Vigilia ecuménica en la parroquia de San Felipe Neri en Málaga por la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado

Málaga emigrante
Alain Diabanza. Fotografía: B. Lafuente

La Diócesis de Málaga celebra la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado este viernes, 15 de enero, a las 19.00 horas, con una vigilia ecuménica en la parroquia de San Felipe Neri de la capital. La jornada concluirá con una marcha al Centro de Refugiados (CEAR).

Alain Diabanza tenía 24 años cuando decidió salir de la República Democrática del Congo. «Mi país lleva muchos años en guerra, desde la independencia, vivimos en una guerra intermitente. Hemos vivido la guerra del petróleo, la del diamante, la del oro y actualmente estamos sufriendo la guerra del coltán, un material que se usa para fabricar los teléfonos móviles y las televisiones de plasma. Se calcula que el Congo tiene el 80% de este material a nivel mundial, pero desde que empezó esta guerra llevamos más de ocho millones de muertos y los refugiados son muchos más. Esta situación hace que en lugar de tener un país rico, tengamos un país de miseria, donde los asesinatos y las violaciones de los derechos humanos son constantes. El pueblo no está viviendo, está sobreviviendo».

Becado por la iglesia

Perteneciente a una familia humilde, aún más empobrecida con las guerras, Alain explica que tuvo «la suerte de estudiar con una beca de la Iglesia Católica, gracias a la Diócesis de Matadi (en la provincia de Bas-Congo) donde yo vivía. Eso me permitió ir a la universidad, donde me licencié en Filología Francesa y comencé a trabajar en un colegio católico. Pero la situación de la enseñanza es muy difícil, son muchos los profesores asesinados o perseguidos. Esto, unido al hambre y la continua violación de los derechos humanos, hizo que en 2002 tomara la decisión de marcharme. Pero con 40 euros al mes que cobraba, sólo pude permitirme llegar a Angola, donde me dediqué a dar clases particulares de francés a los niños de las familias ricas. Así, gané bastante dinero para poder comprar un billete de avión hasta Senegal y de allí, me fui a Marruecos. La mayoría de la gente hace la ruta andando o en autobús de un país a otro. Generalmente, cuando llegamos a un país, nos instalamos, trabajamos unos años en la construcción o en trabajos pesados para conseguir dinero y poder viajar al próximo país. Yo conozco a gente que ha tardado hasta 10 años en llegar a Marruecos. Pero se trata de un viaje peligroso, porque hay muchas mafias. Cuando llegué a Marruecos ya no tenía dinero, lo había gastado todo en el billete de avión y ahí empezó mi segundo calvario, porque no sabía dónde iba a vivir. Empecé a buscar en la calle a los subsaharianos y encontré a un congoleño, que se iba a la montaña porque no podía permitirse vivir en Rabat. Entonces le dije: “me voy contigo”. Me fui a la montaña sin nada, y allí encontré a más de mil personas viviendo como animales. Dormíamos en unas tiendas de campaña fabricadas con bolsas de plástico en torno a un árbol, sujetas con piedras para que no se las llevara el viento. La comida la conseguíamos gracias a la mendicidad. Todos los días uno de nosotros bajaba a la ciudad a pedir comida. Allí nos daban patatas, tomates… ».

(Beatriz Lafuente – Diócesis de Málaga)

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