“Bienaventurados los misericordiosos” – La caridad y la misericordia como fundamento de nuestra acción pastoral

luis_quinteiro_tui_vigoMons. Luis Quinteiro Fiuza          Índice

 Introducción:

Caridad y misericordia

  

  1. Nuestra Diócesis, una Iglesia a la escucha de la Palabra de Dios: El Shemá y la tentación de los ídolos.

 

  • Nuestra Diócesis: una “porción del pueblo de Dios” en Tui-Vigo.
  • A la escucha del Señor.

 

 Los grandes mandatos del Señor a la Iglesia

 

  • El mandato de la Eucaristía y de la caridad: una Diócesis que celebra la Eucaristía y vive la caridad.
  • El mandato de la unidad: una Diócesis que vive en comunión.
  • El mandato de la misión: una Diócesis que vive evangelizando.

 

  • Cuatro grandes retos para nuestra Diócesis hoy

 

  • La misericordia, la comunión y la alegría.
  • La necesidad y la belleza de “caminar juntos”.
  • Los sacramentos de la iniciación cristiana.
  • El Evangelio de la familia.

 A modo de conclusión:

Testigos del gozo del Evangelio

 

Introducción

CARIDAD Y MISERICORDIA

 Queridos diocesanos: sacerdotes, diáconos, personas consagradas y fieles laicos.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). La aceptación del reino de Dios en la propia vida marca unas actitudes profundas; unas virtudes que caracterizan la propia existencia, si uno entra en la senda del seguimiento del Señor.

Una de estas virtudes es la misericordia. Jesús, en esta bienaventuranza, la ha señalado “como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe”. En esta bienaventuranza de Mt 5,7 “hay que inspirarse durante este Año Santo” [1].

La misericordia no es lo mismo que la caridad, pero nace de la caridad. La caridad, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, “es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”[2].

La caridad tiene como origen a Dios. Nosotros, con nuestras solas fuerzas, no podríamos jamás tener caridad; es decir, no podríamos amar como Dios ama. Y no solo amar como Dios ama lo creado, sino amar como, en Dios, en la única sustancia divina, se aman el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. El amor trinitario es por excelencia el amor de caridad. Dios ama así porque Él es, en sí mismo, amor.

Señalar el origen divino de la caridad supone apuntar a la primacía de la gracia. No es secundario resaltar, como enseñaba san Juan Pablo II, esta primacía:

“Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que sin Cristo «no podemos hacer nada» (cf Jn 15,5)”[3].

Sin Dios no podemos nada. Él es asimismo el motivo, la razón que nos mueve a amar y a ser misericordiosos. Estamos llamados, en última instancia, a amar y a tener misericordia, porque Él nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).

Dios también es el objeto, el punto de referencia esencial, de nuestro amor. Amarle a Él sobre todas las cosas es el mandamiento principal y primero (cf Mt 22,38). Pero, semejante a este, hay un segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39).

Jesús concreta este mandamiento con un precepto nuevo: “que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13,34).

Si hemos de amarnos como nos ama Dios y como Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre, nos ha amado y nos sigue amando, nuestro amor ha de ser, a semejanza del suyo, misericordioso; es decir, inclinado a la compasión y al perdón.

La caridad y la misericordia han de marcar el registro esencial de todo nuestro trabajo pastoral. La misericordia de Dios, como ha escrito el papa Francisco, “no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o de una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo”[4].

Esta Carta pastoral tiene tres partes. En un primer momento me centraré en la importancia de la escucha de la Palabra de Dios. La Iglesia, como la fe, nace del oído, de la atención prestada a lo que Dios nos quiere decir.

En un segundo momento trataré de identificar lo que, a mi juicio, constituyen los grandes mandatos que el Señor da a su Iglesia: el mandato de la Eucaristía y de la caridad, el mandato de la unidad, y el mandato de la misión.

En la tercera parte, muy brevemente, indicaré cuatro retos o desafíos, que yo considero, como vuestro pastor, importantes para nuestra Diócesis en este momento; cuatro empeños difíciles de llevar a cabo, que, no obstante, tienen que constituir para todos nosotros un acicate: la vivencia de la misericordia, la comunión y la alegría; la necesidad y la belleza de “caminar juntos”; el adecuado itinerario de los sacramentos de la iniciación cristiana; y el anuncio del Evangelio de la familia.

Estoy convencido de que nuestra Diócesis es una Iglesia particular rica en historia –una historia que será necesario investigar con mayor profundidad para que seamos más conscientes de ella–, pero también con capacidad de aportar grandes cosas para el futuro.

El futuro es Dios. Entre las virtudes teologales está la esperanza, “la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo”[5].

Jesucristo es la fuente de toda esperanza: “La fuente de la esperanza, para Europa y el mundo entero, es Cristo, y «la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor»”[6].

Cristo es la esperanza y la Iglesia es el canal de la gracia que brota de su Sagrado Corazón. ¡No tengamos miedo! Seamos realistas, sí, pero con el realismo que nace, no del desencanto, sino de la fe.

 

  1. Nuestra Diócesis, una Iglesia a la escucha de la palabra de dios: El “Shemá” y la tentación de los ídolos (Dt 5-7)

 

 La Sagrada Escritura es testimonio privilegiado de la palabra de amor y de misericordia que Dios dirige a los hombres. En la condescendencia de su bondad Dios habla a los hombres en palabras humanas. Como enseña el Concilio Vaticano II: “En los libros sagrados el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos[7]”.

Este hablar de Dios -que llega a su plenitud en Jesucristo, el Verbo encarnado- es la expresión de su propio ser. En su palabra Dios se da a conocer tal como es:

“Dios se nos da a conocer como misterio de amor infinito en el que el Padre expresa desde la eternidad su Palabra en el Espíritu Santo. Por eso, el Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos revela al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él. Así pues, creados a imagen y semejanza de Dios amor, solo podemos comprendernos a nosotros mismos en la acogida del Verbo y en la docilidad a la obra del Espíritu Santo. El enigma de la condición humana se esclarece definitivamente a la luz de la revelación realizada por el Verbo divino”[8].

La revelación, la comunicación de Dios a los hombres que llega a su plenitud en Jesucristo, manifiesta, pues, la realidad misma del misterio de Dios; el misterio del amor de las Personas divinas que, misericordiosamente, se extiende hacia nosotros para sustentarnos en el ser y esclarecer el enigma, la dificultad de compresión, de nuestra condición humana.

Con gran sencillez, y con notable capacidad catequética, el papa Francisco ha explicado esta “extensión” del amor de Dios hacia nosotros:

“Una vez, un chico me preguntó –ustedes saben que los chicos preguntan cosas difíciles–: «Padre, ¿qué hacía Dios antes de crear el mundo?». Les aseguro que me costó contestar. Y le dije lo que les digo ahora a ustedes: Antes de crear el mundo, Dios amaba porque Dios es amor, pero era tal el amor que tenía en sí mismo, ese amor entre el Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo, era tan grande, tan desbordante… –esto no sé si es muy teológico, pero lo van a entender– era tan grande que no podía ser egoísta. Tenía que salir de sí mismo para tener a quien amar fuera de sí”[9].

Es verdad, el amor de Dios sale de sí mismo para abarcarnos a todos y a cada uno de nosotros.

  • Nuestra Diócesis: una “porción del pueblo de Dios”

en Tui-Vigo

 

Nuestra Diócesis de Tui-Vigo es una Iglesia particular, una “porción del Pueblo de Dios” en la que se hace presente, en un lugar concreto, la Iglesia de Cristo[10]. Dios nos alcanza con su gracia en lo concreto de nuestra existencia; insertados en una cultura y en una sociedad, y radicados en un lugar, en un espacio humano.

La vinculación de la Diócesis al lugar no supone una identidad absoluta. La Iglesia de Dios que peregrina en Tui-Vigo no es, sin más, idéntica a la mitad sur de la provincia de Pontevedra. No todos los ciudadanos que comparten con nosotros un lugar, un espacio humano, forman parte formalmente de la Iglesia. Por ello, hay margen para la misión y para el anuncio.

La radicación en este lugar concreto configura la biografía de esta Diócesis, biografía que se ha ido modelando a lo largo de la historia. Somos hijos de la historia de esta tierra y estamos llamados a ser activos colaboradores de su futuro, una parte insustituible de ese futuro.

Por otra parte, no podemos olvidar que ninguna Iglesia particular es autosuficiente o autónoma, sino que está abierta a la catolicidad de la Iglesia de Dios.

A la Diócesis se le aplica, pues, la categoría teológica de Pueblo de Dios, tal como aparece reflejada en el capítulo segundo de la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II. Un Pueblo elegido por Dios para proclamar sus grandezas y que “no se identifica con ningún otro pueblo porque su cualificación última la recibe de ser cuerpo de Cristo y templo del Espíritu”[11].

El Pueblo de Dios, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, tiene características propias que lo distinguen de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia.

Es un Pueblo que Dios ha adquirido para sí. Se entra a formar parte de este Pueblo por la fe en Cristo y por el Bautismo. Tiene por Cabeza a Cristo Jesús. Su identidad radica en la dignidad y la libertad de los hijos de Dios. Su ley es el mandamiento nuevo del amor. Su misión consiste en ser sal de la tierra y luz del mundo. Su destino es el Reino de Dios[12].

La realidad profunda de la Diócesis escapa, pues, a una consideración meramente sociológica -aunque esta aproximación resulte también importante-. Estando enraizada en la historia y en la vida de los hombres y mujeres que la conforman, es preciso alzar la mirada hacia Dios para descubrir su naturaleza última.

