“Nos basta su misericordia”

juan antonio menendezMons. Juan Antonio Menéndez         Queridos sacerdotes, consagrados y fieles laicos:

Me dirijo por primera vez a vosotros a través de esta Carta Pastoral para agradeceros de todo corazón el afecto y el cariño con el que me habéis recibido como pastor de la diócesis de Astorga y, al mismo tiempo, animaros a vivir este Año Jubilar de la Misericordia como un tiempo de gracia que el Señor pone ante nosotros y que debemos aprovechar para crecer en santidad.

Quiero compartir con vosotros, en primer lugar, la experiencia de fraternidad eclesial que estoy viviendo en estos primeros días. Es como una caricia de la misericordia divina, pues entre vosotros he encontrado verdaderos hermanos en el Señor. Hermanos sacerdotes que, con vuestra presencia, cercanía y afecto, me recibisteis y me recibís en vuestras parroquias y en vuestras casas. Hermanos consagrados con quienes he tenido la suerte de celebrar la clausura del Año de la Vida Consagrada y visitar en sus conventos y monasterios. Hermanos laicos que me habéis manifestado vuestra disposición para trabajar en la misión evangelizadora siendo testigos de Jesucristo en medio del mundo. Muchas gracias a todos por esta fraternidad espiritual. Pido a Dios saber corresponderos con el mismo cariño y amor que me estáis dispensando.

El Santo Padre Francisco ha convocado un Año Jubilar de la Misericordia a fin de que todos los fieles cristianos en el momento presente fijemos de un modo más intenso la mirada en la misericordia divina “para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre”. De este modo se hará “más fuerte y eficaz nuestro testimonio como creyentes” (Misericordiae Vultus, 3). En comunión, pues, con el Santo Padre y con toda la Iglesia universal, os invito a asumir la propuesta del Papa y los objetivos y sugerencias que indica dicha Bula.

En esta Carta Pastoral quiero concretar en nuestra diócesis algunas enseñanzas y propuestas de la Bula de convocatoria del Jubileo. Para ello es necesario comenzar tomando conciencia de la debilidad de la persona humana herida por el pecado. Sin este primer acercamiento no se puede entender en su justa medida la acción misericordiosa de Dios que todo lo restaura y sana por el amor extremo. Para comprobar cómo el Señor actúa siempre con misericordia y compasión os propongo, como lo hace el Santo Padre Francisco en la Bula, reflexionar sobre la revelación de la misericordia divina en la Sagrada Escritura. Una revelación que culmina con la manifestación del rostro misericordioso del Padre en el de su Hijo Jesucristo, muerto en la cruz. Por último quiero proponeros algunos criterios, actitudes y acciones que podemos realizar a lo largo de este Año. Se trata de lograr, con el auxilio de la gracia divina, un aumento de la comunión en la fe, una mayor esperanza en la providencia divina y un deseo de amor fraterno más intenso a través de la práctica de las obras de misericordia. Así podremos ser en este mundo instrumentos creíbles del amor divino de modo que los hombres viendo nuestras buenas obras den gloria a Dios nuestro Padre rico en misericordia (Mt 5,16).

I. RECUERDA QUE ERES BARRO

La Biblia muestra la fragilidad del hombre recurriendo a la imagen del barro: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gn 2,7) La fragilidad humana se percibe en el pecado, en la enfermedad y en la muerte. Estas realidades amenazan constantemente la vida del hombre y ponen en peligro la convivencia social. Reflexionar sobre nuestra condición de pecadores, nos lleva a admirar la fortaleza de Dios que se manifiesta en su perdón y misericordia, don precioso que debemos pedir constantemente para nosotros y para el mundo a fin de ser los misioneros de la misericordia.

1.1. La realidad del pecado personal y social

El pecado está presente en la historia del hombre desde los orígenes, con el pecado de nuestros primeros padres, hasta la actualidad. San Pablo lo afirma: “Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…” (Rm 5,12). El Papa comenta: “Sabemos que estamos llamados a la perfección (Mt 5,48), pero sentimos el fuerte peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados” (Misericordiae Vultus, 22). Sería vano intentar ignorarlo. Esta oscura realidad sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin ésta se siente la tentación de darle otros nombres o apariencias, de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.(Catecismo de la Iglesia Católica, 386).

El pecado es una realidad personal

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín), por ser un acto libre, tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación de éste con Dios –que es el fundamento de la vida humana– y en su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia. Se convierte en grave cuando con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave (Cf. Veritatis Splendor, 70).

El pecado es una realidad social

Pero no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana. Algunos pecados constituyen, por su mismo objeto, una agresión directa contra el prójimo o más exactamente, según el lenguaje evangélico, contra el hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al prójimo. A estos pecados se suele dar el nombre de sociales. Es social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones, tanto interpersonales como en las de la persona con la sociedad y, viceversa, de la comunidad con la persona. Es social todo pecado cometido contra los derechos de la persona humana, contra la libertad ajena, contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y sus exigencias, dentro del amplio panorama de los derechos y deberes de los ciudadanos.

Responsabilidad personal del pecado social

Hablar de pecados sociales no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino poner de relieve la responsabilidad de cada uno en esas realidades y situaciones intolerables. No es aceptable un significado de pecado social, que al oponer, no sin ambigüedad, pecado social y pecado personal, lleva más o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales. La Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos más o menos amplios, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas. Una situación –como una institución, una estructura, una sociedad– no es, de suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala en sí misma. En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras. Y así, si tal situación cambia en sus aspectos estructurales e institucionales por la fuerza de la ley o –como por desgracia sucede a menudo– por la ley de la fuerza, en realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca duración y, en definitiva, vano e ineficaz –por no decir contraproducente– si no se convierten las personas directa o indirectamente responsables de tal situación.

1.2. “Las crisis”, como consecuencia del pecado

El pecado, sin duda, es la causa de la grave crisis que sufre nuestra sociedad postmoderna, una crisis que no podemos reducir ni simplificar a lo estrictamente económico sino que va más allá. Como hemos afirmado los obispos españoles en el documento La Iglesia servidora de los pobres, se trata de una crisis de Dios y de fe, una crisis en la concepción del hombre, de la familia, de la humanidad y de la sociedad; una crisis ética y moral.

Crisis de fe en Dios

La crisis de Dios se manifiesta en la falta de fe, el ateísmo y el secularismo. Muchos hoy en día, como nos adelantaba ya el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes (nº 19), se desentienden totalmente de la íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios desoyen el dictamen de su conciencia. Los cristianos podemos tener parte no pequeña de culpa en esta situación, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con las debilidades de nuestra vida religiosa, moral y social, hemos velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.

Crisis del hombre

Esta crisis de Dios nos ha llevado a un debilitamiento de la concepción del hombre que, creado a imagen y semejanza de Dios, al perder su referencia trascendente, se pliega sobre sí mismo para vivir no desde Dios y para los demás, sino únicamente para sí. De esta manera, se vuelve egoísta, individualista, incapaz de poder ver al hermano como otro yo (cfr. Gaudium et Spes, 27). “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (Evangelii Gaudium, 2).

La corrupción

Y quizá la mayor manifestación en nuestros días de esta realidad sea la lacra de la corrupción. El Papa en la Bula Misericordiae Vultus invita principalmente a la conversión a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. “Esta llaga -dice- putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia”(nº 19). El hombre podrá construir un mundo sin Dios, pero ese mundo acabará por volverse contra el hombre (Cf. Redemptor Hominis, 15).

Crisis ética y moral

Pero esta crisis no está exenta de su dimensión ética y moral: la cultura contemporánea ha perdido el vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad, vínculo que la Iglesia debe ayudar a descubrir. Parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral. Está ante los ojos de todos el desprecio de la vida humana ya concebida y aún no nacida, la violación permanente de derechos fundamentales de la persona, la inicua destrucción de bienes necesarios para una vida meramente humana. Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre. Hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de Él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et Spes, 22).

Crisis de la familia

Ha influido también de manera notable en nuestra sociedad la crisis a la que se ha visto sometida la institución de la familia. El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. No faltan signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí, graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores, el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional. La continuada falta de fidelidad al amor conyugal ha contribuido a crear graves problemas de desestructuración y debilitamiento de la convivencia familiar. Remontándose al “principio” del gesto creador de Dios, la familia se conoce y realiza como “íntima comunidad de vida y de amor”, que tiene la misión de crecer cada vez más en esa íntima unión que, al igual que para toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. Su esencia y cometido son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa. En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, se han de poner de relieve cuatro cometidos generales de la familia cristiana, Iglesia doméstica, que sería necesario actualizar: formación de una comunidad de personas; servicio a la vida; participación en el desarrollo de la sociedad; participación en la vida y misión de la Iglesia.

Crisis ecológica Por último, es oportuno también señalar la crisis provocada por el cambio climático, que el Papa Francisco ha expuesto en la Carta Encíclica Laudato Si. Es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad que exige una conversión ecológica: “Si «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo es porque se han extendido los desiertos interiores», la crisis ecológica es una llamada a una profunda conversión interior. Pero también tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. A todos nos hace falta una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (nº 217).

