La palabra del silencio

agusti_cortesMons. Agustí Cortés         A las puertas de la Cuaresma hacemos un elogio del silencio. Aunque no deberíamos necesitar la Cuaresma para caer en la cuenta de los valores i la necesidad que todos tenemos del silencio.

Naturalmente, no nos referimos a los silencios negativos, esos silencios forzados, como los que sufren disidentes en grupos ideológicos cerrados o pobres que no tienen voz, o minorías en una opinión pública monocolor. Ni a los silencios enfermizos, de quienes no pueden o no quieren la comunicación franca…

Nos referimos a esos silencios, de los que necesitamos disfrutar urgentemente; esos ratos que, si queremos, podemos reservar diaria o semanalmente. Existe una necesidad humana de silencio “para recuperarnos” del asedio de un exceso de palabras y para afrontar la vida presente o futura consciente, libre y responsablemente.

Estos ratos deberán ser de silencio externo e interno, es decir, de ausencia de ruidos de fuera y de dentro de uno mismo (los ruidos interiores son los más ensordecedores, los más graves). Pero no deberán ser tiempos vacíos. Algunos los recomiendan como método de mera relajación. No está mal. Pero solo eso sería como alguien que pudiera disponer de cien euros y únicamente gastara cinco. Al contrario, el silencio es la gran oportunidad para vivir experiencias de plenitud.

Todavía recordamos la impresionante película – documental “El gran silencio” del director alemán Philip Gröning, rodado en la Gran Cartuja de Grenoble. Este extraordinario documental expresaba, solo con imágenes y sonido, el canto de los monjes, sin palabras ni discursos explicativos, lo que me respondió un joven que había hecho una larga experiencia en una cartuja. Le pregunté qué era lo que más le había impresionado: me contestó “cómo en el silencio, el detalle, el gesto, el objeto, todo lo más pequeño e insignificante adquiere importancia, todo revela su belleza y habla con su voz.”

En efecto, el silencio hace posible que la realidad de fuera entre en nosotros; y que nuestra realidad personal auténtica salga. Eso solo ocurre cuando el silencio nos capacita para escuchar y para hablar. Primero para escuchar. Sería como la mano abierta de quien está dispuesto a recibir: al principio puede parecer solo vacía, frustrante, pero en realidad es la posibilidad única de ser llenada o estrechada por otra mano.

El silencio sirve ante todo para escuchar o recibirse a sí mismo: captar los latidos del propio corazón, esos movimientos interiores que, por ser personales, nos identifican, aunque tantas veces quedan ahogados u olvidados. El silencio es además indispensable para escuchar y recibir a otro, su palabra o su persona. Y, sin duda, es indispensable para escuchar y recibir al Otro, con mayúsculas.

El silencio sirve para que nuestra comunicación sea auténtica, que lo que sale de nosotros responda a lo que realmente somos, sentimos o pensamos. Evitamos así decir tonterías, expresiones o palabras que imitan a otros o que buscan solo alagar, seducir, aparentar; en definitiva, evitamos tantas palabras vacías, esas que nada dicen y nada comunican del que habla.

No nos extraña que los monjes y las personas cristianas acrisoladas en el silencio son hermanos de pocas palabras, pero las que pronuncian están llenas de vida. Da gusto hablar con ellos.

Jesús, dicen los evangelios, se retiraba, él solo, a orar toda la noche (Lc 6,12). La Palabra salió del corazón de Dios, en medio del silencio se hizo carne y en el silencio de la autenticidad y la transparencia volvía a Dios.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 358 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.