciones Interconfesionales (2008-2014).