Mons. Yanguas pide al Año Jubilar de la Misericordia que «nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial»

Cuenca cartel apertura año misericordiaEl Obispo de Cuenca, Mons. José María Yanguas Sanz, presidió el pasado 13 de diciembre en la Catedral el Rito de  Apertura de la Puerta de la Misericordia con la que da inicio el Año Jubilar. A continuación reproducimos las palabras que pronunciara durante la homilía.

Homilía del Obispo de Cuenca

Queridos hermanos:

Domingo tercero de Adviento. Usa hoy la Iglesia en su liturgia el color rosa. Predomina la alegría por la cercanía de la Navidad pasa a primer plano sin que deje de recordarnos que es tiempo de conversión como el mejor modo de disponernos para las celebraciones del Misterio.

1. En la primera lectura la invitación a la alegría es arrolladora: regocíjate, grita de júbilo porque el Señor ha Cancelado tu codena y ha expulsado a tus enemigos. El Señor será tu rey. En efecto, en la lectura de la carta a los Filipenses hemos escuchado la invitación o quizás mejor todavía, el mandamiento, el precepto, el deber en definitiva: Estad siempre alegres; que se trata de algo relevante para el cristiano se pone de manifiesto en que el mandato se repite  por dos veces. Estad alegres. Estad alegres a pesar de las dificultades, de lo que a otros preocupa. La fe en Jesús nos descubre aspectos nuevos, nos hace ver las cosas a otra luz: vida y muerte, dolor y alegría de la tierra, triunfos y fracasos. Estad alegres siempre. Actitud permanente, no depende de salud, bienestar, poder, fortuna, estima de que se goce. La alegría es permanente porque la salvación ya se ha cumplido, y Dios el Dios que salva, está con nosotros siempre. Si no lo perdemos de vista, la paz de Dios custodiará nuestros corazones. Paz y alegría.

El Evangelio, vuelve a centrar su mirada en el profeta Juan Bautista. Acudían a él para ser bautizados. Pero Juan increpaba a la gente, Raza de víboras, mentirosos, gente embustera, mendaz ¿quién os ha enseñado a huir del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión.  No os hagáis ilusiones pensando que tenéis por padre a Abrahán. Acuden a realizar un bautismo de conversión, pero sin convertirse. Un rito más para salvarse del castigo. El bautismo es para ello un gesto, privado de contenido. Ya no es signo de conversión, se reduce a una señal que no significa nada, vacía, vana.

El profeta anuncia lo que proclamará Pedro desde el inicio de la predicación de la Iglesia: Dios no tiene acepción de personas, poco importa que seáis hijos de Abrahán. Dios acepta, Dios ama a quien lo teme y practica Lajusticia, a quien reconoce su señoría y ama la justicia, a los rectos de corazón, al hombre de conciencia recta, que busca y practica el bien. No nos salvan las obras de justicia, sino la fe en el Señor, la fe en su palabra, la fe que nos lleva a acogerla, conservarla y hacerla fructificar.

Pero entonces, ¿qué tenemos que hacer? ¡Los frutos de conversión! Los frutos que da la palabra de Dios sembrada en el corazón. Frutos de justicia y de amor. El que tenga dos túnicas o tenga de comer que reparta con el que no tiene. El soldado que no haga extorsión a los demás, que no emplee la fuerza en beneficio propio. Al publicano, recaudador de impuestos que no exija más de lo que es justo.

Se trata de que la conversión fructifique en las circunstancias de cada uno, en su vida ordinaria, en su trabajo, en su profesión o negocio, en sus relaciones personales, familiares y sociales. Volver a Dios, convertirse implica salir del egoísmo, volver a los hermanos desde la situación concreta, ser misericordiosos con ellos como lo es con cada uno el Padre de las misericordias. No bastan los gestos externos, vacíos de corazón, de contenido. Ni siquiera el bautismo de conversión predicado por Juan. El profeta no duda en desenmascarar, y con palabras fuertes, a los que se acercan a él con una falsa postura de conversión. Dios no gusta de imposturas, ni gusta de gestos huecos. Pide la conversión radical de corazón. No pide una santidad inmediata, pues sabe de nuestra debilidad y de que necesitamos tiempo para crecer, para mejorar. Pero sí pide esa voluntad decidida de volver a la Alianza con Él. Sólo mediante la conversión se puede acercar a uno a Él.

