Con motivo de la celebración del Jubileo de la Misericordia

Tortosa Obispo Enrique BenaventMons. Enrique Benavent      Apreciados hijos:

 

  1. El pasado 11 de abril, vigilia del segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, el papa Francisco hacía pública la bula Misericordiae vultus, y con ella la convocatoria de un año jubilar, que comenzará el día de la Inmaculada de este año 2015 y finalizará en la solemnidad de Jesucristo Rey del universo, de 2016. Desde el inicio de su pontificado, el Papa siempre ha animado a la Iglesia y a cada uno de los cristianos a que en nuestra vida y en nuestro testimonio resplandezca para todos los hombres el amor misericordioso de Dios, «que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5, 45). En el Jubileo de la Misericordia este deseo debe hacerse más vivo en el corazón de todos nosotros.

Nuestra diócesis, en comunión con el Santo Padre y con todas las iglesias que caminan en la fe por todo el mundo, se une llena de alegría a esta celebración. Estamos convencidos de que profundizar en el misterio de la misericordia de Dios es el auténtico camino para la renovación de la Iglesia, para el anuncio del Evangelio al hombre de hoy y para que el designio salvador de Dios sobre los seres humanos, llamados por Él a compartir su vida divina, se haga realidad.

 

  1. Como obispo de la diócesis, me dirijo a vosotros: sacerdotes que entregáis vuestra vida y vuestra persona al servicio del Evangelio y de las comunidades eclesiales; religiosos y religiosas que os habéis consagrado a Dios y al servicio de los demás; y a todos los laicos, hombres y mujeres de fe que trabajáis en las parroquias y comunidades cristianas y dais testimonio de la fe con vuestras obras y vuestras palabras, para ayudaros a tomar conciencia de la importancia que este jubileo debe tener en nuestra Iglesia diocesana, y animaros a participar en las celebraciones jubilares que tendrán lugar en la diócesis.

Todos sabemos que lo importante en la celebración del Jubileo de la Misericordia no son los actos externos, sino la renovación espiritual, el encuentro con Dios, a quien estos actos quieren conducirnos y la vida de la gracia que se debe revitalizar en todos nosotros. Si vivimos este año santo como un acontecimiento espiritual y un momento de gracia, nuestro corazón y nuestra vida se transformarán; en la Iglesia brillará con más claridad el rostro de Cristo y se sembrará de nuevo en nuestro mundo la semilla de la vida de Dios, que quiere que los hombres formen una auténtica familia humana viviendo como hermanos, y que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2, 3-4).

Deseo que mis reflexiones en esta Carta Pastoral os puedan ayudar a comprender mejor la importancia del anuncio que el Santo Padre quiere que resuene en la Iglesia y en el corazón de todos los hombres de buena voluntad. Ya desde ahora, os animo a que no olvidemos este mensaje una vez haya concluido el tiempo de la celebración jubilar, sino que sea una luz mundo.

 

 

Dios rico en misericordia

 

  1. Lo primero que la palabra misericordia evoca para la mayoría de las personas es una cierta actitud de ánimo: una persona misericordiosa sería aquella que espontáneamente tiende a disculpar, tolerar o pasar por alto las faltas y los defectos de los demás. En el lenguaje ordinario la misericordia es lo opuesto a la justicia. Se tiene misericordia de alguien cuando se le disculpa o no se le impone la pena que merecería por su modo de actuar. Esto lleva frecuentemente a identificar la misericordia con la tolerancia del mal, con la relativización de las exigencias morales, con la permanencia en el pecado y en la mentira sobre la propia vida o con la justificación de la injusticia. Esto es una perversión del concepto mismo de misericordia, que en realidad no puede sustentarse en la indiferencia hacia el bien o el mal de los otros. El fundamento de la misericordia es el amor que desea ardientemente el bien del otro.

 

  1. Por ello, si queremos entender correctamente en qué consiste la misericordia, debemos dirigir en primer lugar una mirada a Dios Padre, que no deja nunca de amar a su pueblo a pesar de sus infidelidades y de la dureza de su corazón. La Sagrada Escritura nos descubre que ésta es la clave para entender la ley que rige su actuación en la Historia de la Salvación.

Ya en el libro del Éxodo, después de que el pueblo haya sido infiel adorando al becerro de oro, Dios se revela a Moisés proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene su clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación» (Ex 34, 6-7).