1.3. Los males sociales que nos afectan más directamente

El desempleo

La crisis económica tiene como consecuencia el desempleo. Constituye uno de los principales males sociales en la actualidad, generador de pobreza, inestabilidad social y enormes desigualdades. No habrá nadie que niegue el deber y el derecho que tiene todo hombre de trabajar: el trabajo es medio para sostener la vida, en él se realiza el perfeccionamiento personal, cumple un servicio social y es signo de la dimensión religiosa del hombre con Dios. El Estado y la sociedad tienen que atender al problema de los parados tratando de erradicar esta lacra en la estructura económica. Estamos llamados al trabajo desde nuestra creación. No debemos pretender que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano. Con ello la humanidad se dañaría a sí misma. El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal. En este sentido, la ayuda a los parados debe ser siempre una solución provisoria. El gran objetivo debe ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo.

La orientación de la economía ha propiciado un tipo de avance tecnológico que reduce costos de producción en razón de la disminución de los puestos de trabajo reemplazados por máquinas. Es un modo más de como la acción del ser humano puede volverse en contra de él mismo. La precariedad e inestabilidad laboral es una realidad que cada vez con más frecuencia se produce entre nosotros debido a la amenaza constante del cierre de empresas y minas en las comarcas de nuestra diócesis. Para que siga siendo posible dar empleo estable y de calidad es imperioso promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. Para que haya una libertad económica de la que todos efectivamente se beneficien, a veces puede ser necesario poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero. Una libertad económica sólo declamada, pero donde las condiciones reales impiden que muchos puedan acceder realmente a ella y donde se deteriora el acceso al trabajo, se convierte en un discurso contradictorio que deshonra a la política. La creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común.

La despoblación y la caída demográfica

Con frecuencia unido al problema del desempleo, va unido el de la emigración y despoblación. El medio rural vive importantes transformaciones, muy estrechamente relacionadas con la crisis de los modos de vida propios de las economías y sociedades agrarias tradicionales. En este contexto, la mayoría de nuestras zonas rurales se han visto inmersas en un profundo proceso de despoblación, que está haciendo peligrar en gran medida la pervivencia de muchas de nuestras comunidades parroquiales. Las causas directas de este despoblamiento rural han sido por una parte, el proceso migratorio del campo a la ciudad, que comenzó a principios del siglo pasado y ha provocado un severo vaciamiento demográfico, sobre todo en los municipios más pequeños. Este éxodo rural ha estado motivado principalmente por la falta de recursos económicos y de trabajo en las zonas rurales, dada su vocación principalmente agraria y de un sector minero en crisis profunda. Al mismo tiempo, los mejores equipamientos y servicios sociales en las zonas urbanas, así́como la atracción de la forma de vida imperante en las ciudades, son factores que también explican este proceso migratorio. Por otra parte influye el crecimiento vegetativo negativo, resultado, tanto de la caída de la natalidad y de la tasa de fecundidad (motivada por una mentalidad antinatalista que se apoya sobre el concepto erróneo de la libertad, sobre el hedonismo y sobre el egoísmo), como del envejecimiento de sus habitantes fruto de la emigración y del aumento de la esperanza de vida. Todo ello conlleva el grave riesgo de la pérdida de un estilo de convivencia cercana y familiar así como tradiciones y valores culturales y religiosos, y pone en peligro nuestro patrimonio cultural eclesial.

Se hace necesario e imprescindible un cambio de paradigma que nos ayude a afrontar y superar las crisis actuales causantes de todos estos males sociales y ello pasa obligatoriamente, en un primer momento, por reconocer nuestra responsabilidad personal y social; nuestro pecado individual y comunitario.

1.4. Reconocer el pecado personal y comunitario como primer paso para acoger la misericordia divina que exige un verdadero arrepentimiento y una auténtica conversión

Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual, moral, social y económica, que afecta al hombre de nuestro tiempo. Sólo en la medida en que reconozcamos nuestro pecado personal y nos arrepintamos y convirtamos de él, habremos dado el primer e imprescindible paso para superar la crisis actual. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de razón y de fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre. Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial, florezca de nuevo un sentido saludable del pecado. Porque si no hay pecado, no se siente necesidad de perdón y misericordia; “la mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia” (Dives in Misericordia, 9). Como escribe el apóstol San Juan: “Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Él que es fiel y justo nos perdonará los pecados” (1Jn 1,8ss.).

Arrepentimiento y penitencia

Reconocer el propio pecado personal y social, es más, reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien “tras haber cometido el mal a los ojos del Señor”, al ser reprendido por el profeta Natán (2Sam 11-12) exclama: “Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50,5 ss.). El mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo pródigo aquellas significativas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 18. 21).

En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Porque el pecado del hombre no es la última palabra. Dios está decidido a mantener al hombre en su proyecto de vida y esperanza (Gn 3,15). La experiencia cristiana de la conversión forma parte de una dinámica dialogante en la que el hombre no se siente a solas con su culpa, sino que en ella descubre la presencia de aquel que le espera. El pecador sólo podrá sentir dolor por su ofensa a Dios si ve en Él a un Dios amoroso y misericordioso.

La pérdida de la conciencia de pecado

La falta de conciencia del pecado del hombre de hoy, está muy relacionada con la imagen acerca de Dios y de la gracia que el hombre moderno tiene y puede percibir. La responsabilidad de la Iglesia en orden a crear una mayor sensibilidad moral y espiritual, va unida a la presentación y proclamación del mensaje cristiano como gracia liberadora. La raíz de la conversión no está en el pecado en sí sino en la percepción de una relación entre el pecado y la gracia. Ayudarán a ello una correcta formación y orientación de la conciencia de los fieles, así como una buena catequesis, iluminada por la teología bíblica de la Alianza, una escucha atenta, una acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia (Reconciliatio et Paenitentia, 18). Esto es lo que podemos esperar de las acciones que emprendamos en la diócesis con motivo de este Año Jubilar de la Misericordia.

II. “EL SEÑOR MANIFIESTA SU PODER CON EL PERDÓN Y LA MISERICORDIA”

2.1. La misericordia divina en la Historia de la Salvación

A lo largo de la Historia de la Salvación Dios se ha ido revelando como amor y no como otra cosa. Así lo fueron experimentando y reconociendo los hombres del Antiguo y del Nuevo Testamento. Dios se ha manifestado como misericordioso para con nosotros pecadores. La Biblia narra cómo el pecado, extendiéndose por todos los pueblos y razas, es una realidad constante desde Adán hasta todos sus descendientes, incapaces de hacer el bien, de cumplir los Mandamientos y así abocados a la ruina y a la perdición. Pero “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18,23), lo que quiere es nuestra vida y nuestra salvación, precisamente a ella nos había destinado desde la eternidad. “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza y tus mandatos” (Sal 24,10). Por eso hemos de afirmar y celebrar con san Pablo “el gran amor con que nos amó” (Ef 2,4).

La manifestación de la misericordia divina en el Antiguo Testamento

Ya el Antiguo Testamento está atravesado por un pensamiento que va abriéndose camino y ganando terreno frente a las concepciones religiosas de otros pueblos. Presenta a un Dios cuyo mayor y más hondo atributo es la misericordia: “tu bondad es más grande que los cielos” (Sal 56,11); “el Señor es compasivo y misericordioso… no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 102, 8.10); desde esa confianza acudimos a Él: “misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Sal 50,3). Dios es cariñoso con todas sus criaturas (Sal 144,9), “siente ternura por sus fieles”(Sal 102,13). Para revelarnos lo que quiere hacer con todos y con cada uno, elige a un pueblo pequeño e insignificante, lo libera de la esclavitud, establece con él una alianza, lo introduce en la tierra prometida, perdona sus infidelidades, lo santifica. Se comporta como un esposo fiel, como un padre afectuoso, como una madre tierna, “si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá” (Sal 26,10; Is 49,15), “porque es eterna su misericordia” (Sal 135); “firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre” (Sal 116,2).

Jesucristo, rostro de la misericordia de Dios

El Nuevo Testamento relata cómo ese amor de Dios a la humanidad culmina en la Encarnación del Hijo, en su muerte y resurrección: “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo” (Jn 3,16). En efecto, “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”, dice el Papa Francisco (Misericordiae Vultus, 1), una misericordia entrañable (Lc 1,78) que ha llegado “a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,50), según proclamó la Virgen María. Cristo es la imagen del Padre (Col 1,15), por eso dice: “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9), su amor misericordioso. Llamándole Abba desvela su ilimitada confianza e intimidad en una obediencia perfecta. Jesús es comprensivo, solidario, seca las lágrimas de quienes lloran, se le conmueven las entrañas ante las necesidades y desgracias humanas, las multitudes hambrientas o abandonadas como ovejas sin pastor (Mc 6,34), los marginados, enfermos, leprosos (Lc 17,13), da consuelo a los tristes, vida a los muertos. Es “manso y humilde de corazón”(Mt 11,29), es el buen pastor que busca a la oveja perdida (Lc 15,5; Jn 10), el buen samaritano (Lc 10,30ss.), lava los pies a los discípulos (Jn 13,1- 17). Así nos hace ver con obras y palabras que el Padre es infinitamente bueno (Mc 10,17) y rico en misericordia (Ef 2,4); “Dios es amor” (1Jn 4, 8.16), por eso todo lo que hace es amar y por amor: la creación, la redención, la santificación y la glorificación.

