Crónica de las XIV Jornadas Diocesanas de Zamora

Zamora jornadas diocesanas XIVEl pasado viernes 29 de enero terminaron las Jornadas Diocesanas de Zamora, que comenzaron el miércoles día 28, dedicadas a “La familia en el Año de la Misericordia”, y que han contado con gran participación de laicos, sacerdotes y consagrados que se han reunido durante tres días en el salón de actos del Seminario San Atilano para escuchar las ponencias.

La puerta de la afectividad

El encargado de la conferencia de la tarde de ayer fue el sacerdote Lorenzo Trujillo, delegado diocesano para la Formación de Ciudad Real, y que durante mucho tiempo fue rector del Seminario de aquella Diócesis. Explicó que “la gracia de Dios tiene que tener siempre una realidad en la que enganchar”. Y cuando hablamos de la misericordia, fruto de la caridad divina, “engancha con lo que Dios ha creado en el interior del hombre: la afectividad, que va más allá de los sentimientos, que tiene que ver con ser afectados. La afectividad es la ventana por donde entra la caridad divina, y por ello es la puerta de la misericordia”.

Si la misericordia es acercarse al que padece miseria, explicó el sacerdote, “entonces no nace de la inteligencia ni de la voluntad… se refiere siempre a un ser que tiene déficit, que falla en la verdad, en la bondad o en la belleza. Por eso nace en la afectividad, en algo mucho más hondo”.

También afirmó que “desde hace 50 años estamos viviendo una revolución en la afectividad, en los sentimientos. Uno de los puntos clave es que lo que antes era íntimo, privado, cosa de familia, cubierto por el pudor, ahora se convierte en algo público y que se quiere dar a conocer”.

Esto, señaló, trae consigo “un cambio muy fuerte, que consiste en sacar lo íntimo a la calle. Esto tiene un aspecto muy bueno: caen las hipocresías y las corrupciones morales que se callaban”. Sin embargo, también “tiene un peligro, porque es como la erupción de un volcán. La salida de los afectos en tromba arrastra también algo que la educación había orientado: las emociones primarias que compartimos con los animales. La educación era la cubierta que había creado el pudor para que pudiéramos convivir… acabando con esto, por la vía de los afectos, las emociones animales se apoderan del hombre”.

La importancia de ser hijos

Según explicó Lorenzo Trujillo, “el primer botón de la afectividad, la puerta de entrada, es la filiación. Todos somos hijos, y Cristo también era hijo, con una genética, en donde venía todo lo de sus antepasados. Ser hijos es ser agradecidos, saber que la historia no empieza conmigo: yo soy un receptor de algo, lo modifico y lo transmito”.

En la familia se comprueba que “si la filiación se pierde y se deteriora, la convivencia es muy difícil. Hemos sido creados a imagen del Hijo de Dios para ser hijos de Dios”. Pero ahora estamos en una crisis de la filiación, y por ello “la maternidad está en crisis”. El ponente dijo con claridad: “yo sueño con una ciudad en la que haya más niños que perros”. Señaló que “la familia hoy sufre, con divorcios generalizados, lo que hace que los hijos no sean criados como hijos”.

Hablando de las bodas, Trujillo dijo que ahora “se ve que los amigos son los protagonistas, desplazando a la familia. Se trata de la familia nocturna de las personas, no de su familia carnal, que está en crisis”. De esta manera, alertó, “la misericordia peligra, y puede quedarse sin pista de aterrizaje. La afectividad puede sufrir graves trastornos con resultados impredecibles y destructivos. Toda persona con corazón, sensatez y cultura siente que esto es un desafío, la gran tarea de nuestra generación”.

El matrimonio no es fruto de la misericordia

El sacerdote dedicó un segundo momento de la ponencia a explicar cómo “la familia es el lugar de aprendizaje de la misericordia”. Sin embargo, aclaró que “el matrimonio no se realiza por misericordia, sino por atracción y amor erótico. En el enamoramiento se percibe la grandeza del otro, no sus miserias. Claro, el matrimonio tiene la dificultad del tiempo: por un lado es nuestro amigo, y queremos prolongarlo, pero también es nuestro enemigo, porque llegan la rutina y el aburrimiento. Si no tenemos cuidado, el tiempo nos derrota: no sólo físicamente, sino anímicamente”.

