El sacramento de la Reconciliación como expresión de la misericordia de Dios

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano     El Papa Francisco quiere que en la cuaresma de este año de la Misericordia, el pueblo de Dios valore de forma especial lo que significa el sacramento de la Reconciliación. Es un camino privilegiado para poder experimentar en nuestra propia vida la grandeza de la misericordia que Dios nos regala, convirtiéndose para cada penitente que acuda a recibir el perdón de manos del sacerdote, en una verdadera fuente de paz interior.

La confesión de los pecados en el sacramento de la reconciliación, nos ayuda a tomar conciencia de que la gracia recibida sacramentalmente es un don que trasforma el corazón al recibir el perdón de los pecados. Es verdad que en nuestra cultura la experiencia del perdón se va desvaneciendo. Esta dificultad se va adueñando también de nosotros y en ocasiones nos aleja de pensar que necesitamos ser perdonados y nos cuesta pedir perdón. Pero “Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría”.(Evangelii Gaudium 3). Dios espera y acoge nuestros pequeños pasos cuando decidimos volver a Él. Es verdad que recibir la absolución sacramental no nos hace “impecables”, pero refuerza nuestro deseo de corresponder al amor gratuito de Dios.

Sí, el no se cansa de perdonar, aunque en ocasiones a nosotros nos cueste acudir a recibir el sacramento del perdón. “El perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos: yo no puedo decir: “Yo me perdono los pecados”; el perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado”.(Francisco, Audiencia General 19-2-2014)

El papa también nos pide a los sacerdotes vivir con especial sensibilidad y responsabilidad este ministerio: “Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. (…)No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia”. (Misericordiae Vultus 17).

Recibir el perdón de Dios, va más allá de mi propia persona. Cuando renovamos nuestra vida por la fuerza de la misericordia de Dios en la confesión, tenemos la oportunidad de compartir con los demás lo que hemos recibido del Señor. Si acojo de corazón el perdón de Dios y su misericordia,estaré deseoso de compartir con mi prójimo lo que a mí se me ha regalado. El don de la misericordia recibida nos ayuda a convertirnos en “Misericordiosos como el Padre”. Cuando experimento de verdad el perdón de Dios, siento la necesidad de revisar mis relaciones con los demás, para ofrecer y recibir el perdón de mis hermanos. Me introduzco en un proceso de renovación interior, que afecta a mis relaciones personales y al modo de ver mi existencia y la realidad que me circunda, me ayuda a salir de mí mismo y a desarrollar una especial sensibilidad hacia los sufrimientos de los demás poniéndome a su servicio, especialmente de los más necesitados.

En esta cuaresma del Año de la Misericordia, os invito a preparar una buena confesión y a participar con gozo del sacramento del perdón.

 + Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
Acerca de Mons. Carlos Escribano Subías 210 Articles
Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.