Su origen es trascendente, ya que la Iglesia es edificada por el Espíritu Santo[13], y sacramental, pues nace en virtud de la Palabra –del Evangelio– y de la Eucaristía. A semejanza de la Encarnación del Verbo, la Diócesis está llamada a encarnarse en la vida de todos sus hijos ya que la Palabra de Dios toca nuestra realidad personal.

 

  • A la escucha del Señor

El 18 de noviembre de 1965 el papa Pablo VI promulgó la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II sobre la divina revelación; Constitución que comienza de la siguiente manera: “La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el santo Concilio[14]”.

La Iglesia diocesana, a imagen de la Iglesia universal, vive para escuchar y para proclamar la Palabra de Dios con devoción y con valentía. La Iglesia –y en la Iglesia su Magisterio–, se comprende a sí misma en obediencia a la Palabra de Dios y está plenamente a su servicio; por ello, la escucha devotamente, la custodia celosamente y la explica fielmente[15].

La Iglesia “se funda sobre la Palabra de Dios, nace y vive de ella”[16]. La comunidad eclesial “crece también hoy en la escucha, en la celebración y en el estudio de la Palabra de Dios”[17]. La Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia, ha de ser la base de la vida espiritual y del compromiso cristiano de nuestros fieles[18].

Dios no permanece en el silencio, sino que habla y responde a nuestras cuestiones. Su Palabra resuena y es acogida en el “nosotros” de la Iglesia. El diálogo de Dios con los hombres en la historia de la salvación se fundamenta en la intimidad de la vida divina, en el diálogo intra-trinitario. Dios se nos da a conocer, nos habla, en conformidad con lo que Él mismo es, “misterio de amor infinito en el que el Padre expresa desde la eternidad su Palabra en el Espíritu Santo”[19].

1.2.1. La analogía de la Palabra de Dios

La expresión “Palabra de Dios” no se usa de una única manera, de un modo unívoco, sino de un modo análogo; es decir, de distintas maneras que guardan una cierta semejanza entre sí. Profundizar en esta analogía de la Palabra de Dios nos ayudará a comprender de qué modos Dios nos habla y, en consecuencia, cómo nosotros, como Iglesia diocesana, podemos escucharle.

 

  1. La Palabra de Dios es la revelación

 

La expresión “Palabra de Dios” se refiere, en un sentido global, a la revelación, a “la comunicación que Dios hace de sí mismo”[20]. La mencionada Constitución Dei Verbum describe la naturaleza de la revelación como la auto-comunicación de Dios a los hombres: “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad[21]”. La finalidad de esta revelación de Dios es que los hombres, por Cristo y con el Espíritu Santo, puedan llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina.

 

  1. La Palabra de Dios es el Logos, el Verbo eterno

 

El Logos, la Palabra, indica originariamente el Verbo eterno, el Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial con Él.

En este sentido, san Juan comienza su evangelio diciendo: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1,1). El Verbo –el Logos– es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En Dios, en la Trinidad, existe desde siempre la Palabra. No ha habido nunca en Dios un tiempo en el que no existiese la Palabra, en el que no hubiera habido diálogo.

 

  1. La Palabra es Jesucristo, el Verbo encarnado

 

El Logos, el Verbo eterno, sin dejar de ser Dios se hizo hombre: “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Jesucristo, nacido de María Virgen, es realmente el Verbo de Dios que, sin dejar de ser consustancial al Padre por su divinidad, se hizo consustancial a nosotros por su humanidad. Por el misterio de su Encarnación, la Palabra de Dios no solo se dejó oír sino que se hizo ver: “hemos contemplado su gloria” (Jn 1,14).

 

  1. La Palabra de Dios se expresa también en la creación

 

La única Palabra de Dios, su Verbo, se expresa también en la creación, en el “liber naturae”, el “libro de la naturaleza”, ya que toda la realidad tiene su fundamento en esa Palabra: “por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho” (Jn 1,3). La creación no surge del azar, sino del Logos, de la Palabra que es Razón creadora que ordena y guía[22]. Como escribió san Buenaventura, “toda criatura es Palabra de Dios en cuanto que proclama a Dios”[23].

 

  1. La Palabra de Dios se ha comunicado en la historia de la salvación

 

Dios, con la potencia de su Espíritu, “habló por los profetas”, como profesamos en el Credo. La Palabra de Dios se expresa en toda la historia de la salvación y llega a su plenitud con la Encarnación, la Muerte y la Resurrección del Hijo de Dios[24].

 

  1. La Palabra de Dios es la palabra predicada por los Apóstoles.

 

Nuestro Señor Jesucristo mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta. Los Apóstoles recibieron personal y solemnemente esa misión por parte del Señor: anunciar el Evangelio prometido por los profetas, cumplido por Él mismo y anunciado con su voz.

 

  1. Esta Palabra se transmite en la Tradición viva de la Iglesia.

La Palabra de Dios se transmite en la Tradición viva de toda la Iglesia. Ella encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios. Por eso podemos decir con verdad que la sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos.

 

  1. La Palabra de Dios es la Sagrada Escritura.

 

El Antiguo y el Nuevo Testamento son la Palabra atestiguada y divinamente inspirada.

 

Los fieles cristianos debemos comprender mejor los diversos significados y el sentido unitario de la expresión “la Palabra de Dios”. La referencia esencial es Jesucristo, el Verbo encarnado y vivo. La fe cristiana no es una “religión del Libro” y, por ello, “la Escritura ha de ser proclamada, escuchada, leída, acogida y vivida como Palabra de Dios, en el seno de la Tradición apostólica, de la que no se puede separar”[25].

 

  • El Shemá y la tentación de los ídolos (Dt 5-7)

 

Sigue siendo actual atender a la prevención que Dios nos hace de no ceder a la tentación de los ídolos. Para no caer en esa tentación será preciso permanecer a la escucha de su Palabra.

 

  1. La escucha y la memoria

 

En el Shemá, la oración diaria de los judíos piadosos, se resume la fe de Israel y el mandamiento principal: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5).

La escucha es la condición fundamental, por parte de Israel, para poder entrar en comunión con Dios y participar de su vida. La alianza, el vínculo entre Dios y su pueblo, es posible porque Dios habla y porque el pueblo escucha. El Señor es, ante todo, el Dios de Israel. E Israel es el pueblo de Dios.

El mandamiento principal de amar a Dios sin fisuras es la respuesta leal a la unidad y unicidad del Señor. Una unión del pueblo con Dios que implica asimismo la unión de los distintos miembros del pueblo entre sí.

El Señor es un Dios celoso (cf Dt 5,9); es decir, comprometido con su pueblo, no indiferente a su suerte. Es el Dios que ha liberado a Israel de su esclavitud en Egipto.

El recuerdo, la memoria, de esta actuación salvífica y liberadora se hace actual para cada generación de creyentes al escuchar el relato de lo que Dios ha obrado en favor del pueblo: “Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: ‘¿Qué son estos estatutos, mandatos y decretos que os mandó el Señor, nuestro Dios?’, responderás a tu hijo: ‘Éramos esclavos del faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte…’” (Dt 6,20-21).

En la memoria agradecida de la acción de Dios encuentra su base la observancia de la ley, del decálogo, cuya finalidad es salvaguardar la vida y mantener la libertad de los miembros del pueblo.

Como ha escrito el papa Francisco: “La luz de Dios nos llega a través de la narración de su revelación y, de este modo, puede iluminar nuestro camino en el tiempo, recordando los beneficios divinos, mostrando cómo se cumplen sus promesas”[26].

“La luz de la fe está vinculada al relato concreto de la vida”[27]. Por ello, necesitamos refrescar la memoria, recordando las intervenciones de Dios en la propia vida, en la vida de la Diócesis, en la vida de toda la Iglesia y en la vida del mundo.

 

  1. El olvido y la idolatría

 

La conexión entre luz, narración y recuerdo se pone en peligro si se cede al olvido: “guárdate de olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud” (Dt 6,12). La actitud contraria a la escucha, que hace posible la alianza, es la idolatría. El Señor advierte a Israel: “No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra” (Dt 5,8).

Es incompatible con el culto a Dios, con el mandamiento principal del decálogo, honrar a “dioses” distintos del Único Señor. La tentación de la idolatría brota cuando no se quiere respetar el misterio de Dios, la divinidad de Dios; cuando se pretende sustituirle a Él por otras realidades más a nuestro alcance: “el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos”[28].

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda, con una frase de Orígenes, que es idólatra el que “aplica a cualquier cosa, en lugar de a Dios, la indestructible noción de Dios”[29].

La idolatría, y la seducción del politeísmo, acompañan el camino de los creyentes. Es una tentación constante de la fe. Hoy también tenemos nuestros ídolos, que debemos combatir y que revisten formas que todos conocemos:

“[La idolatría] Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc.”[30].

Al desviarse del Único Señor, el hombre pierde la orientación fundamental de su vida, extravía el camino y se ve abocado a la dispersión, conducido a un laberinto, a una multitud de senderos que no llevan a ninguna parte. En la escucha, en la fe, “el hombre encuentra un camino seguro, que lo libera de la dispersión a que le someten los ídolos”[31].

El laberinto de la idolatría conduce a la muerte. Cuando el hombre sustituye a Dios por lo que no lo es, tiende a comportarse como si fuese Dios, “intentando asumir el control total, sin prestar atención a la sabiduría y a los mandamientos que Dios nos ha dado a conocer”[32].

Por el contrario, el camino de la vida comporta reconocer en Dios la fuente de toda bondad, confiarse a Él, abriéndonos al poder de su gracia y obedeciendo sus mandamientos: “Seguid siempre el camino que os mandó el Señor vuestro Dios para que viváis, os vaya bien y se prolonguen vuestros días en la tierra de la que vais a tomar posesión” (Dt 5,32).

