El amor que siembra

agusti_cortesMons. Agustí Cortés      Aunque para una gran mayoría de ciudadanos la Cuaresma no signifique nada, al menos los católicos le damos la bienvenida como lo que es, o sea, un tiempo de profunda renovación. Y nos resulta provechoso comenzar este tiempo de renovación acogiendo un grito de denuncia, que resuena desde el mismo seno de la Iglesia: el grito de quienes pasan hambre. Un grito que encuentra su eco cada año en la campaña de Manos Unidas.

Nos llega un fragmento de un poema de la poetisa Begoña Abad de la Parte, que transpira preocupación y denuncia social:

“Un niño bebe agua

en la misma fuente en la que todos

nos lavamos las manos.”

Este mensaje, que resulta impactante por su sencillez, no tiene ni punto de comparación con las grandes denuncias a los ricos y a la sociedad opulenta, que ha resonado en la Iglesia desde los primeros siglos, hasta el actual Papa Francisco. Los hambrientos tienen sed de lo que nosotros disfrutamos con despreocupación (el agua de la fuente). Es más, nuestro disfrute de los bienes es una conducta, ella misma, inmoral, en la medida en que signifique la inhibición del sufrimiento ajeno (“lavarse la manos”).

¿No es aún más radical la parábola del Rico y el pobre Lázaro, que predicó Jesús, según nos narra el Evangelio de San Lucas (Lc 16,19-31)? Junto con San Agustín, el representante más destacado de la doctrina social de los Padres de la Iglesia, fue San Juan Crisóstomo, en el siglo IV. Predicando sobre este pasaje evangélico decía:

“(Llamáis ladrón al salteador de caminos…) Pues piensa eso mismo de los ricos y avaros. Son como bandidos que saltean los caminos y despojan a los viandantes, y en cuevas y madrigueras, que son sus propias cámaras, soterran las riquezas de los demás” (Hom. 1,12)

La campaña de Manos Unidas de este año obedece al lema “Planta cara al hambre. Siembra”. Nos fijamos en el tono de este mensaje. Va dirigido a las personas, a nosotros, a cada uno. Y, de acuerdo con el estilo de nuestra fe, no se ha de referir tanto “al hambre”, que suena a concepto abstracto, una cosa contra la que hay que luchar, cuanto a “los hambrientos”, las personas con historia y rostro, a quienes positivamente en justicia les hemos de facilitar recursos y alimentar materialmente.

La referencia bíblica más apropiada es aquel mensaje de San Pablo acerca de la colecta a favor de los pobres de Jerusalén:

“Acordaos de esto: el que siembra poco, poco cosecha; el que siembra mucho, mucho cosecha. Que cada uno dé según lo que haya decidido en su corazón, y no de mala gana o a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría.” (2Co 9,6-7)

Nuestra acción a favor del hambriento es semejante a la siembra del labrador. San Juan Crisóstomo añadirá la cita del libro de los Proverbios, que dice: “quien da al pobre le presta a Dios” (Prov 19,17) (Hom. VII,6). Quería decir que la acción a favor del pobre hambriento es una inversión en favor de Dios, el cual sale fiduciario del necesitado. ¿Qué cosecha, qué ganancia, podemos esperar, sino ver al pobre restablecido en su dignidad y que en él Dios mismo sea glorificado?

Enriquecerse a costa de los otros es auténtico robo. Dar al que no tiene es hacer vivir. Quien da con generosidad y alegría es elevado a la categoría de colaborador de Dios creador y redentor.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.