En esta revelación a Moisés se insinúa desde el principio todo el drama de la historia de la relación de Dios con su pueblo, caracterizada por la tensión permanente entre el amor fiel de Dios y la infidelidad de Israel. En dicha historia hay momentos de prosperidad, que se interpretan como signo de la benevolencia de Dios y momentos de desolación, que se interpretan como el justo castigo por las  constantes infidelidades a la alianza. Ahora bien, no podemos olvidar que benevolencia y castigo, ira y misericordia, no son dos posibilidades que tienen en el corazón del Padre el mismo peso y ante las cuales Dios se muestra indiferente. El Señor quiere salvar a su pueblo y desea tener misericordia de él y poder perdonarle sus faltas. Por ello, el autor del salmo 103, retomando las palabras de la revelación de Dios a Moisés, confiesa que el Señor es «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 103, 8).

Como el Padre rebosa de amor hacia su pueblo, no puede ser indiferente ante sus continuas infidelidades. Éstas le causan un gran «dolor» en su corazón, aunque no por eso deja de amarlo ni reniega de él, ni permite que sea completamente aniquilado o destruido. Dios no se olvidará de su Pueblo ni lo abandonará, del mismo modo que una madre no puede dejar de sentir compasión del hijo de sus entrañas (Is 49, 14-15). La misericordia no es en Dios una simple actitud de condescendencia o de paciencia. Es lo que espontáneamente le nace de lo más profundo del corazón. Dios tiene «entrañas de misericordia». Por este amor que el Señor siente hacia su pueblo, la dureza de su corazón, sus pecados y el sufrimiento que éstos le acarrean hacen sufrir a Dios.

 

  1. A causa de este amor que Dios siente por Israel, su actuación a lo largo de la Historia de la Salvación se rige por la ley de la gracia. Esta gracia se manifiesta en esa «lentitud» para la ira que le lleva a no castigar automáticamente al pueblo por sus infidelidades, a no tratarlo con la dureza que merecerían sus culpas («no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas» [Sal 103, 10]), y a estar siempre dispuesto a la misericordia y al perdón ante cualquier pequeño signo de arrepentimiento. A Dios le duele castigar a su pueblo y experimenta una gran alegría en perdonarlo.

Esa «ley de la gracia» se ve sobre todo en el hecho de que el pecado y las infidelidades del pueblo no sólo no llevan a Dios a rechazarlo o abandonarlo definitivamente, sino que se convierten en ocasión para mostrarle cada vez con más claridad su amor. El corazón del Padre no es insensible a la infidelidad de un pueblo a quien ha amado «cuando era joven» (Os 11, 1). Cada vez que se apartaba de Él, Dios buscaba atraerlo «con lazos humanos, con vínculos de amor» (Os 11, 4). A medida que avanza la Historia de la Salvación y de la Revelación de Dios, su amor y su misericordia brillan cada vez con más fuerza: «su cólera dura un instante, su bondad de por vida» (Sal 30, 6). De hecho, la Sagrada Escritura nos muestra que Israel ha ido percatándose cada vez más claramente de que la misericordia del Señor «es eterna» (Sal 25, 6; Sal 136), y se mantiene «desde siempre y por siempre» (Sal 103, 17). Ese reconocimiento lleva a la gratitud: en los salmos constantemente se agradece a Dios «su misericordia y su lealtad» (Sal 138, 2).

Esa «ley de la gracia», que es la norma que nos lleva a comprender la actuación de Dios en la Historia de la Salvación, ¿tiene un límite? ¿Hasta dónde es capaz de «abajarse» Dios para que Israel regrese a Él? En el Antiguo Testamento no encontramos la respuesta definitiva a estos interrogantes. Es en Cristo donde descubrimos el verdadero alcance del amor de Dios, porque en Él ese amor misericordioso adquiere una forma humana concreta. En sus palabras y en sus acciones descubrimos un amor mucho mayor de lo que humanamente hubiéramos podido imaginar, porque desborda los límites razonables de la idea que las personas nos hemos creado de lo que debe ser el ideal de justicia en las relaciones humanas.

 

 

Cristo, Sumo Sacerdote misericordioso

 

  1. La palabra «misericordia» traduce tres términos del Nuevo Testamento que son similares, aunque haya alguna pequeña diferencia de matiz entre ellos: éleos, oiktirmós y splánchna. El primero alude a un sentimiento o actitud ante la miseria ajena y designa el hecho de conmoverse o enternecerse ante el sufrimiento de alguien. El segundo se refiere a la reacción ante ese sufrimiento y designa aquellas acciones con las que se exterioriza la compasión que se ha sentido ante el infortunio de los otros. El tercero quiere expresar el lugar donde se experimenta ese sentimiento de compasión, que si es auténtico llega a alcanzar lo más profundo de la persona: le toca el corazón, las entrañas.

