24 horas para el Señor, la caricia del Dios misericordioso

mons Fidel HerraezMons. Fidel Herráez         La iniciativa de dedicar durante la cuaresma 24 horas para el Señor fue promovida por el Papa Francisco desde el inicio de su ministerio y desea darle especial importancia, como es lógico, durante este Año de la Misericordia. “Esta iniciativa,dice el Papa, que deseo se celebre en toda la Iglesia –también a nivel diocesano- es expresión de la necesidad de la oración”.Nuestra diócesis acogió desde el principio esta propuesta y también desea otorgarle mayor relieve en esta ocasión. Tendrá lugar los días 4 y 5 de marzo, viernes y sábado próximos, en diversos lugares de la diócesis y estará promovida de modo especial a nivel de arciprestazgo. Es una ocasión favorable para seguir experimentando lo que es el arciprestazgo como realidad eclesial y no sólo como  estructura  pastoral.

Según el pensamiento y el deseo del Papa, estas 24 horas para el Señor debían servir como contrapeso a la globalización de la indiferencia que tan repetidamente denuncia y que de modos múltiples  pretende envolvernos a cada uno de nosotros; la indiferencia es vivir como si los otros no existieran: yo estoy en el centro y todo lo demás es relativo, indiferente. Dado nuestro estilo de vida, cada vez gana más terreno la indiferencia: hacia los otros, nuestros hermanos; hacia lo otro, el planeta, la casa común;  hacia el Otro, el Señor;  y en definitiva hacia la dimensión más profunda de nosotros mismos.

Ciertamente, esta actitud de indiferencia se manifiesta en muchas ocasiones a nivel global, de modo clamoroso en la irresponsabilidad y en la inconsciencia general ante las catástrofes y los dramas que tienen lugar en nuestro mundo. Igualmente ante  los dolores y angustias de nuestros hermanos,  tanto los que nos quedan lejos como los que nos rodean. La indiferencia se expresa también respecto a nosotros mismos, cuando no reconocemos o no damos importancia a nuestro pecado, cuando no vemos la verdad de nuestro ser. Es una tentación cómoda descargar la culpa sobre la sociedad o sobre las instituciones para ocultar nuestras faltas. El encuentro personal con el Señor nos ayudará a admitir nuestro pecado sin sentirnos angustiados o humillados, porque  nos abraza como hijos y así  nos abre a la solidaridad con nuestros hermanos. En la base está la indiferencia ante el Señor, cuando no lo consideramos importante en nuestra vida.

La oración surge como la respuesta de quien se siente admirado y sorprendido por la actitud del Padre que sale al encuentro del hijo desorientado o abrumado. El asombro se transforma espontáneamente en adoración ante el Dios de las sorpresas, el único que en su gracia es capaz de transformarnos sin acusaciones y sin reproches. Porque ese Dios, dice el Papa Francisco en el reciente libro-entrevista El nombre de Dios es misericordia, perdona no con un decreto sino con una caricia; Jesús mismo, ante la adúltera, va más allá de la Ley y perdona acariciando las heridas que son nuestros pecados.

En esta perspectiva, el sacramento de la reconciliación forma parte de la oración personal y comunitaria; es personal porque vamos al encuentro del Padre que se acerca con los brazos abiertos para dar al hijo el abrazo del perdón; y es comunitaria  porque es la Iglesia misma quien nos acoge y acompaña,  en la persona del confesor, para celebrar la misericordia del Señor.

Muchos de los que me escucháis o leéis, seguramente habéis valorado e integrado en vuestra vida la oración y el sacramento de la reconciliación, que bien puede ser considerado como sacramento de la misericordia. Seguro que esto os ha ayudado a no caer en la indiferencia y a desarrollar la generosidad y la transparencia en vuestra vida. Tal vez otros hayáis ido dejándolo en un lugar secundario, como algo irrelevante o de poca importancia. Deseo de corazón que la celebración de las 24 horas para el Señor en este Año de la Misericordia, os permita descubrir de nuevo el gozo de la oración como adoración y la capacidad transformadora de la reconciliación celebrada sacramentalmente.

+ Fidel Herráez

Arzobispo de Burgos

Mons. Fidel Herráez Vegas
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Fidel Herráez Vegas nació en Ávila el 28 de julio de 1944. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Madrid, donde ingresó en 1956. Fue ordenado sacerdote el 19 de mayo de 1968. Bachiller en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1968. Es Licenciado (1974) y Doctor (1977) en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense en Roma. Es autor de varias publicaciones sobre Teología Moral Fundamental. Ha desempeñado los siguientes cargos: 1968-1972: Formador, Secretario y Profesor de idiomas del Seminario Menor de Madrid. 1977-1995: Profesor de Teología Moral Fundamental en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequética “San Dámaso” de Madrid. 1977-1995: Director de la Formación Permanente de las Hermandades del Trabajo de Madrid y Consiliario de jóvenes de las mismas. 1977-1996: Capellán de las Religiosas Irlandesas (Instituto de la B.V. María). 1979-1996: Delegado diocesano de Enseñanza de Madrid. 1979-1995: Miembro Asesor de la Comisión Episcopal de Enseñanza. 1983-1995: Secretario Técnico de la diócesis de Madrid para las relaciones con la Comunidad Autónoma en los temas de Enseñanza Religiosa. 1986-1995: Presidente del Consejo diocesano de la Educación Católica. 1986-1995: Representante de los Delegados diocesanos de Enseñanza en el Consejo General de la Educación Católica. 1992-1997: Presidente del Forum Europeo para la Enseñanza Religiosa Escolar. 1993-1996: Catedrático de Teología Moral Fundamental en la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid. 1995-2015: Vicario General de la Archidiócesis de Madrid. Desde el año 2011 es el consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas. El 14 de mayo de 1996 fue elegido Obispo titular de Cedie y Auxiliar de Madrid, recibiendo la ordenación Episcopal el 29 de junio del mismo año. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Comisión Permanente y pertenece a la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis desde 1996. El 30 de octubre de 2015 el papa Francisco lo nombra arzobispo de Burgos, tomando posesión de la archidiócesis el 28 de noviembre del mismo año.