La misericordia, guía para la nueva evangelización

Mons Celso MorgaMons. Celso Morga           Queridos fieles,

Tras haber pasado entre vosotros ya un año, desde mi nombramiento como Arzobispo coadjutor de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz, deseo dirigiros un saludo muy cordial en Cristo Jesús, a la manera como san Pablo saludaba a aquellas primeras comunidades cristianas fundadas por él y que, a veces, había tenido que abandonar deprisa, sin acabar del todo su evangelización. Así se dirigía el Apóstol, por ejemplo, a la comunidad de Corinto:

«¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios!» (2 Cor 1, 3-4).

Él se consideraba responsable y mucho más que responsable: se consideraba padre y madre de aquellas comunidades que habían recibido la fe por medio de su predicación y trabajo pastoral. Ciertamente no es mi caso, ni se puede establecer un paralelismo siquiera lejano, porque vosotros habéis recibido la fe cristiana hace muchos siglos, siendo uno de los territorios de España que primero fueron evangelizados, con una sede episcopal en Mérida que se gloría justamente de ser una de las primeras de España. Sí que me gustaría, a favor vuestro, imitar a san Pablo en su celo apostólico y en ese sentimiento de paternidad con respecto a sus fieles que tanto le caracterizó.

A todos, presbíteros, religiosos, religiosas, laicos, familias cristianas, a todos aquellos alejados de la Iglesia por el motivo que sea, a quienes sufren la pobreza, a los enfermos, a los niños y jóvenes, a todos, quiero acercarme con humildad y sencillez para invitaros a redescubrir y vivir con pasión nuestra fe cristiana y a ser agentes de la nueva evangelización que la Iglesia, a través del Concilio Vaticano II y de los Papas que se han sucedido después del Concilio, está pidiendo –machaconamente y con urgencia– a todos los católicos. Nadie puede quedar al margen de esta labor evangelizadora, porque ser cristiano es ser evangelizador.

Cuando los Papas nos llaman a una nueva evangelización nos están recordando la misión básica y fundamental que el Señor nos ha confiado desde el día de nuestro bautismo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15).

Después de casi dos mil años de predicación y vivencia del Evangelio en nuestra tierra, plasmado en nuestra cultura y en nuestra forma de ver el mundo, es difícil hacer “nueva” la evangelización. Sin embargo, no podemos dudar de que esta reiterada y urgente invitación es un fuerte impulso del Espíritu Santo para nuestro tiempo y para nuestras sociedades tradicionalmente cristianas.

Si en los documentos del Concilio Vaticano I el término “evangelio” sólo se utilizó una vez, en los del Concilio Vaticano II encontramos la palabra “evangelio” 157 veces, el verbo “evangelizar” 18 veces y el sustantivo “evangelización” 31 veces. Esa profusión de términos referidos a la evangelización no revelan solo un cambio de usos lingüísticos, sino un cambio de rumbo, un nuevo enfoque, que se ha hecho patente en los pontificados que han seguido a la conclusión del Concilio Vaticano II.

Siguiendo esta fuerte llamada del Espíritu, el beato Pablo VI, además de convertirse en el primer Papa de la historia en hacer viajes apostólicos a otros continentes –después del Apóstol San Pedro–, publicó en 1974 la Exhortación ApostólicaEvangelii nuntiandi acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo. En este precioso documento Pablo VI dejó claro que la evangelización de nuestra sociedad, a la cual llama el Espíritu a todos los que se glorían del nombre cristiano, no es una moda pasajera o cosa de poca importancia, sino que «constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa» (EN n.14).

El papa Juan Pablo I poco pudo hacer, por ser un pontificado tan breve en el tiempo, pero sus catequesis han quedado como obras maestras en el arte de transmitir el Evangelio a los humildes y sencillos.

