“Emigrantes y refugiados nos interpelan. La respuesta del Evangelio de la Misericordia”

Mons Celso MorgaMons. Celso Morga         Si ha habido un acontecimiento que ha ocupado grandes espacios en todos los medios informativos y que ha conmovido a la sociedad durante el pasado 2015 no cabe duda que ha sido el drama de los refugiados y la inmigración.

Estamos siendo testigos, casi en directo, gracias a lo que todos los medios de comunicación han coincidido en calificar como el peor drama humanitario desde la segunda guerra mundial. Drama que ha removido conciencias y ha movilizado a distintos sectores sociales reivindicando a los gobiernos y a los políticos la debida atención y las necesarias soluciones para dar fin a tanto sufrimiento.

Como Iglesia tampoco podemos ser indiferentes ante el grito de aquellos que sufren, por eso el Papa Francisco ha querido dar una importancia especial, en este año santo de la misericordia, a la jornada mundial del emigrante y refugiado de este año bajo el lema: “EMIGRANTES Y REFUGIADOS NOS INTERPELAN. LA RESPUESTA DEL EVANGELIO DE LA MISERICORDIA”.

El Santo Padre recoge en su discurso con motivo de esta jornada, en qué consiste el drama de la inmigración y cuál debe ser nuestra respuesta como creyentes y como Iglesia:

“En nuestra época, los flujos migratorios están en continuo aumento en todas las áreas del planeta: refugiados y personas que escapan de su propia patria interpelan a cada uno y a las colectividades, desafiando el modo tradicional de vivir y, a veces, trastornando el horizonte cultural y social con el cual se confrontan. Cada vez con mayor frecuencia, las víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen, sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor. Si después sobreviven a los abusos y a las adversidades, deben hacer cuentas con realidades donde se anidan sospechas y temores. Además, no es raro que se encuentren con falta de normas claras y que se puedan poner en práctica, que regulen la acogida y prevean vías de integración a corto y largo plazo, con atención a los derechos y a los deberes de todos. Más que en tiempos pasados, hoy el Evangelio de la misericordia interpela las conciencias, impide que se habitúen al sufrimiento del otro e indica caminos de respuesta que se fundan en las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, desplegándose en las obras de misericordia espirituales y corporales.”

Esta situación de tantos hombres y mujeres que sufren, como continua diciendo el Papa en su discurso, nos plantea retos:

¿Cómo vivir estos cambios de manera que no se conviertan en obstáculos para el auténtico desarrollo, sino que sean oportunidades para un auténtico crecimiento humano, social y espiritual…?

¿Cómo hacer de modo que la integración sea una experiencia enriquecedora para ambos, que abra caminos positivos a las comunidades y prevenga el riesgo de la discriminación, del racismo, del nacionalismo extremo o de la xenofobia?

Y, sin embargo, no cesan de multiplicarse los debates sobre las condiciones y los límites que se han de poner a la acogida, no sólo en las políticas de los Estados, sino también en algunas comunidades parroquiales que ven amenazada la tranquilidad tradicional.

Ante estas cuestiones, ¿cómo puede actuar la Iglesia si no inspirándose en el ejemplo y en las palabras de Jesucristo? La respuesta del Evangelio es la misericordia…

Así mismo, cada uno de nosotros es responsable de su prójimo: somos custodios de nuestros hermanos y hermanas, donde quiera que vivan. El cuidar las buenas relaciones personales y la capacidad de superar prejuicios y miedos son ingredientes esenciales para cultivar la cultura del encuentro, donde se está dispuesto no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. La hospitalidad, de hecho, vive del dar y del recibir.

En esta perspectiva, es importante mirar a los emigrantes no solamente en función de su condición de regularidad o de irregularidad, sino sobre todo como personas que, tuteladas en su dignidad, pueden contribuir al bienestar y al progreso de todos, de modo particular cuando asumen responsablemente los deberes en relación con quien los acoge, respetando con reconocimiento el patrimonio material y espiritual del país que los hospeda, obedeciendo sus leyes y contribuyendo a sus costes.

A pesar de todo, no se pueden reducir las migraciones a su dimensión política y normativa, a las implicaciones económicas y a la mera presencia de culturas diferentes en el mismo territorio. Estos aspectos son complementarios a la defensa y a la promoción de la persona humana, a la cultura del encuentro entre pueblos y de la unidad, donde el Evangelio de la misericordia inspira y anima itinerarios que renuevan y transforman a toda la humanidad.”