  1. Las perversiones de la religión

El Catecismo de la Iglesia Católica advierte de dos perversiones de la religión que pueden acecharnos: una de ellas es la superstición y otra la irreligión.

La superstición es una perversión, por exceso, de la religión y consiste en “la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone”[33]. Es contrario a la virtud de la religión atribuir una importancia cuasi mágica a ciertas prácticas, o atribuir la eficacia de las oraciones o de los signos sacramentales a la sola materialidad de los mismos, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen.

En el cristianismo la razón y la religión van de la mano y, como enseñó Benedicto XVI, “no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”[34]. Es necesario, mediante la adecuada formación y el conveniente discernimiento, ayudar a las personas a vivir la fe de un modo más personal y activo, purificándola de supersticiones que aún permanecen[35].

El Concilio Vaticano II ofrece, a propósito de la liturgia, un criterio que puede servir en orden a este discernimiento: la Iglesia “examina con benevolencia y, si puede, conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos no está indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, e incluso a veces lo admite, siempre que armonice con el auténtico espíritu litúrgico”[36].

También la adivinación y la magia contradicen el honor y el respeto que debemos solamente a Dios. Y, en este sentido, podríamos mencionar fenómenos que están más cerca de nosotros de lo que parecería a simple vista, como nos recuerda el Catecismo[37].

San Pablo advierte a los Corintios: “No tengáis que ver con la idolatría” (1 Cor 10,14). No solo el mundo antiguo era, con frecuencia, esclavo del culto a los ídolos. También en el mundo actual los mismos, o similares ídolos, pueden alienar al hombre.

Pero si la superstición pervierte la religión, no menos lo hace, en este caso por defecto, la irreligión: el tentar a Dios, el sacrilegio y la simonía[38]. Tentar a Dios es querer poner a prueba, con palabras o con obras, su bondad y su omnipotencia, dudando de su amor, de su providencia y de su poder: “No tentaréis al Señor, vuestro Dios” (Dt 6,16).

El sacrilegio es la profanación o el trato indigno de los sacramentos y de las personas, cosas y lugares consagrados a Dios. Es un pecado especialmente grave cuando es cometido contra la Eucaristía, ya que en este sacramento el Cuerpo de Cristo se hace presente sustancialmente. Y, por desgracia, hemos tenido que lamentar demasiadas –una sola sería ya demasiado– profanaciones contra la Eucaristía.

La simonía es la compra o venta de cosas espirituales, olvidando que el don de Dios no se compra con dinero (cf Hch 8,20). El Código de Derecho Canónico estipula que “fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza”[39].

El hecho de que existan unas ofrendas determinadas por la autoridad de la Iglesia se debe, no a que se vendan las realidades sagradas, sino a la provisión de que el pueblo cristiano contribuya al sostenimiento de sus ministros.

 

  1. La secularización

 

La secularización, la corriente cultural que suele comportar la desaparición de Dios de la conciencia pública, supone un desafío en el orden pastoral y una urgencia a la hora de contribuir a la construcción de una civilización que no desvirtúe el valor del hombre al olvidarse de Dios.

Este reto no afecta a la Iglesia solo desde “fuera”, sino desde “dentro”. Los Obispos hemos alertado sobre la gravedad de la secularización interna:

“la cuestión principal a la que debe hacer frente la Iglesia en España es su secularización interna. En el origen de la secularización está la pérdida de la fe y de su inteligencia, en la que juegan, sin duda, un papel importante algunas propuestas teológicas deficientes relacionadas con la confesión de la fe cristológica”[40].

En Santiago de Compostela, el papa Benedicto XVI vinculaba la apertura a Dios con la apertura a la fraternidad entre los hombres:

“Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo”[41].

 

  1. La purificación de los ídolos

 

Sigue estando vigente la mencionada exhortación del apóstol san Pablo: “No tengáis que ver con la idolatría” (1Cor 10,14). El mundo antiguo, fuera del pueblo de Israel, era esclavo del culto a los ídolos, los cuales constituían una “potente alienación y desviaban al hombre de su verdadero destino”[42].

La purificación de los ídolos pasa por denunciar su carácter de señuelo, de engaño. La palabra ídolo viene del griego y significa “imagen”, “figura”, “representación”, pero también “espectro”, “fantasma”, “vana apariencia”. El ídolo atrae por medio de falacias y “desvía a quien le sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia”[43].

Cada hombre honesto ha de plantearse una cuestión fundamental: ¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar? ¿Cuál es mi verdadero fin?

Los falsos “dioses” están actualmente casi siempre asociados a la adoración de tres cosas: los bienes materiales, el amor posesivo y el poder[44]:

“En nuestra sociedad materialista, muchas voces nos dicen que la felicidad se consigue poseyendo el mayor números de bienes posible y objetos de lujo. Sin embargo, esto significa transformar los bienes en una falsa divinidad. En vez de dar la vida, traen la muerte”[45].

San Pablo apelaba a la razón de sus oyentes: “Os hablo como a personas sensatas; juzgad vosotros lo que digo” (1 Cor 10,15). La razón, abierta a la fe, iluminada por la fe, nos ayudará a purificarnos de todos nuestros ídolos para acceder a la verdad de nuestro ser, a la verdad del ser infinito de Dios.

Escuchemos la llamada que Dios dirige a su Iglesia y proclamemos su mensaje de salvación para los hombres. ¡Qué la Diócesis renueve su esperanza en estos tiempos difíciles poniéndose a la escucha de la Palabra de Dios y de sus mandatos!

 

  1. LOS GRANDES MANDATOS DEL SEÑOR A LA IGLESIA

Entre los grandes mandatos que el Señor da a su Iglesia debemos considerar, ante todo: el mandato de la Eucaristía y de la caridad, el mandato de la unidad, y el mandato de la misión.

 

  • El mandato de la Eucaristía y de la caridad:

una Diócesis que celebra la Eucaristía y vive la caridad

 

Ambos mandatos, el de la Eucaristía y el de la caridad, están intrínsecamente relacionados.

 

  • “Haced esto en memoria mía”, nos manda el Señor (Lc 22,19; 1 Cor 11,24-25).

 

Con estas palabras, “Haced esto en memoria mía”, Jesús nos pide corresponder a su don de amor por nosotros y representarlo sacramentalmente[46].

 

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo. En la celebración eucarística, la Pascua del Señor no solamente se recuerda, sino que se hace presente; y su sacrificio, ofrecido de una vez para siempre en la cruz, permanece actual (cf LG 3). La Iglesia se une a este sacrificio: “En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo”[47].

 

Como ha enseñado Benedicto XVI: “La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega”[48]. Esta implicación abarca la vida entera.

 

Por esta razón, la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, ha de plasmarse en nuestra existencia concreta: “La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo”[49].

 

En la Eucaristía Jesús nos une a su ofrenda, mostrando el vínculo que ha querido establecer entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia: “En efecto, Cristo mismo, en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo”[50]. Los Padres de la Iglesia veían un paralelismo entre el origen de Eva del costado de Adán (cf Gén 2,21-23) y el nacimiento de la Iglesia, nacida del costado abierto de Cristo en la Cruz (cf Jn 19,34).

 

Hay una unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia[51]: “La Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo”[52]. Si la Iglesia puede celebrar la Eucaristía es porque, primeramente, Cristo se ha entregado a Sí mismo por ella en la cruz. Una Diócesis que celebra la Eucaristía está confesando la primacía del don de Cristo. Es Él quien nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,19).

 

No se puede separar a Cristo de su Iglesia. La Eucaristía es, como enseñaba san Juan Pablo II, “la suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia”[53]. Así como el Cuerpo eucarístico del Señor es único e indivisible, así lo es también la Iglesia, su Cuerpo místico: “Precisamente la realidad de la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al propio Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares subsisten in y ex Ecclesia[54].

 

¿Cómo puede avanzar la Diócesis en la vivencia de la celebración eucarística? Un buen camino para lograr este objetivo será profundizar en el ars celebrandi –en el arte de celebrar rectamente–, en la auténtica participación, y en la piedad eucarística.

 

La celebración de la Eucaristía es el deber principal de los que han recibido el sacramento del Orden: los obispos, presbíteros y, en lo que les compete, los diáconos. El Obispo diocesano como “primer dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia particular a él confiada, es el guía, el promotor y custodio de toda la vida litúrgica”[55].

 

En las celebración litúrgicas oficiadas por el Obispo en la Catedral, ha de respetarse plenamente el ars celebrandi, “de modo que puedan ser consideradas como modelo para todas las iglesias de su territorio”[56].

 

En la Catedral, y en todas las iglesias de la Diócesis, se han de observar las normas litúrgicas favoreciendo, ante todo, el sentido de lo sagrado; cuidando, por ello, “la armonía del rito, los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado”[57]. Como elemento litúrgico, también el canto debe estar en correspondencia con el sentido del misterio celebrado, con las partes del rito y con los tiempos litúrgicos.

 

La auténtica participación –activa, plena y fructuosa– en la celebración eucarística no es equivalente “a una simple actividad externa durante la celebración”[58], sino que parte de una toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana[59].

 

Será preciso, por ello, que cada fiel cultive el espíritu de conversión continua y se comprometa a llevar el amor de Cristo a la sociedad: “Favorece dicha disposición interior –comenta Benedicto XVI–, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental”[60].