Cristo anuncia y concede el perdón incondicional de Dios a los hombres, prerrogativa exclusivamente divina y que él recibió: “dijo al paralítico: ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados… y la gente glorificaba a Dios, que ha dado tal poder a los hombres” (Mt 9,2.7); igualmente hace con Zaqueo (Lc 19,1-10), con la adúltera (Jn 8,2-11), con Mateo (Mt 9,9-13), con los Zebedeos (Lc 9,51- 56), con la mujer que le unge en casa de un fariseo (Lc 7,36ss. 48-50), con Pedro (Lc 22,61-62), con quienes le crucifican (Lc 23,34), con el buen ladrón (Lc 23,43). Cuenta las maravillosas parábolas del hijo pródigo, la oveja descarriada, la dracma perdida (Lc 15), el fariseo y el publicano (Lc 18), los deudores (Mt 18,23-35). En resumen, en Cristo nos ha desvelado Dios la misteriosa decisión de su voluntad (Ef 1,9), ha dicho su última palabra-promesa, la definitiva, palabra de gracia y de clemencia.

En Jesús, Dios Padre acoge al pecador arrepentido

En el Año Jubilar de la Misericordia deberíamos convertirnos y ajustarnos a esta comprensión revelada de un Dios infinitamente misericordioso e infinitamente justo, el Dios “santo, santo, santo” (Is 6,3), justo, de juicios siempre verdaderos y justos (Ap 19,2). No nos fabriquemos una falsa imagen de Dios, un ídolo. El pecado contradice frontalmente su santidad absoluta, por eso la Biblia habla de cólera, ira, incendio, fuego, castigo, venganza; pecado y santidad chocan como completamente incompatibles. Dios no es neutral frente al pecado, sino que lo abrasa como fuego (Hb 12,29) porque no puede coexistir en su presencia. Por eso hay que mantener con igual firmeza las dos vertientes de la verdad: Dios condena totalmente el pecado y acoge totalmente al pecador.

2.2. El milagro del perdón

Lejos de ser algo normal, debido o lógico, el perdón es el milagro mayor y más incomprensible del amor de Dios, inexplicable, se nos sustrae en el arcano insondable de su decisión. Dios no estaba ni está obligado a perdonarnos, no tiene que hacerlo forzosamente, sin que le quede otra posibilidad u otro remedio. Lo hace sólo porque quiere: no hay ninguna necesidad interna o externa que le fuerce a ello. No es una reacción sentimental ante el dramático espectáculo humano, sino una decisión radicalmente personal, de su voluntad, cosa muy distinta. Es un acto gratuito, inmerecido, no necesario, un sublime regalo. No era para nada evidente, sino totalmente imprevisible, que tuviera que enviar a su Hijo al mundo y a la cruz para redimirnos del pecado. Es gesto asombroso de gracia para con una criatura que ha sido capaz de decirle ‘no’ a Él y a su salvación, mereciendo con ello más bien un justo castigo. Esto significa que si nunca el hombre puede reclamar derechos ante Dios, mucho menos en cuanto pecador tendrá derecho a su amor reconciliante. Santo Tomás dice que nuestra redención y justificación por Cristo son la mayor obra de Dios.

El ángel anuncia a José: “le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Dios, por pura iniciativa suya, decidió perdonarnos en Cristo, el Redentor, el Cordero santo, inocente, sin mancha (Hb 7,26). Nuestro pecado era inmenso, pero el perdón de Dios es aún mayor y más poderoso, según afirma san Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Somos pecadores perdonados. Por Cristo “quiso reconciliar consigo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,20), “sangre derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. No lleva cuenta de los delitos ni pide cuenta de ellos (2Co 5,19). Perdona todo a todos siempre. Cristo anuncia y realiza una justificación universal, pues todos pecaron (Rm 3,23-24). Dios acepta y ama al hombre como pecador y a pesar de su pecado, en vez de rechazarle o condenarle. El anuncio alegrará tanto más cuanto más pecador se sienta el oyente. Tal alegría, sin embargo, no es posible sin el previo reconocimiento del pecado como triste desgracia. Gravedad del pecado y grandeza del perdón se esclarecen mutuamente entre sí.

2. 3. La novedad y superioridad del perdón divino

¿Qué podemos hacer nosotros con quien nos ha causado daño? Perdonarle, disculparle, o sea, olvidar su ofensa, no tomarla en consideración, borrarla de la memoria y dejarla sin consecuencias; no podemos hacer más. Por el contrario el perdón divino es infinitamente superior, no podemos empobrecerlo y rebajarlo a un perdón meramente humano. El suyo no es sólo un olvido, un no llevar cuenta, sino un borrar y destruir el pecado y además crear un hombre nuevo, una criatura nueva (2Co 5,17), lavada, renovada y santificada. Nos justifica, nos hace realmente justos. Nos otorga un corazón nuevo y un espíritu nuevo, como soñaban los antiguos profetas (Jr 31; Ez 36), cosa que nosotros nunca podríamos hacer por más que lo deseáramos. Ese nuevo ser es capaz de un nuevo obrar, potente y robustecido para cumplir los Mandamientos, capaz de maravillas divinas, de ser misericordiosos como el Padre (Lc 6,36), de amar incluso a los enemigos (Mt 5, 44), de perdonar hasta setenta veces siete (Mt 18,21-22). “Toda aquella deuda te la perdoné” (Mt 18,32); “el Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo (Col 3,13).

El perdón de Dios renueva interiormente al hombre

Hay que recibir adecuadamente el perdón divino para transmitirlo. Él nos cura las heridas y restaura nuestro ser, fortaleciendo la voluntad y reorientando la existencia por el camino recto. Por no acogerlo en su potencia y novedad, no nos dejamos transformar por él y así nuestro corazón es insensible, como de piedra (Ez 36,26); no tenemos paciencia con los otros, no perdonamos una deuda insignificante del hermano (Mt 18, 26-33), seguimos practicando la vieja ley del Talión,“ojo por ojo, diente por diente”(Mt 5,38), devolviendo mal por mal (1Pe 3,9). Con ello contribuimos a incrementar una espiral de violencia, de ataques y contraataques, que nos llevan a la destrucción mutua. El cristianismo propone vencer el mal con el bien (Rm 12,21),“tratad a los demás como queréis que ellos os traten” (Lc 6,31); no hay paz sin perdón (Juan Pablo II). El Papa Francisco en el nº 6 de la bula Misericordiae Vultus cita la oración colecta del Domingo 26º que comienza así: “Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia…”. Dios es poderoso perdonando. Eso significa que cuando nosotros nos vengamos en vez de perdonar, entonces no somos fuertes, sino débiles, espiritualmente enfermos, flojos, sin virtud.

2.4. La mediación eclesial y sacramental

Cristo nos reveló a Dios Padre, es por eso el supremo signo de Dios en el mundo, en ese sentido se le llama también el gran sacramento donde encontramos a Dios. La Iglesia es su cuerpo, el concilio Vaticano II la designó como el gran sacramento de Cristo, o sea, el gran signo de la unión de los hombres con Dios y entre sí (Lumen Gentium, 1). Dentro de ella están los siete sacramentos como funciones vitales suyas, como realizaciones de sí misma sin las cuales no podría subsistir ni desarrollarse. Por eso decían los Santos Padres que la Iglesia hace los sacramentos y a la vez los sacramentos hacen la Iglesia. Son por ello auténticos tesoros que Cristo, el esposo, le dejó a ella como esposa. Nunca los valoraremos y agradeceremos suficientemente. Ojalá este Año de la Misericordia nos ayude también en este sentido.

Este Jubileo nos recuerda que podemos recibir y participar del inmenso e inefable beneficio del perdón acontecido en la vida, muerte y resurrección de Cristo. Ese beneficio es lo que la Iglesia celebra y nos ofrece a nosotros en los sacramentos del bautismo, de la eucaristía y de la penitencia, verdaderas fiestas sacramentales del perdón, ritos misteriosos en los que nos alcanza realmente la eficacia salvadora de la redención. La cuaresma ha sido siempre en la tradición de la Iglesia un tiempo favorable y apropiado para el acercamiento de los fieles a los sacramentos. La Iglesia tiene siempre abiertas las puertas del perdón, ‘la puerta de la misericordia’.

