La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia

carlososoroMons. Carlos Osoro      ¡Qué fuerza y belleza tiene la celebración de la Navidad! La entrada de Dios en la historia de los hombres nos presenta un nuevo camino para estar en esta tierra y para hacerla habitable para todos. La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia. Este es el progreso que aportamos los discípulos de Cristo. ¿Qué significado tiene para un cristiano la palabra progresar? Ciertamente no es lo que, en muchos momentos, pensamos nosotros o nos hacen pensar otros. Para un discípulo del Señor, el progreso hay que entenderlo contemplando lo que sucede en Belén de Judá cuando Dios se hace Hombre para regalarnos su vida y entregarnos su salvación. Mirando donde tiene lugar el nacimiento de Jesús, progreso significa abajarse para avanzar, entrar por el mismo camino de Dios, que es el de la humildad, donde lo que se resalta y aparece a primera vista es el «amor mismo de Dios». Un amor a todos, para todos y de todos. Es Dios que se hace Hombre para acercarse a todos los hombres. Es ese camino del amor que va en una dirección no acostumbrada: cuanto más subes, más disminuyes; cuando más amas, más pequeño te haces. El Maestro de este camino es Jesucristo, que «siendo Dios no tuvo a menos hacerse Hombre y pasar por uno de tantos».

Es el camino que recorren María y José para hacer presente en este mundo a quien es el verdadero progreso y avance. María dice un «sí» que manifiesta una confianza absoluta en Dios; aunque no entienda, se deja guiar por la voluntad de Dios. José se baja y cree en Dios, y acepta llevar sobre sí la gran responsabilidad de su esposa a la espera del Salvador. Impulsados por el amor a Dios y a los hombres, los dos hacen posible que se revele a todos los hombres el camino del verdadero progreso, que es el camino que encontramos en la cueva de Belén, camino de humildad donde se resalta y alumbra con toda su fuerza el Amor de Dios. Un amor a todos los hombres, que viene para todos, que quiere hacer el regalo de su vida a todos sin excepción. Y lo realiza mostrando y resaltando que su amor tiene una connotación: es la misericordia. Abraza a todos y es capaz de vencer cualquier situación de indiferencia hacia personas, grupos e ideas; nunca entrega descartes, vino para encontrarse con todos los hombres y lo quiere seguir realizando a través de su Pueblo. ¡Qué camino más maravilloso! Tomar el camino del abajamiento, de la humildad, es hacer posible que toda la caridad de Dios, su amor misericordioso, esté en el camino de los hombres, en todos los caminos de los hombres.

La Iglesia tiene que celebrar la Navidad, la venida del Señor a este mundo. Y la Iglesia tiene que seguir preparando la segunda venida. Debe hacerlo como se hizo la primera: tiene que hacer visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Lo que hizo Dios mismo, que se abajó a los caminos por donde transitaban los hombres; esto es lo que contemplamos en la Navidad. Dios se acerca a nuestras vidas y a nuestra historia, y nos hace experimentar el Amor que nos tiene, el Amor que nos salva. Un Amor que nos hace volver a recuperar la dignidad que habíamos perdido y hace que regalemos, con su mismo Amor, esta dignidad a quienes nos encontremos en el camino de nuestra vida. Y ello nos lleva a recuperar la esperanza. Recuperar la dignidad y volver a tener esperanza, van unidos. Es la dignidad de reconocer que todos los hombres son hijos de Dios. Solamente el amor de Dios nos devuelve la dignidad: ni el dinero, ni unas ideas, ni unos proyectos por muy buenos que sean. El Amor de Dios nos enseña que no podemos ser indiferentes a ninguna situación que viva el ser humano, que no podemos dejar de lado todo aquello que, en estos momentos, a mí no me estorba, pero daña en cualquier parte del mundo la dignidad y la esperanza del ser humano. Si tenemos el Amor de Dios, vencemos la indiferencia. Acoger la Navidad es saber vivir con y desde Dios, que ha llegado y nos ha dicho el rostro que tiene el hombre.

La celebración de la Navidad tiene que engendrar en nosotros esa alegría que no es mero entusiasmo, sino algo mucho más profundo, algo que nos haga incluso pensar o decir: ¿esto es real? Es la alegría de los pastores de Belén y de los Magos en el encuentro con el Señor. Este encuentro les dejó tal huella en lo más profundo de su corazón, les produjo tal paz y consuelo espiritual, les hizo vibrar de tal modo su corazón, que cambiaron sus vidas; percibieron cómo Dios se nos regala; cómo no está lejos, sino que se pone al lado de los hombres; cómo no es inaccesible; cómo ha disipado toda ambigüedad haciéndose niño; cómo se ha hecho prójimo restableciendo la imagen del hombre; cómo nos llama a hacerlo presente, mostrando su gloria y haciéndonos ver que hay otro camino para los hombres que viene de Dios: la misericordia. Como les pasó a los Magos y a los pastores, dejemos que esto haga mella en nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente. Los pastores pudieron escuchar: «Gloria a Dios en cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» y aquello les puso en camino: «Vayamos, pues, a Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado. Fueron y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (cf. Lc 2, 14-15). Los Magos, que representan a todos los hombres, fueron guiados por la estrella, «entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra…se retiraron a su tierra por otro camino» (cf. Mt 2, 11-12). Unos vieron la gloria de Dios y otros fueron por otro camino.

Os invito a contemplar un cuadro inolvidable de la Navidad. En él están tres personas: Jesús, María y José. Cada una de ellas nos da el mismo horizonte para vivir: «La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia». Contemplad y mirad:

1. A Jesús: por Él, el eterno Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. ¡Qué maravilla, Dios es tan grande que puede hacerse pequeño! ¡Dios es tan poderoso que puede renunciar a su esplendor divino y puede descender al establo para que podamos encontrar su bondad que nos toca, su sabiduría que nos comunica belleza, su grandeza en nosotros! Dios a nuestro lado, Dios de nuestra parte, Dios con todos los hombres.

2. A María: que nos enseña a acoger siempre a Dios. Ella nos enseña a decir «sí» a Dios, nos regala su «hágase en mí según tu palabra». Ella es portadora de alegría y esperanza para los hombres, acogiendo a Dios en su corazón, convencida de que la luz de Cristo es la que disipa las tinieblas y las oscuridades en este mundo.

3. A José: es el hombre que, en una adhesión absoluta a Dios, con una fe inquebrantable, deseando vivir desde las razones de Dios, sabe que cuidar la presencia de Dios entre los hombres nos permite amar de verdad. Él sabía que el misterio del Amor nos saca de la pobreza y nos hace entrar en la riqueza que Dios da; abrió la puerta de su corazón para servir la entrada y la presencia de Dios entre los hombres.

¡Feliz Navidad! Con gran afecto, os bendice:

+ Carlos Osoro,

arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.