Primera Javierada

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez           1.- Con inmenso gozo hemos hecho el Vía-Crucis como cada año, meditando las estaciones que vienen a ser los momentos importantes del recorrido de Jesús desde el palacio de Herodes hasta la cumbre del Calvario. Con gozo estamos ahora celebrando esta Eucaristía en el día que la liturgia denomina domingo “laetare” (domingo de la alegría), pues al ocupar el centro de la cuaresma nos recuerda que después del dolor de la Cruz viene el gozo de la resurrección. Empezamos, por tanto, con la alegría de haber culminado un año más la primera Javierada, exigente pero jubilosa, la Javierada de los jóvenes, de los que han desafiado la pereza y han madrugado para caminar, de los que son capaces de vencer los obstáculos que la misma vida trae consigo.

Las lecturas que hemos escuchado están enmarcadas en este clima de contento. La primera, tomada del libro de Josué narra cómo fue la primera pascua que los israelitas celebraron al llegar a la tierra prometida. No fue como la antigua, apresurada y temblorosa porque había que salir huyendo de la esclavitud. Esta de Josué es la pascua de la libertad, la del cumplimiento de la promesa, la de la novedad después de haber superado las asperezas del desierto. En esta ocasión nadie debía estar triste, nadie debía añorar el tiempo pasado de esclavitud y de penuria, porque habían alcanzado la tierra prometida y celebraban el amor de Dios con su pueblo.

El Evangelio, por su parte, recoge la parábola del hijo pródigo tantas veces comentada y meditada. Es la cima de la espiritualidad y de la literatura universal. Tantos poetas y pintores se han inspirado en esta página hermosa que nos entreabre el amor de Dios Padre, lleno de ternura para recibir al hijo que regresa tras una triste experiencia. Recordad ese precioso cuadro de Rembrandt, el regreso del hijo pródigo, que a tantos ha conmovido y ha llevado a la conversión.

2.- Nosotros nos vemos reflejados en aquel joven, inquieto e inconformista, que piensa que fuera de la casa de su padre va a encontrar la libertad y su propia realización. Pero al cabo del tiempo sólo halló soledad, tristeza, hambre y sumisión. Nosotros, como él, nos hemos visto alguna vez solos y tristes, más aún esclavizados por nuestras propias pasiones: lo que nos imaginábamos hermoso y brillantes como el país de las maravillas es en realidad lúgubre y amarga. Como aquel hijo hemos tomado también la decisión, y hoy queremos hacerlo de nuevo, de levantarnos y volver al Padre, confesar nuestro desvarío y comenzar de nuevo. “Sí, me levantaré”, pensó el joven de la parábola, y nosotros con él, porque reconocemos nuestra postración, la soledad que conlleva el pecado.

La conversión no es otra cosa que la decisión de volver a Dios, de cambiar de vida, de alcanzar la libertad y la alegría que habíamos perdido. Hoy se habla mucho de la “sociedad del bienestar” y se piensa que ésta se adquirirá si se consiguen muchos recursos materiales. Y es que si la persona no está bien espiritualmente y con sosiego en su interior no serán los falaces paraísos del materialismo, del hedonismo y el pansexualismo que lo conseguirán. De hecho, cada vez surgen, nuevas enfermedades sicológicas y afectivas a causa del desorden ético y moral.

De ahí que se requiera la conversión al estilo el hijo pródigo. Es un tiempo donde se nos está pidiendo a los cristianos mayor énfasis en la realización de una caridad más gratuita y más misericordiosa. El testimonio de aquellos que están muriendo por amor a Cristo y a quien siguen ejemplarmente y mueren perdonando, puede ser un impulso mayor para la renovación de la auténtica vida cristiana. Ellos nos enseñan a amar con misericordia.

