Muestra que Dios es misericordia y no división

carlososoro1Mons. Carlos Osoro        Cuando estábamos reunidos en un acto ecuménico en la catedral de la Almudena este lunes, 25 de enero, como clausura de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos –unidad que es el gran deseo de Cristo, que todos los discípulos seamos uno–, vino a mi mente el día en que el Papa Francisco me entregó el palio, como signo de la responsabilidad que me daba como sucesor de Pedro al nombrarme arzobispo de Madrid. Y también cuando el nuncio del Papa me lo impuso en la catedral. La entrega y la imposición requerían de mí asumir que os tenía que acompañar como el Señor lo hace. Y quiero haceros llegar la respuesta que yo me daba y la petición que le hacía al Señor en la fiesta de la Conversión de san Pablo. Me preguntaba a mí mismo: ¿Qué simboliza el palio en esta responsabilidad de arzobispo en la Iglesia de Jesucristo? ¿Cuando me pusieron sobre los hombros el palio y cuando sigo poniéndolo en las celebraciones, qué me está recordando? Y me respondía: ese símbolo y gesto me tiene que hacer recordar toda mi vida que el pastor debe poner sobre sus hombros a los hombres y, muy especialmente, a quien más perdido esté y a quien más lo necesite por el motivo que fuere, para llevarle por el camino por el que llegue a su casa. Es el lenguaje que utilizó el Señor, para que llegue y esté en el redil. Los Padres de la Iglesia siempre vieron en esta imagen a toda la humanidad, a todo ser humano que se ha perdido y no encuentra el camino de su casa. Por el camino del amor, de la entrega de su vida hasta la muerte, el Buen Pastor que es Jesucristo nos lleva a su casa. Participar en esta tarea es la gran ocupación que debe tener el pastor. Ayudadme a realizarla.

Cuando me pongo el palio, siento que el Señor me hace esta pregunta: ¿Llevas también contigo a todos aquellos que me pertenecen, es decir, a todos los hombres? ¿Llevas a todos los que te he dado? ¿Los llevas a mí, a Jesucristo? De tal manera que el palio se convierte en un símbolo de amor al Buen Pastor y de amar al hombre como Él. Dios es misericordia, así nos lo revela Jesucristo con su propia vida. Recuerdo haber leído en uno de los sermones de san Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, la explicación que daba a los cristianos de cómo y quién era Dios para los hombres. Decía así: «Habéis oído y dicho vosotros de Dios que es Todopoderoso, Omnipotente, Creador, etc., pero fijaos bien, cuando Dios ha querido decir a los hombres quién es y cómo tenemos que ser nosotros, nos ha revelado y se ha manifestado como Padre Misericordioso y nos ha mostrado en el Hijo su rostro verdadero, el de la Misericordia».

Es un deseo del Señor que se nos torna necesario para realizar la misión que Él entregó a su Iglesia. La misericordia engendra unidad, nos hace comprender mejor lo que Dios quiere de nosotros. Sin unidad, sin comunión plena, no hay un anuncio creíble del Evangelio para los hombres. Si nuestro corazón y nuestra mente están abiertos al Espíritu de comunión, Dios puede obrar milagros en su Iglesia, restaurando los vínculos de unidad en una situación histórica en la que tanta falta hace. Os pido que me ayudéis a llevar el palio. Convencidos de que la unidad la da Jesucristo, descubramos en este Año de la Misericordia lo que el decreto del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo pone de relieve cuando nos dice que, si los cristianos no nos conocemos mutuamente, no puede haber progreso en el camino de la comunión.

El Papa Francisco nos alienta a vivir con el rostro de la misericordia de Cristo. Y nos dice que si los cristianos realizamos, vivimos y pasamos por las cuatro estaciones necesarias para vivir en, por y con la misericordia de Jesucristo, como son no juzgar, no condenar, perdonar y dar, podremos restaurar la unidad y la comunión en la Iglesia y construiremos la cultura del encuentro. Pidamos al Señor su misericordia; pidamos vivirla con la intensidad y la fuerza que solamente Él puede dar; pidamos siempre que el Señor arranque de lo más profundo de nuestra vida un grito con el que le digamos: ¡Danos tu rostro de misericordia! ¡Elimina de nuestra vida todo aquello que divida, rompa y no haga posible el encuentro de los hombres!

Acojamos, cultivemos y anunciemos la misericordia, que es el amor mismo de Dios. Lo que el Señor nos pidió a los discípulos fue que viviésemos como mandamiento nuevo su amor entre nosotros. Un amor que va acompañado de gestos coherentes, que crea confianza, que hace posible que se abran los corazones, los ojos, los oídos, las manos. Que nos introduce en un diálogo de amor, de caridad, de misericordia, que provoca necesariamente el vivir en el diálogo de la verdad. Es cierto que la unidad y la comunión son esencia de nuestra identidad y, por tanto, de nuestro ser de cristianos. Esa esencia nos la entregó el Señor el día de nuestro Bautismo al darnos su misma Vida. Pero nos sucede como al apóstol, «que hacemos lo que no queremos y queremos lo que no hacemos». El tesoro precisamente es eso que puso el Señor en nosotros: «su amor, su misericordia, su unidad y la comunión»; pero la vasija que cada uno de nosotros somos, se rompe y hace que estropeemos lo que tan bellamente puso Él en nuestra vida, su Vida que es «misericordia y no división», es decir, «unidad y comunión».

¡Qué maravilloso es entrar en conversación y escucha de san Pablo! Según el apóstol, los discípulos de Cristo estamos llamados a la misericordia con el Hijo, y precisamente este es el motivo por el que se llama al Padre fiel o justo: «Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, Señor Nuestro» (1 Cor 1, 9). Así, todos los creyentes somos compañeros de Cristo, en una misericordia que está en el presente y se desarrolla, en una misericordia que se realiza mediante la fe, en una comunión que se lleva a cabo en una misión de vida con Él. Precisamente el momento de esta unión es el Bautismo, en el que se con-muere con Cristo para con-resucitar con Él. Es una misericordia-comunión que se crea y recrea también en la Cena del Señor, en el Misterio de la Eucaristía.

Sin «espiritualidad de misericordia-comunión» no hay «evangelización» y tampoco hay verdadero ecumenismo. De tal manera que la misión nos está exigiendo la misericordia y la comunión. La comunión que se tiene en la fe con el Padre y el Hijo solo puede expresarse en la misericordia con los hermanos. Es necesario volver a leer y meditar Jn 14, 20-23: «Aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. […] Si uno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a Él y moraremos en él». Y también Jn 15, 4: «Permaneced en mí como yo en vosotros. Si un sarmiento no permanece en la vid, no puede dar fruto solo; así también vosotros, si no permanecéis en mí». Y de la misma manera Jn 17, 21: «Para que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». Descubrir y experimentar que Cristo está en nosotros, que damos fruto y servimos tanto en cuanto permanecemos en Él, y que la credibilidad en este mundo pasa por ser uno en Él, se convierte para nosotros en petición constante al Señor. La misericordia es tarea y es misión.

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos Osoro,

Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.