 

Sin una actitud interior de correspondencia al misterio que se celebra, mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, uniéndolo al sacrificio de Cristo por la salvación del mundo, las celebraciones correrían el riesgo de caer en el ritualismo. De ahí la importancia de ayudar a los fieles mediante catequesis mistagógicas que los lleven a adentrarse cada vez más en los misterios celebrados[61]. La mejor catequesis será, no obstante, la misma liturgia bien celebrada.

 

Hay tres elementos que deben tenerse en cuenta: en primer lugar, la interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos, según la tradición viva de la Iglesia. Sabiendo que todos los acontecimientos de la historia de la salvación tienen su centro en Jesucristo.

 

En segundo lugar, la catequesis mistagógica –la catequesis que introduce en la vivencia de los misterios de la fe– ha de despertar y educar la sensibilidad de los fieles para que descubran el significado de los signos y gestos que, unidos a la palabra, constituyen el rito.

 

En tercer lugar, la catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los ritos en relación con la vida cristiana y el testimonio “en todas sus facetas, como el trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la actividad y el descanso”[62].

 

La catequesis eucarística contribuirá a que crezca en los fieles el sentido del misterio de la presencia de Dios en medio de nosotros. Los gestos de veneración de la Eucaristía son, por ello, muy importantes, si se realizan como una expresión exterior de la veneración del corazón.

 

Por otra parte, existe una relación intrínseca entre celebración eucarística y adoración. Refiriéndose a la comunión, san Agustín decía: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla […], pecaríamos si no la adoráramos”[63]. Lo que acontece en la santa Misa se prolonga e intensifica en la adoración fuera de la Misa. Para facilitar esta adoración, se ha de procurar que el sagrario esté debidamente colocado.

 

  • “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34).

 

La última voluntad del Señor es el encargo del amor mutuo, a semejanza del amor que Él nos tiene. san Juan, remitiéndose a este mandato, nos pide permanecer en la fe y en el amor: “Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza” (1 Jn 2,9-10).

 

La vivencia de la caridad brota de la participación en el amor oblativo de Jesús, un amor que se actualiza en la Eucaristía y que se hace concreto en cada uno de nosotros si nos damos a nosotros mismos. El amor a Dios y a los hermanos es el signo distintivo y el programa de vida de todo cristiano y de toda diócesis.

 

Para comunicar a los demás el amor de Dios, es necesario nutrirse de Dios mismo, mediante la oración, la escucha de la Palabra y la recepción de los sacramentos. Al sabernos destinatarios del amor de Dios, al dejarnos transformar por el Espíritu Santo, nos convertimos en sujetos de caridad, llamados a hacernos nosotros mismos instrumentos de la gracia para “difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad”[64].

 

Para la Iglesia la vivencia de la caridad no es algo accesorio sino esencial. La naturaleza de la Iglesia se expresa en una triple tarea: el anuncio de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad.

 

Quedando a salvo la universalidad del amor, que se dirige hacia todo necesitado (cf Lc 10,31), queda en pie la exigencia de que, en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad: “Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Gál 6,10)[65].

 

La fe obra por la caridad (cf Gál 5,6). Toda la transformación misionera de la Iglesia, pedida por el papa Francisco, exige una concentración del anuncio en lo esencial del Evangelio; es decir, en el anuncio del amor de Dios[66].

 

También la enseñanza moral ha de remitirse a ese núcleo, a la fe que obra por la caridad y que se traduce en misericordia[67], en la disposición a volcarse en las necesidades de los demás para socorrer sus deficiencias, en la vivencia de “la compasión que comprende, asiste y promueve”[68].

 

El mandato de caridad de Jesucristo “abraza todas las dimensiones de la existencia, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño”[69].

 

No podemos permanecer insensibles ante el clamor de los más abandonados de la sociedad: las familias golpeadas por la crisis, las pobrezas del mundo rural y de los hombres y mujeres del mar, de los emigrantes y de los refugiados.

 

La opción por los pobres se inspira en la preferencia divina por los más necesitados y consiste en una “forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia”[70].

 

La Iglesia es servidora de los pobres y testimonia una caridad que no puede ser meramente paliativa, sino que debe ser preventiva, curativa y propositiva[71]. Sin esa opción por los pobres, el anuncio del Evangelio, que es la primera caridad, “corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de las palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día”[72].

 

La caridad no ha de informar solo las pequeñas relaciones entre los hombres, sino también las grandes relaciones sociales, económicas y políticas[73]. Para abrir nuestros ojos y descubrir las miserias del mundo, el papa Francisco nos pide reflexionar durante el Jubileo de la Misericordia sobre las obras de misericordia corporales y espirituales:

 

“Será un modo de despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y de entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta de si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos”[74].

 

 

  • El mandato de la unidad (Jn 17): una Diócesis que vive en comunión

 

En la llamada “oración sacerdotal” de Jesús, que constituye el prefacio de su Pasión, el Señor pide no solo por sus discípulos inmediatos, sino por todos los creyentes: “No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20).

 

El modelo de la unidad que Jesús pide para nosotros es la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; en definitiva, la unidad trinitaria. La unidad de los creyentes se convertirá así en testimonio de credibilidad para el mundo.

 

La Iglesia es misterio, signo e instrumento, de la unidad y de la comunión[75]. La Iglesia es el misterio de la comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí: “La nueva relación entre el hombre y Dios, establecida en Cristo y comunicada en los sacramentos, se extiende también a una nueva relación de los hombres entre sí”[76].

 

La comunión eclesial, en la que somos insertados por la fe y el Bautismo, tiene su raíz y su centro en la Eucaristía, que nos une a cada uno de nosotros con el mismo Cristo: “participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a la comunión con Él y entre nosotros: ‘Porque el pan es uno, somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan’ (1 Cor 10,17)[77]”.

 

La Eucaristía, en la que el Señor nos entrega su Cuerpo y nos transforma en un solo Cuerpo, es el lugar donde la Iglesia se expresa en su forma más esencial: presente en todas partes y, sin embargo, solo una, así como uno es Cristo. En el Credo profesamos nuestra fe en la “comunión de los santos”: la comunión en las “cosas santas”, especialmente en la Eucaristía, es raíz de la comunión invisible entre los participantes, “los santos”.

 

Unida a la Iglesia universal y al Papa, la Diócesis, como Iglesia particular, está llamada a reforzar su unidad interna. En la Diócesis el Obispo es principio y fundamento visible de esta unidad. Toda celebración válida de la Eucaristía expresa esta unión con el propio Obispo, con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el entero pueblo.

 

La unidad de la Diócesis no impide la pluralidad de ministerios, de carismas, de formas de vida y de apostolado. No solo el Obispo, sino todos los diocesanos, están llamados a edificar y salvaguardar la unidad que no obstaculiza la diversidad, así como a reconocer la diversidad que no obstaculiza la unidad.

 

La mejor manera de construir y respetar esta comunión –esta unidad en la diversidad– es la vivencia de la verdad y de la caridad, que es “el vínculo de perfección” (Col 3,14). La comunión nos hace salir de nuestra soledad, nos impide encerrarnos en nosotros mismos y nos hace partícipes del amor que nos une a Dios y entre nosotros[78].

 

En los Hechos de los apóstoles encontramos una descripción de la Iglesia naciente: “Acudían a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2,42). El don de la comunión es custodiado y promovido de modo especial por el ministerio apostólico, nace de la fe suscitada por la predicación, se alimenta con la fracción del pan y la oración, y se manifiesta en la caridad fraterna y en el servicio.

 

La comunión exige la fidelidad a la doctrina de la Iglesia, en particular mediante una adecuada interpretación del Concilio Vaticano II, que ha de ser comprendido en la hermenéutica no de la ruptura sino de la reforma; es decir, de la renovación dentro de la continuidad de la única Iglesia[79].

 

Pero, además de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia, la comunión pide a todos, empezando por el Obispo y por los sacerdotes, una espiritualidad de comunión, que se expresa visiblemente en la mutua colaboración y en la vida fraterna, en el trabajo concertado sobre proyectos comunes, en la asunción de la corresponsabilidad en la tarea de la Iglesia.

 

La comunión puede ser puesta a prueba o amenazada por los contrastes en lo que atañe a la doctrina o a la práctica pastoral, con el consiguiente enfrentamiento entre los pastores y la desorientación de los fieles (cf Sant 3,16-4,3). La fe, el amor y la fraternidad son dones preciosos que pueden perderse por nuestra culpa. Necesitamos, por consiguiente, estar alerta para no comprometer la unidad. Necesitamos también cultivar el esfuerzo de la reconciliación y del perdón: “¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!”[80].

 

Hacemos nuestro el deseo expresado por el papa Francisco en su reciente viaje a los Estados Unidos:

 

“Que el inminente Año Santo de la Misericordia, al introducirnos en las profundidades inagotables del corazón divino, en el que no hay división alguna, sea para todos una ocasión privilegiada para reforzar la comunión, perfeccionar la unidad, reconciliar las diferencias, perdonarnos unos a otros y superar toda división, de modo que alumbre su luz como «la ciudad puesta en lo alto de un monte» (Mt 5,14)”[81].

 

 

 

  • El mandato de la misión (Mt 28): una Diócesis que vive evangelizando

 

El Señor Resucitado, el Hijo del Hombre revestido de todo poder y, a la vez, el Emmanuel que permanece con los suyos, ordena hacer discípulos a todos los pueblos: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20).

 

Estas palabras de Jesús constituyen, también hoy, un mandato obligatorio para toda la Iglesia y para cada uno de los fieles cristianos. “¡La fe se fortalece dándola!”, decía san Juan Pablo II, ya que el impulso misionero renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana y da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones.

