Cantos de conversión: bendición entusiasta con los humildes (Sal 33)

agusti_cortesMons. Agustí Cortés         Pocas veces trasladamos a la oración un entusiasmo tan vivo. Es posible que muchos jamás lo hayan hecho. A veces el canto nos ayuda y nos dejamos llevar. Pero el tono de nuestras oraciones normalmente es muy sereno… seco, casi monótono. ¿Quizá porque también lo es nuestra vida de fe?

La nueva versión oficial del Salmo 33, en su primera parte, expresa una exaltación realmente intensa. Representa una lección de cómo hemos de orar. Por un lado, el salmista canta “en todo momento”, “sin cesar” (v. 2); “en todo momento” significa que hemos de cantar constantemente, vayan las cosas bien o vayan mal. Y, además, lo hace “con todo el ser” (v. 3), poniendo en oración la persona entera, con un ímpetu que brota de la cabeza a los pies, de dentro del espíritu, del sentimiento profundo y del cuerpo. Quizá, además de cantarlo, este salmo debería ser bailado. También en pleno camino cuaresmal se puede cantar así.

Nos interesa sobre todo el motivo de este canto. Es doble. Quien ora ha experimentado en sí mismo el poder de la bondad de Dios. Nace de la experiencia de sufrimiento y de búsqueda del rostro de Dios: Él le respondió. No es que Dios le solucionara todos sus problemas, sino que “le libró de todos sus miedos” (v. 5).

Pero además – quizá la razón más convincente para la llamada a cantar – quienes se benefician de esa bondad de Dios son los humildes.

Se trata de invitar y contagiar. San Agustín, comentando este salmo, pone el ejemplo de los gritos de los partidarios de uno u otro bando en los juegos circenses: dice “se oye en la muchedumbre, ¡aplaudid conmigo!”. Y añade,

“Pero el cristiano no clama en la Iglesia que ¡sea con él amada la Verdad de Dios! Estimulad el amor en vosotros, hermanos, y gritad a cada uno de los vuestros y decid: ¡Engrandece conmigo al Señor!”

No es difícil trasladar el ejemplo a nuestro tiempo, cuando vemos al público espectador gritando desaforado a favor de su equipo de fútbol. No pediremos imitarle en la forma, pero sí en la intensidad y el entusiasmo…

Debe haber un gran misterio en el vínculo que siempre vemos en la Sagrada Escritura entre la alegría del fiel creyente y la predilección de Dios por los sencillos y pobres. Quien ora este salmo expresa un deseo:

“Que lo oigan los humildes y se alegren… Glorificad conmigo al Señor, ensalcemos al Señor todos juntos” (vv. 3b-4)

Nos recuerda el Magníficat de María (“Enaltece a los humildes… a los pobres colma de bienes”: Lc 1,52) y la oración el de Jesús, llamada también “su Magníficat” cuando vio regresar de la tarea evangelizadora a sus discípulos llenos de entusiasmo (“Has revelado estas cosas a los humildes”: Lc 10,21).

Se dirige este canto a hermanos en el sufrimiento. ¡Es bello invitar a los humildes y cantar juntos! El orante cristiano se ve vinculado a los humildes y pobres, sobre todo en el momento de estar en oración ante el Dios de Jesucristo. Quizá porque se participa materialmente de su pobreza; en todo caso, porque se está en comunión vital y real con ellos.

La pobreza y el sufrimiento es una vergüenza a los ojos de la gente, pero quien contempla el rostro de Dios que es Jesucristo, le invoca y gusta de su resplandor verá iluminado su propio rostro.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.