San Juan Pablo II tomó esta tarea con una pasión y energía extraordinarias, hasta donde le permitieron las fuerzas. Recorrió los cinco continentes en viajes apostólicos extenuantes, se gastó hasta el final de sus días por abrir las puertas de nuestro mundo a Cristo. A los Obispos miembros del Consejo Episcopal latinoamericano, reunidos en Puerto Príncipe (Haití) en la XIX Asamblea del CELAM el 9 de marzo de 1983 –celebrada con motivo de los quinientos años de la evangelización de América Latina y el Caribe– Juan Pablo II dirigió un discurso programático en el que afirma: «la conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión». Poco después el recordado Papa polaco publicó la encíclicaRedemptoris missio, en la que sugirió que la nueva evangelización fuera la tarea principal del nuevo milenio que se avecinaba y en el que ahora estamos.

El papa emérito Benedicto XVI insistió una y otra vez durante su pontificado en la necesidad de la nueva evangelización para nuestro tiempo no como algo facultativo, sino como la vocación propia del Pueblo de Dios, un deber que le incumbe por mandato explícito del mismo Señor Jesucristo. Se refería el Papa emérito tanto a la necesidad de una evangelización primaria (hacer partícipes del Evangelio a aquellos que nunca han oído hablar de Cristo), como a la de una evangelización que podríamos llamar secundaria, pero cada vez más necesaria y urgente (una nueva evangelización en lugares y ambientes en los que se ha perdido el sentido de la fe, en el que la fe ya no influye en la vida cotidiana).

El 12 de septiembre de 2007, en una carta que Benedicto XVI dirige al Prefecto de la Congregación Evangelización de los Pueblos, el Papa escribe: «(espero) que, mediante la oración, el testimonio de vida y el empeño cristiano bajo todas sus formas,[…] todo fiel sea misionero allí donde viva. Y espero también que nazcan vocaciones para el anuncio del Evangelio entre los hombres que aún no le conocen». Y en la Jornada Mundial de la Juventud de 2009 el Papa emérito proclamó que el primer compromiso que nos atañe a todos es el de la nueva evangelización, que ayude a las nuevas generaciones a descubrir el rostro autentico de Dios, que es Amor.

Conforme pasaban los años la atención que Benedicto XVI prestaba a la nueva evangelización era cada vez mayor, más intensa y urgente y alcanzó su punto culminante, por así decir, en la convocación de la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos en octubre de 2012, con el tema: “La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. Poco tiempo después creó un nuevo organismo en la Curia Romana: el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización.

Quizá no pocos católicos hayan recibido este reiterado anuncio como algo repetitivo, sin prestarle la suficiente atención. Quien sí le estaba prestando mucha atención era el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, quien en una entrevista que le hizo el periodista George Weigel en el año 20121 , señalaba que la Iglesia está llamada a un serio y profundo replanteamiento de su misión. Ante la confusión, los peligros y las amenazas que la acechan, la Iglesia no puede replegarse a una especie de “cuarteles de invierno”. Se requiere una confirmación, renovación, revitalización de la novedad del Evangelio a partir de un encuentro personal y comunitario con Jesucristo. Hoy, ese cardenal, elegido como sucesor de Pedro con el nombre de Francisco, está impulsando esta evangelización con fuerza extraordinaria.

En la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (n. 10) el papa Francisco insiste en la «dulce y confortante alegría de evangelizar, aun cuando sea necesario sembrar entre lágrimas [….] Pueda el mundo actual, que busca en la angustia y en la esperanza, recibir la Buena Nueva no de evangelizadores tristes y desanimados, impacientes y ansiosos, sino de ministros del Evangelio, cuya vida irradie fervor, que hayan recibido ellos mismos la alegría que es Cristo».

La fuente de esa alegría, que debe acompañar necesariamente la nueva evangelización, se encuentra para el papa Francisco en la vivencia profunda del Amor de Dios por nosotros, de su Misericordia infinita. Como él mismo dijo en su primer Ángelus (17/III/2013), pocos días después de su elección, «el Señor nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». En la Bula de convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia, el Santo Padre Francisco ha querido unir la misión de la Iglesia de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, a la nueva evangelización, como condición determinante para la credibilidad de su anuncio: «en nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben trasmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre» (MV n.12).