 

Por otra parte, la evangelización misionera “constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia”[82].

 

Cada Iglesia particular tiene la tarea de cumplir el mandato misionero[83], con la finalidad de hacer llegar a cada hombre esta verdad extraordinaria: “¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida!» (Jn 14, 6)”[84].

 

La misión tiene como meta difundir el amor del Señor en cada ámbito de la comunidad diocesana; también en los corazones de aquellas personas que, aun habiendo recibido el Bautismo, se han alejado de la fe. La Iglesia no puede decir que ya todo está hecho; sino que, más bien, todo está por hacer[85].

 

En la exhortación apostólica Evangelii gaudium el papa Francisco subraya el papel que le compete a la Diócesis en la transformación misionera de la Iglesia. Cada diócesis está llamada a la conversión misionera, porque ella –la Diócesis– es “el sujeto primario de la evangelización”:

 

“Su alegría de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en su preocupación por anunciarlo en otros lugares más necesitados como en una salida constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales. Procura estar siempre allí donde hace más falta la luz y la vida del Resucitado. En orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma”[86].

 

En nuestra Diócesis de Tui-Vigo, hemos querido acoger este llamamiento del Papa. De hecho, la exhortación apostólica Evangelii gaudium constituye el documento magisterial de referencia para la programación pastoral de este curso y del curso pasado[87]. Esta programación marca como objetivo general: “Renovar actitudes personales y estructuras eclesiales para lograr una verdadera conversión pastoral al servicio del anuncio gozoso del Evangelio”.

 

La renovación de las actitudes pasa, sin duda, por la superación de lo que el Papa denomina las “tentaciones de los agentes pastorales”[88] y por la asunción de una espiritualidad misionera[89]. La labor evangelizadora no puede constituir un mero apéndice de nuestra vida, sino que ha de formar parte de la propia identidad. La vida espiritual debe sustentar el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo y la pasión evangelizadora[90].

 

Esta unidad de vida la vemos reflejada en santa Teresa de Jesús, de quien hemos celebrado el V Centenario de su nacimiento:

 

“La santa escritora y maestra de oración fue al mismo tiempo fundadora y misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separó del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día, porque también «entre los pucheros anda el Señor» (Fundaciones 5,8). Ella vivió las dificultades de su tiempo –tan complicado– sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (Fundaciones 4,6). Hoy Teresa nos dice: Reza más para comprender bien lo que pasa a tu alrededor y así actuar mejor. La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas (cf. Moradas VII, 4,6). ¡Éste es el realismo teresiano, que exige obras en lugar de emociones, y amor en vez de ensueños, el realismo del amor humilde frente a un ascetismo afanoso! Algunas veces la Santa abrevia sus sabrosas cartas diciendo: «Estamos de camino» (Carta 469, 7.9), como expresión de la urgencia por continuar hasta el fin con la tarea comenzada. Cuando arde el mundo, no se puede perder el tiempo en negocios de poca importancia. ¡Ojalá contagie a todos esta santa prisa por salir a recorrer los caminos de nuestro propio tiempo, con el Evangelio en la mano y el Espíritu en el corazón!”[91].

 

Hemos de recorrer juntos el camino de la misión, sin caer en los excesos del individualismo, sin ceder a la tentación de relativizar u ocultar la identidad cristiana y las propias convicciones y, asimismo, sin dejarse deslizar por la pendiente del relativismo práctico que lleva a “actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran”[92]. Como nos exhorta el Papa: “¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!”[93].

 

La renovación de las estructuras eclesiales consiste en ponerlas al servicio de la evangelización[94], procurando que todas ellas se vuelvan más misioneras; empezando por la misma Diócesis, por los arciprestazgos y las parroquias.

 

Esta renovación en orden a la misión es pertinente, asimismo, en lo que concierne al “modo de comunicar el mensaje”[95], que ha de procurar transmitir “el corazón del mensaje de Jesucristo”[96], concentrando el anuncio en lo esencial del Evangelio: “En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado[97].

 

El Jubileo Extraordinario pone el acento en lo que ha de constituir nuestro ideal de vida y el criterio de credibilidad de nuestra fe[98]: la vivencia de la misericordia. La Iglesia se renueva en la medida en que se convierte en sierva y mediadora ante los hombres del amor misericordioso de Cristo:

 

“Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”[99].

 

La conversión pastoral y misionera que el Papa nos pide tiene como meta el anuncio gozoso del Evangelio. Como enseñaba san Juan Pablo II, “hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16)”[100].

 

La evangelización, como predicación “alegre, paciente y progresiva de la muerte y resurrección salvífica de Jesucristo”, ha de ser nuestra “prioridad absoluta”[101].

 

La acción evangelizadora de la Iglesia está al servicio de la salvación, que es un don de la misericordia divina destinado a todos. En virtud del Bautismo, “cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero”[102], en agente evangelizador. No somos “discípulos” y “misioneros”, sino que somos siempre “discípulos misioneros”[103]; personas que, en cuanto conocen a Jesús, salen a proclamarlo.

 

Una acción evangelizadora que se lleva a cabo, ante todo, de persona a persona[104]; es decir, de un modo testimonial: “con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó”[105].

 

El anuncio del Evangelio tiene su origen en la experiencia del amor de Cristo; un amor que se recibe y se comunica. De este modo, el testimonio resulta fecundo. Como decía san Agustín, los “creyentes se fortalecen creyendo”[106].

 

Todo el Pueblo de Dios tiene la misión de anunciar el Evangelio. En esta tarea resulta de gran importancia profundizar en el kerygma, en el primer anuncio de que Jesucristo, muerto y resucitado, nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre[107].

 

Con este primer anuncio se inicia un camino de formación y maduración que tiene como meta vivir el mandamiento nuevo; la “exigencia ineludible del amor al prójimo”[108], pues amar es cumplir la ley entera (Rom 13,8.10).

 

¡Qué el Señor nos conceda abundantes vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y que suscite la actividad evangelizadora de todos los fieles laicos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  • CUATRO GRANDES RETOS PARA NUESTRA DIÓCESIS HOY

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre los grandes retos que nos resultan particularmente urgentes, señalaremos cuatro: la vivencia de la misericordia, de la comunión y de la alegría; la necesidad y la belleza de caminar juntos; los sacramentos de la iniciación cristiana; y el Evangelio de la familia.

 

 

3.1. La misericordia, la comunión y la alegría

 

El egoísmo es la raíz de la avaricia y, en el fondo, la fuente de la tristeza. Si nos dejásemos llevar por el egoísmo, si nuestro ideal fuese querernos a nosotros mismos por encima de todo, considerando que el mundo existe “para mí” olvidándonos del otro, construiríamos una sociedad inmisericorde, despiadada, carente de empatía y, a la postre, una sociedad muy triste.

 

El Evangelio nos marca una ruta muy distinta. La Iglesia está llamada a ser un signo profético que pone en primer plano el respeto a la persona humana proclamando la validez de un principio fundamental: “Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como ‘otro yo’, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente[109]”.

 

La caridad es el camino que permite superar el egoísmo y abrirse a la misericordia y a la comunión. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y egoísmo que obstaculizan la fraternidad, “solo cesan con la caridad que ve en cada hombre un ‘prójimo’, un hermano”[110].

 

Las enseñanzas del papa Francisco en Evangelii gaudium y el profundo magisterio de Benedicto XVI en Deus caritas est y en Caritas in veritate, constituyen para todos nosotros, como Iglesia diocesana, no solo un motivo de reflexión y de estudio sino, sobre todo, un reto pastoral que no podemos descuidar.

 

Estamos llamados a “compartir con los pobres los bienes y la alegría de Dios”[111]. En cada uno de nosotros, sin menoscabo de lo que sea propio de nuestro estado de vida, ha de resonar la llamada de Jesús: “vende todo cuanto tienes y distribúyelo a los pobres -y tendrás un tesoro en los cielos-: luego, ven y sígueme” (Lc 18,22). Se trata de poner al Señor por encima de todo; por encima de nuestra tendencia al egoísmo.

 

El dignatario que fue objeto de esta propuesta de Jesús “se puso muy triste, porque era muy rico” (Lc 18,23). Cuando nos falta la valentía para seguir al Señor, nos invade la tristeza. El papa Francisco nos dice que el encuentro con Jesús nos libera “del pecado, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría[112]”.

 

Los primeros quince números de la Exhortación Evangeli gaudium son uno de los manifiestos más lúcidos de la Iglesia en el mundo moderno. Es la respuesta de un creyente que va desnuda y directa a la gran reserva del pensamiento actual a la fe: la fe es triste y proclama el fracaso como resignación.

 

¿Qué hacer cuándo falta la alegría? Debemos emprender la senda del encuentro, de la comunión, que es lo contrario al aislamiento. Como ha indicado Benedicto XVI:

 

“Quisiera mencionar [dice] un tercer elemento para entrar en la alegría del amor: hacer que crezca en vuestra vida y en la vida de vuestras comunidades la comunión fraterna. Hay vínculo estrecho entre la comunión y la alegría. No en vano Pablo escribe su exhortación en plural; es decir, no se dirige a cada uno en singular sino que afirma: “alegraos siempre en el Señor” (Flp 4,4). Solo juntos, viviendo en comunión fraterna, podemos experimentar esta alegría”[113].

 

Es una llamada a vivir a fondo nuestra fraternidad para adentrarnos en la senda del seguimiento alegre del Señor. El punto de partida de nuestra alegría es la comunidad fraterna que la alimenta.

 

Necesitamos espacios gratuitos de encuentro: simplemente estar juntos, conversar, compartir, alegrarnos juntos. De lo contrario, no sería extraño que buscáramos fuera lo que no hemos sido capaces de crear dentro.