La conversión del corazón es urgente en nuestra sociedad. Nunca habrá una “sociedad de bienestar” verdadera si no hay un corazón renovado y convertido. El bienestar tiene su morada en el corazón. Un corazón apasionado por amor a Jesucristo y gozoso por la entrega a los demás, es un tesoro que nada de lo material puede llenar. La sociedad está cansada de falaces propuestas que ofrecen la barita mágica de la felicidad inalcanzable. ¡Nos os dejéis engañar! La felicidad tiene su fuente en el amor y el amor brota del Amor de Dios. Si a Dios no le dejamos actuar en nuestra vida, por mucho que lo deseemos, nunca seremos felices.

Por eso la propuesta del papa Francisco, en este Año Jubilar de la Misericordia, es una propuesta que tiene su origen en la mejor de la Fuentes que es la de Dios bondadoso y misericordioso. Los cauces, de esta Agua Viva, proporcionan la gracia que santifica a través de los Sacramentos que Jesucristo ha regalado a su Iglesia y que le ha encomendado para que sea ella quien los administre. Por ello, durante este Jubileo, se buscará la forma mejor para que los sacerdotes bien dispuestos dediquen tiempo en el Sacramento de la Confesión y administren la Unción de los Enfermos a aquellos que pasan por la fragilidad y la debilidad de la enfermedad.

La Iglesia Diocesana, a la que todos pertenecemos por el Bautismo, ha de ser sensible a los que más sufren. El cauce mejor será revivir las Obras de Misericordia. Invito para que no sólo las meditemos sino que las pongamos en obra. Durante este Año Santo Jubilar de la Misericordia se irán jalonando programas que nos ayudarán para ponerlas en acto.

3.- El hijo pródigo no se propone buscar un refugio como si fuera un fugitivo, ni quiere alcanzar una meta, ni siquiera un ideal. Tampoco es un cobarde; quiere volver a la casa del Padre, encontrarse con Él, sin importarle ser tratado como uno de los más humildes servidores. ¿Y el Padre? No lo recibe con frialdad, al contrario, decide organizar una gran fiesta, vestirle el mejor traje, matar un becerro cebado. La parábola entera refleja cómo Dios se alegra al perdonar; mucho más que la mujer que encuentra la moneda extraviada o el pastor que encuentra la oveja perdido. ¡Es el hijo el que ha vuelto!, no una cosa ni uno de sus animales más productivos. Es su hijo que estaba como muerto y ha vuelto a la vida. La alegría de Dios misericordioso no podemos ni imaginarla, pero podemos experimentarla. “Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona jamás. Pero es un Padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como hijos, en su casa, porque no deja jamás, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor” (Papa Francisco)

El hermano mayor se mantuvo sumido en la tristeza, no quiere participar de la fiesta, se siente superior a su hermano despilfarrador. No comprende la misericordia, quizás porque no ha sido capaz de vivirla. Pero también a éste se acerca el Padre: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado” (Lc 15, 31-32). Dios Padre nos ama a todos, a los que se saben pecadores y a aquellos que se consideran limpios y buenos; por amor a todos ha enviado al mundo a su único Hijo Jesucristo, que ha muerto por nosotros y por todo el género humano.

4.- Hoy, decía al comienzo, es la fiesta del perdón, el triunfo de la misericordia. No dejéis de acercaros al Cristo de Javier que con su sonrisa nos mira a cada uno con ternura invitándonos a aprovechar esta oportunidad de acercarnos al Sacramento del perdón y experimentar la alegría de ser perdonados. Y al volver a vuestro lugar ordinario, transmitid el gozo de haber sido perdonados y, si sentís la llamada a ser ministros del perdón –la mayor alegría del sacerdote- no os echéis atrás. Dios sigue llamando y necesita de muchos hombres que puedan dispensar el perdón divino. Y si sentís la vocación religiosa para actualizar las Obras de Misericordia, no miréis a otro lado, mirad cara a cara a Cristo que os invita a seguirlo. Hoy todos vosotros, todas vosotras habéis alcanzado el honroso título de “peregrinos de la misericordia”. La sociedad necesita testigos del amor y misericordia de Cristo. ¡Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso!
Pedimos, con devoción, la intercesión de San Francisco de Javier y la protección de la Virgen María, Madre de misericordia.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).