Esta llamada del Santo Padre es tanto más apremiante al encontrarnos en una nueva época (Cf. EG n. 52) que está marcada por una cultura postmoderna, con un mercado y una economía que genera desigualdad y mata (Cf. EG n. 53), y con una increencia e indiferencia creciente. Ante esta situación nosotros, como comunidad enviada a trasmitir misericordia no podemos recluirnos en estructuras y normas que aíslan, encerrándonos en las propias seguridades (Cf. EG n. 49): dice el Papa (EG n. 85) que no debemos vivir con cierta conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Es necesario que salgamos de ese complejo de inferioridad que genera la cultura mediática, que termina ahogando la alegría misionera en una especie de obsesión por ser como todos y por tener lo que poseen los demás (Cf. EG n. 79).

Dice el papa Francisco en la Evangelii Gaudium (n. 47) «la Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre[…] A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas». La Iglesia ha de ser la Iglesia de la misericordia de Dios, de la ternura, de la compasión, con entrañas maternales, que refleje la misericordia del Padre. El texto de Mateo 25, sobre el juicio escatológico, no ha de ser complementario ni específico: es transversal y general en lo que se refiere a las verdaderas competencias cristianas para las que nos habilita la Gracia, y no debemos saltárnoslo u olvidarlo. Y menos debe hacerlo la Iglesia, llamada como está a tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús.

Es necesario, por tanto, que demos pasos progresivos para procurar «poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una “simple administración”» (EG n. 25). Con el papa Francisco (EG n. 27) «sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad». Hay que tener audacia para saber hacerse presente en los nuevos escenarios, para habitarlos y transformarlos en lugares de testimonio y de anuncio del Evangelio. En este sentido creo que es necesario seguir insistiendo en el papel insustituible de los laicos, llamados a descubrir lo secular como campo propio y específico de su misión: contáis con mi ayuda y oración para posibilitar que viváis vuestra vocación originaria dentro de los nuevos escenarios en los que debéis desempeñar vuestra misión. «Tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales[…] Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está solo para preparar las almas para el cielo […] Una auténtica fe –que nunca es cómoda ni individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo» (EG nn. 181-183). Pero para poder hacer esto es imprescindible vivir la alegría de la experiencia cristiana. Sin esa experiencia no se puede llevar a cabo la misión, porque no se puede transmitir aquello en lo que no se cree y que no se vive. Como explicaba el papa emérito Benedicto XVI:

«Hablar de Dios quiere decir, ante todo, tener bien claro lo que debemos llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia; el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y del cómo vivir. Por esto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y su Evangelio; supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino siguiendo el método de Dios mismo. El método de Dios es el de la humildad –Dios se hace uno de nosotros–, es el método realizado en la Encarnación en la sencilla casa de Nazaret y en la gruta de Belén, el de la parábola del granito de mostaza. Es necesario no temer la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y lentamente la hace crecer (Cf. Mt 13, 33). Al hablar de Dios, en la obra de evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, es necesario una recuperación de sencillez, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se hace cercano a nosotros en Jesucristo hasta la Cruz y que en la Resurrección nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera» (Audiencia General, 28/XI/2012).

Actualmente, sin embargo, el problema está más no en cómo convertir para bautizar, sino en cómo convertir a los ya bautizados. Esto exige que nos replanteemos nuestros procesos de transmisión de la fe en Cristo mediante los cuales la Iglesia hace suya y vive la tarea de transmitir la fe. Creo que es necesario, para dar forma a esos procesos de transmisión de la fe, plantearnos pastoralmente la Iniciación Cristiana, que ha de tener al catecumenado como el modelo que la Iglesia ha asumido para llevarla a cabo. ¿El objetivo de todo esto? crear comunidades cristianas capaces de articular con fuerza las obras fundamentales de la vida de la fe: caridad, testimonio, anuncio, celebración, escucha, coparticipación.

