Parábolas de la Misericordia (II): El juez, la viuda, el fariseo y el publicano (Lc 18, 1-14)

Tortosa Obispo Enrique BenaventMons. Enrique Benavent         En el capítulo 18 del Evangelio de Lucas encontramos dos parábolas que, aunque aparentemente son muy distintas, están unidas por dos temas comunes: la oración insistente y hecha con humildad tiene como efecto la revelación de la Justicia de Dios para con los pobres y los pecadores.

En la primera, dicha por Jesús para enseñar “que es necesario orar siempre, sin desfallecer” (Lc 18, 1), nos encontramos con tres personajes: una viuda, un juez “que ni temía a Dios ni le importaban los hombres” (Lc 18, 2) y Dios. En tiempos de Jesús las viudas eran las personas más desprotegidas de la sociedad. La viuda de la parábola personifica a esas personas que no cuentan para nada y que, por tanto, nadie las escucha. El juez, en cambio, representa a aquellos que, orgullosos y llenos de soberbia por el poder que ostentan, tienen un corazón insensible hacia los más necesitados. Se niega a atender a la viuda que le pide justicia frente a su adversario. La virtud que Jesús alaba en aquella viuda es su perseverancia en la oración. Esa constancia, aunque no llega a cambiar el corazón del juez, porque si al final éste accede a las peticiones de la viuda, lo hace para evitar la molestia que le supone tanta insistencia, consigue el objetivo deseado. La conclusión es clara: si la perseverancia en la súplica alcanza el objetivo incluso cuando se trata de un juez sin escrúpulos, ¿cómo dudar de la eficacia de la oración cuando aquél a quien nos dirigimos es el mismo Dios?

Ahora bien, Jesús nos insinúa dos condiciones para que nuestra oración llegue a tocar el corazón del Padre. La primera se refiere al contenido de nuestra súplica: hemos de pedir a Dios que nos “haga justicia” (Lc 18, 7), que nos dé aquel don que necesitamos para vivir en la plena alegría: el Espíritu Santo que Dios da a los que le piden (Lc 11, 13). Todo lo demás es secundario. La segunda condición es la perseverancia. Ser constantes en la plegaria es signo de confianza en Dios. Al final de la parábola, Jesús nos lanza una pregunta: “cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Esta pregunta nos la podemos responder revisando nuestra oración.

La segunda parábola tiene tres personajes también: el publicano (considerado por todos un pecador), el fariseo (prototipo de aquellos que confían en sí mismos por considerarse justos y desprecian a los demás) y Dios, a quien se dirigen tanto el fariseo como el publicano. El fariseo exhibe sus buenas obras ante Dios, le muestra su propia justicia. Está tan lleno de sí mismo, de lo que es y de lo que hace, que en su corazón no hay espacio para Dios. Vive en el orgullo y en la autosatisfacción que le dan sus obras. El publicano, en cambio, no tiene nada que mostrarle a Dios. Además de ser considerado pecador por la sociedad de su tiempo, él también se sabe pecador. No puede presumir de nada ante Dios: “no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo” (Lc 18, 13). Por ello busca el camino de la misericordia: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (Lc 18, 13). Esta oración cambia la mirada de Dios sobre los hombres y, por tanto, la situación de estos ante Dios: el publicano “bajó a su casa justificado, y aquel no” (Lc 18, 14). Y es que a Dios le enternece más la humildad de un pecador que las buenas obras de un justo soberbio.

Si queremos experimentar la misericordia de Dios, no nos cansemos de orar con humildad y confianza.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.