Importancia de una buena iniciación cristiana

braulioarztoledoMons. Braulio Rodríguez            Con bastante frecuencia, en visitas pastorales, en homilías, en encuentros improvisados para aclarar cuestiones sobre la Iniciación Cristiana, indico que cuando se trata de la catequesis parroquial de infancia es muy importante ir cambiando nuestro lenguaje. Por ejemplo, si nos encontramos con padres, cuyos hijos van a la catequesis para preparar la llamada Primera Comunión, es mejor insistirles que sus hijos están preparándose para “iniciarse al Domingo y la celebración de la Eucaristía”. Precisamente en una celebración concreta de la Misa dominical o de una solemnidad, esos niños recibirán al Señor Sacramentado por primera vez. Por eso, ¿qué mejor cosa que acostumbrarse a ir a la celebración de la Eucaristía antes del día de la primera comunión, y para ir a la celebración después de ese hermoso día?

Recuerdo que tiempos atrás, en otra Diócesis, creo que Valladolid, alertaba a los sacerdotes y los catequistas de este peligro o confusión, y que contáramos con la posibilidad de que niños acostumbrados a fiestas de todo tipo llegaran a decir a sus padres: si tengo fiestas, ¿para qué tengo que ir dos años a la catequesis? El niño está diciendo en realidad: renuncio a la Primera Comunión. La cosa, sin embargo, no es tan simple. Visto lo que una madre de Rincón de la Victoria (Málaga) ha dicho de la fiesta de “la comuniones civiles” de su hija, hemos de ser más cautos y actuar en positivo. La madre y la hija en cuestión fueron a dos Primeras Comuniones; a una de ellas llegaron tarde al templo y fueron a la fiesta; en la segunda ocasión, estuvieron antes en la “ceremonia católica”. Fue entonces cuando la niña le dijo a la mamá que ella quería “hacer la comunión”, pero que prefería la primera, es decir, sólo la fiesta, “que tenía un payaso”.

Todo este asunto, más allá de lo anecdótico y extravagante, nos indica que hemos de seguir en nuestro esfuerzo por centrar bien la Eucaristía dentro de la Iniciación Cristiana, que no tiene por qué prescindir de la alegría y la ilusión, pero que sigue muy prisionera en los niños de “la fiesta”. Mi insistencia durante el curso pasado para, salvo en casos muy excepcionales, que se celebre la Eucaristía donde comulgan por vez primera los niños no el sábado por la mañana, sino el sábado en la tarde, que ya es domingo litúrgicamente hablando, y naturalmente en domingo o solemnidades, tenía presente este problema. Ya sé que muchos padres no piensan como la señora de Rincón de la Victoria a la hora de la preparación de la primera comunión de sus hijos. Pero, sinceramente, me sorprendió el curso pasado la resistencia de algunos padres a dejar el sábado en la mañana para esa celebración. Una carta de alguna asociación de restauradores dirigida a mí me indica que el problema está también ahí.

Apenas hace un mes que recordaba el Director del Secretariado de Medios de la Conferencia Episcopal que muchas de nuestras celebraciones y tradiciones han conservado, sin duda, sus signos de identidad, pero en esas celebraciones nuestras acogen los cristianos otras “que no son nuestras”, en tantas ocasiones sólo por intereses comerciales. Es un proceso que viene de lejos. Muestra también la necesidad en el ser humano de celebración, de fiesta que jalone su vida. Pero la fiesta cristiana, que nunca renunciará a la alegría y a hermosas tradiciones humanas con arraigo en el ser humano, no se intercambia por cambios que no son “neutros”: Papa Noel que sustituye a los Reyes Magos; Navidad por la “fiestas de invierno”; Semana Santa por “fiestas de primavera”, y el sacramento de la Eucaristía, primera comunión para los niños bautizados de bebés, por comuniones “civiles”. Hagan cuantas fiestas quieran, pero que no quieran confundirnos: la Iniciación Cristiana es “otra cosa”.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.