Con el papa Francisco hay que recordar que en nuestras comunidades hay «un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha» (EG n. 195). Esto significa que la acción evangelizadora, sin este anuncio y este complemento del desarrollo y la promoción humana, sería incompleta, quedaría mutilada, pues «de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad» (EG n. 186). En nuestras comunidades, ante la crisis que estamos viviendo, tenemos que tener claro que los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo han de pensarse como respuestas pasajeras, pues «la necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, […]Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema» (EG n. 202).

No cabe la menor duda de que la calidad de la nueva evangelización nos la jugamos en ofrecer no sólo una doctrina, sino lo más auténtico del Evangelio, que es la fuerza del Espíritu de Jesús que libera al hombre del pecado, renovando su vida interior e impulsándolo a transformar las situaciones sociales, económicas y políticas de su ambiente conforme a los valores del Reino de Dios. El papa Francisco, en la Evangelii Gaudium (n. 24), nos da las pautas y actitudes a tener en cuenta para poder hacerlo: tomar la iniciativa sin miedo, invitar, brindar misericordia; involucrarse, achicar distancias, meterse en la vida diaria, servir de rodillas, asumir la vida del otro; acompañar con paciencia y respeto los procesos; fructificar, cuidar el trigo y no perder la paz por la cizaña; encarnar la Palabra para que dé frutos nuevos; celebrar y festejar. Y todos estos pasos hay que saber acompañarlos con misericordia y paciencia (Cf. EG n.44).

Para nuestra Archidiócesis, don Santiago García Aracil, mi querido predecesor, en la carta pastoral titulada Una Iglesia llamada a evangelizar, escribió: «la evangelización es un deber nuestro porque el mensaje de Jesucristo es imprescindible para vivir en la verdad, en la libertad y en la felicidad verdaderas. Podemos decir que la evangelización es un derecho de quienes todavía no lo han recibido» (2012: 11). Impulsada por don Santiago tenemos en marcha en nuestra Archidiócesis una acción evangelizadora con dos objetivos fundamentales:

1) Hacer llegar el primer anuncio a personas que han tenido alguna relación de manera puntual con las parroquias por la recepción de algún sacramento, sin olvidar a los que nunca se han planteado pedir un sacramento.

2) Renovar nuestras parroquias con la alegría de los recién convertidos.

Me gustaría que esta acción evangelizadora sea retomada con nuevos bríos, sobre todo a la luz de lo expresado más atrás y en sintonía con lo que nos pide el papa Francisco para este Año Jubilar que no es otra cosa que «transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre» (MV n.12).

Después de este recorrido por el mensaje del último Concilio Ecuménico, de los Papas que se han sucedido en la cátedra de Pedro en estos años postconciliares, sobre todo del papa Francisco, y de mi predecesor en la sede de Mérida-Badajoz, si algo queda claro es que la nueva evangelización es ahora la tarea fundamental y, por tanto, esta es ahora nuestra tarea como Archidiócesis de Mérida-Badajoz. De ningún modo podemos ni queremos quedarnos al margen de esta tarea que toda Iglesia universal siente en estos momentos como primordial. Queda igualmente claro que no se trata de una moda pasajera o de una opción marginal de la Iglesia de nuestros días, sino de algo que todo el Pueblo de Dios siente con particular urgencia como soplo y fuego del Espíritu Santo en un renovado Pentecostés.

Me apresuro a encomendarla en primer lugar a mis queridos hermanos sacerdotes, a los presbíteros de esta Iglesia particular de Mérida-Badajoz, como cooperadores necesarios del Obispo. En vosotros pongo toda mi confianza para que renovemos la fe teologal en vuestro y nuestro sacerdocio ministerial, acompañado de un sincero y eficaz deseo de conversión en aquello que no se ajuste del todo en nuestra vida y misión a nuestra identidad sacerdotal. El sacerdote debe ser el primero, con humildad y verdad, en verse a sí mismo con fe teologal como sacerdote ministerial, no con categorías humanas o corrientes de pensamiento o de cultura. Nuestro sacerdocio ministerial es un misterio del amor de Cristo en el interior del gran misterio de la Iglesia, que es su Cuerpo y su Esposa. Con una frase lapidaria, fruto de su vida santa, San Juan María Vianney decía con frecuencia que «el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús» (CATIC n.1589).