En este tiempo “sí hay novedad: cuando el amor erótico pasa por momentos de decaimiento, tiene que intervenir la misericordia, en forma de perdón. Es importantísima: cuando alguien nos perdona, elimina un tipo de pasado y nos abre a un futuro. El perdón es como un nacer de nuevo. Dios no da amnistías, porque en este caso el criminal sigue siéndolo. Perdonar es recrear. Cuando el amor humano cae en un bache, la misericordia es capaz de reconstruir y regenerar”.

Por eso “el matrimonio no es efecto de la misericordia, uno no puede casarse porque se apiada de otra persona”. Aunque “a lo largo de un matrimonio, si no hay misericordia, es muy difícil que se mantenga el amor”. La primera visión de la miseria y de la fragilidad la tenemos de la gente que tenemos más cerca, aquellas personas con las que vivimos, y de las que conocemos sus mentiras… Por ello, “la misericordia descubre una nueva dignidad, unos nuevos valores. Cuando se ama en esa situación, se está resucitando al otro. Es costoso, y a veces cuesta la vida, pero es real”.

Padres, hijos y abuelos

La misericordia no solamente es entre los esposos, señaló Lorenzo Trujillo, sino también entre padres e hijos. “El ejercicio de la ternura de los padres hacia los hijos pequeños es un aprendizaje de misericordia. Y si no se degrada la relación, los hijos van aprendiendo la misericordia de sus padres”. Ser hijos es “ir aprendiendo la misericordia compadeciéndose de los padres. La compasión no es una ofensa cuando nace del amor. Y no digamos los abuelos. Una familia que no ejercite la ternura hacia los abuelos está eliminando la filiación de sus hijos. Si hay abuelos, hay hijos. La relación de los abuelos con los nietos es un tipo de paternidad y de ternura muy especial”.

Los abuelos, afirmó, “son imprescindibles para el matrimonio y la misericordia, y para que la filiación, el sentimiento de hijos, no se pierda. Y para que los abuelos aprendan a recuperar su ser hijos, obedeciendo a sus hijos cuando les toca. La vida está tan bien hecha por Dios, que si la viviéramos correctamente, la misma vida nos educaría en la misericordia desde el núcleo del amor familiar”.

Lorenzo Trujillo aconsejó, en este contexto, que los matrimonios jóvenes participen “en las asociaciones matrimoniales y familiares como la segunda forma para recuperar el parentesco, que es muy importante. Eso lo notan los hijos y los nietos, es algo que los protege. Esos parientes y amigos son un apoyo esencial de misericordia. La reunión de matrimonios es uno de los actos de misericordia familiares más productivos”. Desde los cursillos prematrimoniales habría que aconsejar esto, porque “la familia hoy necesita un entorno, ya que hoy las familias están dispersas”.

La familia, más allá de sí misma

La familia hoy se puede cerrar sobre sí misma, pero el mundo está ahí fuera, tal como recordó el ponente, mirando a la actualidad y a la historia. “La familia endogámica es la creadora de la tribu y el clan, y destruye la ciudad. La ciudad cristiana medieval, heredera de la ‘polis’ griega y de la ‘civitas’ romana, tiene la plaza como lugar de encuentro de todos”. De hecho, recordó cómo ell principal problema de algunos países africanos para acceder a una política libre es la endogamia de las tribus. Esto pervive en Occidente en las mafias, que funcionan con su “pseudo-familia”, y también se da en los partidos políticos.

“La familia abre a la misericordia ejercida más allá de la familia, y a eso nos empuja la fe. Esa apertura a todos de Dios puede crear un cristianismo de fronteras muy difuminadas. ¿Quién es cristiano? No puedo poner fronteras, porque Dios es más grande que todo eso. La familia, educadora en la misericordia, tiene que convertirse en una familia misericordiosa desde el momento del matrimonio. La mesa familiar es una mesa abierta”, explicó.

Dentro del proyecto familiar “hay que pensar qué se hace por los demás, qué se hace para que la ciudad sea humana, para que los poderes no se apoderen de todo… La familia tiene que construir la ciudad. La unidad humana principal no es el Estado ni la autonomía, sino la ciudad, donde se convive en libertad, el ayuntamiento o ‘ajuntamiento’. La familia no se puede quedar en sí misma”.

