Llamados por la Misericordia en el Día del Seminario 2016

ginesgarciaMons. Ginés García Beltrán           Queridos diocesanos:
 
 La celebración del Año Santo de la Misericordia nos ofrece el marco para la reflexión que cada año hacemos por estas fechas al celebrar, en la solemnidad de San José, el Día del Seminario. Os invito a pensar en el don que supone para la Iglesia la presencia de los sacerdotes, y la necesidad de contar con un seminario que sea verdadera escuela del Evangelio, donde se formen los hombres que han de servir al pueblo de Dios haciendo presente a Cristo con su vida y ministerio.
 
Este año quisiera detenerme en la relación que existe entre el sacerdocio ministerial  y la misericordia. El sacerdote lo es por la misericordia de Dios y lo es para mostrar a los hombres y al mundo esta misericordia.
 
Dios se fija en hombres como los demás, cargados de debilidades y pecados, y los mira con ojos de misericordia como miró a los primeros apóstoles. No elige a hombres capaces sino que los capacita para actuar en su nombre. Los sacerdotes hemos sido llamados por pura misericordia, estamos convencidos que otros pueden tener, y de hecho tienen, más cualidades que nosotros, pero nos rendimos ante la fuerza del misterio de una elección. No estamos llamados a comprender, sino a vivir confiadamente lo que Dios quiere, y a entregarnos sin reservas a la salvación de los hombres. En nuestras vidas experimentamos cada día el peso de la fragilidad, lo poco que somos para una misión tan extraordinaria. Y es de este sentimiento de donde nace nuestra fuerza. Basta la gracia de Dios para salir al mundo a anunciar el Evangelio. Los sacerdotes, por la oración y la entrega a los demás, tenemos que dejarnos transformar por Dios, dejar que nos cambie el corazón y que nos dé uno misericordioso como el suyo.
 
 El sacerdote es testigo y ministro de la misericordia. Nuestro ministerio es ministerio de misericordia. Llamados por Dios a perdonar los pecados en su nombre, los sacerdotes han de tener un corazón capaz de acoger y comprender al que se acerca arrepentido al perdón de Dios. No somos los sacerdotes lo que juzgamos, sino los que abrazamos al penitente con los brazos del Dios de la misericordia. Hemos de condenar el pecado y devolver al pecador a la comunión con Dios y con la Iglesia. No nos cansemos de agradecer, queridos hermanos, este magnífico don que Dios nos hace a través del ministerio de los sacerdotes. Y nosotros, sacerdotes, no dejemos de ser cauces de la gracia que perdona y sana en el ejercicio cotidiano del sacramento de la penitencia.
 
 Un hombre que experimenta el perdón de Dios ya no puede mirar de la misma manera a los demás. La misericordia para con los hermanos sólo puede brotar de un corazón reconciliado y agradecido. Los sacerdotes están llamados a mostrar la misericordia de Dios mediante la práctica de la caridad. La Iglesia y el mundo necesitan del ministerio de caridad de los sacerdotes. El que preside la comunidad en nombre del Señor ha de acompañarla y animarla a vivir en el amor a los demás, a practicar las obras de misericordia. Pero no se trata de dar sino de darse: “Así, pues, cuando haces una obra de misericordia, si das pan, compadécete de quien está hambriento; si le das de beber, compadécete de quien está sediento; si das un vestido, compadécete del desnudo; si ofreces hospitalidad, compadécete del peregrino; si visitas a un enfermo, compadécete de él; si das sepultura a un difunto, lamenta que haya muerto; si pacificas a un contencioso, lamenta su afán de litigar” (San Agustín, Sermón 358A).
 
 No hace falta insistir en lo necesarios que son para la Iglesia los sacerdotes. Cómo sufren las parroquias que no cuentan con un sacerdote propio, y cómo sufren los cristianos que quisieran tener cerca a los sacerdotes, sobre todo en los momentos más importantes de la existencia humana. Esos sacerdotes que conocemos, y los quisiéramos tener en nuestros pueblos y ciudades, nacen de las familias cristianas y se forman en nuestro seminario. Si no hay familias cristianas que eduquen a sus hijos en la fe y los apoyen y acompañen en su posible vocación, no tendremos buenos sacerdotes; y si no tenemos un seminario que haga crecer en la vida de fe y alumbre la vocación que hay en el corazón de los jóvenes, formándolos para ser verdadera presencia de Cristo en la comunidad, no contaremos con los sacerdotes que a todos nos gustaría tener.
 
 Os invito a dar gracias a Dios por el don del sacerdocio en la Iglesia, y en concreto, por cada sacerdote. Por los que tenemos más cerca y por los que no conocemos. Sólo se valora aquello por lo que se da gracias. Y no dejéis de pedir por vuestros sacerdotes. Pedid que sean fieles a la vocación que han recibido, que sean hombre de Dios y hombres del pueblo; contemplativos y entregados; cercanos a Dios en la oración y cercanos a la gente en sus dificultades. No os canséis de pedir cada día al Dueño de la mies que siga llamando a los jóvenes al sacerdocio, y que los jóvenes sean generosos en la respuesta a esta llamada. Dios espera mucho de los jóvenes, ojalá que ellos descubran que en el cumplimiento de la voluntad de Dios está la verdadera felicidad.
 