En la exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis (n. 15) se define la identidad de los presbíteros con una definición que, me parece, no ha sido superada: «los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor: proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu». Preguntémonos: ¿qué hay en mi vida que no se ajusta a esta definición? ¿Intento ser representación sacramental de Jesucristo siempre? ¿A todos los que me ven y me tratan ofrezco esta posibilidad de un encuentro con Jesucristo que vive en mí?

Como sacerdote, ¿estoy siempre dispuesto a servir? ¿Me pueden identificar siempre como sacerdote y acudir a mí cuando lo deseen y todos los que lo deseen, aunque no sean de mi parroquia, aunque no los conozca personalmente? ¿Intento ser sacerdote las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año?… y tantas y tantas preguntas que tenemos que hacernos continuamente para conformarnos con Quien nos ha elegido y ungido para representarlo sacramentalmente. Para el sacerdote es una exigencia gozosa de su vocación y para los fieles un derecho que puedan encontrar en él, siempre y en todas partes, al hombre de Dios, al consejero, al mediador de paz, al amigo fiel y prudente, al guía seguro en quien se puede confiar en los momentos gozosos o difíciles de la vida para hallar consuelo y firmeza en la fe.

Pensemos que nuestra vocación es tan bella como exigente y que tendremos que dar cuenta a Jesucristo de nuestra administración porque no somos dueños de nuestro ministerio, sino que hemos sido consagrados y enviados. Estas palabras, “consagrados” y “enviados”, están en el centro de nuestra identidad. Consagrados y enviados como Cristo. Me viene a la memoria la parábola de aquel administrador que no se esperaba la vuelta de su señor y, por tanto, administraba como dueño. La infeliz sorpresa por la vuelta del señor, que le pedía cuentas de la administración, fue muy triste. Este servicio pastoral –caridad pastoral, como la llama el Concilio Vaticano II– es jerárquico, orgánico, compartido con los demás hermanos sacerdotes, miembros del mismo presbiterio, con la guía pastoral del Obispo y con todos los demás presbíteros de la Iglesia, en comunión con el Papa y el Colegio Episcopal. La comunión, como característica identificadora de la Iglesia, se funda en la unidad de la Santísima Trinidad y en la unicidad de su Cabeza, Pastor y Esposo, que es Cristo. Esta comunión se debe vivir con particular intensidad en nuestro presbiterio, traducida en fraternidad y amistad verdaderas. La fraternidad sacerdotal no puede reducirse a un sentimiento más o menos solidario, sino que es, para los presbíteros, memorial existencial del amor vivo y perenne de Cristo y testimonio apostólico que atrae nuevas vocaciones al sacerdocio ministerial. La fraternidad sacerdotal forma parte de la identidad misma del sacerdocio ministerial, de forma que si la fraternidad no se vive, no se vive el propio sacerdocio. Por ello, es responsabilidad grave del Obispo y de todo el presbiterio evitar toda sombra de exclusivismos, disgregaciones y/o soledades en nuestro presbiterio.

