Tiempo de purificación

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares          Para los católicos la Cuaresma es un tiempo de gracia, de llamada a la conversión y a una vida nueva y santa, de renovación y purificación. Todos necesitamos de purificación. “También en la Iglesia Adán, el hombre, cae una y otra vez”. Es preciso reconocer nuestros pecados, ponerlos ante el Señor, e invocar su misericordia. Es necesario pedir perdón y purificarnos. Así, cuando reconocemos la verdad de esto, estamos al mismo tiempo reconociendo que Él puede cambiarnos, renovarnos desde dentro, así como que Él no nos deja en la soledad o desierto de nuestras faltas y pecados, y que permanece con nosotros en su Iglesia santa; en ella se manifiesta viviente, siempre con nosotros y ante nosotros, hasta el fin de los siglos, y puede levantarnos, salvar y santificar a su Iglesia en nuestros días en que tanta cosas la afligen; como lo viene haciendo ininterrumpidamente a lo largo de su historia. “Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos y el Señor mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña” (Benedicto XVI).

Los problemas y las contrariedades están ahí, pero no son para perder la esperanza, sino para afrontarlos con acierto y esperanza, sobre todo con fe y los criterios de la fe, que han de ser siempre los propios de la Iglesia. Las dificultades de fuera, el acoso al que se ve sometida la fe y la Iglesia desde el exterior, o las que puedan venir todavía, no debieran darnos ningún miedo para reemprender y seguir el camino del Evangelio, de caridad y santidad, de purificación. Tampoco pueden hundirnos ni acomplejarnos las dificultades de dentro, las deserciones incluso, las caídas, las debilidades y fragilidades de nuestra fe, de nuestro cristianismo de hoy, incapaz con frecuencia de comunicar a los hombres, nuestros hermanos, el inmenso tesoro que llevamos dentro: el tesoro de la fe, del amor y de la misericordia de Dios, del Evangelio y la Redención de Jesucristo.

El Señor está con nosotros hasta el fin de los siglos: ésa es su promesa que se cumple en el hoy concreto que vivimos y que puede aturdirnos. Él no se baja de su barca, la Iglesia; ni la abandona, ni deja de andar sobre las aguas procelosas, por contrarios y fuertes que sean los vientos adversos, ni por las dudas, errores o temor de los suyos. La historia de la Iglesia, desde el tiempo de Jesucristo mismo, se ha visto envuelta en persecuciones y adversidades venidas de fuera o de dentro, o en traiciones, negaciones, abandonos, caídas, fragilidades de los cercanos. Y no ha caído hasta no levantarse, ni caerá sin levantarse. Pero, eso sí, necesita de purificación, de renovación y fortalecimiento –obra sobre todo de Dios– por una vida santa, que es la vida transformada por Dios mismo y que vive por la fe y la caridad. La palabra de Dios, Dios mismo, no pasan ni pasarán. “Cristo es el mismo, ayer, hoy y siempre”. La Iglesia ha sido edificada sobre la roca firme de Pedro, y de la fe que confiesa Pedro. Esto tiene una especial resonancia ante lo que está sucediendo, y una significación especial en el “Año de la Misericordia”, que nos convoca a abrir de par en par las puertas a la fe en el Señor que está en medio nuestro y al Padre de la misericordia que Jesús mismo nos ha revelado su rostro y nos lo ha acercado y dado.

Por paradójico que parezca, “en el fondo consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante nuestros defectos y debilidades, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también, al mismo tiempo, la gran familia de Dios, mediante la cual Él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justamente aquí experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como todo el mundo, que comprende el cielo y la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos a veces con los pies llagados y sucios por el mismo camino y su dureza, caminamos junto a Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia” (Benedicto XVI, en Colonia): la estrella de la fe y la luz, la certeza y el consuelo de su misericordia.

La Cuaresma de este año nos invita a la purificación, para vivir, como el justo, de la fe, esperando su misericordia; para no seguir otra luz, ni otra estrella que Jesucristo, Luz de los hombres; purificación también de nuestra mirada, para ver, con los ojos de la fe y el corazón abierto a la misericordia, lo que Dios quiere de nosotros y el camino que nos traza, que no es otro que Cristo mismo, el único camino que se puede seguir para vivir una vida nueva, vida de caridad y santidad, que es lo que en verdad renovará nuestro mundo y cambiará nuestra historia. Así, purificados y fortalecidos, renovados desde dentro por la Palabra de Dios, la oración, los sacramentos y la caridad, se abrirá la gran esperanza para el mundo: Cristo que vive, que ha vencido el pecado y la muerte, precisamente por su Iglesia, siempre santa, aunque en su peregrinar terreno sus hijos empañemos su rostro con “nuestras cosas” y siempre, por ello, esté necesitada en sus miembros de purificación que Dios opera y de su misericordia que no tiene límites.

La gran cuestión del mundo y de nuestra sociedad en esta encrucijada de la historia, y la gran cuestión de la Iglesia es, como siempre, la fe, el vivir la vida con Dios o sin Él, el estar guiados o no por esa luz, por esa estrella que es la que en la noche del mundo al que no le atrae ni interesa Dios, orienta y conduce al encuentro dichoso de la alegría grande en el Emmanuel, Dios-con-nosotros. A esta gran cuestión habremos de responder con una nueva evangelización, que reclama el ardor y la verdad de la fe y el testimonio de la caridad y de la misericordia. A esto invita y convoca el camino cuaresmal que hemos emprendido el miércoles de la semana pasada, el de la ceniza, en este año de tantas cosas, pero que abre las puertas a la misericordia, el “Año Eucarístico del Santo Cáliz de la Cena”, que nos hace entrar en el gran misterio de la Sangre de Cristo, derramada por nuestros pecados y para nuestra redención y reconciliación , y que, por eso mismo, nos está apremiando a una nueva evangelización, para que el mundo crea y tenga fe, para que viva en la caridad que renueva todo y practicando la misericordia, y camine en la esperanza que inunda de luz nueva la noche que atravesamos. Esto urge, esto apremia. Por eso la Cuaresma nos llama a los cristianos, a toda la Iglesia, a la purificación y a una vida santa, que vive de la fe y se expresa por la caridad, sin olvidar a los parados y a los refugiados, a los pobres, ni a que falte nuestra plegaria para que el trabajo alcance a todos, que esto también entra dentro de la caridad y la necesaria purificación.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014