La familia, imagen de Dios

“Yo también nací en Belén”, dijo de repente, y enseguida aclaró: “pero mi pesebre fue una pila bautismal, de la que me cogió el Padre para decirme que soy su hijo amado. Hemos sido adoptados por Dios, y nuestra vida debe responder a eso. La familia humana debe ser reflejo de la familia divina, la Trinidad, que es una única sustancia en tres amores o personas. El Padre se vacía de sí engendrando al Hijo, el Hijo se vacía de sí entregándose, y el Espíritu lleva el amor entre ellos”.

Si la familia sigue el camino de maduración, “será un icono de la familia divina. A lo mejor los miembros de la familia no lo notan, pero están sembrando en el mundo a la Santísima Trinidad. La casa de la familia es el templo de la Santísima Trinidad, y la mesa es el altar de Dios, y el lecho, y el despacho, y las habitaciones aunque estén vacías porque ya falta alguno”.

La familia es una vocación, y en el fondo “una vocación es una demasía, es un exceso, algo que viene del Espíritu Santo, que es una exageración. No tiene vocación el que cumple sus deberes con cuidado, sino el que inventa deberes para darse el gusto de cumplirlos, como decía Gregorio Marañón. La vocación es la forma en la que uno se entrega, en la que uno deja de ser para que otros sean. Cada uno a su manera, como Dios lo llama”.

Lorenzo Trujillo concluyó su intervención mostrando su deseo de que “el Señor nos conceda despertar a esta forma de ser, a este estilo, a este don de Dios que va más allá de unas obras de misericordia. Es algo que se aprende en la vida y que a veces uno traiciona. Es un año para experimentar el perdón y transmitirlo, para generar misericordia, hasta donde Dios quiera y como Dios quiera. No nos faltará la ayuda del Señor. Estamos en un tiempo crucial en el desenvolvimiento de la historia contemporánea. Nunca ha habido más experiencias que hoy: el Señor está llamando a la puerta. Hay peligros, pero Dios está entrando; dejémoslo entrar en la familia con la misericordia en la mano”.

Clausura de las Jornadas Diocesanas

Al terminar la conferencia, el obispo de Zamora, Mons. Gregorio Martínez Sacristán, subió al escenario para agradecer al ponente su presencia, además de la aportación de los dos ponentes anteriores, y agradeció la asistencia de los zamoranos. Explicitó su intención de que “lo que aquí han sembrado los ponentes quede en nosotros y fructifique para bien de nuestra Iglesia diocesana. Hay todavía campo y posibilidades que nosotros no entendemos ni esperamos, pero Dios actúa. Dejad que Dios actúe a través de vosotros”.

Segunda ponencia de las Jornadas

El día anterior a su clausura, jueves 28 de enero, las Jornadas Diocesanas de Zamora habían ofrecido una ponencia del sacerdote Federico R. Aznar Gil, catedrático de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca, y nombrado recientemente promotor de justicia y defensor del vínculo en la Diócesis de Zamora, que abordó “La reforma del proceso canónico para la declaración de nulidad del matrimonio”.

Una idea apropiada de la nulidad

El experto comenzó su intervención afirmando que “el proceso canónico de nulidad matrimonial, tanto dentro como fuera de la comunidad católica, es visto de una forma negativa, como algo difícil de entender… dándose también una confusión entre nulidad y divorcio”. Además, señaló, “se ve como algo formalista, largo y económicamente costoso. Porque la información que se tiene viene de los medios de comunicación, que vincula estas actuaciones con la gente rica y famosa”.

Otra idea errónea es que se trata de “algo alejado de la pastoral diocesana”. Otras confusiones se refieren al uso de los términos: anulación, nulidad… “Se trata de comprobar si el matrimonio, cuando se celebró, reunía los requisitos para su validez”. Este proceso, entonces, “consiste en averiguar si se daban esos requisitos en el momento en que se celebró el matrimonio”.

Para la Iglesia, “si no ha habido consentimiento válido a la hora de contraer matrimonio, el matrimonio es inválido siempre, y no importa el tiempo que haya transcurrido o si hay hijos”. Las causas de nulidad son múltiples, y los fue detallando el profesor Aznar: “los requisitos canónicos relativos a los impedimentos, a la capacidad de las personas…”. Los motivos en la actualidad para iniciar estos procesos son que uno se siente cristiano, creyente, y por ello le importa la fe. Por eso, explicó, ha descendido tanto el número de solicitudes.

