Nosotros aguardamos al Señor

Mons. Antonio AlgoraMons. Anonio Algora        Nosotros aguardamos al Señor:/él es nuestro auxilio y escudo;/con él se alegra nuestro corazón,/en su santo nombre confiamos». Son palabras del salmo 32 que hemos rezado estos días de atrás tan fuertemente sacudidos por la maldad terrorista cada día más frecuente. Además son palabras que expresan muy bien los sentimientos que deben llenar nuestro corazón en esta segunda semana del tiempo de Adviento, del tiempo de la espera activa del nacimiento de Jesucristo.

Y he escrito espera activa para despejar la sombra de que la esperanza es inútil pues, en este mundo de luchas y logros a costa de lo que sea, no sirve, se dice, más que para contentar a los débiles y derrotados. Ciertamente cuando la muerte se nos echa encima de esa manera tan inesperada y violenta nos sentimos tocados por la amenaza de tal modo que nos lleva a dudar de que sea posible el futuro: «Esto no tiene remedio»; «No podemos garantizar la seguridad cien por cien». Los horrores de la guerra de los años 40, la llamada Segunda Guerra Mundial, causó tal pavor y desesperanza que provocó una crisis de fe que nos llega hasta hoy: «Si Dios existiera no consentiría estos desastres».

Con todo, viene a la ya muy antigua experiencia humana, no es solo de hoy, lo que expresa este salmo 32 escrito siglos antes de Jesucristo y que rezamos porque así lo creemos los católicos hasta ahora. Sí, «Nosotros aguardamos al Señor:/él es nuestro auxilio y escudo;/con él se alegra nuestro corazón,/en su santo nombre confiamos», repetimos. Efectivamente nuestra espera activa nos lleva, en primer lugar a confesar nuestra fe en Él, que vino a nacer entre nosotros, que viene en la Navidad, precisamente porque los bautizados formamos la Iglesia que es el cuerpo del Señor resucitado, que porque ya no muere más vive en nosotros, en nuestra historia de cada día, hasta que venga al final de los tiempos a llevar a la eternidad lo que seamos capaces de hacer asistidos por su gracia, por el Espíritu Santo que nos defiende, «él es nuestro auxilio y escudo», y nos da realmente la vida de hijos de Dios.

Es que Dios es siempre mayor, más grande y poderoso que, muy especialmente en este Año de la Misericordia que vamos a inaugurar en la Iglesia por deseo del papa Francisco, le podemos contemplar metido de lleno en la Historia humana sufriendo en su hijo Jesucristo la persecución, los sufrimientos y la misma muerte, mostrando así su soberanía apoyada en la humanidad misma de Jesucristo. Ciertamente soberano para poner en las miserias humanas su amor infinito y su apoyo para que «por Cristo, con Él y en Él» nosotros, «con él se alegra nuestro corazón,/en su santo nombre confiamos», nos entreguemos a la tarea de hacer un mundo distinto que no busque su seguridad en el dinero, en la diversión, en el bienestar a costa de lo que sea y de los que sean… y que, muy al contrario, espere activamente que la presencia del Señor sabe dar a su Iglesia lo que hay que hacer y cómo acompañar esta situación tan desastrosa que amplía su alcance, cada día, en esta espiral de violencia que amenaza a las naciones.

Esta Navidad nos va a coger mejor preparados para asegurar nuestros afanes y deseos en la fuerza de la vida que trae el Salvador naciendo entre nosotros, con nosotros, en este momento de la Historia. Recién nacido, hermano de todos vamos a construir una mayor fraternidad en la que nadie sea amenaza para nadie, ni recele ni del vecino ni del extranjero venido de lejos, pues también pueden venir diciendo: «Nosotros aguardamos al Señor:/él es nuestro auxilio y escudo». ¡Extranjeros fueron los Magos que se llegaron a la cueva de Belén!

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.