Decía que la fraternidad y la amistad sacerdotal así vividas, realmente, atraen nuevas vocaciones. A vosotros, a todos los sacerdotes de la Archidiócesis, confío de modo muy particular las futuras vocaciones sacerdotales, mediante un testimonio de vida sacerdotal ejemplar, aún con nuestros defectos y pecados, y un trabajo perseverante y personalizado de acompañamiento espiritual a niños, jóvenes y adultos. Ello no será posible si no vivimos nuestro sacerdocio a fondo, con la alegría y el gozo propios del servicio ministerial cuando es auténtico. A vosotros, mis queridos hermanos sacerdotes, os pido, por el amor de Dios, que pongáis siempre especial empeño en celebrar la Eucaristía, poniendo en ella vuestra propia vida. Las palabras de la consagración las debemos saborear, pero sobre todo deben ser vividas y no solo formuladas; la comunión sacramental debe ser un encuentro verdadero con Cristo a quien acabamos de recibir en nuestra propia casa. La Eucaristía bien celebrada, sin pretender ningún protagonismo personal, sino siendo fieles a las indicaciones del Misal, es la mejor catequesis que podemos ofrecer al Pueblo de Dios. La reserva del Santísimo Sacramento y la adoración eucaristía debe ser cuidada en cada comunidad parroquial y en las demás comunidades, tanto religiosas como laicas, con particular solicitud de amor, como prolongación del sacrificio eucarístico que hemos de procurar celebrar cada día.

También, y sobre todo durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia que hemos inaugurado el 8 de diciembre con la solemnidad de la Inmaculada Concepción, los sacerdotes hemos de poner en el centro de nuestra labor pastoral el sacramento de la Reconciliación. Os pido que leáis y meditéis repetidamente el número 17 de la bula Misericordiae Vultusy que saquéis propósitos concretos para vivir eficazmente esas indicaciones que ahí nos hace el Santo Padre, bien convencidos de que cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados de los demás fieles y que de este don somos responsables. No sirve decir que los fieles no vienen a recibir el sacramento de la reconciliación si nosotros no hemos puesto todos los medios para que se acerquen, siendo nosotros los primeros en recibir periódicamente y siempre que sea necesario este sacramento del perdón y de la alegría.

Así mismo, y durante este Año Jubilar, el papa Francisco ha concedido a todos los sacerdotes de la Iglesia, como medida de Gracia y signo para este año de Misericordia, la facultad «de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia» (Carta del papa Francisco a Mons. Rino Fisichella, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización). Os invito a que acompañéis a aquellas personas que se hayan visto sumidas en este abismo de dolor y sufrimiento, en sintonía con lo que nos pide el Santo Padre.

A los seminaristas de nuestra Archidiócesis quiero manifestaros mis sentimientos de paternidad espiritual y de afecto; os pido la perseverancia en vuestro propósito de seguir las huellas de Cristo tan de cerca en el ministerio sacerdotal y que hagáis lo posible por multiplicaros mediante un testimonio auténtico de vida cristiana.

A los religiosos y religiosas pido, en este Año de la vida consagrada y siempre, que viváis más y más para Cristo y para su Cuerpo, que es la Iglesia. Queridos religiosos y religiosas de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz, cuento con vosotros, os estimo profundamente como parte privilegiada en la viña del Señor y espero de vosotros un testimonio de Cristo por la vía de los consejos evangélicos, que es tan precioso y urgente en estos momentos para todo el resto del Pueblo de Dios, que peregrina en esta tierra extremeña. A las religiosas de vida contemplativa me urge deciros que tenéis un puesto eminente en la vida de la Archidiócesis, ya que con vuestra vida de oración, en el silencio y la soledad de vuestros claustros, estáis atrayendo frutos de santidad al Pueblo de Dios y abundantes gracias para el mundo entero.

Asimismo, recuerdo a las familias cristianas de la Archidiócesis que tenéis un papel de primer orden en la nueva evangelización. Pensemos en la primera evangelización, aquella iniciada por los mismos apóstoles. Esa primera y débil semilla fructificó en muchos hogares de aquel inmenso Imperio Romano. Esas primeras familias cristianas supieron dar testimonio, de modo sencillo y corriente, del poder trasformador de la gracia y de la belleza de la vida cristiana en familia. Viendo el maravilloso espectáculo de este testimonio, san Pablo pudo describir el matrimonio cristiano como un “gran misterio”, que refleja el amor entre Cristo y su Iglesia (Cf. Ef 5, 32). Como ya explicaba el Concilio Vaticano II (GS n.48) «el genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios».

