El tiempo del corazón

braulioarztoledoMons. Braulio Rodríguez          Las palabras del Salmo 15 son un formidable apoyo para comenzar el año del Señor 2016: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: Tú eres mi Dios. No hay bien para mí fuera de ti (…). Se multiplican las desgracias de quienes van tras dioses extraños; yo no derramaré sus libaciones con mis manos, ni tomaré sus nombres en mis labios. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (1-2; 4-6). Hay muchas ideas de lo que es el tiempo y su consumación, que influyen sin duda a la hora de vivir de esta u otra determinada manera. Por ejemplo, en la forma de entender la vida el mundo pagano con el que se confrontó el primer cristianismo aparece la imagen del destino: el mundo era un juego de azar bajo la única ley de la casualidad. El tiempo, en esta manera de entender las cosas, vomita ciegamente los destinos de los humanos, éste para éste, aquel para aquel o para este otro…

La Biblia ha cambiado de arriba abajo esta intranquilizadora imagen. Existe, ciertamente, la rueda de la fortuna, en la que se hallan los destinos agraciados y los fracasos. En el Salmo 15, en cambio, esta rueda de la fortuna se halla en las manos de la razón y del amor eterno de Dios: “…mi suerte está en tu mano”. Éste el indispensable supuesto, el único que nos permite a los humanos tener esperanza en la vida. Si la ruleta de la vida está en las manos de Dios, el único destino desgraciado no consiste sino en querer vivir fuera de sus manos. Quiere esto decir que en las manos de Dios descansa mi tiempo. De este modo se pone igualmente de manifiesto que el tiempo del hombre no es simplemente en las rotaciones del sol, la tierra o la luna.

No, con el hombre ha surgido un nueva centro del mundo: el golpe del corazón, que es medida de su ser, es nueva medida, nuevo centro del mundo. Las palabras del Salmo 15 nos exhortan a nutrirnos de ese tiempo; y, como quiera que nuestro corazón no golpea en el vacío, el tiempo del corazón se torna lleno de sol. Se descubre también el verdadero compás del corazón cuando se pone en las manos de Aquel que tiene nuestro tiempo. Es mucho mejor, por consiguiente, al inicio del año nuevo decir a Dios: “Señor acógenos y bendícenos”. Y dejar de desear cosas a la gente que nos rodea (“que todo te vaya bien; que el año que viene todo cambie y que venga cargado de toda clase de bienes y de buena suerte) que sabemos que no suceden, si uno no cambia o no se trabaja por cambiar. No quiere esto decir que no deseemos buenas cosas a los demás en el año nuevo o que el Señor nos ayude y nos dé su fortaleza. Pero dejemos ya de pensar en cuentos de hadas, de supersticiones que cambien de la noche a la mañana nuestra vida, de pensar en ruletas que nos van a traer fortuna o destinos inesperados. Yo les deseo, por supuesto, un feliz año 2016, y confío sus personas al Señor.

No quisiera acabar mis palabras de esta semana sin decir nada de algo que me parece cada vez más disparatado: la utilización que muchas de nuestras autoridades públicas hacen de la Navidad, de este tiempo celebrativo cristiano, para sus propios intereses. Cuando tantas de esas autoridades en ayuntamientos y otros ámbitos locales dicen no creer en Jesucristo y que actúan como gobiernos laicos, es decir, “laicistas”, sin respeto a la fe de tantos españoles. Además de hablar de fiestas de invierno, de “felices fiestas” sin aludir al nacimiento de Cristo, que aconteció en un determinado año de la fundación de Roma, en tiempos del emperador Augusto, no dejan de tergiversar imágenes, símbolos o signos cristianos desprovistos de su contenido. Sin duda alguna que pueden hablar cuanto quieran y tener las opiniones que les apetezca, pero con rigor y respeto. Piensen, por ejemplo, en las llamadas “cabalgatas de Reyes” el día 5 de enero. Yo considero que hay en muchas de ellas una desmesura y alejamiento del genuino sentimiento cristiano que me apena grandemente y que es poco objetivo respecto al hecho religioso cristiano

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.