El porqué de una reforma

Según el ponente, la reciente reforma promovida por el papa Francisco “no ha cambiado el concepto del matrimonio ni de la indisolubilidad, sino que ha eliminado ciertos trámites y ha agilizado el proceso para que sea más rápido y eficaz”. Esta idea no sólo es del pontífice actual, sino que se ha manifestado en el Sínodo de los obispos. Y “una preocupación de la Iglesia actual es la situación de los fieles que se han separado y se vuelven a casar por lo civil, quedando en una situación irregular en la Iglesia, ya que se les niega los sacramentos de la penitencia y la eucaristía”.

Por ello se ha planteado como una de las vías de solución la nulidad matrimonial, y los Papas han insistido en facilitar el acceso a los tribunales de estos fieles. “Es lo que Francisco llama la conversión pastoral de las estructuras eclesiásticas. Se pretende facilitar el acceso de estos fieles a los tribunales eclesiásticos”, dijo el ponente.

Sin embargo, “no se trata de rebajar la declaración de nulidad. Los requisitos siguen siendo los mismos. Se pretende acercar a los fieles este proceso, haciéndolo más ágil y menos formalista, gratuito e insertado en la actividad pastoral de la Iglesia, buscando normalizar la situación eclesial de estos fieles”.

El canonista ofreció algunos datos estadísticos sobre el matrimonio en España, donde ya las uniones civiles superan a las canónicas, se ha extendido la convivencia prematrimonial y las uniones de hecho, etc. Puso algunos ejemplos de casos de nulidad matrimonial de épocas anteriores, mostrando el contraste con la situación actual.

Elementos fundamentales de la reforma

En líneas generales, Federico Aznar subrayó dos aspectos: por un lado, “el Papa pone de manifiesto que el juez de la Diócesis es el obispo”. Por otro lado, destaca la “preocupación pastoral por eliminar los obstáculos que impiden a los fieles acercarse al tribunal eclesiástico para que la Iglesia pueda decir una palabra sobre la verdad de su matrimonio”. De esta manera Francisco ha respondido a los deseos de los padres sinodales.

Yendo a los detalles concretos, el ponente volvió a referirse a “la responsabilidad del obispo diocesano, responsable de la potestad judicial de la Diócesis”. La nueva reforma “le da amplias facultades en la configuración del tribunal”. Un tribunal eclesiástico que, por otro lado, “tiene que ser próximo a los fieles”, no una realidad de apariencia inaccesible.

Además, se ofrecen varias posibilidades de crear tribunal. Porque la realidad es que “el problema es poder tener un tribunal diocesano propio, formado por tres jueces clérigos, el obispo puede buscar un tribunal cercano o hacer un tribunal interdiocesano”. Y no sólo eso, sino que “se permite que el tribunal tenga un juez clérigo y los otros dos jueces sean laicos, varones o mujeres. Si no fuera posible, podría haber un juez único (clérigo), con asesores laicos”. En la nueva ordenación del tema, el Papa insiste en la formación, preparación y dedicación de los miembros del tribunal.

También es un aspecto importante “el asesoramiento pastoral y judicial de los fieles, ayudándoles a hacer la investigación. Esto implica en primer lugar al párroco propio, que debería conocer las circunstancias del matrimonio concreto, o al sacerdote que ofició el sacramento”. Por eso se habla de “estructuras como los COF (Centros de Orientación Familiar) u oficinas específicas para asesorar gratuitamente al fiel y ayudarle a preparar la demanda de nulidad. Este servicio debe proporcionarse también en el tribunal”.

Agilidad, eficacia y gratuidad

Federico Aznar afirmó que con la reforma “se han agilizado enormemente los procesos”. Y, además, “está el tema de la gratuidad como tal”. Explicó que en los costes hay que distinguir las tasas que cobra el tribunal y lo que cobran los letrados, abogados, etc. “Hay que tener en cuenta que el proceso de nulidad matrimonial trae consigo unos costes. Las personas que trabajan en ello han de tener una remuneración adecuada si queremos que los procesos se hagan bien. Teniendo en cuenta que los fieles nunca deben ser apartados de solicitarlo por razones económicas, y por ello existe la asistencia jurídica gratuita”.