Bautismo. El bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados, porque nos injerta o nos hace miembros de Cristo, “que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rm 4,25). Nos sumerge en su propia muerte y resurrección, sepultando nuestros pecados y resucitándonos (Rm 6,3-4), o sea, transformándonos, vivificándonos como la vid a los sarmientos (Jn 15,1-5); “es baño de regeneración y de renovación del Espíritu” (Tit 3,5). Nos reviste de Cristo (Gal 3,27) y nos incorpora a la Iglesia, que es su cuerpo místico. En el Credo decimos: “confieso que hay un solo bautismo para remisión de los pecados”. Este sacramento purifica completamente del pecado original y de los demás pecados si los hubiere, no dejando ninguna pena que borrar o expiar por nuestra parte; sí permanece la concupiscencia como inclinación al mal. Nos hace renacer como nuevos. Es el pórtico de la vida cristiana como vida de la gracia, vida en el Espíritu, vida de hijos de Dios y de hermanos de los hombres.

Penitencia. Cristo dio a la Iglesia en la persona de sus ministros el poder de las llaves, de perdonar los pecados cometidos después del bautismo: “todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18,18). Desgraciadamente manchamos aquella vestidura blanca bautismal, símbolo de nuestra limpieza espiritual. Los santos Padres, hablando metafóricamente, decían que el pecado es una especie de naufragio y el sacramento de la penitencia una segunda tabla de salvación, un bautismo laborioso, con lágrimas de arrepentimiento. Es un sacramento grandioso porque nos recupera la justificación perdida, como enseñó el concilio de Trento; actualiza y presencializa aquí y ahora la obra de Cristo. La Iglesia celebra y aplica la redención en la situación o coyuntura decisiva del pecado para librarnos de él. Como buena madre, pronuncia sobre sus hijos la palabra indulgente de Cristo y acompaña su camino de conversión y de penitencia hasta la muerte. Así el perdón divino nos llega mediado por ella: “Dios Padre te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz”, nos dice el confesor en la fórmula de la absolución. La Iglesia es la comunidad de los reconciliados con Dios y entre sí. Los sacerdotes han recibido el sacramento del orden y han sido investidos del Espíritu: “recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos” (Jn 20,22-23). La Iglesia madre intercede por el sujeto y le perdona con la autoridad recibida. El ministro, tan pecador como el penitente, no es dueño, sino humilde servidor y dispensador del perdón divino (1Co 4,2). Actúa como juez y como médico. El sacramento de la reconciliación “nos permite experimentar en la propia carne la grandeza de la misericordia. Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre” (Misericordiae Vultus, 17). Representan a Cristo, que comía y bebía con los publicanos y pecadores (Mc 2,15-17), era el buen Pastor (Jn 10), “el sumo sacerdote compasivo y digno de fe” (Hb 2,17). “Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia” (Evangelii Gaudium, 3).

La indulgencia. La indulgencia es una de las gracias del Año Jubilar concedidas por el Papa Francisco en la Bula de Convocatoria. Dice el catecismo de la Iglesia Católica citando la constitución apostólica Indulgentiarum doctrina del Beato Pablo VI: “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos”. Se trata, pues, de una ayuda solidaria en la comunión de los santos para que el pecador pueda remitir la pena ante Dios. En este año Jubilar, nuestra diócesis ha señalado cuatro templos donde podemos peregrinar para obtener la indulgencia después de manifestar un perfecto arrepentimiento, confesar los pecados, comulgar, hacer profesión de fe y rezar por las intenciones del Papa. No se trata de una rebaja del perdón de los pecados, sino de obtener la plenitud de ese perdón con la ayuda de los méritos de Cristo, la Virgen María y los santos.

Eucaristía. La eucaristía es el memorial de la cruz, del Calvario, de la muerte y resurrección de Cristo, un memorial en un sacramento, en el sagrado rito de la Misa. Haciendo presente el sacrificio redentor y expiatorio, y dándonos no sólo la fuerza y la gracia santificante, sino al Mediador mismo de estas, es lógico que perdone los pecados a quienes se arrepientan de ellos, arrepentimiento que incluye el sincero deseo de confesarse. Por eso la Iglesia nos recuerda insistentemente que para recibir la eucaristía (la santa comunión) necesitamos previamente confesarnos para estar reconciliados con Dios y con los hermanos. No se puede comulgar en pecado porque, como dicen los santos, los cadáveres no comen, no se los puede alimentar, sólo se da a los vivos, a los vivificados por el perdón creador divino. “Yo soy el pan de vida, el que venga a mí no tendrá hambre”(Jn 6,35). Somos hambrientos y sedientos, frágiles y débiles criaturas. Justamente la eucaristía es el alimento o fuerza indispensable para poder recorrer cotidianamente la senda del bien, de la caridad, el camino hacia el cielo; “es antídoto por el que somos liberados de las culpas cotidianas y preservados de los pecados mortales” (Trento; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1394-1395). En línea con la mejor tradición eclesial el Papa Francisco afirma que la eucaristía no es un premio para los fuertes y perfectos, sino un generoso remedio y auxilio para los débiles e imperfectos. Es el banquete pascual en el que “se recibe a Cristo como alimento, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (antífona del Corpus Christi).

2.5. La proyección vital de la misericordia

La misericordia de Dios dice relación al pecado. Pero la misericordia divina no dice relación sólo al pecado -el mal radical-, sino también a todas las carencias, deficiencias y vicisitudes humanas. Dios tiene misericordia de nosotros, no sólo perdonándonos, sino creándonos, conservándonos en la existencia, destinándonos a obtener la salvación, queriendo salvarnos (1Tim 2,4), infundiéndonos su Espíritu, liberándonos de toda idolatría y esclavización, protegiéndonos contra el mal, ayudándonos a hacer la travesía de la vida con sus tramos de cuesta, de desierto y de valle de lágrimas, dándonos incontables dones, gracias y beneficios, ojos y oídos, la salud, la inteligencia, las cualidades, la familia, los amigos, el sol que luce para buenos y malos (Mt 5,45), el aire, la naturaleza…. Todo ello son signos y pruebas de la misericordia divina hacia nosotros; “gustad y ved qué bueno es el Señor” (1Pe 2,2; Sal 33,9). Es una misericordia preferencial con los pobres, los de abajo. Abarca a todos, pero propende hacia los olvidados, indigentes, ignorados, últimos y desfavorecidos, los desvalidos, enfermos, vulnerables, los oprimidos e infelices, “el huérfano, la viuda y el forastero” (Ex 22,20-22; Dt 24,17-21). Cristo se halla presente de manera singular en todos esos “pequeños”, los “descartados”, los que no cuentan, las víctimas del sistema, de la injusticia, la guerra o el hambre. Son signos vivos suyos, quiere ser socorrido y amado prioritariamente en ellos. Para eso nos capacita la gracia misericordiosa recibida en la palabra y en los sacramentos.

III. “SED MISERICORDIOSOS COMO VUESTRO PADRE ES MISERICORDIOSO”

3.1. La experiencia de ser alcanzados por la misericordia de Dios nos motiva para practicar la misericordia

El Año Jubilar es una invitación a levantar nuestros ojos y nuestro corazón hacia Dios, a volver a contemplar sus entrañas de amor y su actuación paciente y misericordiosa con cada uno de nosotros y a experimentar con agradecimiento su bondad y fidelidad con nosotros. Jesús nos abre los ojos para ver al Padre del cielo que hace salir su sol para malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos (Mt 5,45). Jesús no sólo nos muestra el rostro misericordioso de Dios: Él mismo es “Misericordia encarnada” (Misericordiae Vultus, 8) de Dios. En Jesús, vemos y tocamos el corazón de Dios. En Jesús somos alcanzados por su infinita ternura.

Zaqueo: ejemplo de acogida de la misericordia

El pasaje evangélico de Zaqueo (Lc 19,1-10) muestra los beneficios saludables del “encuentro con Jesús”. Zaqueo, a pesar de sus riquezas, experimenta su debilidad en la limitación física y social: de baja estatura y considerado por todos como pecador, no cree tener posibilidad de acceder a Jesús. La misericordia de Dios, en Jesús que se autoinvita a su casa y a su vida, le sale al encuentro. Sintiéndose aceptado y acogido por Jesús, la misericordia no sólo entra en casa de Zaqueo, entra, sobre todo, en su corazón. Zaqueo cambia: se hace misericordioso y más allá de lo debido por la reparación de la justicia, descubre a los que puede ayudar (“la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres”). Zaqueo ha entrado en la corriente de misericordia. Para él, “ha llegado la salvación”. El encuentro de Jesús con Zaqueo no sólo nos muestra la fuerza transformadora de la misericordia de Dios actuando en el corazón de hombre, sino que nos cuestiona la autenticidad de nuestra fe, de nuestra relación con Dios. La caridad, de la que seremos examinados al atardecer de la vida (cf. Mt 25), es la prueba de nuestra adhesión a Dios. La sinceridad del encuentro personal con la divina misericordia, que en Jesús nos acepta y acoge con nuestras debilidades y limitaciones, urge y se testimonia en el trato a nuestros prójimos, especialmente a los que nos necesitan. Elocuente es el lema del Jubileo: Misericordiosos como el Padre.