Pero si es verdad que hay que atender el aspecto humano, habría que examinar las causas en origen que provocan esta situación:

“La Iglesia apoya a todos los que se esfuerzan por defender los derechos de todos a vivir con dignidad, sobre todo ejerciendo el derecho a no tener que emigrar para contribuir al desarrollo del país de origen. Este proceso debería incluir, en su primer nivel, la necesidad de ayudar a los países del cual salen los emigrantes y los prófugos. Así se confirma que la solidaridad, la cooperación, la interdependencia internacional y la ecuánime distribución de los bienes de la tierra son elementos fundamentales para actuar en profundidad y de manera incisiva sobre todo en las áreas de donde parten los flujos migratorios, de tal manera que cesen las necesidades que inducen a las personas, de forma individual o colectiva, a abandonar el propio ambiente natural y cultural. En todo caso, es necesario evitar, posiblemente ya en su origen, la huida de los prófugos y los éxodos provocados por la pobreza, por la violencia y por la persecución.”

Concluye el Papa advirtiendo: “Sobre esto es indispensable que la opinión pública sea informada de forma correcta, incluso para prevenir miedos injustificados y especulaciones a costa de los migrantes.

Los prófugos de nuestro tiempo escapan de estos crímenes aberrantes, que interpelan a la Iglesia y a la comunidad humana, de manera que ellos puedan ver en las manos abiertas de quien los acoge el rostro del Señor “Padre misericordioso y Dios te toda consolación” (2 Co 1,3).”

Podemos constatar la riqueza y el gran servicio que muchos inmigrantes aportan a nuestra sociedad; de una forma especial reconocemos a muchos de ellos que como cuidadores de niños y ancianos, están dando calidad y calidez humana, siendo indispensables colaboradores para muchas familias.

Como Iglesia diocesana queremos que se sientan miembros de esta familia de fe que supera fronteras y diferencias territoriales, étnicas y culturales y con su espacio en esta casa de puertas abiertas.

También, desde nuestra Iglesia de Mérida–Badajoz se ha creado, de manera conjunta entre distintos grupos, movimientos e instituciones que comparten la sensibilidad sobre esta realidad de la inmigración y refugiados (Delegación diocesana de migraciones, CONFER, Entre Culturas, CÁRITAS y otros) la plataforma “Iglesia en acogida”, como espacio de reflexión y de elaboración de propuestas para atender y dar respuesta a las situaciones que vayan surgiendo ante la realidad de los inmigrantes y refugiados en nuestra Archidiócesis.

Somos conscientes que no tenemos los recursos ni herramientas para solucionar esta problemática que quizá le compete más a los estados y gobiernos, pero si es el momento de poner en práctica aquella invitación de Jesús: “…porque fui forastero y me acogisteis” (Mateo 25,35).

+ Celso Morga Iruzubieta

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Celso Morga Iruzubieta
Acerca de Mons. Celso Morga Iruzubieta 63 Articles
Mons. Celso Morga Iruzubieta nació en Huércanos, La Rioja, el 28 de enero de 1948. Completó sus estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Logroño y fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1972. Posteriormente, cursó la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Doctorado en 1978.morga_iruzubieta_celso Más tarde desarrolló su labor pastoral en diversas parroquias de La Rioja y fue vicario judicial adjunto del Tribunal Diocesano entre 1974 y 1980. Ese año se trasladó a Córdoba (Argentina) para impartir la docencia de Derecho Canónico en el Seminario Archidiocesano. También ejerció de juez en el Tribunal Eclesiástico y de capellán de un colegio religioso. A su regreso a España en 1984, le nombraron párroco de San Miguel, en Logroño, y en 1987 fue llamado a Roma para trabajar en la Congregación para el Clero, el dicasterio vaticano que se ocupa de los asuntos que se refieren a la vida y ministerio de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo. Allí ha trabajado de jefe de Sección y, desde noviembre de 2009, de subsecretario, cargo que ha ocupado hasta su nombramiento de secretario y Arzobispo titular de Alba Marítima, siendo ordenado obispo por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro el día 5 de febrero de 2011. Además de su responsabilidad en la Curia Romana, Mons. Celso Morga ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la capital italiana, entre ellas la parroquia de los Santos Protomártires Romanos. Es autor de algunos libros de teología espiritual y ha publicado varios trabajos sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes, en L’Osservatore Romano y otras revistas. En la Conferencia Episcopal Española es miembro, desde noviembre de 2014, de la Comisión Episcopal del Clero.