En esto el ponente expresó su opinión personal: “los fieles han de tener conciencia de su corresponsabilidad en el sostenimiento económico de la Iglesia, según sus posibilidades. Dicho esto, la comunidad diocesana debería hacerse cargo de estos procesos, de forma progresiva, buscando los recursos para ello”.

Para terminar, el profesor Aznar apuntó dos normas novedosas. La primera de ellas es la abolición de la doble sentencia conforme, “ya que hasta ahora hacían falta dos sentencias de nulidad conformes para que fuera ejecutiva la decisión. No tenía mucho sentido, si la causa estaba bien instruida. Basta con una sentencia afirmativa sobre la nulidad del matrimonio para que sea firme y efectiva si no es recurrida, aunque el tribunal puede rechazar los recursos si se ve que sólo tienen intención dilatoria”.

De hecho, añadió, “en el tribunal archidiocesano de Zaragoza he intervenido en casi 3.000 causas de nulidad, y en el 95 % de los casos lo que hacíamos era confirmar la decisión del tribunal de primera instancia”. La otra novedad: el processus brevior o proceso más breve, que se introduce ahora. “Hay causas en los que la nulidad es clara, y la sentencia puede dictarla el obispo directamente”, señaló. Con esto, en conclusión, se pretende conseguir que con el proceso de declaración de nulidad, la potestad judicial eclesiástica se vea más integrada en la pastoral de la Diócesis.

Inauguración y primera ponencia de las Jornadas

En la tarde del 27 de enero comenzaron en el salón de actos del Seminario San Atilano las XIV Jornadas Diocesanas de Zamora, que este año llevan por título “La familia en el Año de la Misericordia”. El encuentro se inició con una oración por la familia que dirigió el vicario de Pastoral, Fernando Toribio.

Las palabras de la inauguración corrieron a cargo del obispo diocesano, Mons. Gregorio Martínez Sacristán, que destacó la importancia de los dos temas que vertebra esta edición de las Jornadas Diocesanas. “Deseo que estos dos temas os sirvan a vosotros y a vuestras parroquias y comunidades”, dijo el prelado a los asistentes, “para que la Iglesia de Zamora siga adelante en el Señor, rica en misericordia y en gracia”.

Agradeció la disponibilidad de los tres ponentes, “personas de cierta altura y nivel”. De hecho, destacó, “tenemos esta tarde entre nosotros a alguien que ha participado en el Sínodo, así que nos lo trae de primera mano”. Y es que la primera conferencia corrió a cargo de Carmen Peña García, profesora de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia Comillas y consultora en el Sínodo para la Familia que se ha celebrado en el pasado mes de octubre en Roma.

Un Sínodo novedoso y con gran repercusión

Con el título “El Sínodo de la Familia: aportaciones y retos”, la ponente resumió los aspectos principales de esta asamblea de obispos de todo el mundo, que “concluyó un camino de reflexión eclesial de dos años, con una notable repercusión mediática y eclesial”. Recordó que “el Sínodo es una reunión de obispos con carácter consultivo y no legislativo, ya que su función es asesorar al Papa”.

“Este Sínodo ha abordado un tema de singular trascendencia para las personas y para las comunidades cristianas. Sus propuestas y debates han revitalizado esta temática, tanto entre especialistas (teólogos, canonistas…) como a nivel de agentes pastorales, movimientos, parroquias… que han puesto a la familia en el centro de la atención eclesial”, destacó.

El Papa convocó este Sínodo de una forma singular, ya que lo hizo en dos convocatorias: una extraordinaria y otra ordinaria (en los años 2014 y 2015). “Me parece un gran acierto haber hecho esto, ya que el Sínodo ha tocado una cuestión de gran importancia, dando tiempo para madurar las ideas, profundizar en las cuestiones más complejas… y para que el Espíritu ilumine a su Iglesia”.

Otra característica que destacó del Sínodo es “la profunda renovación en el modo de actuar, involucrando al mayor número de fieles, por ejemplo con la publicación del cuestionario previo, con el que se invitó a participar a todos los fieles en los trabajos preparatorios”. Lo que ha permitido tener muchas aportaciones y percepciones “que han enriquecido la redacción de los documentos iniciales”. Por eso ha sido “una dinámica muy participada y novedosa”.