3.2. La Iglesia portadora de la misericordia

La Iglesia vive de la misericordia de Dios. Ella es la comunidad de los pecadores que se sienten acogidos y reconciliados por Jesús. Ella, por haberlo experimentado en primera persona, es testigo de la misericordia de Dios en el mundo. Sus casas –los templos– son edificios que gritan calladamente “a los pueblos” y “a las naciones” que “firme es su misericordia con nosotros” (Sal 134). Allí está la puerta abierta, verdadero símbolo de Jesús que dijo: “Yo soy la puerta de las ovejas”(Jn 10,7), donde el hombre accede al corazón y a la vida de Dios. Allí está la pila bautismal, verdadero útero materno de la Iglesia, donde las entrañas misericordiosas de Dios nos engendraron a la vida verdadera. Allí está el ambón, donde el Padre nos dirige su única Palabra, la palabra viva de su amor, la Palabra viva que en la plenitud de los tiempos se hizo carne y se llama Jesús. Allí está el confesonario, donde el hombre experimenta la paz de Dios que sobrepasa todo juicio y el abrazo perdonador del Padre que lo reincorpora a la comunidad de los reconciliados. Allí está la cruz, signo indeleble del amor del Padre que entregó a su propio Hijo en manos de los hombres. Y allí, sobre todo, está el altar en el que Jesús, haciéndose sacramentalmente presente, se ofrece en sacrificio para el perdón de los pecados, asociándonos a nosotros, su esposa la Iglesia, a esa entrega y cuya presencia, Amor de los amores, podemos adorar en el sagrario.

La Iglesia existe en las Iglesias locales o diócesis. Ha querido el Papa Francisco que el Jubileo de la Misericordia se viva y celebre en todas las diócesis. La catedral es el edificio donde todos los diocesanos podemos experimentar físicamente ser Iglesia local. En la Catedral está “la puerta de misericordia”, abierta como puerta santa jubilar. Además, en mi primer acercamiento a las distintas zonas pastorales de la diócesis, he tenido la ocasión de abrir la “puerta de la misericordia” en la Basílica de Nuestra Señora de la Encina en la zona pastoral del Bierzo, en el Santuario de la Virgen de la Carballeda en la zona pastoral de Zamora y en el Santuario de las Ermitas en la zona pastoral de Galicia. Acercándose en peregrinación a cada uno de estos lugares, tendremos ocasión de hacer experiencia de la indulgencia jubilar.

3.3. Las gracias jubilares

Acercarse a Dios con corazón contrito en la peregrinación

La peregrinación a la “puerta de la misericordia” no es un acto folkló- rico. Es la expresión de nuestra realidad. Peregrinar es salir de uno mismo, de sus cosas y encaminarse al encuentro de Dios en la comunidad de la Iglesia. La peregrinación nace de ese deseo, supone cierta renuncia y sacrificio, supone rechazar nuestra propia autosuficiencia para acudir a la ayuda maternal de la Iglesia. Ciertamente, es necesario peregrinar con corazón contrito, con el sincero deseo de recurrir a los medios que Nuestro Señor Jesucristo instituyó en los sacramentos como ayuda para nuestra debilidad: recibir la absolución sacramental tras una sincera confesión de los pecados (que puede realizarse en los días próximos a la peregrinación) y unirse sacramentalmente al Señor en la comunión sacramental. El pecador, sabiéndose perdonado y santificado por Dios, es consciente de los restos que el pecado ha dejado en él debilitando su libertad, es consciente de que el perdón gratuito de Dios reclama de él una penitencia. La Iglesia es la comunidad de los santificados: en ella nos sentimos hermanos de los santos. Habiendo cumplido las condiciones dichas, y en la oración (personal o comunitaria) por las intenciones del papa y las necesidades de la Iglesia en el templo jubilar, podemos experimentar el don precioso de la indulgencia. En la Iglesia, comunión de los Santos, Dios cancela la penitencia reclamada por los restos de nuestros pecados (la pena temporal de los mismos).

En el sufrimiento y la práctica de las obras de misericordia

Los elementos que he descrito en la peregrinación, la salida de uno mismo y el sacrificio, ocurren también en otras circunstancias. La peregrinación fuera de nosotros ciertamente se da en la práctica de las obras de misericordia. Salimos de nuestros propios intereses a la búsqueda del necesitado de nuestra ayuda. En el hermano nos acercamos a Cristo. En la práctica de las obras de misericordia, lucramos ciertamente la indulgencia jubilar. Asimismo el sacrificio puede venir impuesto por las enfermedades o las adversidades de la vida. El ofrecimiento de esos sufrimientos es precioso ante Dios. Por ese sufrimiento acogido con fe, nos unimos a la pasión del Señor. Para los impedidos, es disposición válida para recibir la indulgencia jubilar.

3.4. Criterios para vivir el Jubileo de la Misericordia en la diócesis

Cada persona en particular: reconciliarse para reconciliar

El gozoso anuncio de la misericordia de Dios ha de resonar en nuestra diócesis a lo largo de este año. Este anuncio dirigido al mundo, debe resonar en el corazón de cada uno. Es a cada persona en particular a quien se dirige el mensaje del amor de Dios, un amor personal. Reconocer la primacía de la gracia, del amor de Dios que nos ha amado primero, obliga a la pastoral diocesana a ponerse en salida, a llegar con la Buena Noticia del amor de Dios a todos, también a los impedidos y enfermos, también a los alejados en las distintas periferias. El anuncio de la misericordia de Dios ha de ser realizado misericordiosamente. La Iglesia local está llamada a desarrollar toda su capacidad de cercanía y acogida maternales para que todos puedan experimentar que son acogidos del Padre. Todos los cristianos estamos llamados a convertirnos en “misioneros del anuncio de la misericordia” en los hogares, los hospitales, las calles, los lugares de ocio y trabajo. Ese amor primero se nos muestra claramente inmerecido. Ante la santidad de Dios nos sentimos pecadores. El anuncio del amor de Dios se hace sacramentalmente real en la Penitencia o Reconciliación. En el sacramento, tras manifestar los propios pecados, el pecador vuelve a casa. Se hace necesaria una buena oferta del sacramento con horarios y oferta de confesores adecuada.

Comunitariamente: celebrar y practicar la misericordia con los hermanos

También estamos llamados a experimentar esa misericordia divina en comunidad. Las distintas iniciativas y actividades desarrolladas por las parroquias, los arciprestazgos, las delegaciones deben teñirse del barniz de la ternura de Dios. Convocados unos con otros, sentimos que Dios ha tenido compasión de nosotros. No hace falta multiplicar innecesariamente las convocatorias: el ritmo anual celebrativo y de trabajo posibilita el contacto, el encuentro con los distintos sectores para meditar, reflexionar y agradecer a Dios su inmensa fidelidad ante nuestra pobreza. En cada ámbito diocesano, puede convenientemente prepararse alguna acción significativa que sirva para poner en primer plano el objeto de la celebración, que Dios ha tenido misericordia de nosotros. Invito a ser arriesgados e imaginativos en esa convocatoria. La primacía de Dios no relega la respuesta humana, antes bien la implica. Ser misericordiosos como el Padre nos fuerza a actuar. Las comunidades cristianas deben encontrar y ofrecer cauces para que la misericordia se plasme en acciones concretas.

3.5. Las obras de misericordia espirituales y corporales

La misericordia no es un mero sentimiento que invade nuestro corazón. La misericordia auténtica se traduce en obras concretas y cotidianas a favor de nuestros prójimos. La Tradición de la Iglesia ha fijado esas concreciones en las “obras de misericordia”, siete corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos; y siete espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rodar a Dios por los vivos y los difuntos. La condición humana, debilitada a consecuencia del pecado y necesitada de salvación, se encuentra en una situación de miseria manifestada de múltiples formas: indigencia material, opresión injusta, enfermedad física o psíquica, ignorancia, pobreza moral y finalmente la muerte. El Hijo de Dios asumió en su propia carne nuestra miseria humana. Los relatos evangélicos nos lo presentan necesitado de la misericordia: lo vemos con sed en el pozo de Sicar o en la cruz, acogido en casa de Marta y María, necesitado de consuelo en Getsemaní, creciendo en sabiduría, preso y desnudo en la pasión, sepultado con cariño en el huerto. “Él, que era rico, por nosotros se hizo pobre”. (2Co 8,9) Asumió nuestra pobreza y se identifica “con los hermanos más pequeños”, por los que siente un amor de preferencia.

El Jubileo nos fuerza a volver a meditar las obras de misericordia. Como nos enseña el papa Francisco, esa meditación centra nuestra atención en el hermano, nos obliga a salir de nuestra complacencia y autorreferencialidad, despierta nuestra conciencia adormecida, nos pone en camino, nos invita con fuerza a ser conscientes del pobre que vive a nuestro lado, en el que tocamos la humanidad de Jesús, que se ha identificado con ellos.

