Fines y bienes del matrimonio

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez      Cristo realizó una nueva creación (Cfr.2 Co 5,17) y restituyó al matrimonio el ideal que quiso Dios que tuviera desde el principio (Cfr.Mc 10, 1-12). En su respuesta a los fariseos sobre el divorcio dice: “Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn 1,27; 2,24). “Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mc 5,6-9). Así recuerda Jesús los bienes fundamentales del matrimonio “desde el principio”, que son la fidelidad, la unidad, indisolubilidad y la donación total al otro para ser con-creadores con Dios.

El amor es el fundamento de todo y el primer bien del matrimonio, que se define como comunidad de vida y amor. Es una alianza de amor por la que los esposos se dan y se reciben con una aceptación incondicional. Ellos son signo de los desposorios de Cristo y la Iglesia. Y el modelo del matrimonio es “la unión inefable, el amor fidelísimo y la entrega irrevocable de Jesucristo, el esposo, a su esposa la Iglesia” (RM 2). El amor nunca es una carga. Por eso los compromisos que conlleva no son cargas sino propiedades, fines, bienes, bendiciones y efectos.

Siguiendo este modelo, de Cristo y la Iglesia, lo primero que destacamos son las propiedades esenciales del matrimonio que son la fidelidad y la indisolubilidad. “Serán los dos una sola carne” (Gn 2, 24). Es la expresión bíblica que fundamenta la monogamia en el plan originario de Dios. La fidelidad es tan fundamental que una fórmula litúrgica antigua para casarse dice: “Yo N.N. te quiero a ti sola/o N.N.”. En el adverbio “solamente a ti”, se pone la fuerza del compromiso. La indisolubilidad está claramente definida por Jesús en el Evangelio: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. El Concilio Vaticano II defiende esta doctrina en el documento sobre el gozo y la esperanza de la humanidad (Cfr.GS, 48), poniendo como razón la mutua entrega personal y el bien de los hijos.

A estas dos propiedades fundamentales se unen otros bienes del matrimonio como la procreación y educación de los hijos, la complementariedad y el bien de los cónyuges dándose mutua ayuda y la gracia del sacramento. Los esposos, a imagen de Dios, son con-creadores de vida con Él. Cuando cumplen la función de procrear colaboran con Dios Creador (Cfr. GS 50) cumpliendo su mandato: “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 27). Esta finalidad la cumplen los esposos con generosidad y responsabilidad sabiendo que transmitir la vida es una consecuencia del amor y de la complementariedad sexual. El bien de los hijos los compromete y los hace seguir creciendo en el amor. Al mismo tiempo, con la satisfacción y el gozo de los hijos, llega el compromiso de su educación. Los padres cristianos saben que son los primeros educadores y confían sus hijos a instituciones educativas que satisfacen sus convicciones. La gracia de Dios, propia del estado de casados, nacida del sacramento, les acompaña para ir creciendo en el amor, ser fieles, superar las dificultades, educar bien a los hijos y sentirse felices.

La belleza y grandeza del matrimonio se manifiesta en sus propiedades, fines y bienes que hacen que la vida de los esposos sea una “íntima comunidad de vida y amor” (GS 49). Es la comunión de cuerpo y espíritu unidos globalmente. Dice el Concilio Vaticano II: “Este amor (humano, interpersonal, que abarca el bien de toda la persona) es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal” (GS 49). El designio de Dios para el matrimonio es maravilloso pues busca la felicidad de los esposos. La clave para ser felices es vivir integralmente su vocación al amor, que es llamada vivir una donación total, generosa, entre los esposos y la familia. La vida cristiana de fe y la práctica religiosa que pone a Dios y a Cristo en medio del matrimonio son definitivas para ser plenamente felices.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).