Vía Crucis • Vía Lucis

Ricardo Blazquez Arzobispo ValladolidMons. Ricardo Blázquez        Es un ejercicio de piedad tradicional el Via crucis, practicado particularmente en Cuaresma. En elVía crucis, en el camino de la cruz, nos detenemos en diversas estaciones de la pasión de Jesús, desde la oración en Getsemaní hasta la muerte en la cruz y la sepultura. La pasión del Señor es una escuela de virtudes. Jesús padeció y fue crucificado para redimirnos y darnos ejemplo de vida. En la pasión, recuerda Sto. Tomás de Aquino, nos dio ejemplo de amor, ya que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (cf. Jn. 15, 13). En la cruz nos enseñó la paciencia, que no sólo significa actitud de aguante sino también cargar con la cruz, y cita como iluminación para nosotros unos textos del Nuevo Testamento: Como un cordero fue llevado al matadero sin proferir amenazas y cargando con la ignominia dela cruz (cf. 1 Ped. 2, 21-25; Is. 53, 7.9; Heb. 12, 2-4).

Pondera Sto. Tomás el ejemplo de humildad en el hecho de que el Hijo de Dios, el único Inocente de la historia, fuera juzgado por Pilato que lo humilló, despreció y expuso a la plebe como un rey ridículo (cf. Jn. 18, 28-19, 16). Como ejemplo de obediencia se fijó el doctor angélico en la contraposición entre Adán y Jesús; Adán sospechó que el mandato de Dios era para evitar que el hombre fuera como dios (cf. Gén. 3, 1 ss.); Jesús, en cambio, obedeció humildemente  (cf. Rom. 5, 12-21; Fil. 2, 5-11; Mt. 26, 39-44). La pasión del Señor ha sido lugar evangélico preferido en la meditación de los cristianos. ¿Por qué no convertir en el tiempo de Cuaresma centro de atención el via crucis que todos estamos llamados a recorrer siguiendo a Jesús?

Desde hace algún tiempo se habla también de Via lucis, es decir, el itinerario de luz con que Jesús iluminó nuestra vida. El camino de la luz se detiene particularmente en los acontecimientos pascuales del Señor, en las apariciones como Resucitado, y también en los destellos anteriores de su gloria como en la transfiguración. El Papa Juan Pablo II, añadió a los misterios de gozo, dolor y gloria del Rosario los misterios de luz. Los cristianos no debemos separar la cruz de la resurrección, al Crucificado del Resucitado. En el prefacio de la Misa del domingo II de Cuaresmaproclamamos que “la pasión es el camino de la resurrección”. Si sólo para esta vida hubiéramos puesto nuestra fe en el Crucificado seríamos los hombres más dignos de conmiseración; pero no, Jesús ha resucitado y nos ha abierto el camino de la Vida eterna (cf. 1. Cor. 15, 19-20).

Conviene que relacionemos los misterios de cruz y los misterios de luz no sólo en la forma de sucesión temporal. Podemos unirlos también en cada uno de los momentos de nuestra existencia; esto significa que muriendo con Cristo estamos recibiendo la vida nueva por la comunión con Él. Después de la muerte, así confiamos, recibiremos la plenitud de la vida pero ya desde ahora se siembra y crece en nosotros. La vida nueva surge de la unidad en la fe, el amor y la esperanza con Jesucristo que padeció y fue crucificado, pero que resucitó y está vivo para siempre. Nosotros por el Espíritu Santo vamos siendo partícipes de la victoria del Señor sobre el pecado y la muerte.

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de cuarenta días, que recordando otras cuarentenas de la Sagrada Escritura (el pueblo de Israel cuarenta años peregrinando por el desierto, Moisés y Elías hacia el monte Horeb; Jesús mismo pasó en el desierto orando y ayunando.), recorremos nosotros desde el Miércoles de Ceniza hasta el Triduo Pascual.

La meta, a saber la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor, caracteriza e ilumina el itinerario cuaresmal. La Cuaresma recibe su sentido como camino personal y eclesial por la Pascua. Los cristianos no nos detenemos sólo en el lado oscuro de la muerte; buscamos el lado luminoso como victoria sobre las tinieblas. ¿Qué quiere esto decir para nosotros en concreto?

La Cuaresma es tiempo propicio para la reconciliación de los pecadores, que en la Iglesia antigua tenía lugar el Jueves Santo. Este Año de la Misericordia debe tener una fuerza particular: Dejémonos abrazar por el Dios de la bondad, la misericordia y la fidelidad; dejemos que sea renovado nuestro corazón pasando del endurecimiento a la compasión; recibamos la misericordia para ser misericordiosos con los demás. El envío por el Papa el Miércoles de Ceniza de los Misioneros de la Misericordia significa la solicitud paternal de Dios, dispuesto a perdonarnos. No hay pecador que no pueda ser reconciliado ni pecado que pueda ser perdonado. Por el ministerio de la Iglesia Dios nos ofrece el perdón a todos, de todo y siempre.

Con el perdón de los pecados recibimos la alegría de la salvación. Reconocemos humildemente que Dios tiene razón y que nosotros somos culpables (cf. Sal. 50). La conversión y el perdón de los pecados nos purifica interiormente y nos ilumina el corazón; la gracia del perdón nos invita a cantar las alabanzas de Dios y a proclamar la Buena Nueva del Señor; hay un recorrido que comienza en el reconocimiento de los pecados y la petición de perdón, que pasa por el abrazo del Padre Dios para introducirnos en la fiesta del retorno, y que culmina en capacitarnos para perdonar y ser misericordiosos. El cambio operado nos mueve a servir a los pobres y a evangelizar.

El pecado echa raíces en nosotros en la forma de pensar y de vivir que nos condicionan y a veces esclavizan; estas consecuencias no se erradican con el perdón de los pecados. La purificación, reorientación y renovación de ese fondo torcido y turbio necesitan una fuerza especial de Dios que por el don de la Indulgencia otorgada por la Iglesia nos fortalece en nuestra debilidad.

Deseo a todos un tiempo laborioso y fecundo de Cuaresma. La celebración del misterio pascual será tanto más radiante cuanto más orante y activa por las obras de misericordia sea la Cuaresma. Que en este itinerario recibamos diariamente la luz a través de la cruz. Que la Iglesia se renueve sin cesar por la acción del Espíritu Santo “hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso” (Lumen gentium 9). 

+ Ricardo Blázquez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)