Dar de comer al hambriento es un imperativo ético para asegurar la subsistencia. El alimento, necesario para vivir, ha de permitir crecimiento y desarrollo. El hambre no es consecuencia de escasez de alimentos, sino de falta de recursos, de riqueza mal distribuida. Nuestra mentalidad consumista es herida por el pobre Lázaro sentado a nuestra puerta.

Dar de beber al sediento evoca en nuestra conciencia las ansias que anidan en el corazón del hombre, permanentemente sediento de felicidad y realización. ¿Cómo no ver sed en la tristeza dulzona de nuestras sociedades confortables, incapaces de satisfacer la profunda aspiración a la realización personal en el amor? Nos habla también del “problema del agua”: la contaminación de acuíferos, la muerte a la que pueblos enteros son condenados por problemas de potabilidad.

Vestir al desnudo evoca nuestra necesidad de abrigo, físico y espiritual. Los torturadores de toda la historia han desnudado al hombre para privarlo de dignidad, para reducirlo a objeto de burla, para convertirlo en un “pedazo de carne”. Vestir al desnudo es proporcionar al hermano la dignidad de tal, no reduciéndolo a un objeto.

Dar posada al peregrino nos hace tomar conciencia de que somos forasteros “en tierra extraña”, caminantes hacia el hogar del cielo, de que La Tierra es la casa común que Dios nos ha regalado. El drama de los refugiados que acuden a las fronteras de Europa cuestiona nuestra capacidad de hospitalidad, por la que algunos hospedaron ángeles (Hb 13,2).

Asistir al enfermo toca nuestra alma: la vida humana más debilitada tiene dignidad en sí misma. Junto a la cama del enfermo, al lado del disminuido psíquico, ayudando al accidentado, al acercamos a la impotencia y finitud de ser hombre, experimentamos el valor sagrado de la humanidad, a la que Dios se ha unido definitivamente en la encarnación.

La obra de misericordia de visitar a los presos nos recuerda a Jesús que vino a proclamar la amnistía a los cautivos, que quiere liberar al hombre de todas las esclavitudes, exteriores e interiores. De muchas formas y por diversos motivos, el hermano privado de libertad: el drama de la cárcel y las familias de los encarcelados, los que viven esclavos de las adiciones, del pecado, los hermanos maltratados a causa de su fe, los perseguidos por causas de la justicia, los guetos de marginalidad racial, cultural,…

Enterrar a los muertos manifiesta la ternura para con los difuntos y nos obliga a enfrentarnos con fe al más allá de la muerte.

Como nos recuerda el papa Francisco, no debemos olvidar las obras de misericordia espirituales. Ellas afectan más directamente a nuestra condición de pecadores. Dar consejo al que lo necesita nos obliga a enfrentarnos a la necesidad de orientar la vida en la buena dirección, ayudar a encontrar el sentido de la vida, ser solidarios en esa búsqueda con los hermanos, aconsejando y siendo aconsejados, dar razones para la vida y la esperanza, orientando hacia un horizonte de crecimiento y dignidad.

Enseñar al que no sabe nos evoca la pobreza del analfabetismo, la merma de posibilidades provocada por el fracaso escolar, la limitación de la ignorancia en los asuntos triviales de la vida y sobre todo en las cuestiones morales. Nos sentimos necesitados de formación permanente y constante, y nos sentimos necesitados de saber vivir, de la verdadera sabiduría y del verdadero Maestro, que es Cristo.

La meditación de corregir al que yerra nos recuerda la necesidad de la corrección fraterna: todos, en cuanto limitados y pecadores, necesitamos ser corregidos. Aceptar la corrección con humildad, aunque nos duela, es un dulce homenaje a nuestra precariedad. Ejercer la corrección con espíritu fraterno exige de nosotros realizarlo con cariño, sin asperezas, en el momento oportuno, buscando el bien del hermano, no humillando ni exacerbando los ánimos.

Al consolar al triste le hacemos partícipes del consuelo con que Dios nos consuela. La tristeza se nos presenta como la antítesis a la verdadera alegría del Evangelio. Acompañar en silencio, saber respetar el duelo, proporcionar esperanza, estar al lado del que siente disminuida su fuerza, su ánimo son expresiones de Buena Noticia de la salvación.

Perdonar las ofensas se nos muestra como la exigencia máxima del amor. Es el amor más grande, el evangélico amor a los enemigos, al amor a quien nos odia, nos hace mal o nos desprecia. Es la prueba definitiva del amor cristiano, es al amor que Cristo nos ha tenido. Su importancia es destacada en la oración que Jesús nos enseñó: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Sufrir con paciencia los defectos del prójimo nos hace reflexionar y descubrir aquello que hay en nosotros molesto o insoportable para los demás, a luchar contra los vicios del propio carácter. Ser conscientes de la paciencia que Dios tiene con nosotros, nos mueve a la paciencia con el que es lento, aburrido, antipático. En la paciencia maduramos, nos hacemos constantes.

Rogar a Dios por los vivos y los difuntos es una dulce obligación, es situar a las personas amadas bajo la mirada amorosa de Dios. El amor desde la fe se expresa en oración. En ella se establece la comunión amorosa con Dios, a través de ella Dios irrumpe en nuestras vidas con su infinito potencial de gracia y bienaventuranza. Orar por los demás es incorporarlos a esa relación, es pedir para ellos la bendición, que Dios les muestre su rostro misericordioso.

3.6. Nuevas obras de misericordia que podemos practicar

Nuestra sociedad actual se encuentra lastrada por el secularismo y por el relativismo moral que ofusca verdaderos valores de la existencia. Detectamos en ello una consecuencia de la miseria humana, de la radical debilidad humana dañada por el pecado y necesitada de salvación. Esta realidad me anima a proponer a vuestra meditación nuevas obras de misericordia para el mundo de hoy.

Verdadera obra de misericordia es ayudar a descubrir la fe en Dios a quien no la tiene o la ha perdido. La apertura a la trascendencia anida en el corazón de todo hombre. El vacío de la vida sin Dios condena al hombre a una insatisfacción triste, a una sed nunca colmada, a un ansia que la acumulación de riquezas, experiencias, placeres, vías de escape que no puede llenar. Dios Padre ha salido a nuestro encuentro enviándonos al Hijo. En Jesús, tenemos la posibilidad de abrirnos a Dios, de mantener con Dios una relación de amor. No hay mayor pobreza que no conocer a Jesús. La Nueva Evangelización, a la que nos llama la Iglesia, nace del amor misericordioso de Dios que quiere ser conocido y amado, nace de la necesidad que nuestra sociedad tiene de encontrar en la relación con Dios el verdadero fundamento de la dicha y la bienaventuranza. Los discípulos de Jesús hemos de ser misioneros por amor al mundo, porque el mundo, encerrado en sí mismo, nos necesita.

Verdadera obra de misericordia es ayudar a mantener la unidad y la fidelidad en la familia. La familia cristiana fundada en el indisoluble matrimonio sacramental entre un hombre y una mujer es un don que los cristianos estamos llamados a mostrar. La familia unida, firme, que hemos conocido y en la que muchos de nosotros nos criamos y educamos, sufre un progresivo resquebrajamiento y debilitación. Muchos niños y jóvenes no crecen en la actualidad en el suelo firme del amor entre sus padres. La familia es un espacio de seguridad y estabilidad donde nos sentimos aceptados como somos. Mostrar la belleza y el valor de la familia cristiana es una urgencia. En el corazón de nuestros contemporáneos más jóvenes late el ansia del amor incondicional, necesita el testimonio de la fidelidad conyugal, ansía la experiencia de familia unida. No ocultemos el tesoro de la familia cristiana.

Obra de misericordia actual es mostrar a los jóvenes el verdadero camino del bien moral que conduce a la felicidad auténtica. El relativismo moral vacía la existencia de metas, de ideales, de valores. El hombre despojado de un fin último, de un sentido que oriente la vida en una dirección, queda a merced de los vaivenes de las sensaciones puntuales, del disfrute rápido, del placer egoísta que lo aleja de la senda de la felicidad. Orientar la vida hacia la excelencia moral es regalo precioso que los cristianos estamos llamados a ofrecer. No podemos renunciar a ofrecer a los jóvenes en la sociedad actual la excelencia de la ética cristiana. Nos urge a ello el convencimiento de que Jesús nos muestra el ideal de ser humano, que sobrepasa toda sabiduría.

Verdadera obra de misericordia en el momento presente es procurar empleo a quien no lo tiene. El drama del paro no sólo condena a la indigencia y a la precariedad en las familias, también limita las legítimas aspiraciones de desarrollo social del individuo. El paro excluye de la sociedad, descarta al parado como inútil, frustra las aspiraciones de desarrollo personal. Es necesario acompañar al parado. La solidaridad para con él debe hacernos sentir y comprender su frustración, apoyar sus legítimas aspiraciones de incorporarse a la sociedad mediante un empleo digno, no despreciarlo, ni minusvalorarlo, luchar por una prestación social que le permita llevar una vida digna, ayudarlo económicamente. Los cristianos debemos apoyar las iniciativas sociales y polí- ticas que contribuyan a la creación de empleo. Deben movernos especialmente las lacerantes situaciones a las que se ven abocados los parados de larga duración, las familias con todos sus miembros en paro, los jóvenes incapacitados para acceder al mercado laboral.