A todos nos gustaría tener muchos sacerdotes, y sobre todo que sean santos. Pues para esto sólo hay un secreto: orar e invitar a los jóvenes a seguir la vocación. Lo demás lo pone el Señor. Estoy convencido que nuestras manos elevadas al cielo y nuestro propósito de ser instrumentos de la llamada, moverán el corazón de Dios siempre dispuesto a regalarnos su presencia.
 
La Virgen María recibió la llamada de Dios a ser su madre y dijo que Sí. También acompañó con su silencio y su ternura el Sí de su Hijo a la voluntad del Padre hasta la muerte. Acompaña ahora el camino de la Iglesia y de cada uno de sus hijos para que el Sí a Dios sea ininterrumpido. Ahora le pedimos: Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Madre de la misericordia, ruega por nosotros.
 
Con mi afecto y bendición.
 

+ Ginés García Beltrán,

Obispo de Guadix

Mons. Ginés García Beltrán
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S. E. R. Mons. Ginés Ramón García Beltrán, nació en Lorca (Murcia), siendo natural de Huércal-Overa (Almería), el día 3 de octubre de 1961. Después de cursar estudios de Enseñanza Media en el Instituto de Huércal-Overa de 1975 a1979, ingreso en el Seminario Conciliar de San Indalecio, de Almería. Cursó estudios de Teología en la Facultad de Teología de la Compañía de Jesús en Granada. Tras obtener la graduación de Bachiller en Teología en 1984, es ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1985. Licenciado en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma en 1986. En 1987 cursó estudios de doctorado en Derecho Canónico en la misma Universidad, y especialización en derecho matrimonial en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Ha desempeñado el ministerio sacerdotal como párroco de Mojácar (1987-1989), Rioja (1993-1994), «Santa María de los Ángeles», de la Capital (1994-996). Capellán de las Religiosas de la Inmaculada Niña «Divina Infantita» (1993-1994) y de las Religiosas Siervas de los Pobres, Hijas del Sagrado Corazón de Jesús (1990-1992 y 2004 -2005). Arcipreste en la Capital (1994-1996). En 1996 Mons. D. Rosendo Álvarez Gastón le nombra Vicario General y Moderador de Curia, cargos en los que es confirmado en 2002 hasta 2005, por Mons. Adolfo González Montes, quien le nombra Canónigo Doctoral en 2003. Administrador parroquial de La Cañada y Costacabana (2005-2006); y de nuevo párroco de la importante parroquia de San Sebastián de la Capital de Almería, desde 2006. De 1989 a 1992 ejerció como Vicerrector del Seminario, Formador y Director espiritual en los Seminarios Mayor y Menor de Almería. Defensor del Vínculo y Promotor de Justicia (desde 1989). Delegado Episcopal en el Colegio Diocesano de San Ildefonso (1991-1994). Profesor (desde 1990) y Rector en el «Instituto Teológico San Indalecio» para la formación teológica y pastoral diocesana (1993-1997). Delegado Episcopal del IV Sínodo Diocesano (1996-1999). En el «Centro de Estudios Eclesiásticos» del Seminario Conciliar (afiliado a la Facultad de Granada) ha sido Jefe de Estudios (1996-2003), Profesor de Teología (1997-2003), y es actualmente Profesor Ordinario de Derecho Canónico (desde 2005). En el «Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Almería» (adscrito a la Universidad Pontificia de Salamanca), ha sido Profesor de Derecho Canónico y Síntesis teológica (2007-2008). Entre otros cargos que ha desempeñado, el Obispo de Guadix fue durante años Profesor de Religión en diversos Institutos de Enseñanza Media (1989-1994). Responsable de Formación Espiritual de grupos de matrimonios. Como miembro del Tribunal Eclesiástico, ha sido en diversas causas Juez instructor y «ad casum»; entre ellas en la Causa de los Mártires de Almería (2003). Representante del Obispado de Almería en Unicaja (2001-2007). Miembros del Consejo Presbiteral (1995-2006), Consejo Pastoral Diocesano (1995-2006), Colegio de Consultores (desde 1995), Consejo Diocesano de Asuntos Económicos (2003-2005) y Consejo Diocesano de Arte y Patrimonio (1997-2005). El 3 de diciembre Su Santidad el Papa Benedicto XVI nombró a Mons. Ginés Ramón García Beltrán como nuevo obispo de Guadix. El 27 de febrero de 2010 fue consagrado obispo en la Plaza de Las Palomas, de la ciudad accitana. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Permanete y Presidente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social, desde el 12 de marzo de 2014. Anteriomente había sido miembro de la CEMCS y de la Comisión Episcopal de Patrimonio, desde 2010 a 2014. En la Asamblea de Obispos del Sur de España es el Obispo delegado para los Medios de Comunicación Social. El 13 de julio de 2016 fue nombrado miembro de la Secretaría para la Comunicación de la Santa Sede.