La Iglesia de Asturias, con los inmigrantes

Oviedo FermínEste domingo se conmemora la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado, con el lema “Emigrantes y refugiados nos interpelan. La respuesta del Evangelio de la Misericordia”. Para celebrarlo en la diócesis tendrá lugar una Eucaristía a las 13 horas, en la parroquia de San José de Gijón

El Secretariado de Migraciones de la diócesis de Oviedo, con su directora al frente, la religiosa de María Inmaculada Alicia Fernández Pérez, realiza una importante labor con los inmigrantes que llegan hasta nuestra región, en colaboración con Cáritas y otras instituciones. Su labor se enriquece con el apoyo de numerosos voluntarios que acuden para ofrecer su tiempo y sus conocimientos, como es el caso del sacerdote jesuita Fermín Rodríguez Sampedro, que imparte, desde hace años, clases de español a extranjeros.

¿Cómo comenzó su relación con el mundo de la inmigración?

Yo siempre he estado implicado en el campo social. Estuve muchos años en China, allí trabajaba para marginados, y en el mundo de la inmigración ha sido muy importante para mí porque el que fue mi compañero y fundador de las obras allí era un jesuita de Gijón, el padre Luis Ruiz, que empezó precisamente con refugiados de la China continental en Macao.

Los jesuitas tienen una especial relación con el mundo de los inmigrantes y los refugiados.

Sí, hay una gran sensibilidad  en la Compañía, porque el padre Arrupe fundó el Servicio de Refugiados y de una manera u otra todos los jesuitas en formación tienen que pasar por experiencias con refugiados en Asia o en África, sobre todo. Uno de ellos fue, por ejemplo, Quique Figaredo, que comenzó con los refugiados camboyanos en Tailandia y de allí ya saltó a Camboya y fundó la obra tan conocida.

Después, en Oviedo, comenzó su labor con el Secretariado diocesano de Migraciones.

Cuando conocí a la hermana Alicia Fernández, directora del Secretariado de Migraciones de la diócesis, y vi la obra que está haciendo, en contacto directo con inmigrantes, le ofrecí colaborar con mucho gusto.

El contacto lo hice porque el colegio San Ignacio implantó unos servicios sociales que tienen que hacer todos los alumnos en una etapa de Bachiller. Un grupo de esos chicos venían a dar clases de apoyo a inmigrantes, y ahí fue donde yo empecé. Doy clases de español, donde aprenden por medio de diálogos, y les enseño lo básico para que puedan encontrar trabajo, aunque luego la hermana les prepara en otros ámbitos, especialmente en el servicio doméstico.

¿Cuántas personas habrán pasado ya en estos años?

Mucha gente. Quizá 60 ó 70. Y de numerosas nacionalidades: hay rumanos, marroquíes, africanos de Nigeria, Costa de Marfil, de varios lugares. Hay también gente del Este, por ejemplo de Letonia, de Crimea, eso es lo que más.

¿Cómo se planteó las clases, con unos alumnos de procedencias tan variadas? 

Mi idea al principio era algo con más metodología, enseñarles el vocabulario mínimo para poder trabajar, y conversaciones sencillas. Pero me doy cuenta de que este método no da grandes resultados. Sin embargo, entre las clases y entre lo que ellos se mueven, la televisión, acaban aprendiendo lo suficiente como para comunicarse. Así que tenemos, sobre todo, conversaciones. Hablamos de sus familias, su situación, de cómo están aquí… y acabas creando un clima que ellos aprecian porque se sienten escuchados, atendidos, hacen amistad con otros, etc.

Será una manera de descubrir sus principales dificultades y preocupaciones.

Sí, porque han sufrido mucho. Hay gente de todo tipo: gente que ha venido en pateras y llegar hasta aquí les ha supuesto un auténtico calvario; gente que viene de circunstancias de guerra, porque África tiene muchas dificultades, es un sitio muy desconocido para nosotros; gente que ha venido con el colchón de algún familiar, y gente, como los rumanos, que me recuerdan a los españoles en los año 60, que salíamos para buscar una vida mejor. Las motivaciones son principalmente el dinero, ahorrar y ayudar a las familias en sus países, porque tienen una solidaridad muy grande con su familia, el poco dinero que tienen lo reparten con sus familias allí.

(Arzobispado de Oviedo)

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