No podemos dejar de admirarnos de la clarividencia de los padres conciliares y constatar, no sin cierta tristeza, que su análisis de la situación de la familia sigue siendo válido 50 años después, pues ellos afirmaron que «la actual situación económico, social-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia» (GS n.47). Esta misma cuestión se ha destacado en el reciente Sínodo de los Obispos dedicado a la familia. En su Informe final (n. 10) los padres sinodales constatan que «la familia, fundamental comunidad humana, en la crisis social y cultural actual, padece dolorosamente su debilitación y su fragilidad. Aún así –sigue diciendo el documento– ella encuentra en sí misma el coraje para afrontar lo inadecuado y la lentitud de las instituciones a la hora de la formación de la persona, de la calidad de los relaciones sociales, del cuidado de los sujetos más vulnerables. Es por tanto particularmente necesario apreciar adecuadamente la fuerza de la familia, para poder sostenerla en su fragilidad. Una fuerza tal reside esencialmente en su capacidad de amar y de enseñar a amar. Aunque una familia pueda estar herida, esa familia puede siempre crecer a partir del amor».

De ese amor nace la misión de la familia que no es otra que la de manifestar el amor misericordioso de Dios en el mundo. «la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros» (GS n. 48). El empeño hemos de ponerlo en hacer que este testimonio sea cada día más veraz y transformador: «Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia» (GS n.49). A este respecto es muy hermoso lo que dice el documento final del Sínodo de los Obispos (n. 88):

«En la familia, la ternura es el nudo que une a los padres entre sí y a estos con sus hijos. Ternura quiere decir dar con alegría y suscitar en el otro la alegría de sentirse amado. Esta se expresa de manera particular en el mirar con atención exquisita a los límites del otro, especialmente cuando emergen de manera evidente. Tratar con delicadeza y respeto significa curar las heridas y devolver la esperanza, de manera que reviva en el otro la confianza. La ternura en las relaciones familiares es la virtud cotidiana que ayuda a superar los conflictos internos y relacionales. A este respecto, el Papa Francisco nos invita a reflexionar: “¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios” (Homilía con ocasión de la Santa Misa de la Nochebuena en la Solemnidad de la Natividad del Señor, 24 diciembre 2014)».

Os invito, como ya hiciera el papa Francisco, a poner sobre la puerta de cada familia, estas tres palabras: «permiso, gracias, perdón. En efecto, estas palabras abren camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica. Encierran una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso a través de miles de dificultades y pruebas; en cambio si faltan, poco a poco se abren grietas que pueden hasta hacer que se derrumbe» (Audiencia General, 13/V/2015).

A los matrimonios cristianos de la Archidiócesis os pido, pues, fidelidad a los compromisos adquiridos con Cristo, con la Iglesia y con el propio cónyuge el día de vuestro matrimonio. Como dijo Benedicto XVI: «la unión del hombre y la mujer, su ser “una sola carne” en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque, lamentablemente, y por varias causas, el matrimonio, precisamente en los países de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis» (Homilía en la inauguración de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 7/X/2012). Sois vosotros, madres y padres, quienes debéis ser los primeros y principales evangelizadores de vuestros hijos. Vuestro testimonio cristiano es original e insustituible. Vuestros hijos aprenden a confiar en Dios si vosotros sois dignos de confianza. No es suficiente amaros entre vosotros, sino que debéis trabajar activamente para formar a vuestros hijos en la fe. Vuestros hogares deben ser hogares de oración. La Eucaristía debe ser el centro y la raíz de vuestro hogar como remanso de paz y de amor mutuo. Sé que contamos con muchas familias así en nuestra Archidiócesis. Pido al Señor que sean verdaderos puntos de irradiación cristiana para la nueva evangelización de nuestra sociedad, sin caer en la mentalidad de reductos de fieles que arrostran el rechazo de un mundo secularizado. No es “nosotros” intentando llegar a “los demás” ni mucho menos “contra los demás”. Nosotros somos “los demás”, con defectos, limitaciones y pecados, pero que creemos en Cristo, en su amor lleno de misericordia y por tanto, en la posibilidad de vivir una vida distinta, la vida de Cristo.