Estas tres dimensiones de la misericordia de Dios se han manifestado de un modo absolutamente nuevo e indeducible desde una perspectiva humana en su Hijo Jesucristo, adquiriendo además un alcance que va más allá de las fronteras de Israel, porque quiere alcanzar a toda la humanidad. En sus acciones y en sus palabras descubrimos quiénes son los destinatarios de estos sentimientos que llenan el corazón del Padre: los pecadores, despreciados por quienes se consideran a sí mismos justos, y aquellos que son olvidados o marginados. Estos, que son relegados a los últimos lugares por nuestro mundo, son los que ocupan el primer lugar en el corazón del Padre.

 

  1. La actuación de Jesús con los pecadores resultaba escandalosa para quienes se creían religiosos y justos por su observancia de la ley: la comida con publicanos y pecadores en casa de Mateo escandalizó a los fariseos (Mt 9, 9-11); la actitud de acogida hacia aquella mujer pecadora que lavó sus pies con perfume, sembró la duda acerca de Jesús en el fariseo que lo había invitado a comer (Lc 7, 36-39); los fariseos murmuraban porque los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús (Lc 15, 1-2). La compasión del Maestro hacia los enfermos se manifiesta en tantas curaciones que nos narran los evangelios, pero de un modo especial se descubre en las que realizaba en sábado, cuando antepone el bien de la persona humana a la observancia de los preceptos religiosos (Lc 6, 6-11; 13, 10-17; 14, 1-6). Al actuar de este modo, Jesús enseña que Dios prefiere la misericordia a los sacrificios (Mt 9, 13).

Ante las críticas de los fariseos Jesús explica el motivo de su actuación y, generalmente, lo hace sirviéndose de parábolas en las que quiere dar a conocer los sentimientos que hay en el corazón del Padre. En las parábolas de la misericordia descubrimos quiénes son aquellos ante los que Dios se conmueve: los pecadores que se abren confiadamente a su amor y los marginados, despreciados o ignorados por nuestro mundo. En estas parábolas, el Señor nos desvela con ejemplos sencillos lo más profundo del corazón de Dios y nos enseña caminos concretos para ser misericordiosos como nuestro Padre del cielo.

Dios tiene compasión de los pecadores como el rey que tuvo compasión del criado que le debía una gran cantidad de dinero (Mt 18, 23-35), por lo que, cuanto mayor sea la deuda perdonada, más agradecido debe estar el deudor (Lc 7, 36-59); es como el padre que tiene un hijo que ha abandonado la casa paterna, y que siente una alegría indecible y una compasión «excesiva» a los ojos de los «buenos» cuando este hijo regresa (Lc 15, 11-32); un Dios que es más misericordioso cuanto mayor es la humildad del pecador (Lc 18, 9-14).

Ser misericordioso como el Padre exige amar al prójimo como a sí mismo, como aquel samaritano que se compadeció del hombre que había caído en manos de los bandidos y a quien ni el sacerdote ni el levita habían socorrido (Lc 10, 30-37). La misericordia implica no encerrarse en el egoísmo ignorando o despreciando a las personas que pasan necesidad, como hacía aquel rico que banqueteaba cada día, sin percatarse del mendigo Lázaro que estaba echado en su portal cubierto de llagas (Lc 16, 19-31).

 

  1. Pero la misericordia del Señor con nuestro mundo doliente va más allá de esta actuación y de esta enseñanza. En el Hijo el Padre nos muestra una compasión que nosotros no hubiéramos imaginado nunca. Siente tanto el dolor de la humanidad que lo hace suyo. No hay solidaridad mayor con esta humanidad pobre y sufriente que hacerse hermano de los pobres y de los que sufren, por ello Cristo «no se avergüenza» de llamarnos hermanos (Heb 2, 11), y «quiso parecerse en todo» a nosotros (Heb 2, 17); aceptó «padecer la tentación» (Heb 2, 18) y ser «probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15). Por esta solidaridad con la humanidad sufriente y pecadora, Cristo puede ser un «sumo sacerdote misericordioso» (Heb 2, 17), puede «auxiliar a los que son tentados» (Heb 2, 18), y es capaz de «compadecerse de nuestras debilidades» (Heb 4, 15). Por ello, también nosotros podemos acercarnos «confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia» (Heb 4, 16). Para poder comprender y amar de verdad a una humanidad pobre y doliente, Cristo asumió la pobreza y el sufrimiento.