Verdadera obra de misericordia es respetar y proteger la vida humana en todos los tramos de su existencia. La vida humana tiene valor en sí misma. En el amor incondicional de Dios por todo hombre los cristianos descubrimos un plus de esa dignidad radical, un sólido fundamento para defenderla. Esa dignidad no puede ser relativizada en aras a la utilidad o a la conveniencia personal. Un ser humano no puede ser inútil o inconveniente en un momento dado. Un ser humano es un don que se me ha dado para ser hermano, más hermano, mejor hermano. La tragedia del aborto en la que se le niega al ser humano concebido la posibilidad de nacer nos hace cuestionarnos el valor que damos a toda vida humana y a esforzarnos por apoyar a toda madre atrapada en situación tan dramática. Nos desconcierta y nos hiela el corazón la frivolidad de considerar al ser humano concebido como desechable. Ha de resplandecer el valor sagrado de la vida. La vida humana limitada psíquica o físicamente a causa de la enfermedad o la vejez continúa dotada de la misma dignidad, fuerza con mayor urgencia nuestra misericordia, nos obliga a ser más plenamente humanos. No debemos caer en la trampa diabólica de medir al hermano por valoraciones utilitarias.

Verdadera obra de misericordia es colaborar por la consecución de una sociedad más unida, más justa y más fraterna. Los cristianos vivimos en el mundo. Somos vecinos en el pueblo, en el barrio o en la comunidad de vecinos, participamos en asociaciones culturales o deportivas, en las instituciones educativas o recreativas, somos ciudadanos en la comunidad política. En todo ello estamos implicados con la certeza en la fe de que Dios nos ama, ama nuestro mundo. Esa certeza nos fuerza a integrarnos en la sociedad con un ideal: la civilización del amor, una sociedad donde nadie sea descartado, donde la igualdad y la libertad se realice en la justicia. El favoritismo, los partidismos, la corrupción, el desprecio, la desconfianza rompen los lazos de unidad. La vida social necesita el fermento del Evangelio.

3.7. Renovación jubilar

Os invito a todos, queridos diocesanos, a celebrar con sinceridad el Jubileo de la Misericordia, a situarnos ante el amor de Dios, a hacer de este año una ocasión propicia para experimentar que Dios ha tenido misericordia de nosotros. Una celebración sincera de este año jubilar nos hará tomar conciencia de nuestro pecado. Abriendo nuestros corazones a las miserias que nos rodean, experimentaremos tal vez nuestras propias debilidades.

Cuando soy débil en Cristo soy fuerte

Sentiremos quizá la debilidad de nuestra Iglesia local: no tenemos toda la vitalidad que desearíamos. La escasez de vocaciones, la pobreza numérica de nuestras comunidades parroquiales, incluso las dificultades económicas para mantener el patrimonio nos hará ver que somos vasijas de barro. No vivimos un momento en que la Iglesia tenga gran relevancia social, que cuente a la hora de marcar tendencia, que sea buscada para orientar la vida. Esta debilidad de nuestra Iglesia puede ayudarnos a descubrir nuestra debilidad personal, anhelar una fe más ferviente, al rojo vivo, un amor más ardiente a Dios, una vida más en consonancia con las exigencias radicales del evangelio, una austeridad mayor, una humildad más callada, un empuje evangelizador más temerario, una fraternidad mayor en las comunidades, una implicación más arriesgada en la tarea de la Iglesia. Somos vasijas de barro. Tal vez descubramos las fragilidades de nuestra sociedad orgullosa de sus logros, autosuficiente, deseosa del bienestar, pero incapaz de ser plenamente feliz, que promete posibilidades y deja en la cuneta, al margen a personas que necesitan, que se nos descubren indigentes de bienes, de consuelo, de esperanza o de sentido. Somos vasijas de barro.

Haciendo experiencia de nuestras debilidades, descubriremos nuestra fortaleza, la misericordia de Dios. Nuestra fuerza está en Dios. Él nos ama, cuenta con nosotros, nos reconcilia con Él, nos perdona, no desea nuestra humillación, sino elevarnos a la dignidad de hijos suyos. El amor de Dios sostiene nuestra vida, la llena, la invade. Vivimos por Misericordia de Dios. Su amor, visibilizado en Cristo, nos transforma, nos da alas para soñar, nos proporciona la visión de la meta en la que seremos realmente hermanos, nos empuja a la oración agradecida, nos aparta de la maldad, la injusticia, la crítica despiadada y toda forma de violencia. Haciendo la experiencia del amor de Dios en nuestra debilidad, obtendremos como fruto precioso de Jubileo un nuevo impulso personal y comunitario para vivir esperanzados en el camino de la nueva creación. El cielo y la tierra nos miran, son testigos. Esta tierra que Dios nos ha dado como hogar para los hombres, que debemos proteger y dominar para encontrar en ella cobijo y bienestar será el testigo de que la misericordia de Dios nos invade y nos hace misericordiosos.

IV. MARÍA, MADRE DE MISERICORDIA

4.1. María, icono de misericordia

Me complace terminar esta mi primera Carta Pastoral a todos los fieles de la Diócesis de Astorga invitando a todos a la contemplación gozosa de la Virgen María, que la piedad de millones de fieles cristianos ha invocado, desde hace siglos, como “Reina y Madre de Misericordia”. Una lectura atenta de las escenas evangélicas de la Anunciación del Ángel (Lc 1,26-38), así como de la Visitación a su prima Santa Isabel (Lc 1,39-56), de las bodas de Caná de Galilea (Jn 2,1-12), y del Calvario (Jn 19,26 ss.), ofrece un precioso compendio bíblico de la acción de la misericordia divina en la Virgen María, que puede iluminar con fuerza la realización de este Año Jubilar de la Misericordia en las obras de misericordia tanto espirituales como corporales.

La llena de misericordia divina En la Virgen María la misericordia divina alcanza el grado máximo por cuanto Dios ni siquiera la dejó contraer el pecado original ni ningún pecado personal posterior. Es la perfectamente redimida, “el fruto más espléndido de la redención” como enseña el concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium, 103). Dios la hizo inmaculada, toda santa, llena de gracia, la mejor obra de arte de la misericordia divina. Por eso María fue misericordiosa a lo largo de toda su vida, porque previamente la recibió del cielo. Si acertamos a comprenderlo, tendremos la llave para penetrar en todas las misericordias del Padre y poder vivirlas.

La respuesta de María a Dios El fiat y el Magníficat son la respuesta de María a la misericordia del Padre. María, profetisa de la misericordia del Padre y su más fiel icono después de Cristo, canta:“El poderoso ha hecho obras grandes en mí y su nombre es santo: su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen… Ha socorrido a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia”(Lc 1,50-54). Es el canto al amor del Padre hacia los humildes y los pobres. Y así, ella misma con su canto se convierte en un signo de la misericordia del Padre hacia toda la humanidad y nos hace ver el nuevo orden que se instaurará con la venida del Reino.

San Bernardo escribe: “María se ha hecho toda para todos y a todos abre el seno de su misericordia a fin de que todos reciban la gracia que necesitan: el esclavo, el rescate; el enfermo, la salud; el afligido, el consuelo; y el pecador, el perdón”. San Juan Pablo II repitió con insistencia:“María santísima,Hija predilecta del Padre, se presenta ante la mirada de los creyentes, como ejemplo de amor, tanto a Dios como al prójimo”. La piedad popular se dirige a ella como “Madre de Misericordia” en la oración Salve Regina, que este año debemos rezar diariamente, y la invoca en las letanías lauretanas del santo rosario como “Madre de la divina gracia”; “Salud de los enfermos”; “Consuelo de los afligidos” y “Auxilio de los cristianos”, expresiones que nos recuerdan expresamente algunas obras de misericordia.

La Virgen María al servicio de la misericordia

El amor de la Virgen fue concreto y real. El amor no son palabras bonitas, son obras. “El amor es el hecho mismo de amar”, dirá San Agustín. La caridad no son buenos deseos, es entrega desinteresada a los demás. En la vida de la santísima Virgen encontramos un amor auténtico, traducido en donación de sí a Dios y a los demás, porque donde hay amor lo más normal se hace extraordinario y no existe lo banal. María, habituada a preocuparse de las necesidades de los demás, se ofrece voluntariosa para remediarlas. Esta es la razón de la presteza con la que salió de casa para visitar a su prima Isabel, apenas supo que estaba encinta e intuyó que necesitaba sus servicios y ayuda.