 

Nuestra alegría debe ser una alegría abierta. Estamos llamados a compartir la alegría con todos, en todas nuestras relaciones humanas. Esto nos debe llevar a devolver el encanto a nuestra vida cristiana y a mantener viva la esperanza.

 

Quisiera agradecer a Cáritas el trabajo que lleva a cabo de atención a las personas necesitadas. Deseo pedirles, a todos los que colaboran en esta tarea, que continúen en esta senda de profunda renovación de la Diócesis en el ejercicio de la caridad.

 

 

3.2. La necesidad y la belleza de caminar juntos

 

“La Iglesia tiene nombre de sínodo”, decía san Juan Crisóstomo[114]. Todas las acciones de la Iglesia han de estar marcadas por un estilo comunional, fraterno, que se expresa de forma comunitaria y social en la sinodalidad, en el caminar juntos; es decir, en la colaboración afectiva y efectiva de todos los miembros de la Iglesia particular.

 

Esta Diócesis ha vivido recientemente la experiencia de un Sínodo Diocesano, que exhortaba al ejercicio de la comunión y de la corresponsabilidad[115]. Es un compromiso -y un estilo de acción pastoral-que no debemos olvidar.

 

La necesaria corresponsabilidad en la vida de la Iglesia se fundamenta en poderosas razones. En el Pueblo de Dios es “común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad[116]”.

 

Por otra parte, en la Iglesia el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no solo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo[117].

 

De modo análogo, “Pastores y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida[118]”. El Concilio Vaticano II pide al Obispo que “no se niegue a oír a sus súbditos, a los que, como a verdaderos hijos suyos, alimenta y a quienes exhorta a cooperar animosamente con él[119]”.

 

La tarea de aconsejar en la Iglesia, en bien de la comunidad, es propia de todos los cristianos, y singularmente importante. Con esta finalidad existen cauces para la escucha y para el consejo -para la corresponsabilidad- en la vida de las parroquias y de la Diócesis. Cauces de comunión y de participación que se han de fomentar. Como enseñaba san Juan Pablo II:

 

“Puesto que la comunión expresa la esencia de la Iglesia, es normal que la espiritualidad de comunión tienda a manifestarse tanto en el ámbito personal como comunitario, suscitando siempre nuevas formas de participación y corresponsabilidad en las diversas categorías de fieles. Por tanto, el Obispo debe esforzarse en suscitar en su Iglesia particular estructuras de comunión y participación que permitan escuchar al Espíritu que habla y vive en los fieles, para impulsarlos a poner en práctica lo que el mismo Espíritu sugiere para el auténtico bien de la Iglesia”[120].

 

También el papa Francisco insiste en la necesidad y la belleza de “caminar juntos”:

 

“El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y a servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”[121].

 

El camino de la sinodalidad es el camino de la escucha recíproca, en la cual cada uno tiene algo que aprender. Este dinamismo de la escucha, de lo que el Espíritu Santo nos quiere decir y de la escucha mutua, ha de ser llevado a todos los ámbitos de la vida de la Iglesia diocesana. Escuchar al pueblo, escuchar a los pastores, escuchar al Obispo y escuchar al Papa.

 

Como reza un axioma medieval: “Lo que afecta a todos y a cada uno debe ser aprobado por todos”. Lo cual no significa desconocer la estructura jerárquica de la Iglesia, sino destacar la necesidad de la participación real de todos en lo que nos concierne a todos.

 

El Papa indica que el primer nivel de ejercicio de la sinodalidad se realiza en las Iglesias particulares:

 

“El primer nivel de ejercicio de la sinodalidad se realiza en las Iglesias particulares. Después de haber citado la noble institución del Sínodo diocesano, en el cual presbíteros y laicos están llamados a colaborar con el obispo para el bien de toda la comunidad eclesial, el Código de Derecho Canónico dedica amplio espacio a lo que usualmente se llaman los «organismos de comunión» de la Iglesia particular: el consejo presbiteral, el colegio de los consultores, el capítulo de los canónigos y el consejo pastoral. Solamente en la medida en la cual estos organismos permanecen conectados con lo «bajo» y parten de la gente, de los problemas de cada día, puede comenzar a tomar forma una Iglesia sinodal: tales instrumentos, que algunas veces proceden con desánimo, deben ser valorizados como ocasión de escucha y participación”[122].

 

Este espíritu sinodal posee un valor de testimonio para el mundo, en el que, a menudo, el destino de poblaciones enteras depende de la decisión de unos pocos.

 

Como he señalado en la apertura del Año Jubilar de la Misericordia:

 

“Este caminar juntos en la Iglesia tenemos que convertirlo en un compromiso importante de nuestra Diócesis a lo largo de este Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Y para ello no tendremos que hacer experiencias desconocidas, sino caminar al ritmo que la Iglesia nos marca para este año de la Misericordia”[123].

 

Llamo a vivir la comunión en todos los ámbitos de la vida diocesana: a la cercanía de las parroquias a los fieles; a la ayuda y a la colaboración en los arciprestazgos; a la corresponsabilidad en los consejos diocesanos y en los movimientos apostólicos.

 

 

3.3. Los sacramentos de la iniciación cristiana

 

Los fundamentos o pilares de la vida cristiana se ponen mediante los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía[124]. Sin estas bases sólidamente establecidas no se puede permanecer en la fe en medio de una sociedad crecientemente secularizada[125].

 

Los fieles, renacidos por el Bautismo, se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y son alimentados en la Eucaristía. La Iglesia, colaborando con la acción salvadora de la Trinidad, ha de velar no solo por el nacimiento a la vida de fe, sino que ha de acompañar también el proceso de crecimiento y de maduración de esa vida nueva.

 

El modelo de la iniciación cristiana lo vemos reflejado en el pasaje evangélico de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). El Señor Resucitado, mediante sus palabras y sus gestos, conduce a aquellos hombres del desencanto a la confianza, de la confianza a la fe en las Escrituras, de la fe en las Escrituras al reconocimiento de Él mismo en la Fracción del Pan y del reconocimiento a la misión[126].

 

En nuestra Diócesis debemos asumir el reto de ofrecer un itinerario, un proceso, de iniciación cristiana para los niños, adolescentes y jóvenes, en íntima conexión con los sacramentos de la iniciación y en relación con la pastoral educativa. Igualmente hay que atender a la iniciación cristiana de los adultos (realizándola desde el principio, o completándola, si fuese el caso de adultos ya bautizados que no hayan cumplido del todo la iniciación).

 

Debemos salvaguardar la unidad de este proceso de iniciación. No basta simplemente con la recepción del Bautismo, ya que para la plenitud de la gracia bautismal es necesaria asimismo la recepción del sacramento de la Confirmación. Por su parte, la Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana.

 

El proceso unitario de la iniciación cristiana ha de ayudar a los catecúmenos y a los fieles a incorporarse a la comunidad eclesial, a introducirse en la vida litúrgica, a iniciarse en la oración y en el compromiso[127]. En realidad se trata de prepararse para la transformación de toda la existencia en Cristo.

 

Los sacramentos – singularmente los de la iniciación cristiana – constituyen el ámbito en el que la fe se transmite y se comunica, ya que no se trata de transferir únicamente un contenido doctrinal sino una luz nueva que afecta a toda la persona:

 

“Para transmitir esta riqueza hay un medio particular, que pone en juego a toda la persona, cuerpo, espíritu, interioridad y relaciones. Este medio son los sacramentos celebrados en la liturgia de la Iglesia. En ellos se comunica una memoria encarnada, ligada a los tiempos y lugares de la vida, asociada a todos los sentidos; implican a la persona como miembro de un sujeto vivo, de un tejido de relaciones comunitarias. Por eso, si bien, por una parte, los sacramentos son sacramentos de la fe, también se debe decir que la fe tiene una estructura sacramental. El despertar de la fe pasa por el despertar de un nuevo sentido sacramental de la vida del hombre y de la existencia cristiana, en el que lo visible y material está abierto al misterio de lo eterno”[128].

 

El tesoro de la memoria que la Iglesia transmite en los sacramentos se contiene, además de en la celebración de los propios sacramentos, en la confesión de la fe, en el camino del decálogo y en la oración[129].

 

En los problemas prácticos que puedan surgir hemos de respetar la verdad de los sacramentos y, para ello, atenernos a las normas del Código de Derecho Canónico y a las orientaciones diocesanas. Nada se gana si cada uno actúa por su cuenta. Mucho se gana, en cambio, si logramos mantener un criterio común.

 

Invito a los párrocos, a los padres y a los catequistas a comprometerse en una profunda renovación de la iniciación cristiana en nuestra Diócesis.

 

 

  • El Evangelio de la familia

 

“Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, ‘con toda su casa’ (cf Hch 18,8), habían llegado a ser creyentes (…) Estas familias convertidas eran islas de vida cristiana en un mundo no creyente[130]”, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica.

 

Al igual que en la Iglesia naciente, también hoy el anuncio y el testimonio del Evangelio de la familia constituye una prioridad para la Diócesis, así como para la Iglesia universal, como se ha puesto de manifiesto en los dos últimos Sínodos celebrados en el Vaticano. La Iglesia apuesta por la ayuda a la familia en el cumplimiento de su vocación y misión en el mundo.

 

“En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora”[131]. Toda la comunidad diocesana tiene, pues, el deber de apoyar a las familias cristianas, que constituyen, como ha enseñado el Concilio Vaticano II, la Iglesia doméstica[132].