 

  1. Hay, finalmente, un aspecto todavía más grandioso de la revelación de la misericordia de Dios en Cristo. El evangelista San Lucas nos narra que cuando el Señor está ya clavado en la cruz, mientras los magistrados le hacen muecas (Lc 23, 35) y los soldados se burlan de él (Lc 23, 36), Jesús pide al Padre el perdón para sus perseguidores y, en lugar de acusarlos, les excusa: «no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). La misericordia de Dios no sólo se revela en su perdón, sino en que el Hijo ha hecho de su vida una lucha contra el pecado hasta el final. El arma de esa lucha no es otra que el amor, un amor que le lleva a ocupar el lugar de los pecadores y a soportar en su cuerpo todas las consecuencias del pecado del mundo y, también, a combatir ese pecado amando a los enemigos y rezando por los que le perseguían. En la cruz de Cristo se revela hasta qué punto es infinita la misericordia de Dios.

Esto nos descubre que la actitud de Jesús hacia los pecadores no es de tolerancia del pecado, sino una lucha activa en la que el amor es más fuerte que el mal. Por ello, Él invita y anima a quien ha sido curado o perdonado a que no peque más (Jn 5, 14; 8, 11). Forma parte de la misericordia del Señor para con los hombres exhortarnos a luchar contra el pecado. También en esto nos ha revelado Jesús el camino y lo ha recorrido antes que nosotros, que todavía «no hemos llegado a la sangre en nuestra pelea contra el pecado» (Heb 12, 4).

 

 

María, madre de misericordia

 

  1. La primera que ha comprendido el misterio de la misericordia de Dios hacia la humanidad y que lo ha captado en las palabras y las acciones de Jesús ha sido su madre. María, como humilde esclava de Dios, se pone totalmente a su servicio para cooperar en la obra de la salvación. En los momentos gozosos de la anunciación y el nacimiento de Cristo expresa la alegría de su espíritu en Dios su salvador porque, al enaltecer a los humildes y colmar de bienes a los hambrientos, «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1, 50); y porque ha auxiliado a Israel «acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre» (Lc 1, 56). Ella se siente un instrumento al servicio de ese Dios que quiere salvar a todos los hombres.

En Caná de Galilea se manifiesta como madre atenta a la necesidad de aquellos esposos que no tienen vino. Las palabras que dirige a su Hijo son una súplica para que comience a realizar la obra de la salvación. Por esa súplica, Jesús, a pesar de que no ha llegado su «hora» (Jn 2, 4), realiza el primer «signo», manifestando de este modo su gloria. Al pedirle a su Hijo que se compadezca de aquellos esposos, María le estaba rogando que se compadeciera de toda la humanidad. En Caná María se mostró como madre de misericordia.

Al pie de la cruz la contemplamos compartiendo el sufrimiento de su Hijo y el de toda la humanidad. Al igual que Cristo, también ella ha pasado la prueba del dolor y, por ello, puede comprender a los que ahora pasan por ella. Allí escucha la súplica que Jesús dirige al Padre pidiendo el perdón para sus perseguidores y se une a esa plegaria haciéndola suya. De este modo, ella ha perdonado de corazón a quienes han llevado a su Hijo a la cruz y ha tenido misericordia de ellos.

Desde la cruz Jesús le confía la misión de cuidar de sus discípulos y de acogerlos como hijos suyos. Los acompañará siempre como madre que los ama de verdad, cuidará de ellos e invitará a los pecadores a la conversión. María no quiere que se pierda nadie. Como madre de misericordia es un refugio para quienes son tentados o han caido en el pecado. La Iglesia nos invita, por ello, a dirigirle una mirada de amor con la certeza de que (en palabras de San Bernardo de Claraval) si la seguimos, no nos desviaremos; si recurrimos a ella, no desesperaremos; si la recordamos, no caeremos en el error; con la seguridad de que nada hemos de temer si nos protege. Que durante este año no apartemos de ella nuestra mirada para que no se ausente de nuestro corazón.