La Virgen María al servicio de la misericordia El amor de la Virgen fue concreto y real. El amor no son palabras bonitas, son obras. “El amor es el hecho mismo de amar”, dirá San Agustín. La caridad no son buenos deseos, es entrega desinteresada a los demás. En la vida de la santísima Virgen encontramos un amor auténtico, traducido en donación de sí a Dios y a los demás, porque donde hay amor lo más normal se hace extraordinario y no existe lo banal. María, habituada a preocuparse de las necesidades de los demás, se ofrece voluntariosa para remediarlas. Esta es la razón de la presteza con la que salió de casa para visitar a su prima Isabel, apenas supo que estaba encinta e intuyó que necesitaba sus servicios y ayuda.

El amor de María no conoció límites y traspasó las fronteras de lo comprensible. Ella perdonó y olvidó las ofensas recibidas, aun teniendo (humanamente hablando) motivos más que suficientes para odiar y guardar rencor. Perdonó y olvidó la maldad y crueldad de Herodes que quiso dar muerte a su Hijo. Perdonó y olvidó las malas lenguas que la maldecían y calumniaban a causa de su Hijo. Perdonó y olvidó a los íntimos del Maestro tras el abandono traidor de la noche del prendimiento. Perdonó y olvidó, en sintonía con el corazón de Jesús, a los que el viernes Santo crucificaron al que era el fruto de sus entrañas. Y también hoy sigue perdonando y olvidando a todos los que pecando continuamos ultrajando a su divino Jesús.

4.2. Templos jubilares dedicados a María

En una sociedad cada vez más fría e indiferente, de escasos rasgos de apertura a los demás, en los que predominan múltiples formas de egocentrismo insolidario, urge que los discípulos de Jesús demos unánime y constante testimonio de caridad compasiva y comprensiva, es decir, de fraternidad evangélica hacia todos los demás. El Concilio Vaticano II nos señala el camino: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre resonancia en sus corazones” (Gaudium et Spes,1). Los Papas de los últimos años nos presentan la misericordia como el corazón del Evangelio. El Papa Francisco ha afirmado que la misericordia es la fuerza que nos hace salir del pecado y experimentar la alegría de Dios que es perdonar. Toda nuestra acción pastoral y evangelizadora debería estar revestida por la ternura y la misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa por el camino del amor misericordioso y compasivo.

Casas de María

María es camino del perdón. Por eso, nos conduce al confesionario, a la Eucaristía… El Rosario es camino de oración para alcanzar la misericordia de Cristo y experimentar el amor misericordioso de la Madre. Muchas personas a través de la historia han reconocido que la ternura y compasión de la Virgen se ha hecho presente en su vida. El Evangelio de la ternura y la misericordia ha sido una realidad muy concreta cuando los fieles han acudido a ella. Por eso los santuarios marianos han sido muy frecuentados por los fieles, a pesar de que no sean muy creyentes. María es icono de Iglesia en salida y, rompiendo moldes, se ha instalado en las carreteras, en los cruces de caminos y en las plazas. Siempre sembrando misericordia. Son muchos creyentes los que han encontrado en ella ayuda, consuelo, misericordia, compasión, ternura, cariño, remedio a los males materiales y espirituales, socorro en todas las necesidades.

Hogares de misericordia

“La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (Evangelii Gaudium,114). Quienes atraviesen la puerta de la misericordia en el Santuario de las Ermitas tienen la posibilidad de encontrarse con buenos samaritanos que tratan con respeto a los heridos por la desesperanza, a los que se creen solos en la travesía de la vida y desvalidos. No son pocos los que aquí encuentran pautas para el camino y sentido a sus vidas atormentadas. La Virgen bendice este hogar de trabajo, de acogida, de oración solidaria, gratuita y anónima. Bajo advocación de la Carballeda, multisecular en la atención al camino jacobeo, la acogida a los niños expósitos y a los presos, los peregrinos son acogidos en el albergue parroquial y son bendecidos y fortalecidos por la Virgen. La Basílica de Nuestra Señora la Encina de Ponferrada se irradia en el hogar de transeúntes San Genadio, en el comedor social El Centenario, en el patronato del Hospital de la Reina, el albergue de peregrinos San Nicolás de Flüe. Son muchos los que diariamente experimentan y siembran las bienaventuranzas corporales y espirituales. En nuestra Catedral, la Virgen de la Majestad nos remite a las periferias existenciales de los enfermos y ancianos residentes en el Hospital de San Juan Bautista.

Pido a Dios, por intercesión de María, que nuestra Iglesia vibre en este Año de la Misericordia para ser verdaderamente una Iglesia, comunidad de misericordia, siendo ésta un estilo o un modo de vivir nuestra vida cristiana, reconociendo el rostro sufriente de Cristo en los pobres, en los niños huérfanos y abandonados, en los marginados y olvidados, en los hermanos emigrantes, en los enfermos incurables, en los indiferentes y alejados, y en los no creyentes.

Pido a la santísima Virgen, Madre de la misericordia, que nosotros también seamos testigos y artesanos de la misericordia en nuestro mundo.

Astorga, 6 de marzo de 2016

Cuarto domingo de Cuaresma

+ Juan Antonio Menéndez

Obispo de Astorga

 

 

Í N D I C E

I. RECUERDA QUE ERES BARRO 1.1. La realidad del pecado personal y social………………………………………………9 1.2.

“Las crisis”, como consecuencia del pecado……………………………………….11 1.3.

Los males sociales que nos afectan más directamente……………………14 1.4.

Reconocer el pecado personal y comunitario como primer paso para acoger la misericordia divina que exige un verdadero arrepentimiento y una auténtica conversión……………………………………………16

II. “EL SEÑOR MANIFIESTA SU PODER CON EL PERDÓN Y LA MISERICORDIA” 2.1. La misericordia divina en la Historia de la Salvación…………………………21 2.2.

El milagro del perdón……………………………………………………………………………..23 2.3.

La novedad y superioridad del perdón divino ………………………………….24 2.4.

La mediación eclesial y sacramental …………………………………………………..25 2.5.

La proyección vital de la misericordia……………………………………………………27

III. “SED MISERICORDIOSOS COMO VUESTRO PADRE ES MISERICORDIOSO” 3.1. La experiencia de ser alcanzados por la misericordia de Dios nos motiva para practicar la misericordia ………………………………………………………..31 3.2.

La Iglesia portadora de la misericordia ……………………………………………..32 3.3.

Las gracias jubilares ……………………………………………………………………………….33 3.4.

Criterios para vivir el Jubileo de la Misericordia en la diócesis…….33

3.5. Las obras de misericordia espirituales y corporales……………………….34 3.6.

Nuevas obras de misericordia que podemos practicar …………………..37 3.7. Renovación jubilar…………………………………………………………………………………..40

IV. MARÍA, MADRE DE MISERICORDIA 4.1. María, icono de misericordia ………………………………………………………………..43 4.2.

Templos jubilares dedicados a María………………………………………………….45

Mons. Juan Antonio Menéndez
Acerca de Mons. Juan Antonio Menéndez 14 Articles
Realizó sus estudios eclesiásticos en los Seminarios Menor y Mayor de Oviedo, afiliado a la Universidad Pontificia de Salamanca, donde obtuvo la Licenciatura en Estudios Eclesiásticos en 1980. Es también Licenciado en Derecho Canónico por la misma Universidad, en el año 2005. Fue ordenado sacerdote en la Parroquia del Sagrado Corazón de Villalegre (Avilés), el 10 de mayo de 1981. Su ministerio sacerdotal lo ha desarrollado en la diócesis de Oviedo, donde ha desempeñado los cargos de Coadjutor de “Santa María Magdalena” en Cangas del Narcea (1981-1986); Vice-Arcipreste de Allande-Cangas del Narcea (1985-1986); Párroco de varias parroquias pequeñas en Teverga (1986-1991); Arcipreste de Proava-Quirós y Teverga (1988-1991); Miembro electo del Consejo Pastoral Diocesano (1989-1991); Vicario Episcopal para la Vicaría de Oriente (1991-2001); Vicario General de Oviedo, Miembro del Consejo Pastoral Diocesano, del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores (2001-2011); Presidente del Consejo de Administración de Popular TV-Asturias (2004-2011); Vicario episcopal a. i. de la Vicaría Centro (2008); Delegado del Administrador Diocesano Sede Vacante (2009-2010); y Párroco de “San Antonio de Padua” en Oviedo (2010-2011). Hasta su nombramiento como obispo auxiliar y desde el año 2011 fue vicario episcopal para Asuntos Jurídicos de Oviedo y párroco de “San Nicolás de Bari” en Avilés. Además, de canónigo de la Catedral de Oviedo desde 2001 y miembro del Consejo Presbiteral y del Consejo Pastoral Diocesano, desde 1991. Recibió la ordenación episcopal y tomó posesión en la Catedral de Oviedo el 8 de junio de 2013. El 18 de noviembre de 2015 se hizo público su nombramiento como obispo de Astorga, sede de la que tomó posesión el 19 de diciembre. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Hasta entonces era miembro de las Comisiones Episcopales de Migraciones y de Pastoral (2014-2017).