Os necesitamos

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora      Sois los hermanos de la familia de la Iglesia, las consagradas y consagrados, los que os habéis jugado la vida por amor a Dios y a los hermanos. En esa aventura habéis recibido de Jesucristo la felicidad en la realización más plenamente humana a la que se puede aspirar en esta Tierra. El término del Evangelio es Bienaventuranza, es decir aventura–buena que se está haciendo permanentemente y que nos indica, al resto de los católicos, que sois como un adelanto, como un aperitivo de lo que estamos llamados todos a gozar por toda la eternidad.

Sin embargo, las monjas y los frailes, (hay que hablar en el lenguaje que el gran público entiende) estáis atravesando una tremenda crisis de número de personas que desde la juventud, como la mayoría de vosotros, quieran dedicar su vida a Dios y a los hermanos en pobreza, castidad y obediencia. Tres términos bien desconocidos en su significado más hondo para muchos de nosotros. Sí, sí, también de nosotros, de una mayoría de los miembros de la Iglesia que, con toda admiración del mundo hacia vosotros, es cierto, no quieren ni oír hablar de consagración en sus familias y que se enfadan con nosotros los sacerdotes si nos atrevemos a sugerir a nuestros jóvenes —hijos, sobrinos o nietos— ese camino de realización humana y cristiana.
Pasado mañana es la Presentación de Jesús en el Templo y actualizaremos ese misterio del Dios hecho hombre. Sí, ciertamente la llegada al Templo de Dios en Jerusalén del Hijo de Dios Padre, y de María, la Virgen, que recibe este anuncio, verdadero jarro de agua fría, del anciano Simeón: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Pues bien en este día lleno de significación la Iglesia celebra la Jornada de la Vida Consagrada en el que caemos en la cuenta de que necesitamos de hermanos que, como María, nuestra Madre, entreguen su vida al Señor pagando el precio de ver sufrir al Hijo en la Cruz.

Un altísimo precio, ciertamente, pues os vemos orantes calladas en la clausura, cuidadores de presos, marginados, ancianos, con niños desahuciados o enfermos y abandonados o agotadas y agotados en el durísimo campo de la educación y enseñanza sin recompensa ninguna en vocaciones que quieran seguir vuestro camino.

Me complace mucho decir siempre que os necesitamos por lo que sois y en menor medida por lo que hacéis, pues ciertamente lo que hacéis ha ido pasando a todos los miembros de la comunidad cristiana: Cáritas, profesores cristianos, voluntarios de la cárcel o de los drogodependientes, pero nos queda tener más y mejores, si cabe, personas consagradas que nos alienten y sostengan con su testimonio de radical entrega a Dios y a la Iglesia, siendo la más clara esperanza de que el Reino de Dios está entre nosotros y es alcanzable. Que la oración y la vida íntegra hacen a la Iglesia y presentan a Jesucristo en su entrega a la Pasión, hasta la muerte y resucitado para la salvación de este mundo que sufre.

Caigamos en la cuenta, mis queridos hermanos todos, del regalo que suponen nuestros hermanos consagrados para la vida de la Iglesia y la urgente necesidad que estamos padeciendo por la ausencia de vocaciones a la realización humana y cristiana más plena que nadie puede soñar.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.