 

 

La Iglesia, hogar de la misericordia

 

  1. «Estáis salvados por pura gracia» (Ef 2, 5). «Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir» (Ef 2, 9). «¿Tienes algo que no hayas recibido?» (1Co 4, 7). Estas afirmaciones de San Pablo nos recuerdan que el don de la salvación es gracia de Dios que no merecemos. Aunque la incorporación a la Iglesia no garantiza automáticamente la salvación ya que, como dice el Concilio Vaticano II, «no se salva el que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la Iglesia, pues está en el seno de la Iglesia con el «cuerpo», pero no con el «corazón»» (LG 14), la llamada a entrar a formar parte de su Nuevo Pueblo es un signo de la salvación que Dios nos ha regalado gratuitamente y, por ello, un don que constantemente hemos de agradecer. El cristiano debe sentir su pertenencia a la Iglesia como un don, pues viviendo en su seno con fidelidad al Evangelio, está en el camino que lo conduce al Reino de Dios. Se trata de un regalo tan inmerecido como la gracia de la Salvación y que debemos acoger con gratitud y humildad. Para los creyentes pertenecer a la Iglesia es un honor porque es una gracia de Dios.

 

  1. Es la misericordia de Dios la que nos ha llevado a la Iglesia y es esa misericordia la que nos mantiene en ella a pesar de nuestros pecados. La Iglesia no es una comunidad de perfectos de la que hay que expulsar a los pecadores. Ella sabe que no le corresponde decidir sobre la salvación o condenación de nadie y, conocedora de la misericordia infinita de Dios, nunca desespera de la salvación de sus hijos. Por el contrario, «abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación» (LG 8). El pueblo de Dios es un pueblo de pecadores perdonados y, por tanto, será un hogar y un signo de la misericordia de Dios para el mundo, si es un lugar donde se experimenta el perdón generoso y sin límites de Dios (Cfr. Mt 18, 21-35); un espacio donde se pueda pedir perdón sin ningún miedo, ya que se tiene la seguridad de que seremos perdonados de corazón. La Iglesia será un hogar de misericordia en medio de una humanidad tan dividida, si ella sabe mostrarse como «mundo reconciliado» (San Agustín).

Acogiendo con humildad el don de Dios, la Iglesia vivirá su misión con los mismos sentimientos de amor del Padre y como una prolongación de la misión del Hijo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 17). Estas palabras, en las que Jesús nos desvela el sentido de su venida, nos ayudan también a entender con qué actitud debe la Iglesia realizar su misión: ella no existe para juzgar al mundo, sino para que este llegue a ser salvado por Cristo. Esta perspectiva debe orientar su vida y su actuación en todo momento. Como instrumento al servicio de la gracia victoriosa de Dios para todos los hombres, la Iglesia no puede erigirse en juez de nadie y no debe olvidar que a ella no le corresponde la decisión sobre la salvación o condenación de las personas: esto es algo que únicamente corresponde a Dios. Su misión no es juzgar o condenar sino ayudar a todos a encontrar el camino que conduce a la vida.

 

  1. Como sociedad formada por seres humanos, la Iglesia necesita de instituciones y leyes que hagan visible que la ley suprema que rige su vida es el precepto del amor. Puesto que los creyentes somos débiles y en determinados momentos una corrección que nos ayude a mantenernos en la vida cristiana puede ser provechosa para nuestra salvación (ya en Mt 18, 15-18 se habla del proceso a seguir en caso de que un hermano peque contra otro), necesitamos de normas que pedagógicamente nos ayuden y nos estimulen en el camino de la vida cristiana. Ahora bien, no debemos perder de vista que, si toda la vida de la Iglesia, incluídas las leyes que la regulan, están orientadas a la salvación de las almas y no a su condenación, esas leyes nunca se considerarán instrumentos para condenar definitivamente a nadie, por lo que deben ser aplicadas con misericordia, buscando en todo momento la conversión y la renovación interior de las personas.

La pertenencia a la Iglesia, ni nos hace automáticamente mejores que el resto de los seres humanos de nuestro mundo, ni garantiza automáticamente la salvación frente a un mundo condenado. La Iglesia no es una secta. Es la comunidad de los discípulos de Cristo que saben que han sido salvados por gracia y no por sus méritos, y que con gratitud y humildad intentan vivir según el Evangelio. La prepotencia y el orgullo no dejan espacio a la misericordia y, por ello, impiden que el amor de Dios a la humanidad pueda llegar a ser visible para los hombres. Si la Iglesia quiere ser en medio del mundo signo e instrumento del amor misericordioso de Dios, la actitud fundamental en su relación con la humanidad ha de ser la humildad y el deseo de servir a los hombres y no de dominarlos.

