Papa Francisco: «¡Familias abran las puertas de sus casas, sean un pequeño gran signo de la Misericordia!»

AP3179615_LancioGrandeEn su catequesis de la audiencia general del tercer miércoles de noviembre (día 18) el Papa Francisco – ante la inminencia del inicio del Jubileo de la Misericordia – reflexionó sobre el sentido de la puerta santa. “Una puerta que – como él mismo dijo – se abre en la Iglesia para salir al encuentro de quienes,  por tantas razones, se encuentran lejos”.

Tras dar los buenos días a los varios miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países congregados en la Plaza de San Pedro, el Papa Bergoglio, hablando en italiano, afirmó que la gran puerta de la Misericordia de Dios se abre generosamente para acoger nuestro arrepentimiento y exige que crucemos su umbral con valor para recibir la gracia de su perdón.

El Santo Padre también recordó que desde el Sínodo de los Obispos, celebrado durante el mes de octubre, todas las familias y la Iglesia han recibido un gran aliciente para encontrarse en el umbral de esta puerta abierta. Y añadió que la Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas para salir, con el Señor, al encuentro de sus hijos e hijas en camino, que a veces padecen incertidumbre o se sienten perdidos en estos tiempos difíciles.

El Obispo de Roma destacó asimismo que las familias cristianas han sido animadas de modo especial a abrir la puerta al Señor que espera entrar, llevando su bendición y su amistad. También afirmó que la Sagrada Familia de Nazaret sabe lo que significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera a un hijo, para quien no tiene amparo, o para quien debe salvarse de un peligro.

Y concluyó su catequesis con el deseo de que las familias cristianas hagan del umbral de su casa un “pequeño gran signo” de la Puerta de la Misericordia y de la acogida de Dios. Porque precisamente así  – dijo – deberá ser reconocida la Iglesia en todos los rincones de la tierra, es decir, como el ámbito en el que se custodia al Dios que llama, como la acogida de un Dios que no cierra la puerta, con la excusa de que no somos de esa casa.

(María Fernanda Bernasconi – RV)

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con esta reflexión hemos llegado a umbral del Jubileo. Delante de nosotros se encuentra la gran puerta de la Misericordia de Dios, que acoge nuestro arrepentimiento ofreciendo la gracia de su perdón. La puerta es generosamente abierta, pero nosotros debemos valerosamente cruzar el umbral.

Del Sínodo de los Obispos, que hemos celebrado el pasado mes de octubre, todas las familias, y la Iglesia entera, han recibido un gran aliento para encontrarse bajo el umbral de esta puerta. La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas, para salir con el Señor al encuentro de sus hijos y de sus hijas en camino, a veces inciertos, a veces perdidos, en estos tiempos difíciles. Las familias cristianas, en particular, han sido animadas a abrir la puerta al Señor que espera para entrar, trayendo su bendición y su amistad.

El Señor no fuerza jamás la puerta: Él también pide permiso para entrar, como dice el Libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (3,20). Y en la última gran visión de este Libro, así se profetiza de la Ciudad de Dios: «Sus puertas no se cerrarán durante el día», lo que significa para siempre, porque «no existirá la noche en ella» (21,25). Existen lugares en el mundo en los cuales no se cierran las puertas con llave. Pero existen tantos otros donde las puertas blindadas se han convertido en normales. Esto no nos sorprende; pero, pensándolo bien, ¡es un signo negativo! No debemos rendirnos a la idea de tener que aplicar este sistema en toda nuestra vida, en la vida de la familia, de la ciudad, de la sociedad. Y mucho menos en la vida de la Iglesia. ¡Sería terrible! Una Iglesia inhóspita, así como una familia cerrada en sí misma, mortifica el Evangelio y marchita el mundo.

La gestión simbólica de las “puertas” – de los umbrales, de los caminos, de las fronteras – se ha hecho crucial. La puerta debe proteger, cierto, pero rechazar. La puerta no debe ser forzada, al contrario, se pide permiso, porque la hospitalidad resplandece en la libertad de la acogida, y se oscurece en la prepotencia de la invasión. La puerta se abre frecuentemente, para ver si afuera esta alguno que espera, y tal vez no tiene la valentía, o ni siquiera la fuerza de tocar. La puerta dice muchas cosas de la casa, y también de la Iglesia. La gestión de la puerta necesita un atento discernimiento y, al mismo tiempo, debe inspirar gran confianza. Quisiera expresar una palabra de agradecimiento para todos los vigilantes de las puertas: de nuestros condominios, de las instituciones cívicas, de las mismas iglesias. Muchas veces la sagacidad y la gentileza de la recepción son capaces de ofrecer una imagen de humanidad y de acogida de la entera casa, ya desde el ingreso. ¡Hay que aprender de estos hombres y mujeres, que son los guardines de los lugares de encuentro y de acogida de ciudad del hombre!

En verdad, sabemos bien que nosotros mismos somos los custodios y los siervos de la Puerta de Dios, que es Jesús. Él nos ilumina en todas las puertas de la vida, incluso aquella de nuestro nacimiento y de nuestra muerte. Él mismo ha afirmado: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (Jn 10,9). Jesús es la puerta que nos hace entrar y salir. ¡Porque el rebaño de Dios es un amparo, no una prisión! Son los ladrones, aquellos que tratan de evitar la puerta, porque tienen malas intenciones, y se meten en el rebaño para engañar a las ovejas y aprovecharse de ellas. Nosotros debemos pasar por la puerta y escuchar la voz de Jesús: si sentimos su tono de voz, estamos seguros, somos salvados. Podemos entrar sin temor y salir sin peligro. En este hermoso discurso de Jesús, se habla también del guardián, que tiene la tarea de abrir al buen Pastor (Cfr. Jn 10,2). Si el guardián escucha la voz del Pastor, entonces abre, y hace entrar a todas las ovejas que el Pastor trae, todas, incluso aquellas perdidas en el bosque, que el buen Pastor ha ido a buscarlas. Las ovejas no los elige el guardián, sino el buen Pastor. El guardián – también él – obedece a la voz del Pastor. Entonces, podemos bien decir que nosotros debemos ser como este guardián. La Iglesia es la portera de la casa del Señor, no la dueña.

La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué cosa significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene amparo, para quien huye del peligro. Las familias cristianas hagan del umbral de sus casas un pequeño gran signo de la Puerta de la misericordia y de la acogida de Dios. Es así que la Iglesia deberá ser reconocida, en cada rincón de la tierra: como la custodia de un Dios que toca, como la acogida de un Dios que no te cierra la puerta, con la excusa que no eres de casa.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

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