"Te compadeces de todos porque todo lo puedes"

braulioarztoledoMons. Braulio Rodríguez       El amor gratuito de Dios para con los pecadores no se manifiesta tanto en la justicia, como en su infinita misericordia. Ya el profeta Jeremías había definido a Dios como aquel que “emplea la misericordia”; para la carta a los Hebreos, Jesús es, por excelencia, “el misericordioso y fiel” (2,17). Él ha dirigido sus cuidados sobre todo a los enfermos. Impresionan las palabras del Señor “Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; pues no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt 9,13). Ante el estilo de vida que Jesucristo inauguró, a punto de abrirse la Puerta Santa del Año de la Misericordia, pienso que nosotros debemos seguir el ejemplo de Jesús: no juzgar a nadie; por el contrario, la benevolencia para con todos debería ser “el pan nuestro de cada día”.

Se nos llama a ser misericordiosos, pues en el Reinado que ha traído Cristo alcanzarán misericordia precisamente los misericordiosos. Ahí tenemos siempre sin estrenar las obras de misericordia, unas corporales, otras espirituales. Así las conocemos y todas se dirigen a hacer el bien a nuestros hermanos en la totalidad de su ser. Parece claro, pues, que, delante de Dios “quien no practique la misericordia, tendrá un juicio sin misericordia. La misericordia, en cambio, triunfa sobe el juicio” (Sant 2,13). En realidad es un proceso bien sencillo: nosotros acogimos la misericordia con la salvación de Cristo, la entregamos queriendo bien a todos, y la poseeremos, al fin en la eternidad, después que venga el Señor.

Sintamos que estamos en Adviento y en este tiempo litúrgico debemos mirar a Jesucristo como miramos a Dios: pensando que Él es el juez de vivos y muertos. A la vez, hemos de estimar bastante más nuestra salvación que Cristo no ha conseguido, pues parece como si careciera de importancia. Porque si estimamos poco a Cristo, poco será también lo que esperamos recibir. Aquellos que, al escuchar sus promesas, creen que se trata de dones mediocres pecan, y nosotros pecamos también si desconocemos de dónde fuimos llamados, quién nos llamó y a qué fin nos ha destinado, de manera que llegamos a menospreciar hasta los sufrimientos que padeció por nosotros.

¿Con qué pagaríamos al Señor o que fruto le ofreceríamos que fuera digno de lo que Él nos dio? ¿Cuántos son los dones y beneficios que le debemos? Él nos otorgó la luz, nos llama, como un padre, con el nombre de hijos, y cuando estábamos en trance de perecer, nos salvó. ¿Cómo podremos, pues, alabarlo dignamente o cómo le pagaremos todos sus beneficios? Impresiona lo que decía el poeta cristiano Prudencio (+405) en su himno Iam coeca, que se usa en la liturgia de la Encarnación del Señor: “La fuerza ciega de los mortales, venerando fábulas vacías, tenía ya por Dios al bronce, al frío mármol y a la madera”. Nuestro Dios es distinto: “…pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?, o, ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente (=misericordioso) con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida” (Sab 11,23-26).

Nuestra vida entera, sin la salvación de Cristo, no era otra cosa que una muerte. Envueltos y rodeados de oscuridad, nuestra vida estaba recubierta de tinieblas y Cristo quiso que nuestros ojos se abrieran de nuevo y así la nube que nos rodeaba se disipó. Es lo que ocurrió cuando aconteció la Navidad y, sobre todo, cuando nos llegó la vida nueva de la Pascua. Pensando en todo esto, ¿cómo no abrir nuestra misericordia hacia los demás y salir a todas las periferias, como quiere el Papa Francisco?

 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.