Viviendo de este modo nuestra pertenencia a la Iglesia, esta se convertirá en un hogar de misericordia en el que aquellos que no tienen a nadie que les quiera se sientan amados; en el que los pecadores encuentren una palabra de ánimo que les ayude a salir de su situación; un hogar de misericordia donde aquellos que han perdido la esperanza y no encuentran una salida en su vida porque se sienten aplastados por la angustia y los problemas, puedan oír una palabra que les ayude a encontrar una luz en la oscuridad; donde los pobres encuentren una mano amiga que les ayude a salir de su pobreza; donde aquellos cuya dignidad no es respetada encuentren unos hermanos que los valoran como hijos que son de Dios. Si vivimos así, los cristianos daremos testimonio del amor misericordioso que Dios siente hacia sus hijos y que nos ha dado a conocer en su Hijo Jesucristo.

 

Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia

 

  1. La Iglesia será para nuestro mundo un lugar donde se haga visible la misericordia de Dios, si los cristianos nos dejamos transformar por la gracia divina y ser así «misericordiosos como nuestro Padre del cielo es misericordioso» (Lc 6, 36). En esto consiste la perfección a la que Jesús nos invita en el Sermón de la Montaña (Mt 5, 48). La condición para llegar a esta meta es tener la humildad de reconocer la verdad de nuestra vida y aceptar que somos los primeros necesitados de que el Padre, en su amor, tenga misericordia de nosotros y perdone nuestras faltas. Esta fue la experiencia de Zaqueo, que recibió al Señor en su casa «muy contento» (Lc 19, 6), hasta el punto que ese gesto de Jesús transformó totalmente su corazón y su vida. En la parábola del publicano y el fariseo que subieron a rezar al templo, dirigida a «algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás» (Lc 18, 9), el Señor nos quiere enseñar que el orgullo por lo que uno es, tiene o hace, cierra el corazón al amor misericordioso del Padre y lleva al desprecio, al juicio y a la condena del otro. Sólo quien es consciente de sus propias miserias y tiene la humildad de reconocerlas y de pedir perdón, puede llegar a ser misericordioso con los demás.

 

  1. En la bula Misericordiae vultus (n. 14), el Papa nos invita a que el signo visible de la peregrinación jubilar, que nos conducirá a la Puerta de la Misericordia en las catedrales y templos jubilares, sea expresión del itinerario espiritual que estamos llamados a vivir cada uno de nosotros durante este año, un camino cuyas etapas nos han sido indicadas por el mismo Cristo: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Ser misericordiosos como nuestro Padre del cielo exige, en primer lugar, vivir en permanente renuncia a juzgar y condenar al hermano. Estas dos actitudes van unidas porque las personas, cuando nos erigimos en jueces de los demás, en el fondo ya los hemos condenado; cuando alguien juzga a otro busca motivos para condenarlo. En cambio, cuando Dios juzga al hombre busca motivos para salvarlo. Juzgar, condenar y despreciar son sentimientos propios de quien vive en el orgullo de creerse superior y mejor que los demás. Si actuamos así estamos situándonos en el lugar que únicamente corresponde a Dios: «Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? De hecho, todos compareceremos ante el tribunal de Dios» (Rm 14, 10); en realidad «uno solo es legislador y juez: el que puede salvar o destruir. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?» (St 4, 12). Quien se convierte en juez del hermano incurre en el juicio de Dios. El juicio y la condena del prójimo son injustos porque nacen de un corazón injusto. A los escribas y fariseos que querían condenar a la mujer adúltera Jesús les dijo: “quien esté sin pecado que tire la primera piedra” (Jn 8,7). Pero además son falsos, porque se quedan siempre en lo superficial y aparente, ya que únicamente Dios conoce la verdad de lo que hay en el interior de todo hombre (Cfr. Jn 2, 25).

 

  1. Ser misericordioso implica estar siempre dispuesto a perdonar de corazón y sin límites (Mt 18, 21-35), incluso a los enemigos. Jesús nos dio ejemplo en la cruz. El mismo que había exhortado a sus discípulos a que amasen a los enemigos y a que orasen por sus perseguidores (Mt 5, 44), en la cruz pidió al Padre el perdón para sus verdugos (Lc 23, 34). Es esta una actitud que va contra toda lógica humana. ¿Por qué el discípulo está llamado a vivir así? ¿De dónde sacará la motivación y la fuerza para estar siempre dispuesto a perdonar? Puede vivir así quien es consciente de que se le ha perdonado mucho más de lo que se le pide perdonar al hermano.

