El valor del tiempo

jimenezzamoravicenteMons. Vicente Jiménez            Queridos diocesanos:

El día primero de enero estrenamos un nuevo año. ¡Feliz año nuevo! Este es el gozoso augurio que corre de boca en boca en los primeros días del 2016, con los mejores deseos de felicidad, gracia y paz. Bienvenido sea el nuevo año como don y tarea, como regalo y compromiso. El año es la medida del tiempo. Quiero en esta carta semanal ofrecer unas reflexiones desde la fe sobre el valor del tiempo en clave cristiana.

El tiempo nos habla del “transcurrir” al cual está sujeto todo lo creado. El hombre es consciente de este transcurrir hecho de días, semanas, meses y años. En este fluir humano del tiempo se da siempre la tristeza de despedir un año viejo y, al mismo tiempo, la alegría de comenzar un año nuevo, abierto al futuro en esperanza.

En la Biblia el tiempo es contemplado siempre en referencia a Cristo como su centro. Por eso la historia se divide en dos grandes momentos: antes y después de Cristo. El calendario cristiano no cuenta los años desde un punto inicial – de la creación, como hace el calendario hebreo -, sino desde un punto central que es el nacimiento de Jesús. La venida de Cristo es el centro temporal de todos los acontecimientos.

Esta es la concepción cristiana del tiempo. No se trata de una convencionalidad histórica, sino de un criterio teológico: la venida de Cristo es el centro de la historia, que le da un significado y un valor salvador. El tiempo viene a ser así condición de posibilidad salvífica para la humanidad y para el cosmos. La historia universal, considerada en relación con la encarnación, deja de ser profana para convertirse en historia sagrada.

Con diferencia a otras religiones, en las que el tiempo se opone a Dios y a la salvación, en el cristianismo el tiempo es el medio a través del cual Dios se sirve para encarnarse y para revelar y regalar su gracia. Más que ser concebido en forma cíclica y repetitiva, en que la salvación sería el éxodo del tiempo, en el cristianismo el tiempo se expresa en forma lineal, para indicar que tiempo y salvación están destinados a encontrarse en la historia, que, por eso mismo, llega a ser historia de salvación.

En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la “plenitud de los tiempos” de la encarnación y sus término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno (cfr. Juan Pablo II, TMA 9).

En este ciclo de Navidad, damos la bienvenida al año 2016. Es el año del Señor. Es el Año Santo de la Misericordia. El Papa Francisco nos invita a todo el pueblo cristiano a reflexionar durante el Jubileo sobre las obras de misericordia, indicando que “será una manera de despertar nuestra conciencia, muchas veces adormecida ante el drama de la pobreza, y entrar aún más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (Papa Francisco, MV 15).

El Papa nos recuerda las catorce obras de misericordia con estas palabras: “Redescubramos las obra de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo a quien lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que va errado, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas que nos molestan, orar a Dios por los vivos y los difuntos” (Papa Francisco, MV 15).

No podemos quedarnos sólo en las obras materiales. Hay que ofrecer también atención espiritual a los pobres para superar la peor discriminación que sufren, que consiste en la falta de atención espiritual.

¡Bienvenido año nuevo 2016!

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

Mons. Vicente Jiménez Zamora
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Mons. D. Vicente Jiménez Zamora nace en Ágreda (Soria) el 28 de enero de 1944. Fue ordenado sacerdote diocesano de Osma-Soria el 29 de junio de 1968. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y en Filosofía por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal y episcopal está unido a su diócesis natal, en la que durante años impartió clases de Religión en Institutos Públicos y en la Escuela Universitaria de Enfermería, además fue profesor de Filosofía y de Teología en el Seminario Diocesano. También desempeñó los cargos de delegado diocesano del Clero (1982-1995); Vicario Episcopal de Pastoral (1988-1993); Vicario Episcopal para la aplicación del Sínodo (1998-2004) y Vicario General (2001-2004). Fue, desde 1990 hasta su nombramiento episcopal,abad-presidente del Cabildo de la Concatedral de Soria. El 12 de diciembre de 2003 fue elegido por el colegio de consultores administrador diocesano de Osma-Soria, sede de la que fue nombrado obispo el 21 de mayo de 2004. Ese mismo año, el 17 de julio, recibió la ordenación episcopal. El 27 de julio de 2007 fue nombrado Obispo de Santander y tomó posesión el 9 de septiembre de 2007. Desde el 21 de diciembre de 2014 es Arzobispo de Zaragoza, tras hacerse público el nombramiento el día 12 del mismo mes. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro del Comité Ejecutivo desde el 14 de marzo de 2017. Además, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe (2007-2008) y Pastoral Social (2008-2011). Desde 2011 era presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tras ser reelegido para el cargo el 13 de marzo de 2014. El sábado 29 de marzo de 2014 la Santa Sede hizo público su nombramiento como miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.