La parroquia, una catequesis “viviente”

Plasencia Rodriguez Magro AmadeoMons. Amadeo Rodríguez         Queridas parroquias:

Es verdad que el cristiano se hace, como decía Tertuliano; y para eso la iniciación cristiana es la herramienta necesaria. El origen de la vida cristiana está en la fe, que no se hace, porque es un don de Dios que recibimos por el Espíritu Santo. No obstante, la mediación se hace necesaria para su crecimiento y maduración en la vida del cristiano. Por eso la iniciación cristiana se sitúa entre la gracia y la libertad. Cuantos intervienen en ella le han de ofrecer a los niños y adolescentes todo lo que necesiten para que crezcan y se fortalezcan en su fe.

Nosotros decimos, con la tradición de la Iglesia, que se catequiza para que madure la fe confesada (credo), celebrada (sacramentos), vivida (moral y vida cristiana) y rezada (la oración del cristiano). En realidad la catequesis acompaña el crecimiento integral de la vida de fe del cristiano, de la que ha de ir haciendo experiencia, para que la fe se convierta poco a poco en vida cristiana.

Para que esto se haga armónicamente, el desarrollo de la iniciación cristiana ha de conjugar muy bien y con mucha armonía las tres dimensiones con las que se hace un cristiano: la catequética, la sacramental y la espiritual. Las tres son necesarias, complementarias y las tres han de estar profundamente integradas en el acompañamiento, siempre personalizado, que se les ofrece a nuestros niños y adolescentes en el periodo de iniciación.

En la catequesis que precede, acompaña o sigue a la celebración de los sacramentos descubren a Dios y se entregan a Él; alcanzan el conocimiento del misterio de la salvación, afianzan su compromiso personal de respuesta a su voluntad y de cambio progresivo de mentalidad y de costumbres en sus vidas; es decir, fundamentan su fe, acompañados por la comunidad eclesial, representada por los sacerdotes y catequistas.

En los sacramentos de iniciación son vinculados a Cristo y asimilados a él en el ser y en el obrar, y son introducido en la comunión trinitaria y en experiencia de la comunión de la Iglesia. Los sacramentos de iniciación son el gran acontecimiento de nuestra salvación: por ellos somos insertados en Cristo Jesús, muerto y resucitado; es decir, en los tres acontece la pascua de los cristianos, “corazón de la fe”. Es por eso que hay que celebrarlos y vivirlos como un único acontecimiento. De hecho, los sacramentos son “el nervio estructural” del itinerario de iniciación cristiana. Eso significa que deberíamos de hablar siempre de iniciación a través de los sacramentos y no de catequesis para recibir los sacramentos.

En la vivencia espiritual que se hace a lo largo del itinerario de iniciación cristiana se produce una progresiva y oportuna apertura de los niños y adolescentes a la conversión y se le favorece la experiencia de encuentro con Jesucristo con una propuesta permanente de adhesión personal a él. Sólo de este modo la persona queda marcada, afectada y trasformada para siempre. Por tanto, en la iniciación cristiana habrá que insistir mucho en el camino espiritual en el que los niños y adolescentes aprenden a reconocer y a acoger libremente la acción secreta del Espíritu que, en la Iglesia, les hace avanzar en la unión con Jesucristo.

Lo que acabo de indicar significa que a lo largo de todo el itinerario lo catequético, lo sacramental y lo espiritual han de estar sólidamente tejidos y elaborados: si necesaria es la celebración de los sacramentos en la que acontece la incorporación al misterio de Cristo, no lo es menos la propuesta de la fe y de la experiencia cristiana que se ofrece en la catequesis. Por eso hay que poner mucho esmero en no separar nunca la catequesis de los sacramentos, y, por supuesto, hay que velar para que estos no se reciban sin una adecuada preparación. El mismo esmero hay que poner en lo espiritual, porque la iniciación cristiana supone siempre un camino de crecimiento interior, en el que se ha de ir fortaleciendo la profesión de fe inherente al Bautismo, a la Confirmación y a la Eucaristía.

La catequesis de iniciación cristiana ofrece en realidad todo lo que habitualmente vive la parroquia, lo que se vive en la vida comunitaria, que es la mejor y más verdadera catequesis, la “catequesis viviente” de cuantos acompañan y rodean y rodean a nuestros chicos y chicas. Naturalmente esa catequesis viviente se hace adecuadamente cuando hay una alianza entre familia, parroquia y escuela. Como es natural, cada una interviene a su modo y ofrece lo que le corresponde para que el desarrollo de la fe sea integral.

Siendo esto tan evidente y necesario, con mucha frecuencia nos limitamos a cuidar en la catequesis de iniciación sólo lo doctrinal, y no siempre con la hondura que debiéramos. Eso significa, por ejemplo, que dejamos de lado la participación en la Eucaristía y en la vida sacramental de la parroquia; que también se olvida la experiencia cristiana cuando no ayudamos a los chicos a vivir, sentir, actuar con criterios evangélicos en las diversas circunstancias, tanto personales como sociales de sus vidas; que se percibe también una deficiente iniciación en la oración, sobre todo en las últimas etapas del itinerario de iniciación, en las que se hace necesaria una catequesis mistagógica que les ayude a entrar en la profundidad del misterio del que, por don divino, son depositarios en su corazón. Para que la iniciación cristiana sea integral, habrá que ir adentrando a los niños y adolescentes en todas las expresiones de la fe de la Iglesia. Por eso os digo con mucha sinceridad que eso no será posible si nos limitamos a acompañarles en una sesión semanal de una hora de catequesis, que en muchas ocasiones está verdaderamente aislada de la práctica cristiana de los niños.

En fin, aunque lleve otro título, esta segunda carta bien se podría titular:Dime qué catequesis haces y te diré qué cristianos pretendes hacer. La próxima se va a centrar en los catequistas; por eso, sólo me queda deciros, como en las viejas series de TV: “Continuará”.

Con mi afecto y bendición
+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
Acerca de Mons. Amadeo Rodríguez 154 Artículos
Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.