 

“El despliegue del matrimonio en la familia es expresión verdadera de la fecundidad del amor”[133]. El amor conyugal está ordenado, por designio divino, a la unión de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. La familia tiene, en consecuencia, la misión de descubrir, acoger, “custodiar, revelar y comunicar el amor”[134].

 

Como ha recordado el papa Francisco: “La fe crece con la práctica y es plasmada por el amor. Por eso, nuestras familias, nuestros hogares, son verdaderas Iglesias domésticas. Es el lugar propio donde la fe se hace vida y la vida crece en la fe”[135].

 

Existen dimensiones específicamente familiares de la evangelización que solo “se pueden llevar a cabo adecuadamente en el ámbito familiar y por el testimonio valiente y sincero de las familias cristianas”[136]. Es en el seno de la familia cristiana donde se produce el “despertar religioso” de los hijos. También es la familia el ámbito más adecuado para la primera educación al amor, como un proceso que acompaña al hombre y a la mujer en su maduración personal.

 

La Iglesia, y la sociedad en su conjunto, necesitan el testimonio vivo de la familia cristiana, que es una comunidad de gracia y de oración, una escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana[137].

 

Nuestro compromiso como Diócesis ha de ser mejorar la atención a la familia, cuidando la preparación al matrimonio, la celebración de las bodas y el acompañamiento de las familias, especialmente en los primeros años[138].

 

Asimismo debemos prestar atención a la transmisión de la vida y a la educación en la familia, cuidando de los más débiles, frente a la cultura del “descarte” de los niños, nacidos o por nacer, y de los ancianos, y frente a toda forma de violencia en el núcleo familiar, como la que, con escandalosa frecuencia, padecen las mujeres. En esta tarea educativa, es muy valiosa la ayuda de las escuelas católicas.

 

Es preciso acompañar -con discernimiento, verdad, claridad, sentido positivo y misericordia- a las familias que, por diversos motivos, atraviesan especiales dificultades, atendiendo sobre todo al bien de los hijos.

 

La familia es “la primera e insustituible educadora para la paz”[139], la promotora más fiable de cohesión social y la mejor escuela de virtudes de buena ciudadanía. Por ello, “defender y promover la vida familiar estable interesa a todos y, especialmente, a los gobiernos”[140].

 

Llamo a los matrimonios cristianos a un compromiso renovador de la familia, como lugar privilegiado de la vida y de la fe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A modo de conclusión

TESTIGOS DEL GOZO DEL EVANGELIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La palabra testimonio -y la llamada a ser testigos– ha sido empleada muchas veces en esta carta pastoral. El testimonio es la unión, la coherencia, entre la fe y la vida. Creer es a la vez testimoniar lo que se cree. La fe personal de cada uno de nosotros se encendió en contacto con la fe de los otros:

 

“Una enseñanza puramente doctrinal es incapaz de despertar la fe en quien la recibe; pero puede conseguirlo una doctrina en la cual cree el maestro mismo. Solo puede suscitar la fe, la verdad amada y vivida. Es la fe de tu madre o bien de algún maestro, de algún amigo o de alguien de tu ambiente, la que despertó la tuya. Con aquellos en cuya fe has vivido surge tu propia fe, al principio sin saberlo, y va afirmándose, hasta que, finalmente, adquiere la fuerza necesaria para marchar por sí misma. Como un cirio se enciende con la llama de otro, así la fe se enciende al contacto de la fe”[141].

 

Como indicaba Benedicto XVI:

 

[Al creer], “lo que hacemos no es tanto aceptar la verdad en un acto puramente intelectual, sino abrazarla en una dinámica espiritual que penetra hasta la esencia de nuestro ser. Verdad que se transmite no solo por la enseñanza formal, por importante que esta sea, sino también por el testimonio de una vida íntegra, fiel y santa”[142].

 

El origen de la fe y la vivencia de la misma están ligados al testimonio. También lo está la renovación de la Iglesia, su conversión pastoral, que alcanza una dimensión concreta en la vida de los cristianos: “con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó”[143].

 

El amor de Cristo mueve a la conversión y a la vida nueva de los bautizados. La fe es inseparable de esta transformación completa del hombre, que cambia toda la existencia. Por otra parte, el amor de Cristo está en el origen de la evangelización.

 

Vivir la fe, ser auténticos testigos, implica asumir la responsabilidad social de dar cuenta del contenido y de las razones de la fe: “lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y en el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, esa que no tiene fin”[144].

 

No se nos pide ser testigos de cualquier cosa, sino del gozo, de la alegría, del Evangelio. Debemos recordar las palabras del beato Pablo VI:

 

“¿No es normal que tengamos alegría dentro de nosotros, cuando nuestros corazones contemplan o descubren de nuevo, por la fe, sus motivos fundamentales? Estos son además sencillos: Tanto amó Dios al mundo que le dio su único Hijo; por su Espíritu, su presencia no cesa de envolvernos con su ternura y de penetrarnos con su vida; vamos hacia la transfiguración feliz de nuestras existencias, siguiendo las huellas de la resurrección de Jesús. Sí, sería muy extraño que esta Buena Nueva, que suscita el aleluya de la Iglesia no nos diese un aspecto de salvados”[145].

 

Ser testigos del gozo del Evangelio es ser testigos de la misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Son bienaventurados los que experimentan el gozo de apostar por el Evangelio; los que descubren en sus corazones la alegría de optar por el amor compasivo de Dios; un amor que no suprime la justicia ni la verdad, sino que nos concede a todos la posibilidad de elegir ser destinatarios del perdón de Dios, de la generosa soberanía de su amor.

 

La Iglesia quiere seguir siendo servidora del Evangelio, de la Buena Nueva que transmite, a quien se deja alcanzar por ella, la alegría de Cristo.

 

Con este “Evangelii gaudium” nos disponemos a llevar a la práctica nuestra misión de Iglesia diocesana de Tui-Vigo y, en comunión con el Papa y con la Iglesia universal, a celebrar el Jubileo de la Misercordia.

 

Nos acogemos a la intercesión de santa María, la Virgen, y de san Telmo.

 

Con mi afecto y bendición,

 

En Vigo, a veintiocho de enero, fiesta de santo Tomás de Aquino, de dos mil dieciséis.

 

+ Luis Quinteiro Fiuza.

Obispo de Tui-Vigo.

 

 

[1] Papa Francisco, Misericordiae vultus, 9.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 1822.

[3] Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 38.

[4] Papa Francisco, Misericordiae vultus, 6.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 1817. Cf. Benedicto XVI, Spe salvi (20-XI-2007).

[6] Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 18.

[7] Concilio Vaticano II, Dei verbum, 21.

[8] Benedicto XVI, Verbum Domini, 6.

[9] Papa Francisco, Discurso en la fiesta de las familias en Filadelfia, (26-IX-2015).

[10] Cf. Concilio Vaticano II, Christus Dominus, 11. Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 23.

[11] O. González de Cardedal, “Constitución dogmática sobre la Iglesia. Introducción”, en: Concilio Ecuménico Vaticano II, Constituciones, Decretos y Declaraciones. Edición oficial promovida por la Conferencia Episcopal Española, BAC minor 75, Madrid 2002, 65.

[12] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, 782. Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 9.

[13] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 4.

[14] Concilio Vaticano II, Dei verbum, 1.

[15] Cf. Concilio Vaticano II, Dei verbum, 10.

[16] Benedicto XVI, Verbum Domini, 3.

[17] Ibíd.

[18] Cf. L. Quinteiro Fiuza, “Presentación”, en: Diocese Tui-Vigo, Programación pastoral. Curso 2011-2012. 6-9.

[19] Benedicto XVI, Verbum Domini, 6.

[20] Ibíd., 7.

[21] Concilio Vaticano II, Dei verbum, 2.

[22] Cf. Benedicto XVI, Verbum Domini, 8.

[23] San Buenaventura, Itinerarium mentis in Deum, 2,12. en: Benedicto XVI, Verbum Domini, 8.

[24] Cf. Concilio Vaticano II, Dei verbum, 4.

[25] Benedicto XVI, Verbum Domini, 7.

[26] Papa Francisco, Lumen fidei, 12.

[27] Ibíd.

[28] Ibíd., 13.

[29] Orígenes, Contra Celsum, 2, 40. en: Catecismo de la Iglesia Católica, 2114.

[30] Catecismo de la Iglesia Católica, 2113.

[31] Papa Francisco, Lumen fidei, 13.

[32] Benedicto XVI, Discurso a los jóvenes de la comunidad de recuperación de la universidad de «Notre Dame» de Sydney, (18-VII-2008).

[33] Catecismo de la Iglesia Católica, 2111.

[34] Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura en la universidad de Ratisbona, (12-IX-2006).

[35] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 7.

[36] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum concilium, 37.

[37] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2115-2117.

[38] Cf. Ibíd., 2118-2122.

[39] Código de Derecho Canónico, can. 848.

[40] Conferencia Episcopal Española. LXXXVI Asamblea Plenaria, Instrucción pastoral «Teología y secularización en España. A los cuarenta años del Concilio Vaticano II», Madrid (30-III-2006), 5. Cf. J. Rico Pavés (dir.), La fe de los sencillos. Comentario a la instrucción pastoral «Teología y secularización en España. A los cuarenta años del Concilio Vaticano II» (2006), BAC, Madrid 2012.

[41] Benedicto XVI, Homilía de la Santa Misa con ocasión del Año Santo Compostelano. Plaza del Obradoiro, (06-XI-2010).

[42] Benedicto XVI, Homilía de la Santa Misa en la explanada de los Inválidos de París, (13-IX-2008).

[43] Ibíd.

