“La Misericordia que entra por las puertas de Jerusalén”

IcetaMons. Mario Iceta       Queridos hermanos y hermanas:

  1. El mes de marzo nos guía, como a Jesús, hacia las puertas de Jerusalén, para celebrar de un modo definitivo, de una vez para siempre, la Pascua, el paso del Señor, su muerte y resurrección, el paso de Dios por nuestra vida, el paso a través del Mar Rojo hacia la libertad y del río Jordán hacia la vida eterna. La humildad es el signo por excelencia de esta entrada. Así como en Belén, que en hebreo significa “casa de pan”, el Señor entró en el mundo pobre, humilde, acostado entre pajas en un pesebre, hoy se acerca a la ciudad santa y entra en ella con los signos de quien es rey, pero no de este mundo: sentado sobre un animal humilde, aclamado por los “anawin”, los pobres de Yahveh, que lo acogen como Aquél que viene en el nombre del Señor, como Hijo de David.
  2. Efectivamente, Jesús va subiendo a Jerusalén. Toda su vida está dirigida, ya desde el seno materno, a la celebración de la Pascua verdadera y definitiva. Él va a realizar el acto de amor por excelencia, por el que nos comunicará el don de una vida nueva, cancelando nuestros pecados. Esta entrega del Señor la conmemoramos cada vez que celebramos la Eucaristía. Repitiendo las palabras que Él pronunció el Jueves Santo: “Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es la Sangre de la nueva alianza derramada para el perdón de los pecados”, se actualiza el misterio de nuestra salvación. La entrega, obediencia y el amor de Cristo, nuevo Adán, borra la sospecha, desobediencia y egoísmo del viejo Adán.
  3. La sangre en la Escritura es símbolo de la vida. Jesús, Hijo de Dios, derrama su sangre, dona su vida para el perdón de los pecados. Una vida entregada que engendra vida eterna. Un acto supremo de amor que nos une a Él para que participemos de su misma vida. Este perdón de los pecados es el signo por antonomasia de la misericordia de Dios: borra nuestros pecados y nos introduce en su Reino, un Reino de santidad, justicia, amor, misericordia y paz. El perdón de los pecados para acceder a una vida nueva es tan fundamental, que no sólo es elemento esencial del bautismo, sino que se plasma también en un sacramento concreto: el sacramento de la reconciliación. En este sacramento, como hijos pródigos, o quizás como los hermanos mayores con el corazón acartonado, acudimos a las entrañas del Padre que siempre espera, para recibir su abrazo inmenso, que no pide cuentas ni explicaciones, sino que nos impone el anillo, la túnica y las sandalias propias de los hijos. Y, además, se celebra la gran fiesta, signo de vida y alegría por el retorno a la vida de quien vivía en las sombras de la muerte.
  4. En este tiempo de Cuaresma, camino hacia la gran perdonanza que es la Pascua, debemos renovar nuestra experiencia tanto personal como eclesial del sacramento de la reconciliación. Así lo afirmábamos los obispos del País Vasco y Navarra en nuestra última carta pastoral, tomando una hermosa cita del Papa Francisco: “El Papa invita a los sacerdotes a ejercer con generosidad y esfuerzo este magnífico servicio de misericordia en el sacramento de la Reconciliación. Ellos son ministros de la misericordia, servidores del perdón de Dios: “El sacerdote es instrumento para el perdón de los pecados. El servicio que presta como ministro, de parte de Dios, es muy delicado y exige que su corazón esté en paz, que no maltrate a los fieles, sino que sea humilde, benévolo y misericordioso, que sepa sembrar esperanza en los corazones, y sobre todo que sea consciente de que el hermano y la hermana que se acercan al sacramento de la Reconciliación buscan el perdón y lo hacen como tantas personas se acercaban a Jesús para curarse” (Papa Francisco, Audiencia general, 20 noviembre 2013). (Carta Pastoral obispos del País Vasco y Navarra, “Misericordia entrañable”, 25).
  5. La misericordia de Dios desborda nuestros propios límites y se extiende hasta los confines de la tierra. Durante el mes de marzo, el día de San José, celebramos la jornada de las misiones diocesanas. Es la misericordia la que transforma el corazón de los discípulos de Jesús y los convierte en misioneros. Tantos hombres y mujeres de nuestra tierra, sacerdotes, consagrados y seglares, han percibido esta llamada de Dios a ser portadores de su misericordia y han respondido con gran generosidad. Oremos por ellos y colaboremos con nuestras aportaciones en la fecunda e inmensa tarea que están realizando en favor de los más desfavorecidos llevándoles a Jesús, misericordia encarnada. Pidamos al Señor que siga convocando a muchos jóvenes a seguirle por los caminos apasionantes de la misión.

Que la Virgen Madre os guíe hacia las puertas de Jerusalén, para beber con gozo de la fuente de vida eterna que brota del costado abierto del Salvador. Con afecto, os deseo una santa celebración del Triduo Pascual.

+ Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa
Acerca de Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa 81 Articles
Es Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es Doctor en Teología por el Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una tesis sobre Moral fundamental. Es Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 2004. Así mismo es miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao desde junio de 2008. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada Bioética y Ciencias de la Salud (1993). Ha participado como ponente en diferentes cursos y conferencias de Bioética tanto en España como en el extranjero y posee numerosos artículos en revistas especializadas en Bioética y Teología Moral, así como colaboraciones en diversas publicaciones y diccionarios. Entre sus publicaciones destacan: Futilidad y toma de decisiones en Medicina Paliativa (1997), La moral cristiana habita en la Iglesia (2004), Nos casamos, curso de preparación al Matrimonio (obra en colaboración, 2005). En el campo de la docencia ha ejercido como profesor de Religión en Educación Secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); Profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis (2002-2008). Profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra desde 2004 hasta la actualidad. Por último, también pertenece a la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española.