A los jóvenes les animo a ser rebeldes, a ser conscientes de la enorme dignidad adquirida en el bautismo, la confirmación y la eucaristía. Sois jóvenes, pero es verdad que todos conservamos un corazón viejo y duro, herido por el pecado y lleno de deseos egoístas. Por eso tendéis, quizás, a mirar a veces con ojos de desafío a vuestros mismos padres o a la Iglesia y a los sacerdotes, porque los veis como quienes cierran con mandatos que os parecen absurdos los caminos pedregosos que conducen a la corrupción. Los miráis como si fueran enemigos de vuestra felicidad, obstáculos para vuestra realización, que se os antoja al alcance de la mano y para obtener la cual no necesitáis de nadie. Os diré que tengo confianza en vosotros y tengo confianza, sobre todo, en la fuerza de la gracia de Dios que actúa en vosotros a través de los sacramentos y, en concreto, del sacramento de la confirmación, que es el sacramento de los jóvenes. Si recibís bien este sacramento o lo hacéis presente en vuestras vidas si ya lo habéis recibido, el Espíritu Santo produce el milagro. El Espíritu hará que ese corazón, que no ve sino mandatos absurdos y fuera del tiempo, se vuelva sabio, vulnerable, compasivo y abierto. Comenzaréis a ver el mundo con una mirada renovada y descubriréis que Dios no es un adversario, sino el más fuerte aliado de vuestra felicidad. Quiero compartir con vosotros parte de la carta que me dirigió una joven de 16 años el día de su confirmación:

«Estos tres últimos años que llevo en catequesis de confirmación me han servido para responder a la pregunta más importante que uno puede hacerse: ¿quién soy?
Quizás a la vista de los demás sea una simple cristiana más, una chica de 16 años que pierde el tiempo en la iglesia. Lo que no saben es que yo en la parroquia soy feliz, tengo una segunda familia, he vivido mil buenos y malos momentos y sé que siempre ha sido acompañada del Señor, el cual nunca nos abandona y nos lo da todo.
A cambio quiero demostrarle que siempre he confiado en él, que está presente en cada decisión que tomo y en cada paso que doy»

A la luz de estas consideraciones, pido a los sacerdotes y catequistas una renovada e incisiva catequesis que prepare para recibir el sacramento de la confirmación.

Una última palabra quiero dedicar a todos los que vivís en situaciones de precariedad y sufrimiento, esas periferias existenciales de las que nos habla el papa Francisco y que, con frecuencia, nuestro mundo crea. Pido al Señor que aleje de nosotros toda demagogia en este vivo deseo que todos en la Iglesia debemos compartir de despertar nuestras conciencias muchas veces aletargadas ante el drama de las pobrezas espirituales y materiales, para entrar en el corazón del Evangelio donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. Recuerdo lo dicho anteriormente a propósito de la evangelización y quiero recoger algunas frases del Papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia, porque estoy seguro de que nos ayudan a despertar de ese letargo: «en este Jubileo la Iglesia está llamada a curar más estas heridas, a aliviar con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye…. en cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: “en el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”» (n. 15). Es mi deseo que no sólo durante el Jubileo sino durante estos próximos años se estudie muy bien y se ponga en práctica el reciente documento de la Conferencia Episcopal Española titulado “La Iglesia, servidora de los pobres”.

Nos encomendamos a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, en su advocación de Guadalupe, a la que estamos honrando en este curso pastoral con la celebración de un Año jubilar.

Nos encomendamos también a todos los santos y santas de nuestra Archidiócesis: san Juan Macías, Santa Eulalia de Mérida, los Santos Servando y Germán, los Santos Obispos emeritenses, San Pedro de Alcántara… para que, desde el cielo nos consigan las gracias necesarias para llevar a cabo en estos próximos años la gran misión que Cristo nos encomendó antes de subir a los cielos: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-20).

✠ Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz
Mons. Celso Morga Iruzubieta
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Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celso Más tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso. A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011. Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas. En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.