El Señor

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora     Laudato si, mi Signore – «Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”».

Así comienza el papa Francisco su Carta Universal sobre el cuidado de la casa común y he pensado que puede ser el lugar común donde nos encontremos con los que dicen no creer y que les resulta extraño que los católicos llamemos Señor y Rey del Universo a Jesucristo (ingenuamente y sin pretenderlo); podemos estar alimentando sus prejuicios de que somos unos individuos sometidos por unas creencias que a nada conducen porque nada aportan a la autonomía y a la libertad del individuo.

El papa Francisco lo ha expresado con toda claridad: «La situación actual del mundo “provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo”. Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites. Tampoco existe en ese horizonte un verdadero bien común. Si tal tipo de sujeto es el que tiende a predominar en una sociedad, las normas solo serán respetadas en la medida en que no contradigan las propias necesidades. Por eso, no pensemos solo en la posibilidad de terribles fenómenos climáticos o en grandes desastres naturales, sino también en catástrofes derivadas de crisis sociales, porque la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca» (Laudato si, 204.)

Sí, estamos ante lo que está siendo la ruina de los individuos y los pueblos, así lo dice el Papa: «No podemos sostener una espiritualidad que olvide al Dios todopoderoso y creador. De ese modo, terminaríamos adorando otros poderes del mundo, o nos colocaríamos en el lugar del Señor, hasta pretender pisotear la realidad creada por él sin conocer límites. La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses» (Ls 75).

Jesucristo, Rey del Universo y Señor de nuestra historia nos habla de un reino de justicia y verdad, de santidad y de gracia, de vida, amor y paz. Le llamamos Señor de nuestras vidas porque nos ha liberado de la maldad del pecado o, si se quiere entender mejor, de todo encerramiento en uno mismo por interés, placer o ansias de poder. También nos ha soltado de la necesidad de defenderse de los demás, de la atadura de pensar y actuar solo, sospechando que todos son potenciales enemigos que atentan contra uno mismo. ¿La pretendida independencia no suele tener aquí su fundamento? Jesucristo es el Hijo del Hombre e Hijo de Dios que nos muestra el amor de Dios Padre en nuestras propias carnes, en nuestras realidades humanas, metido de lleno en nuestra historia para compartir, compadecer, amar y servir con absoluta gratuidad realizando un reino de hermanos, varones y mujeres de todas las culturas, razas y clases sociales: Hermanos, ofreciéndose a sentarnos a la mesa, todos con la misma dignidad, y construir el bien común, a decirnos que ese es el propósito de Dios. Jesucristo ha cumplido la voluntad del Padre y a nosotros nos ha regalado el Espíritu Santo que nos defiende amando desde nosotros a todos… “Por Jesucristo nuestro Señor”

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.