Una Iglesia que se revisa

Más que un Sínodo sobre la familia “ha sido un Sínodo sobre la Iglesia en su relación con la familia y las familias”, para que “desde la mirada amorosa y la escucha atenta pueda hacer una revisión profunda e incluso autocrítica de su propia praxis pastoral”, no un mero juicio externo o una revisión sociológica. Teniendo en cuenta que “las familias son las primeras evangelizadoras”.

Carmen Peña expresó su satisfacción por haber podido participar en la asamblea sinodal y contó algunos detalles de su funcionamiento interno y su desarrollo. Ella participó en calidad de experta o auditora. De los dos documentos finales del Sínodo la ponente extrajo la conclusión de haberse dado una progresión y “una línea clara de unión entre las dos asambleas, abriendo valiosas vías de reflexión pastoral, de actuación y cambio de actitudes”.

Una mirada profética y esperanzada

De estos documentos, culminación de los trabajos sinodales, la canonista destacó algunos rasgos principales. Lo primero que subrayó fue “una preocupación real por estar muy cercanos a la situación real de las familias en sus diócesis”, algo que responde a “intervenciones de los obispos muy pegadas a la realidad, al terreno, nada teóricas”.

Ahí se ve que “hay claramente una descripción de denuncia social, una denuncia profética, un compromiso por la justicia”, ya que se cuestionan algunos elementos culturales peligrosos para la familia, además de algunas injusticias socioeconómicas que amenazan a la institución familiar. Esto supone “una llamada a implicarnos para cambiar esa situación”, también en la promoción de leyes que defiendan a las familias y a las personas.

Además, la mirada es esperanzada, “una mirada que quiere destacar lo positivo de las nuevas realidades familiares, y cómo puede servirnos para que se desarrollen y tengan una mayor presencia, llevando al final a una evangelización de la sociedad”. Entre estos elementos positivos, una marcada presencia de “la promoción de la dignidad de la mujer, en la cual la Iglesia puede ser una voz profética”. Se destaca también “la revalorización del papel de la mujer dentro de la vida eclesial”.

Entre estas cuestiones positivas, los documentos sinodales señalan “la formulación de los papeles de la mujer y del varón dentro de la familia”, con una reflexión sobre este último: cuál debe ser el papel del varón en la vida familiar, la educación de los hijos, etc. “El papel del varón se ha redimensionado para bien”, afirmó Peña García. Todo ello son “luces de la familia actual que la Iglesia lógicamente acoge y promueve”.

También apuntó al “desarrollo afectivo de los jóvenes” como un elemento fundamental, algo que se aprende en la familia, que es “el espacio pedagógico primario, el núcleo primordial de socialización, de aprender a amar y sentirse amado”. Junto con esto, también hay una labor en las parroquias, escuelas, movimientos… “un amplio campo para formar a los jóvenes en la afectividad, el compromiso y los valores. Aquí nos jugamos mucho”.

La familia, imagen del amor del Dios Trinidad

Otra idea que se resalta en los documentos es la centralidad del amor en la vida matrimonial y familiar: “la familia aparece como icono del Dios amor, de la Trinidad, fuente del amor mutuo en las personas”. Se trata, pues, de una “revalorización teológica de la familia misma, no sólo del matrimonio, una clave que puede permitir una fundamentación teológica más fuerte que la que se ha hecho hasta ahora sobre la familia”.

Además, el Sínodo ha querido “mostrar la belleza de la vocación matrimonial y familiar, que responde a la vocación de la persona”, lo que exige un cambio del lenguaje, ya que “la belleza no se explica, sino que se muestra”. De esta forma, son las familias las que tienen que mostrar la belleza de su opción y de su vocación. Se trata de “un reto importante, que nos exige una renovación del lenguaje, que en ocasiones no es significativo para los jóvenes”.

Formar y acompañar matrimonios

En esta línea, afirmó Carmen Peña, se insistió en un planteamiento más vocacional en la formación para el matrimonio. Por eso la ponente se fijó en la importancia de los cursos prematrimoniales y de lo que deben suponer como proceso catequético, insertados en la pastoral juvenil. “Esto va a exigir no sólo una renovación profunda de la preparación inmediata para el matrimonio, sino que se haga un camino de formación remota, donde además del sacerdote debe haber familias que acompañen”.

