La puerta humilde

agusti_cortesMons. Agustí Cortés      Decimos que el Adviento solo es para quienes buscan humildemente con los brazos abiertos.

Si intentamos representar la espiritualidad del Adviento con una imagen plástica, podríamos imaginar una escena algo extraña: un caminante decidido, con los brazos abiertos, la mirada puesta en el horizonte, donde se dibuja un espacio de luz, cuyo único acceso es una pequeña puerta, casi imperceptible en comparación con la inmensidad del resplandor que inunda todo.

Esta escena nos invitaría a vivir tres actitudes esenciales: caminar con esfuerzo y voluntad, abrir los brazos acogedores y agradecidos y agachar la cabeza haciéndonos pequeños.

La celebración del Año Santo de la Misericordia ha puesto el símbolo de la puerta ante la mirada de todos. La contemplación de la puerta nos permite hacer una oportuna y rica oración en la víspera de la Navidad.

Los emperadores romanos construían puertas y arcos triunfales por donde los vencedores de batallas penetraban en la ciudad aclamados por las masas. Los estados hoy ponen vallas y puertas controladas para regular o impedir el flujo de inmigrantes. Los edificios y las casas blindan sus puertas para evitar que entren los ladrones. Pero colegios e instituciones celebran “el día de puertas abiertas”; y los comercios anuncian la apertura de puertas cuando llegan las rebajas…

Jesús nos decía que cuando oremos hemos de entrar en la habitación, cerrar la puerta y hablar con el Padre Dios, que ve en lo secreto (Mt 6,6). Y también que la puerta de entrada al Reino de Dios es estrecha (Mt 7,13), pero se le abrirá a todo el que llame confiadamente (Mt 7,7). Y que aquellas vírgenes insensatas, cuando se despertaron y quisieron entrar, hallaron la puerta ya cerrada (Mt 25,10). Que los hipócritas cierran a los demás la puerta del Reino de Dios (Mt 23,13) i que el rico olvida que el pobre yace al pie de su puerta cerrada (Lc 16,20). Pero también dijo que Él era la puerta y que todo el que quiera entrar ha de ir por Él (Jn 10,1.7). Y cuando los discípulos se escondieron y cerraron las puertas, por miedo a los que habían matado a Jesús, el Resucitado se presentó en medio de ellos, demostrando que para Él no hay puerta cerrada que valga (Jn 20,19). Y en el libro del Apocalipsis se dice a la Iglesia de Filadelfia que delante de ella hay una puerta que nadie cerrará (Ap 3,8) y a la Iglesia de Laodicea que Jesús está llamando a su puerta esperando ser invitado… y que la ciudad soñada tiene puertas abiertas a los cuatro puntos del horizonte (Ap 21,13).

La primera vez que entré en la basílica de la Natividad de Belén me conmovió comprobar la puerta minúscula por la que todos debíamos pasar. Una puerta que no resistiría la aprobación de las normas elementales de seguridad. Instintivamente recordé aquel pensamiento de San Agustín que presentaba a María como el seno humilde de toda humildad. Aquella puerta era la Virgen María,

“la joven sierva, virgen y madre, en la que el Verbo tomó forma de esclavo, se despojó de sus riquezas y nos enriqueció” (Sobre el Salmo 101,1)

María es la puerta humilde de toda humildad. La inefable humildad del Verbo de Dios que entró en este mundo, se inclinó y se anonadó para asumir nuestra bajeza; y la humildad que todos hemos de vivir para entrar en el gran misterio de luz y gozar de él plenamente. No es fácil entenderlo, pero si no lo vivimos, la Navidad será un mero pasatiempo.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.