Amemos el sacramento de la misericordia

vivessiliaMons. Joan E. Vives          Jesús, con su perdón y la acogida de los pecadores, es la respuesta de Dios al pecado y al mal del mundo. Él, para eso vino al mundo, para redimirnos y hacernos buenos, para rehacer nuestra comunión con el Padre, como describe la parábola tan espléndida del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Existe el pecado, la ruptura con la voluntad y el plan de Dios, ya desde los primeros padres (Gn 3). Son aquellos actos que dañan la creación de Dios, que hacen daño a las personas, y que hacen daño a Dios mismo. Descubrirlo, más allá de pensar que son debilidades, pequeñeces, fallas psicológicas, etc. es ya una gracia. La Escritura nos revela que nacemos pecadores y que, si Dios no nos libera, pecaremos también personalmente, sea con actos concretos, sea con actitudes que nos hacen egoístas y nos alejan de Dios y de los demás. Dura experiencia de «hacer el mal que no queremos hacer»(Rm 7,15). Hay que ser humildes, reconocer el pecado, y acudir a la fuente de salvación que nos ha dado el Padre, y que es Jesucristo, quien con su muerte y su resurrección, con todos sus méritos y amor, ha roto esta condena, y nos ha salvado. Él es el Cordero de Dios que carga sobre sí y quita el pecado del mundo (cf. Jn1,29). Podríamos decir que la misión de Jesús en la tierra fue perdonar y rehacer la comunión de la humanidad con Dios, misión de misericordia. Y después de ser enviada, la Iglesia da continuidad a esta misión. «La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia», dice el Francisco (M.V. 10).

El pecado supone decir no a la voluntad de Dios, y también a la Iglesia, la Madre que nos acogió el día del bautismo y que nos une a Cristo y nos hace hijos de Dios. Con el pecado llegamos a herir el corazón mismo de Dios que despreciamos, y ofendemos la santidad y la credibilidad de toda la Iglesia, de la que formamos parte y a la que hacemos quedar mal. Con todo, debemos creer y confiar en que cuando pecamos, «tenemos un defensor, Jesucristo, que nos libera de nuestros pecados» (1Jn 2,2). Necesitamos la «conversión», ciertamente, que significa «girarse» hacia Dios, reorientar la propia vida para que siempre busque la luz de Dios, y significa «nacer de nuevo» a la vida de la gracia, de la amistad y la comunión con Dios mismo y con los hermanos. Por eso Jesús predicaba: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15); lo primero que hacía era liberar del pecado a quienes se le acercaban, como el paralítico de la camilla a quien dice: «Confianza, hijo; tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2); y una vez resucitado envió a los apóstoles a llevar el perdón: «A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,23).

«El Señor nunca se cansa de ofrecernos su misericordia y de perdonarnos; si acaso, somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón y misericordia», dice el Papa Francisco, El sacramento de la misericordia (o de la reconciliación; o del perdón; o la confesión) es el tesoro que la Iglesia ha recibo del mismo Jesús para llegar a todos los que quieren recibir perdón y quieren rehacer su vida desde el amor de Dios, que es la gracia. A través de los sacerdotes, Jesús mismo de forma sensible y en la manera como necesitamos las personas, se acerca a la humanidad herida, perdona y acoge, da ternura y cura, abre su Corazón divino lleno de misericordia y nos ofrece la auténtica paz. Es así como, a través de la voz del sacerdote, que habla «en la persona de Cristo», la Iglesia nos da el perdón y la paz, restaura la comunión con el Padre del cielo, y nos reúne de nuevo, santificados, en la comunidad de hermanos. Amemos este sacramento, celebrémoslo especialmente en este Año jubilar y en la Cuaresma, y ​​acojamos la misericordia de Dios para convertirnos en misericordiosos como nuestro Padre celestial.

+ Joan E. Vives

Arzobispo de Urgell

Mons. Joan E. Vives
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Nació el 24 de Julio de 1949 en Barcelona. Tercer hijo de Francesc Vives Pons, i de Cornèlia Sicília Ibáñez, pequeños comerciantes. Fue ordenado presbítero en su parroquia natal de Sta. María del Taulat de Barcelona. Elegido Obispo titular de Nona y auxiliar de Barcelona el 9 de junio de 1993, fue ordenado Obispo en la S.E. Catedral de Barcelona el 5 de septiembre de 1993. Nombrado Obispo Coadjutor de la diócesis de Urgell el 25 de junio del 2001. Tomó Posesión del cargo el 29 de julio, en una celebración presidida por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Nuncio Apostólico en España y Andorra. El día 12 de mayo del año 2003, con la renuncia por edad del Arzobispo Joan Martí Alanis, el Obispo Coadjutor Mons. Joan-Enric Vives Sicília pasó a ser Obispo titular de la diócesis de Urgell y copríncipe de Andorra. El 10 de julio del 2003 juró constitucionalmente como nuevo Copríncipe de Andorra, en la Casa de la Vall, de Andorra la Vella. El 19 de marzo del 2010, el Papa Benedicto XVI le otorgó el titulo y dignidad de Arzobispo "ad personam". Estudios: Después del Bachillerato cursado en la Escuela "Pere Vila" y en el Instituto "Jaume Balmes" de Barcelona, entró al Seminario de Barcelona en el año 1965 donde estudio humanidades, filosofía y teología, en el Seminario Conciliar de Barcelona y en la Facultad de Teología de Barcelona (Sección St. Pacià). Licenciado en Teología por la Facultad de Teología de Barcelona, en diciembre de 1976. Profesor de lengua catalana por la JAEC revalidado por el ICE de la Universidad de Barcelona en julio de 1979. Licenciado en Filosofía y ciencias de la educación -sección filosofía- por la Universidad de Barcelona en Julio de 1982. Ha realizado los cursos de Doctorado en Filosofía en la Universidad de Barcelona (1990-1993).