 

  1. «Dad y se os dará». El corazón misericordioso une a la disponibilidad para el perdón la generosidad hacia los más necesitados. La Iglesia nos ha exhortado a la práctica de las 14 obras de misericordia y nos las propone como un camino seguro de santidad. En esta enseñanza se esconde una exigencia evangélica fundamental: todos los cristianos y toda la Iglesia debemos estar abiertos y acercarnos a todas las pobrezas que pueda haber en el corazón del hombre y del mundo. Ninguna pobreza ni ningún sufrimiento humano puede ser indiferente para los discípulos de Jesucristo, porque Él los ha conocido y los ha experimentado en sí mismo todos y, al hacerlo, se ha identificado con los pobres y los que sufren. Por eso, Jesús nos advierte: «cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

La práctica de la misericordia no sólo hace bien a quien es ayudado, sino que trasforma el corazón de quien la vive, lo hace más cercano a los que sufren y le lleva a sentir como propias las miserias del prójimo. Quien tiene entrañas de misericordia ante toda miseria humana, no sólo tiene la certeza de que tendrá un tesoro en el cielo, sino que ya ahora llega a experimentar la verdadera alegría cristiana porque sabe que «hay más dicha en dar que en recibir» (Hech 20, 35).

 

  1. «Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Las bienaventuranzas, que contienen una promesa para el futuro, nos invitan a valorar nuestra vida presente en la perspectiva de la eternidad. Vivir en un horizonte cerrado y reducido a este mundo fomenta las actitudes egoístas. Cuando nos abrimos a la trascendencia y comprendemos que hemos sido creados para llegar a ese Dios que es rico en misericordia, nuestro modo de ver y de valorar las cosas cambia totalmente. En las exhortaciones que el Señor dirige a sus discípulos para que practiquen la misericordia con los necesitados y perdonen a quienes los han ofendido, encontramos frecuentemente una alusión al momento en que la verdad de nuestra vida será patente ante Dios y ante nosotros mismos. Entonces los misericordiosos «alcanzarán misericordia» (Mt, 5, 7); quienes hayan perdonado a los otros sus ofensas, serán perdonados por el Padre celestial (Mt 6, 14); serán benditos del Padre (Mt 25, 34) los que hayan socorrido a Cristo en los pobres, y los que hayan practicado la limosna tendrán «un tesoro inagotable en el cielo» (Lc 12, 33). Que la celebración del Jubileo de la Misericordia nos ayude a descubrir dónde está de verdad en este momento nuestro corazón y, por tanto, qué cosas son para nosotros nuestras riquezas, y también a buscar el «tesoro inagotable en el cielo» al que «no se acercan los ladrones ni roe la polilla» (Lc 12, 33). Entonces llegaremos a comprender que no tiene verdaderamente un corazón misericordioso para con los pobres aquel que no ama la pobreza para sí mismo. Este es el camino que nos ha indicado Cristo, que «siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza» (2Co 8, 9).

 

 

La celebración del Jubileo de la Misericordia en nuestra diócesis

 

  1. En comunión con toda la Iglesia nos disponemos a celebrar con alegría el Jubileo de la Misericordia al que nos ha convocado el Papa Francisco. Ya desde este momento os invito a orar y a pedir a Dios que sea un acontecimiento de gracia para cada uno de nosotros y para nuestra diócesis; y que toda la Iglesia, transformada por el amor misericordioso del Padre, pueda mostrar con más claridad el rostro de Cristo a todos los hombres. No olvidemos que ésta debe ser la verdadera meta de este jubileo. Las celebraciones y los gestos concretos de misericordia con los más necesitados nos deben llevar a una auténtica renovación del espíritu. Pidamos al Señor que aleje de nosotros, tanto la tentación de quedarnos en los medios sin llegar a la profundidad del corazón, como la de caer en el orgullo y en la autosatisfacción por las obras buenas que podamos realizar, personal o comunitariamente, durante este año santo.

 

  1. Siguiendo las indicaciones de la Bula Misericordiae Vultus, y después de haber consultado a los arciprestes y responsables de los distintos ámbitos de la pastoral diocesana, os presento las siguientes orientaciones para la celebración de este año jubilar:

 

Primera. Se establece como templo jubilar de la diócesis la Santa Iglesia Catedral de Santa María de Tortosa. Durante todos los días del año, en el horario establecido, y cada vez que haya una celebración litúrgica, estará abierta la Puerta de la Misericordia y habrá un sacerdote para la atención espiritual a los peregrinos y para acoger a todos aquellos que quieran acercarse a recibir la gracia del perdón y de la reconciliación con Dios. Durante las celebraciones jubilares también habrá siempre un sacerdote disponible para la celebración del sacramento de la Penitencia.

