“Misericordia con los pobres y necesitados”

Mons. Rafael ZornozaMons. Rafael Zornoza         La misericordia que Dios es no se manifiesta “en general”, sino en cada uno de nosotros que somos pecadores y que necesitamos convertirnos y volver a Dios mediante la confesión de los pecados en el sacramento de la Penitencia, sacramento de la Misericordia de Dios. En Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa”. De esa Iglesia-Esposa que somos para Él cada uno de los cristianos en la Iglesia.

Por tanto, cuanto más lejos de Dios nos encontremos, más debemos tomar en consideración la misericordia de Dios. Es para nosotros y para todos, sin excluir a nadie. Solamente así podremos ser luego testigos de esa misericordia ante otros, contándoles nuestra experiencia, invitándoles a comprobarlo personalmente manifestando que nuestro corazón se ha trasformado en un corazón misericordioso con los demás.

He aquí el por qué de nuestra fe que se traduce en obras concretas y cotidianas, destinadas a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu –nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo–, sobre lo que seremos juzgados por Dios al final de nuestra vida. Por eso Francisco desea que reflexionemos sobre las obras de misericordia corporales y espirituales: para “despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (Misericordiae vultus, 15).

Es preciso –a mi entender– ayudar a todos a experimentar la alegría de descubrir en los milagros diarios la grandeza de su Amor Misericordioso. En la Misericordia de Dios no hay cabida para la casualidad: Dios crea amor, por amor se entrega, por amor perdona con infinita Misericordia. Descubramos que todo lo que hacemos desde que nos levantamos hasta acostamos está lleno de pequeños milagros: poder comer cada día, tener una casa donde sentirse protegidos. Poder recibir estudios, atención médica. También siendo partícipes de la generosidad del Amor de Dios que nos empuja a ser mejores, a renunciar al egoísmo. Este descubrimiento en la donación de uno mismo, cuando compartimos algo que nos gusta con un amigo nos ayudará a progresar y a reflexionar: ¿veo en el pobre la carne de Cristo que “se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado? ¿Y qué hago en consecuencia? ¿Me doy cuenta de que en cada uno de los necesitados continúa “la historia del sufrimiento del Cordero Inocente”? ¿Soy capaz de descubrir ahí aquella “zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5)”, más aún en el caso de los cristianos perseguidos precisamente a causa de su fe?

Es bueno recodar también que el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Es esclavo del pecado, concretamente, el que utiliza los bienes materiales para servirse a sí mismo, no a Dios y a los demás (cf. Lc 16,20-21).

No nos engañemos pues, con una consideración superficial o genérica de la misericordia, pensando que esto debe de ser “para otros”. En los pobres está Cristo y mendiga nuestra conversión. Los pobres y necesitados son la “posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Ninguno de nosotros está vacunado contra ese ofuscamiento que conlleva el querer ser como Dios. No sólo “a lo grande”, en las formas sociales y políticas de los totalitarismos, o en “las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar”. No sólo en referencia a “un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos”. No sólo eso. Se trata de “nosotros mismos”, cada uno, a escala doméstica, en la familia, o con el grupo de nuestros amigos. Por eso ahora, leemos, es “un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia”.

Concreta Francisco: “Mediante las [obras de misericordia] corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo”. Y esto es así porque “sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer”. Ídolos, que pueden conducir –lo dice el Papa sin remilgos– al eterno abismo de soledad que es el infierno. Tener en cuenta esto también forma parte de la personalización de la misericordia.

“Jesús nos revela el rostro de Dios con su comportamiento compasivo hacia los hermanos marginados y pobres, un amor “visceral”. Miremos a todos con la mirada compasiva de Jesús, para consolar a cada descartado, afligido, herido de la vida, a cada empobrecido. Nada más concreto que la ternura de Dios para orientar nuestro itinerario en el año jubilar de la misericordia y ver a Cristo mismo en cada uno de los necesitados (cf. Mt 25, 31-45). Vivamos la caridad en toda su extensión y sus múltiples expresiones y realizaciones vibrando ante las pobrezas que nos rodean. La Iglesia es experta en misericordia. Las incontables obras presentes en nuestras parroquias, comunidades religiosas, cofradías, etc. son muestra de ello. En este año jubilar son una llamada imperiosa para prestar nuestra ayuda y cambiar nuestro corazón a la medida del de Cristo.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Mons. Rafael Zornoza
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RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.