[44] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los jóvenes de la comunidad de recuperación de la universidad de «Notre Dame» de Sydney, (18-VII-2008).

[45] Ibíd.

[46] Cf Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 11.

[47] Catecismo de la Iglesia Católica, 1368.

[48] Benedicto XVI, Deus caritas est, 13.

[49] Catecismo de la Iglesia Católica, 1368. Cf. Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 77.

[50] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 14.

[51] Cf. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1.

[52] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 14.

[53] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 38.

[54] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 15.

[55] Ordenación General del Misal Romano, 22.

[56] Ibíd., 22.

[57] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 40.

[58] Ibíd., 52.

[59] Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 48

[60] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 55.

[61] Cf. Papa Francisco, Evangelii gaudium, 166.

[62] Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 64.

[63] San Agustín, Enarrationes in Psalmos 98,9. en: Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 66.

[64] Benedicto XVI, Caritas in veritate, 5.

[65] Cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, 25.

[66] Cf. Papa Francisco, Evangelii gaudium, 36.

[67] Cf. Ibíd., 37.

[68] Ibíd., 179.

[69] V Conferencia General del Episcopado Lationamericano y del Caribe, Documento de Aparecida, 380. en: Papa Francisco, Evangelii gaudium, 181.

[70] Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 42. en: Papa Francisco, Evangelii gaudium, 198.

[71] Cf. Conferencia Episcopal Española. CV Asamblea Plenaria, Instrucción pastoral «Iglesia, servidora de los pobres», Ávila (24-IV-2015), 42.

[72] Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 50.

[73] Cf. Papa Francisco, Evangelii gaudium, 205.

[74] Papa Francisco, Misericordiae vultus, 15.

[75] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 1.

[76] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta «Communionis notio», 3.

[77] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 7.

[78] Cf. Benedicto XVI, El don de la comunión, Audiencia General (29-III-2006).

[79] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los cardenales, arzobispos, obispos y prelados superiores de la Curia Romana, (22-XII-2005).

[80] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 101. Cf. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 43-46.

[81] Papa Francisco, Discurso a los Obispos de los EEUU de América en Washington, (23-IX-2015).

[82] Juan Pablo II, Redemptoris missio, 2.

[83] Cf. Concilio Vaticano II, Ad gentes, 6.

[84] Juan Pablo II, Christifideles laici, 34.

[85] Cf. Juan Pablo II, Discorso ai sacerdoti, ai religiosi e alle forze missionarie della diocesi di Caserta, (24-V-1992).

[86] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 30.

[87] Cf. Diocese Tui-Vigo, Programación pastoral. Curso 2015-2016.

[88] Cf. Papa Francisco, Evangelii gaudium, 76.

[89] Cf. Ibíd., 259-288. Corresponde con el capítulo quinto, “Evangelizadores con Espíritu”.

[90] Cf. Ibíd., 78.

[91] Papa Francisco, Mensaje al obispo de Ávila con motivo de la apertura del Año Jubilar Teresiano, (15-X-2014).

[92] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 80.

[93] Ibíd., 80.

[94] Cf. Ibíd., 27.

[95] Cf. Ibíd., 34.

[96] Cf. Ibíd., 34.

[97] Ibíd., 36.

[98] Cf. Papa Francisco, Misericordiae vultus, 9.

[99] Ibíd., 12.

[100] Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 40.

[101] Cf. Papa Francisco, Evangelii gaudium, 110.

[102] Ibíd., 120.

[103] Cf. Ibíd., 120.

[104] Cf. Ibíd., 127.

[105] Benedicto XVI, Porta fidei, 6. Ver también: L. Quinteiro Fiuza, Homilía con motivo de la Apertura del Año Jubilar de la Fe, (12-X-2012).

[106] Cf. Benedicto XVI, Porta fidei, 7. Ver también: Papa Francisco, Lumen fidei, 38. y L. Quinteiro Fiuza, Homilía en la clausura del Año de la Fe, (24-XI-2013).

[107] Cf. Papa Francisco, Evangelii gaudium, 164.

[108] Ibíd., 161.

[109] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 27.

[110] Catecismo de la Iglesia Católica, 1931.

[111] Cf. L. Quinteiro Fiuza, Homilía en la Misa Crismal, (01-IV-2015).

[112] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 1.

[113] Benedicto XVI, Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud, (15-III-2012).

[114] San Juan Crisóstomo, Exp. in Psalm, 149, 1. en: Papa Francisco, Discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, (17-X-2015).

[115] Cf. Diocese Tui-Vigo, XVI Sínodo Diocesano. 2002-2006, Constituciones Sinodales 72-78.

[116] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 32.

[117] Cf. Ibíd., 10.

[118] Concilio Vaticano II, Dei verbum, 10.

[119] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 27.

[120] Juan Pablo II, Pastores gregis, 44.

[121] Cf. Papa Francisco, Discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, (17-X-2015).

[122] Ibíd.

[123] L. Quinteiro Fiuza, Homilía en la apertura del Año Jubilar de la Misericordia, (13-XII-2015).

[124] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1212.

[125] Cf. Conferencia Episcopal Española. LXX Asamblea Plenaria, La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones, EDICE, Madrid 1998, 3.

[126] Cf. Ibíd., 10.

[127] Cf. Diocese Tui-Vigo, XVI Sínodo Diocesano, 2002-2006, Constitución Sinodal 47.

[128] Papa Francisco, Lumen fidei, 40.

[129] Cf. Ibíd., 46.

[130] Catecismo de la Iglesia Católica, 1655.

[131] Ibíd., 1656.

[132] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 11.

[133] Conferencia Episcopal Española. LXXXI Asamblea Plenaria, Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España, EDICE, Madrid 2003, 63.

[134] Juan Pablo II, Familiaris consortio, 17.

[135] Papa Francisco, Homilía en la Santa Misa de Clausura del VIII Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, (27-IX-2015).

[136] Cf. Conferencia Episcopal Española. LXXXI Asamblea Plenaria, Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España, EDICE, Madrid 2003, 65.

[137] Cf Catecismo de la Iglesia Católica, 1666.

[138] Cf. Diocese Tui-Vigo, XVI Sínodo Diocesano, 2002-2006, Constituciones Sinodales 86-93.

[139] Benedicto XVI, Familia humana, comunidad de paz. Mensaje para la celebración de la XLI Jornada Mundial de la Paz, (01-I-2008), 3.

[140] Benedicto XVI, Discurso a los bispos de Escandinavia en la visita “Ad Limina Apostolorum”, (25-III-2010).

[141] R. Guardini, Sobre la vida de fe, Rialp, Madrid 1955, 125.

[142] Benedicto XVI, Saludo en la vigilia de oración por la beatificación del Cardenal. John Henry Newman en Londres, (18-IX-2010).

[143] Benedicto XVI, Porta fidei, 6. Ver también: L. Quinteiro Fiuza, Homilía con motivo de la Apertura del Año Jubilar de la Fe, (12-X-2012).

[144] Benedicto XVI, Porta fidei, 15.

[145] Pablo VI, Gaudete in Domino, 71.

Mons. Luis Quinteiro
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Don Luis Quinteiro Fiuza, nace en Sabrexo (Vila de Cruces-Pontevedra) en el año 1947. Ingresa en el Seminario Menor de Belvís de Santiago de Compostela en 1958. Unos años después, en 1966, siendo seminarista mayor, comienza sus estudios teológicos en la Pontificia Universidad de Comillas (Santander) y, trasladada esta universidad a Madrid, obtiene el grado de Licenciado en Teología y realiza los cursos de doctorado. En Junio de 1971 es ordenado presbítero en Madrid, en la Iglesia de I.C.A.I. de los Padres Jesuitas. En 1978 va a Roma para ampliar estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana. Durante esta estancia en la Ciudad Eterna, se especializa en Filosofía Contemporánea y realiza varios cursos y seminarios sobre el estudio y pensamiento de Karl Marx En 1981 asiste en Alemania a unos cursos da Hochschule für Philosophie de Munich. Es Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidade Gregoriana de Roma, con una tesis sobre el Realismo Transcendental, en la que obtiene la cualificación de Summa cum laude. En su diócesis de origen ha desarrollado una intensa labor pastoral e intelectual: coadjutor de la Parroquia de San Juan, Director de la Residencia Universitaria “Burgo de las Naciones”, Formador y Profesor del Seminario Menor y Capellán de de la Residencia Universitaria “Padre Míguez” de las religiosas Calasancias de la Divina Pastora. En el año 1982 es nombrado Profesor del Instituto Teológico Compostelano y director del Centro de Formación Teológica de Seglares de la Archidiócesis. En el año 1992 será Director del Instituto Teológico Compostelano y en 1997, Rector del Seminario Mayor de Santiago de Compostela. En 1999 el Papa Juan Pablo II le nombra Obispo titular de Fuerteventura y Auxiliar de Santiago de Compostela, siendo ordenado el 19 de junio siguiente. Su lema episcopal “Beati Misericordes” (Mt 5,7), recoge una de las Bienaventuranzas, en la cual el Señor invita a sus discípulos a recorrer el camino de la misericordia que tiene su punto de partida en la misericordia de Dios manifestada en su Hijo Jesucristo. En el año 2002 se le designa Obispo de Ourense, diócesis en la que ha permanecido siete años. Pertenece en la Conferencia Episcopal Española a la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe y a la de Migraciones; siendo en esta última el Obispo Promotor del Apostolado del Mar. El 28 de enero del presente año se hizo público su nombramiento como Obispo de Tui-Vigo. En la Santa Iglesia Catedral de Tui, toma posesión el día 24 de abril de 2010; y en el día siguiente realiza la entrada en la Con-Catedral de Vigo.