Otra idea importante del Sínodo es la del acompañamiento “a todas las familias”, más allá de la pastoral de preparación de los sacramentos. “Hay que acompañar a los jóvenes no sólo en la formación para el matrimonio, sino también cuando ya se han casado, ayudándolos en sus dificultades, en su progresión en su vida de fe y de familia”. Son las otras familias y los otros matrimonios los que deben encargarse de esto, saliendo del ensimismamiento.

Un acompañamiento que “es particularmente importante en los momentos de crisis”, y que “exige que centremos nuestros esfuerzos en la prevención del fracaso matrimonial”. En ocasiones esto supondrá una intervención más profesional, con “vías de mediación y orientación para tratar los conflictos antes de que sea demasiado tarde”. Por ello la ponente destacó la importancia del trabajo de los Centros de Orientación Familiar (COF).

Salir al encuentro de las situaciones de ruptura

Y si a pesar de todos los esfuerzos se produce la ruptura conyugar definitiva, es necesario “buscar caminos pastorales nuevos para salir al encuentro de estas situaciones y fragilidades”, algo que ha tenido una presencia muy relevante en el Sínodo. Esto ha de hacerse “desde un acompañamiento paciente, desde una escucha sanadora, desde el respeto, lo que supone un cuidadoso discernimiento de las situaciones, sabiendo que son muy variadas”.

Se ha insistido en el Sínodo en que “la misericordia no se opone a la verdad del evangelio, y no supone una rebaja en la doctrina”. El acompañamiento se ha de hacer desde la conciencia de que “la Iglesia no es una aduana, sino una madre que acoge, cargando sobre sí a las personas heridas”. Por ello, destacó Carmen Peña, “no se puede confrontar misericordia y evangelio”.

Recordó que las personas divorciadas civilmente que no han vuelto a casarse, no están en una situación irregular, sino que “pueden ser testigos de la fidelidad conyugal, por lo que pueden participar en los sacramentos, incluida la eucaristía, y pueden participar en la vida de las comunidades e incluso tener responsabilidades”.

Los divorciados vueltos a casar

Más delicada y compleja es la situación de los divorciados vueltos a casar o con una unión de hecho, ante lo que “hay que hacer un discernimiento atento, evitando todo lenguaje discriminatorio, promoviendo su participación en la vida de la Iglesia”, pero sabiendo que se trata de una situación objetivamente irregular. “Estos fieles no están excomulgados, pueden y deben participar en la vida de la Iglesia y educar en la fe a sus hijos”.

Por ello el Sínodo “ha llamado a la revisión de las posibilidades de participación de estos fieles en la vida de la Iglesia, haciendo un cuidadoso discernimiento”. Junto a la clave del acompañamiento, la otra importante es “la integración de estas personas en la Iglesia”, viendo que la responsabilidad de las personas no es la misma en todos los casos.

Otra cuestión que destacó la ponente, como canonista, es que en esta pastoral de los divorciados vueltos a casar “hay que buscar caminos nuevos, pero es importante hacer uso de los remedios clásicos que existen, como el estudio de la posible nulidad del primer matrimonio”, aunque hubo aspectos críticos, como la agilización de los procesos canónicos.

Por eso un fruto adelantado del Sínodo ha sido la reforma de los procesos de nulidad, ordenada por el papa Francisco, “algo que redimensiona el papel del obispo como juez de la diócesis y la función del tribunal eclesiástico en la pastoral, dando respuesta a las situaciones dolorosas de las personas”.

En definitiva, concluyó Carmen Peña, “esta dinámica del Sínodo en dos años, sus documentos y las decisiones posteriores, abren nuevas vías de trabajo en favor de las familias, posibilidades pastorales y líneas de profundización. Es importante desarrollar con creatividad, con prudencia y con sentido pastoral acciones que ayuden a aplicar las intuiciones del Sínodo ante las necesidades de la familia en el mundo actual, en la situación española y en la Diócesis de Zamora, lo que requerirá audacia y trabajo. Nos jugamos mucho en el tema de la familia, tanto en la Iglesia como en la sociedad”.

(Diócesis de Zamora)

 

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