2. Con esta solemne Eucaristía da inicio el Año de la Misericordia en nuestra diócesis. Hace apenas unos momentos hemos asistido al rito de la apertura de la Puerta de la Misericordia; otros semejantes habrán tenido o estarán teniendo lugar en otros puntos de la diócesis donde los fieles podrán beneficiarse de las gracias que Dios Nuestro Señor quiere dispensar a su Pueblo en este Año. Hoy, también, todas las Catedrales del mundo abrirán a su vez la Puerta de la Misericordia. La simultaneidad de su celebración es “signo visible de comunión de toda la Iglesia”.

En la Bula Misericordiae vultus con la que convoca este Año Jubilar, el Papa Francisco nos dice el sentido y el porqué de este Año. Es verdad, afirma, “siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia” (n. 2), pues “el misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra”; pero hay momentos en que debemos fijar nuestra atención y poner nuestra mirada en la misericordia. Este, dice, el Papa, es uno de ellos. Está en curso, en efecto, una lucha a todo campo entre dos modos distintos y a veces opuestos de concebir la persona, la existencia humana, las relaciones sociales, la vida de los pueblos. Se extienden los focos de tensión y de lucha armada en distintos puntos del mundo, lo que hace que se pueda hablar de una nueva guerra mundial que tiene diversos focos y se desarrolla en distintos lugares.

La misericordia de Dios ha tomado forma en El Verbo hecho carne, en Jesucristo, hijo de María, “rostro de la misericordia del Padre” (n. 1). Tenemos imperiosa necesidad de fijar nuestra atención en este rostro, “para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre”. La Puerta de la Misericordia se abre para que nos alcance con mayor abundancia la gracia y el perdón de Dios. Pero no lo hará si cada uno no abrimos la puerta de nuestra alma para que nos alcance y podamos llenarnos así de esa bendita misericordia.

Dejarnos invadir por el perdón y la misericordia de Dios. Recuperar la frescura original del primer encuentro personal con Cristo, dejarnos encontrar nuevamente por su amor misericordioso, descubrir en Él al Salvador, pedir una vez más su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos, a subyugarnos, a encantarnos. ¡Una nueva conversión! Eso nos permitirá después ser actores de perdón y de misericordia en nuestro mundo. ¿Cómo?

3. El Papa nos invita en concreto a mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad y a que escuchemos su grito, para que sientan el calor de nuestra presencia, amistad y fraternidad. Nos invita a practicar la misericordia con alegría. Quiere que reflexionemos sobre las obras de misericordia corporales y espirituales, pues son la piedra de toque para saber si vivimos o no como discípulos suyos y  seremos juzgados en base a ellas.  Nos incita a poner en el centro el sacramento de la Reconciliación porque nos permite experimentar en la propia carne la grandeza de la misericordia. Será fuente de verdadera paz interior. Nos llama a curar las heridas que nos hacemos y a hacerlo en seguida, a no dejar que se enconen. Nos empuja a entrenarnos en el perdón.

Queridos hermanos: la huella permanente que el cristianismo deja en la historia es la de la caridad. Pedimos a Dios que en este Año de la Misericordia nos empeñemos en construir la cultura de la caridad, una caridad que informe la vida privada y pública, nuestra profesión y nuestras relaciones. Que Él nos conceda la gracia de aprender a querer más a las personas, a comprenderlas mejor, a ponernos su en lugar, a reaccionar ante su sufrimiento, a ayudarlas. ¡Que tu misericordia Señor llene la tierra! Amén.

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 42445 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).