 

Segunda. La apertura del año jubilar en la diócesis será el día 13 de  diciembre de este año 2015, tercer domingo de Adviento, a las 17,30 de la tarde. La clausura se celebrará el 13 de noviembre de 2016, domingo XXXIII del tiempo ordinario. Invito a las parroquias, a las comunidades religiosas y a los movimientos y asociaciones de fieles a participar en estas celebraciones, dando testimonio de comunión con el Santo Padre y con la Iglesia extendida por todo el mundo. A lo largo del año, los arciprestazgos y los distintos sectores de la pastoral de la diócesis tendrán su propia peregrinación jubilar a la catedral, el día programado en el calendario diocesano.

 

Tercera. Los enfermos y todos aquellos que por las circunstancias que fuere no puedan peregrinar a la Santa Iglesia Catedral, podrán acogerse al don de la indulgencia jubilar siguiendo las orientaciones del Papa en la carta al Presidente del Consejo Pontificio para la promoción de la nueva evangelización: viviendo con fe y gozosa esperanza el momento de la prueba, obtendrán la indulgencia jubilar recibiendo la comunión y participando en la Santa Misa también a través de los medios de comunicación social. Exhorto a los sacerdotes y a los laicos que trabajan en la pastoral de los enfermos a invitarles a unirse de este modo a la celebración del Jubileo de la Misericordia. Que los miembros de los equipos de pastoral penitenciaria promuevan también la celebración del jubileo en las cárceles, organizando celebraciones en las capillas e invitando a los presos a que dirijan su oración al Padre cada vez que atraviesen la puerta de su celda, que será para ellos la Puerta de la Misericordia.

 

Quarta. Los elementos esenciales que no deben faltar en las celebraciones jubilares son la recepción del perdón en el sacramento de la Penitencia con un deseo sincero de conversión, la peregrinación, la Eucaristía jubilar en la Santa Iglesia Catedral durante la cual se rezará por las intenciones del Santo Padre, y el gesto de compartir los bienes con una limosna que cada cual decidirá en conciencia y se destinará a apoyar las actividades caritativas que realizan instituciones eclesiales presentes en la diócesis, expresión de las obras de misericordia.

 

Quinta. Durante las semanas anteriores a la peregrinación de cada arciprestazgo a la Santa Iglesia Catedral se preparará la celebración jubilar para que sea realmente un acontecimiento de gracia y de comunión eclesial. Esta preparación incluirá una misión con catequesis centradas en los salmos y parábolas de la misericordia, y la celebración del sacramento de la Penitencia.

 

Sexta. De acuerdo con Caritas Diocesana, se determinará el destino de las limosnas del jubileo que se ofrecerán, bien personalmente al obispo, o bien en la colecta de las misas jubilares. Se dedicarán a apoyar acciones que sean expresión de las obras de misericordia hacia los más necesitados: comedores sociales, casas de acogida, refugiados, pastoral penitenciaria, acompañamiento integral a familias y programas de refuerzo educativo dirigidos a niños y jóvenes en peligro de exclusión social. Al final del jubileo se dará a conocer en los medios de comunicación de la diócesis la cantidad recaudada y el destino que se ha dado a las limosnas de los fieles.

 

Séptima. De acuerdo con la voluntad del Papa manifestada en el número 17 de la bula Misericordiae vultus, determino que desde la hora que se crea conveniente del viernes 4 de marzo hasta el sábado 5 de marzo de 2016, se organice al menos en una parroquia de cada arciprestazgo la exposición del Santísimo durante 24 horas dedicadas al Señor. Que sea un momento para ayudar a los fieles a redescubrir la importancia que el sacramento de la Penitencia tiene en la vida cristiana. Exhorto a los párrocos a que promuevan la participación de todas las parroquias del arciprestazgo o de la ciudad donde se realice esta iniciativa del Santo Padre.

 

Octava. Durante el año jubilar cada primer viernes de mes tendrá lugar en la Santa Iglesia Catedral una catequesis sobre los salmos y las parábolas de la misericordia que incluirá momentos para la meditación y la oración.

 

Con el deseo de que estas iniciativas sean acogidas por todos vosotros, y con la esperanza de que la celebración del Jubileo de la Misericordia sea un acontecimiento de gracia para todos nosotros y una fuente de renovación para nuestra diócesis de Tortosa, recibid mi bendición. A la santísima Virgen María, que en algunos pueblos de nuestra diócesis es invocada como Madre de Misericordia, le encomendamos los frutos de este año jubilar.

 

 

Tortosa, 11 de noviembre de 2015, fiesta de san Martín de Tours.

 

+ Enrique Benavent Vidal

Obispo de Tortosa.

 

Mons. Enrique Benavent Vidal
Acerca de Mons. Enrique Benavent Vidal 146 Artículos
Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.